Abstract
Starting from a speech by Sánchez de Toca, Ortega defends the name ‘intellectual’: not a claim to be cleverer than others but an old European concept going back to the Greeks and to Solon, who travelled only to see and think, theorias eineken. He reproaches Spanish politicians for never formally setting out the doctrines their public acts flow from, and cites Cánovas turning to Kant.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El día 9 ha leído don Joaquín Sánchez de Toca un discurso en la Academia de Jurisprudencia. Este discurso es el trozo más denso de literatura política que entre nosotros ha producido hasta ahora la guerra.
No ha de extrañar cierta inclinación que sienten los intelectuales hacia el señor Sánchez de Toca. En la selva parlamentaria representa el caso rarísimo de un político pensante. No es esto decir —fuera trivial descortesía— que los demás políticos no piensen. Es simplemente decir que, además de pensar, el señor Sánchez de Toca manifiesta gozarse en el ejercicio pensativo. Y esta fruición ideológica es la característica del intelectual, cuando lo es verdaderamente. Del mismo modo todos los hombres se afanan, más o menos, en ganar algún dinero; pero hay entre ellos quienes, sobre ganarlo, gozan en ganarlo, y éstos son los temperamentos financieros.
Por cierto que en nuestra tierra, donde la envidia y la animadversión se dividen el imperio sobre las almas, parece enojar un poco el nombre de «intelectual». Con pésima fe se quiere dar a entender que quien a sí mismo se llama «intelectual» pretende con ello declararse más inteligente que el resto de los ciudadanos. Debiera recordarse, o si se ignoraba aprenderlo, que es ésta una palabra y un concepto tan viejos como la civilización europea; más aún, una palabra y un concepto genuinos de la civilización europea. Nuestros eternos maestros los hombres de Grecia tuvieron la clara conciencia y el sano orgullo de haber sido los primeros descubridores de una nueva finalidad vital. Antes de ellos era la existencia un medio para servir a la divinidad o para dominar a los demás hombres o para allegar riquezas o para allegar placeres. Pero ellos, los griegos, referían con ufanía la extrañeza de los orientales cuando oyeron decir a Solón que él no viajaba con ninguno de esos propósitos, sino meramente por ver y pensar —theorias eineken—, a fin de teorizar. Desde entonces no ha habido más remedio que contar con una nueva casta de hombres que llamaron teoréticos, es decir, intelectuales, para los que es ante todo importante lograr un cierto decoro, cohesión y firmeza en sus ideas. Podrá semejante afán juzgarse más o menos laudable, pero no se quiera presentar este viejo oficio intelectual como algo inaudito y de irritante presunción.
Pues bien; el señor Sánchez de Toca goza, como la geometría euclidiana, de tres dimensiones: es financiero, político e intelectual. Negocia, hostiliza y escribe. Y esta tercera dimensión es la que le aproxima a quienes, no sabiendo ganar dinero ni ganar votos, empujan la pluma sobre el papel movidos por una superflua e íntima urgencia, como el pájaro da su canto y el árbol su verdor. En general, los políticos españoles realizan aquella definición del hombre que una leyenda bufonesca atribuye a Platón; son bípedos implumes, ciudadanos que no escriben. No se creen nunca obligados a exponer formalmente el organismo de sus pensamientos, los principios de que sus acciones públicas emanan. Les aterra parecer ideólogos. Y no obstante, alguien ha escrito «que no hay derecho para intervenir en las cosas de los demás hombres, juntos con nosotros en nación y patria, sin deliberadas y formales doctrinas, a que se ajusten hasta donde sea posible en la práctica todos sus actos». Así escribe en el prólogo a sus Problemas contemporáneos don Antonio Cánovas del Castillo, maestro del señor Sánchez de Toca. Verdad es que era Cánovas un hombre tan delirante y fantástico que llegó a pronunciar estas palabras: «Hoy se vuelven hacia Kant muchos ojos, y entre otros los míos, en demanda de inspiración y de doctrina»[95]. ¡Increíble flirteo entre los ojos de Cánovas y el profesor regiomontano!