Abstract

A literary portrait of Azorín, ‘the knight of the violets’: he always seeks the humble, the forgotten, the minimal — in La Celestina the stray falcon, in Las Meninas the small figure of don José Nieto in the doorway at the back. Maximus in minimis: Ortega reads in it a reversal of perspective like the primitives’ and defers the study of it.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Yo no sé si es la violeta la flor que prefiere Azorín, pero ello cuadraría muy bien con su inclinación sentimental, con su genio estético. La menudencia corporal, la dulce sobriedad de su aroma, que se difunde como sin ruido en el ambiente, ocultando más bien que revelando el lugar donde brota, odoración humilde que parece aspirar al anónimo, hacen de aquella flor un símbolo para las cosas cuyo destino es pasar desapercibidas y hacer una jornada derecha desde la nada al olvido. Azorín es el caballero de las violas.

Busca sobre el haz del mundo lo humilde, lo olvidado y lo mínimo. Si lee La Celestina, terrible tragedia de cruentas pasiones humanas, destacará Azorín lo que todos dejamos inadvertido por hallarse en la primera línea del argumento del primer acto: que Calixto conoce a Melibea con ocasión de recoger un halcón díscolo, el cual volara sobre las tapias de la huerta donde la doncella busca esparcimiento. Y esto, que es de la obra un pretexto inesencial, va a convertirse para Azorín en gozne sobre que gira monótonamente la enorme rueda tragicómica de la vida. (Las nubes, en Castilla).

Si le ponéis ante Las Meninas de Velázquez, ¿en qué se fijará Azorín? ¿En el genial maestro, cuyos ojos vierten sobre la escena su miopía y su desdén? ¿En la linda princesita legendaria que se alza en medio del cuadro como un lirio vernal? ¿En la menina deliciosa —a quien de muchachos dirigíamos un amor irreal— que ofrece a su pueril señora un búcaro rojo? Nada de esto interesa a Azorín. Allá, en el fondo del cuadro, se abre una menuda puerta de cuarterones, donde el sol vuelca, en haz fulgurante, sus rayos. Una figura breve, negra y calva, se dispone a salir: de un momento a otro esperamos que la espléndida gloria solar absorba la apariencia tenebrosa de este humilde personaje. Se llama él don José Nieto. Podría llamarse don Juan o don Leandro o don Antonio. Azorín va a convertirlo en protagonista del lienzo famoso.

Maximus in minimis: he aquí el arte de Azorín.

Se me dirá que esta conversión de la perspectiva, en que lo menudo ocupa el primer plano de la atención, es característica de los artistas primitivos. Así es, en efecto: por ello y por otras muchas razones la obra de Azorín debe ser estudiada como un caso de regresión al gusto primitivo —del mismo género que la obra de ciertos pintores contemporáneos. Pero dejemos para mejor sazón ese estudio. Y hoy, al despedirnos por algún tiempo de nuestro Azorín, nos contentaremos con imaginarlo retratado por alguno de los cuatrocentistas, pulida e inmóvil la faz, con la mano de venas traslúcidas sobre el negro jubón, en el dedo anular una sortija de sándalo y entre el pulgar y el índice de la otra mano —minúscula, insinuante y mística— una violeta.

1917