Ortega y Gasset

Abstract

Political column against La Cierva and against Maura, accused of squandering his prestige by returning to power to rebuild a great party artificially in Restoration style. Political journalism, not philosophy.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Con tanta mansedumbre como dolor asistimos desde hace unas semanas al desarrollo de la política patria. Dos años ha se formó un nudo en las entrañas del Estado español, y nuestros esfuerzos han ido encaminados durante todo ese tiempo a intentar deshacerlo por otros procedimientos que no fueran el cólico miserere. La fortuna labora en contra nuestra, y hoy, al cabo de cien previsiones y bien intencionados avisos, vemos desesperanzados que media España se apresta a venir a las manos con la otra media. Porque de esto andamos cerca, no haya duda.

Está visto que el número de hombres de orden es en nuestro país reducidísimo. De él hay que eliminar muy especialmente a los que a sí mismos se califican de tales. Pues no puede negarse que, como fabricante de desorden, es el señor La Cierva un gerifalte, y a su vera parece el señor Lerroux un modesto e indocto aficionado. En torno a este frenético señor La Cierva se agrupan algunas fuerzas antisociales e insociables de la extrema derecha para las cuales «orden» quiere decir que esté en sus manos el Gobierno y se les deje usar de él como de una maza para contundir las testas de los demás españoles.

¿No es injusto hablar así del señor La Cierva y sus seguidores? ¡Un poco de memoria, lector! En marzo de 1918, el señor La Cierva fue arrojado del Poder por don Antonio Maura, que se insolidarizó de su antiguo ministro, rasgó sus recientes decretos y dejó oír a quien quiso escucharle, su opinión de que el señor La Cierva era un ciudadano peligroso. Sin pretexto alguno que hiciese buena la inversión del criterio aparece ahora el señor Maura como una humilde sartén cuyo mango está en el puño del frenético señor La Cierva. ¿Por qué es esto? ¿No es ello una escena desmoralizadora? Al fin y al cabo, el señor Maura conservaba en torno a la frente las reliquias de una antigua aureola. ¿Por qué se ha dado al país el triste espectáculo de un hombre con la cabeza blanca que se despoja previamente del ropaje de sus prestigios y de sus ideales compromisos consigo mismo, para, en grave desnudez, subir ahora al Poder y allí ponerse a adorar lo que había prometido extirpar y a extirpar lo que había prometido adorar, como son las normas constitucionales y alguna otra zarandaja por el estilo? Anda nuestra España demasiado exhausta de fisonomías prestigiosas para que no constituya un crimen de lesa patria haber traído hoy a tan evidente desdoro la figura de don Antonio Maura.

Pues ¿a qué otra cosa se le ha traído desde el fondo de sus largos años? Era el perpetuo combatiente, el último hondero balear que lapidaba con su oratoria todos los viejos usos nefandos; era el enemigo de los caprichos palatinos; era el enemigo de las subversiones corporativas; era el enemigo de la caldera electoral donde pone su metal la Corona. ¿No es un dolor hallarle hoy de protagonista en una pantomima de corte y verle ingurgitar cartas que debieron perderse y sorprenderle entre los humos del guisado, cazo en ristre?

Mas por todo esto cabría patrióticamente pasar si al cabo de ello entreviésemos alguna ventaja para nuestro pueblo. Pero lo que se va a hacer, aunque nadie se opusiera a ello, no llegará a dar frutos. De súbito, caprichosamente, con pueril ignorancia de lo que es en estos tiempos la sociedad española, se quiere reconstruir un gran partido mediante una receta casera. Se pretende retrotraer todo a la era de la Restauración —de la cual, por lo visto, se obstina en no salir la Monarquía—, y como si tuviéramos a Romero Robledo redivivo, se ordena la incubación de una mayoría formidable. El empeño será vano: mañana, el flamante partido universal se quebrará de nuevo en sus trozos originarios. No se habrá ganado nada y se habrá perdido mucho.

El simple hecho de que para el intento haya sido menester otorgar al señor Maura medios constitucionalmente incorrectos, debiera fecundar la reflexión de cuantos sean capaces de ella. No es fácil que resulte bueno, negocio cuyo primer paso consume tanto capital de autoridad. Como tantas veces hemos dicho, la Monarquía ha tenido que alimentar los grandes partidos de su tesoro de popularidad. Las lañas para mantener enterizos los dos lebrillos turnantes han costado a la dinastía más de cuanto se pudiera decir. Quisiéramos equivocarnos del todo, pero sospechamos que esta vez la mano ha dado el más grave tiento al bolso. No es buen amigo de la Corona quien alucinado por el hoy le oculte esta sospecha que mira al mañana.

Una razón, entre otras, creemos poder dar en abono de esto: la Corona no puede vivir segura mientras las instituciones políticas no vuelvan a gozar de normal prestigio. Otra cosa es vivir a salto de mata. Para ello cabía, o crear otras nuevas, o reivindicar las actuales. Y el que presuma en serio que el modo de hacer estas elecciones no quita a las Cortes próximas, facciosas o no, todo el honor, es o un poco necio o un mucho mentecato.

Por ahora todo va bien; los ministros adoban la opinión por el medio menos moral, pero más eficaz: subiendo los sueldos que acababan de ser subidos. ¿Por qué no esperar un mes, siquiera hasta que las elecciones fueran hechas? ¿Es elegante el gesto del señor La Cierva preparando el ambiente en su favor con dinero que sale de los bolsillos de todos? Además, de esta suerte se prosigue la táctica, hace tiempo iniciada, de hostigar los instintos egoístas de cada grupo o clase social, aunque es el arbitrio más certero para fomentar esa terrible insolidaridad nacional que está matando a España. He aquí lo que hacen los hombres de orden. No sabemos qué queda por hacer a los titulares del desorden.


Nosotros no queremos hablar mucho del documento suscrito por los jefes liberales. La firma de estos jefes del liberalismo dinástico —sea dicho con respeto a sus personas privadas— no nos merece crédito público ninguno. Tenemos perfecto derecho, después de cien defecciones, a esperar, para emitir juicio, los actos que esas palabras perfilan. No aceptamos, pues, comunidad alguna con estos señoritos de la Regencia que han falsificado durante quince años el liberalismo español.

Mas aparte de sus firmas marítimas, que una ola hace y otra deshace, es para nosotros que los combatimos ayer, que los combatimos hoy y que muy verosímilmente los combatiremos mañana, cuestión de conciencia y de veracidad decir en esta hora difícil una palabra. El desprestigio de los jefes liberales se debe dividir, con justicia, en dos porciones. Una es manufactura de ellos mismos y proviene de su frivolidad, de sus ambiciones ridículas, de su casquivano proceder, de su falta de unción patriótica. Pero de la otra porción no son ellos responsables, sino la Monarquía. Ya dijo Moret que no se había dejado nunca gobernar a los liberales. Desde Moret a la fecha es la afirmación tanto más verdad. ¡Cualquier día la Corona daba un decreto de disolución a las izquierdas en las condiciones en que se ha dado éste! Si en el camino de las libertades hubiera hecho un hombre lo que nuestro bien barbado don Juan de La Cierva hizo en el de las reacciones en marzo pasado, habría ido de conserva a Fernando Poo. La Corona, pues —y sea ello dicho en el supremo servicio de la verdad—, ha contribuido al desprestigio de sus servidores liberales poniéndoles trabas constantes y dejándolos más de una vez en cueros ante la opinión. A los reformistas, que valientemente y con grave sacrificio rompieron la continuidad del republicanismo, la Corona sólo ha dedicado esquiveces, y los círculos en torno a la Corona, burlas patentes.

Si hubiera espacio vendría a pelo contar ahora la crisis del papelito. El héroe del cuento es este señor Alba, que, a pesar de su apellido, no quiere ahora salir por la plaza de Oriente. Entonces, el cacique vallisoletano entró en el corazón de Palacio porque llevaba una misiva antiliberal. Romanones, amigo ayer, queda hoy declarado precito.

Verdad es que la Monarquía ha usado con todos sus hombres, uno tras otro, del mismo trato. Primero los acercó a su seno y luego los aniquiló con su desdén. Así fue con Moret y luego con Maura; así, en varia medida y sucesivamente, con los cabecillas liberales; así, en fin, con el señor Dato. Ahora, recorridos todos, el ciclo se renueva y vemos al señor Maura, antaño expulsado, que ahora vuelve a la privanza, y que se entregan actas y se envía a los gobiernos de provincias a los jóvenes mauristas que hace año y medio, y no más, practicaban en su Círculo de la Carrera ejercicios iconoclastas. En verdad que la Corona ha rizado el rizo de los amores y los desdenes.

With as much meekness as sorrow we have been witnessing for some weeks the development of the homeland’s politics. Two years ago a knot was formed in the entrails of the Spanish State, and our efforts have been directed during all that time toward trying to undo it by other procedures than the miserere colic. Fortune works against us, and today, at the end of a hundred forecasts and well-intentioned warnings, we see without hope that half of Spain is preparing to come to blows with the other half. For we are close to this, do not doubt.

It is clear that the number of men of order in our country is exceedingly small. From it one must very particularly eliminate those who qualify themselves as such. For it cannot be denied that, as a manufacturer of disorder, Señor La Cierva is a big shot, and beside him Señor Lerroux seems a modest and unlettered amateur. Around this frenetic Señor La Cierva are grouped certain antisocial and unsociable forces of the extreme Right for which «order» means that the Government be in their hands and that they be left to use it like a mace to batter the heads of the other Spaniards.

Is it not unjust to speak thus of Señor La Cierva and his followers? A little memory, reader! In March 1918, Señor La Cierva was hurled from Power by Don Antonio Maura, who dissociated himself from his former minister, tore up his recent decrees, and let be heard, by whoever wished to hear him, his opinion that Señor La Cierva was a dangerous citizen. Without any pretext that would justify the reversal of the criterion, Señor Maura now appears as a humble frying pan whose handle is in the fist of the frenetic Señor La Cierva. Why is this? Is it not a demoralizing scene? After all, Señor Maura kept about his brow the relics of an ancient halo. Why has the country been given the sad spectacle of a white-haired man who first strips himself of the raiment of his prestige and his ideal commitments to himself, so as, in grave nakedness, to ascend now to Power and there set about worshipping what he had promised to extirpate and extirpating what he had promised to worship, such as the constitutional norms and some other trinket of the sort? Our Spain is too exhausted of prestigious physiognomies for it not to constitute a crime of lese-majesty to have brought today to such evident dishonor the figure of Don Antonio Maura.

For to what else has he been brought from the depth of his long years? He was the perpetual combatant, the last Balearic slinger who stoned with his oratory all the old nefarious usages; he was the enemy of palace whims; he was the enemy of corporative subversions; he was the enemy of the electoral cauldron where the Crown casts its metal. Is it not a sorrow to find him today a protagonist in a court pantomime and to see him gulping down letters that should have been lost, and to surprise him amid the fumes of the stew, ladle at the ready?

But for all this one might patriotically pass over, if at the end of it we glimpsed some advantage for our people. But what is going to be done, even if no one opposed it, will not come to fruition. Suddenly, capriciously, with puerile ignorance of what Spanish society is in these times, they want to reconstruct a great party by means of a homemade recipe. They intend to bring everything back to the era of the Restoration —from which, evidently, the Monarchy is obstinate in not leaving—, and as if we had Romero Robledo come back to life, the incubation of a formidable majority is ordered. The endeavor will be vain: tomorrow, the brand-new universal party will break apart again into its original pieces. Nothing will have been gained and much will have been lost.

The simple fact that for the attempt it has been necessary to grant Señor Maura constitutionally improper means, ought to fertilize the reflection of all those capable of it. It is not likely to turn out well, a business whose first step consumes so much capital of authority. As we have said so many times, the Monarchy has had to feed the great parties from its treasury of popularity. The clamps to keep whole the two alternating basins have cost the dynasty more than could be said. We would like to be wholly mistaken, but we suspect that this time the hand has given the purse its gravest touch. He is no good friend of the Crown who, dazzled by the present, hides from it this suspicion that looks toward tomorrow.

One reason, among others, we believe we can give in support of this: the Crown cannot live securely while the political institutions do not again enjoy normal prestige. It is another thing to live by fits and starts. To that end, one could either create new ones, or reclaim the current ones. And whoever seriously presumes that the manner of holding these elections does not take from the coming Cortes, factions or not, all their honor, is either somewhat foolish or a great imbecile.

For now all goes well; the ministers season opinion by the least moral but most effective means: raising the salaries that had just been raised. Why not wait a month, at least until the elections were over? Is the gesture of Señor La Cierva, preparing the climate in his favor with money that comes out of everyone’s pockets, an elegant one? Moreover, in this way the tactic, begun long ago, of harassing the selfish instincts of each group or social class is continued, although it is the surest expedient for fostering that terrible national unsolidarity that is killing Spain. Behold what the men of order do. We do not know what remains to be done by the holders of disorder.


We do not want to speak much of the document subscribed by the liberal leaders. The signature of these leaders of dynastic liberalism —may it be said with respect for their private persons— merits for us no public credit whatsoever. We have every right, after a hundred defections, to wait, before issuing judgment, for the acts that those words outline. We do not, then, accept any communion with these young gentlemen of the Regency who have falsified Spanish liberalism for fifteen years.

But apart from their maritime signatures, which one wave makes and another unmakes, it is for us, who fought them yesterday, fight them today, and will very likely fight them tomorrow, a matter of conscience and truthfulness to say a word in this difficult hour. The discredit of the liberal leaders must be divided, with justice, into two portions. One is their own manufacture and comes from their frivolity, their ridiculous ambitions, their giddy conduct, their lack of patriotic unction. But for the other portion they are not responsible, but the Monarchy. Moret already said that the liberals had never been allowed to govern. From Moret to the present the affirmation is all the truer. Any day now the Crown gave a decree of dissolution to the Left under the conditions in which this one has been given! If on the path of the liberties a man had done what our well-bearded Don Juan de La Cierva did on that of the reactions last March, he would have gone in convoy to Fernando Po. The Crown, then —and let it be said in the supreme service of truth—, has contributed to the discredit of its liberal servants by placing constant obstacles in their way and leaving them more than once naked before opinion. To the reformists, who bravely and with grave sacrifice broke the continuity of republicanism, the Crown has devoted only coldness, and the circles around the Crown, open mockery.

If there were space, it would come in handy now to recount the crisis of the little paper. The hero of the tale is this Señor Alba, who, in spite of his surname, does not now want to come out through the Plaza de Oriente. Then, the Valladolid cacique entered the heart of the Palace because he bore an antiliberal missive. Romanones, a friend yesterday, today remains declared a reprobate.

It is true that the Monarchy has used all its men, one after another, with the same treatment. First it drew them to its bosom and then annihilated them with its disdain. Thus it was with Moret and then with Maura; thus, in varying measure and successively, with the liberal chieftains; thus, in the end, with Señor Dato. Now, having gone through them all, the cycle renews itself and we see Señor Maura, once expelled, now returning to favor, and seats in parliament being handed over and young Maurists being sent to the provincial governments who, a year and a half ago, no more, practiced iconoclastic exercises in their Círculo de la Carrera. In truth the Crown has outdone itself in loves and disdains.

Con tanta mansuetudine quanto dolore assistiamo da alcune settimane allo svolgimento della politica patria. Due anni fa si formò un nodo nelle viscere dello Stato spagnolo, e i nostri sforzi sono andati durante tutto questo tempo a tentare di scioglierlo con altri procedimenti che non fossero la colica miserere. La fortuna lavora contro di noi, e oggi, al termine di cento previsioni e di avvisi bene intenzionati, vediamo senza speranza che mezza Spagna si appresta a venire alle mani con l’altra metà. Perché di questo siamo vicini, non vi sia dubbio.

È evidente che il numero degli uomini d’ordine nel nostro paese è ridottissimo. Da esso bisogna eliminare molto specialmente coloro che a sé stessi si qualificano come tali. Poiché non si può negare che, come fabbricante di disordine, il signor La Cierva sia un gerifalte, e al suo cospetto il signor Lerroux sembra un modesto e indotto dilettante. Attorno a questo frenetico signor La Cierva si raggruppano alcune forze antisociali e insociabili dell’estrema destra per le quali «ordine» vuol dire che il Governo sia nelle loro mani e che si lasci loro usarlo come una mazza per percuotere le teste degli altri spagnoli.

Non è ingiusto parlare così del signor La Cierva e dei suoi seguaci? Un po’ di memoria, lettore! Nel marzo del 1918, il signor La Cierva fu scacciato dal Potere da don Antonio Maura, che si dissociò dal suo antico ministro, lacerò i suoi recenti decreti e lasciò intendere a chi volle ascoltarlo la sua opinione che il signor La Cierva era un cittadino pericoloso. Senza alcun pretesto che giustifichi l’inversione del criterio, ora il signor Maura appare come una umile padella il cui manico è nel pugno del frenetico signor La Cierva. Perché questo? Non è forse una scena demoralizzatrice? Dopo tutto, il signor Maura conservava intorno alla fronte le reliquie di un’antica aureola. Perché si è dato al paese il triste spettacolo di un uomo dalla testa bianca che si spoglia preventivamente della veste dei suoi prestigi e dei suoi ideali impegni con sé stesso, per, in grave nudità, salire ora al Potere e lì mettersi ad adorare ciò che aveva promesso di estirpare e a estirpare ciò che aveva promesso di adorare, come sono le norme costituzionali e qualche altra sciocchezza del genere? La nostra Spagna è troppo stremata di fisionomie prestigiose perché non costituisca un crimine di lesa patria avere oggi portato a così evidente disdoro la figura di don Antonio Maura.

E a che altro lo si è condotto dal fondo dei suoi lunghi anni? Era il perpetuo combattente, l’ultimo fromboliere balearico che lapidava con la sua oratoria tutti i vecchi usi nefandi; era il nemico dei capricci palatini; era il nemico delle sovversioni corporative; era il nemico della caldaia elettorale dove la Corona getta il suo metallo. Non è un dolore trovarlo oggi protagonista di una pantomima di corte e vederlo ingurgitare lettere che dovevano perdersi e sorprenderlo tra i fumi del guisado, mestolo in resta?

Ma per tutto questo si potrebbe patriotticamente passare sopra se alla fine intravedessimo qualche vantaggio per il nostro popolo. Ma ciò che si sta per fare, anche se nessuno vi si opponesse, non giungerà a dare frutti. Di colpo, capricciosamente, con puerile ignoranza di ciò che è in questi tempi la società spagnola, si vuole ricostruire un grande partito mediante una ricetta casalinga. Si pretende di riportare tutto all’era della Restaurazione —dalla quale, a quanto pare, la Monarchia si ostina a non uscire—, e come se avessimo Romero Robledo redivivo, si ordina l’incubazione di una maggioranza formidabile. L’impegno sarà vano: domani, il fiammante partito universale si spezzerà di nuovo nei suoi pezzi originari. Non si sarà guadagnato nulla e si sarà perso molto.

Il semplice fatto che per il tentativo sia stato necessario concedere al signor Maura mezzi costituzionalmente scorretti, dovrebbe fecondare la riflessione di quanti ne siano capaci. Non è facile che riesca buono un affare il cui primo passo consuma tanto capitale di autorità. Come tante volte abbiamo detto, la Monarchia ha dovuto alimentare i grandi partiti con il suo tesoro di popolarità. Le graffe per mantenere interi i due catini avvicendati sono costate alla dinastia più di quanto si possa dire. Vorremmo ingannarci del tutto, ma sospettiamo che questa volta la mano abbia messo nel modo più grave nella borsa. Non è buon amico della Corona chi, allucinato dall’oggi, le nasconda questo sospetto che guarda al domani.

Una ragione, tra le altre, crediamo di poter addurre a sostegno di ciò: la Corona non può vivere sicura finché le istituzioni politiche non tornino a godere di normale prestigio. Altro è vivere alla macchia. Per questo, occorreva, o crearne di nuove, o rivendicare le attuali. E chi presume sul serio che il modo di fare queste elezioni non tolga alle prossime Cortes, faziose o no, tutto l’onore, è o un po’ sciocco o un molto mentecatto.

Per ora tutto va bene; i ministri conciano l’opinione col mezzo meno morale ma più efficace: aumentando gli stipendi che si era appena finito di aumentare. Perché non aspettare un mese, almeno finché le elezioni fossero fatte? È elegante il gesto del signor La Cierva che prepara l’ambiente a suo favore con denaro che esce dalle tasche di tutti? Inoltre, in questo modo si prosegue la tattica, da tempo iniziata, di stuzzicare gli istinti egoistici di ogni gruppo o classe sociale, benché sia l’espediente più sicuro per fomentare quella terribile insolidarietà nazionale che sta uccidendo la Spagna. Ecco ciò che fanno gli uomini d’ordine. Non sappiamo che cosa resti da fare ai titolari del disordine.


Noi non vogliamo parlare molto del documento sottoscritto dai capi liberali. La firma di questi capi del liberalismo dinastico —sia detto con rispetto per le loro persone private— non ci merita alcun credito pubblico. Abbiamo perfetto diritto, dopo cento defezioni, di aspettare, per emettere giudizio, gli atti che quelle parole profilano. Non accettiamo, dunque, alcuna comunità con questi signorini della Reggenza che hanno falsificato per quindici anni il liberalismo spagnolo.

Ma a parte le loro firme marine, che un’onda fa e un’altra disfa, è per noi, che li abbiamo combattuti ieri, che li combattiamo oggi e che molto verosimilmente li combatteremo domani, questione di coscienza e di veridicità dire in questa ora difficile una parola. Il discredito dei capi liberali si deve dividere, con giustizia, in due porzioni. Una è manufatto di loro stessi e proviene dalla loro frivolezza, dalle loro ridicole ambizioni, dal loro procedere sventato, dalla loro mancanza di unzione patriottica. Ma dell’altra porzione non sono responsabili loro, bensì la Monarchia. Disse già Moret che non si era mai lasciato governare i liberali. Da Moret a oggi l’affermazione è tanto più vera. Magari un giorno la Corona desse un decreto di dissoluzione alle sinistre nelle condizioni in cui ha dato questo! Se sul cammino delle libertà un uomo avesse fatto ciò che il nostro ben barbuto don Juan de La Cierva fece su quello delle reazioni nel marzo scorso, sarebbe andato di conserva a Fernando Poo. La Corona, dunque —e sia detto al supremo servizio della verità—, ha contribuito al discredito dei suoi servi liberali ponendo loro ostacoli costanti e lasciandoli più di una volta nudi dinanzi all’opinione. Ai riformisti, che coraggiosamente e con grave sacrificio ruppero la continuità del repubblicanesimo, la Corona ha dedicato soltanto sgarberie, e i circoli attorno alla Corona, beffe palesi.

Se ci fosse spazio, verrebbe a proposito raccontare ora la crisi del bigliettino. L’eroe del racconto è questo signor Alba che, malgrado il suo cognome, non vuole ora uscire per piazza d’Oriente. Allora, il cacique vallisoletano entrò nel cuore di Palazzo perché portava una missiva antiliberale. Romanones, amico ieri, oggi resta dichiarato reprobo.

Vero è che la Monarchia ha usato con tutti i suoi uomini, uno dopo l’altro, lo stesso trattamento. Prima li avvicinò al suo seno e poi li annientò con il suo disdegno. Così fu con Moret e poi con Maura; così, in varia misura e successivamente, con i caporioni liberali; così, infine, con il signor Dato. Ora, percorsi tutti, il ciclo si rinnova e vediamo il signor Maura, un tempo espulso, che ora torna al favore, e si consegnano atti e si inviano ai governi di provincia i giovani mauristi che un anno e mezzo fa, non di più, praticavano nel loro Circolo della Carrera esercizi iconoclasti. In verità la Corona ha toccato il colmo degli amori e dei disdegni.

«Somos monárquicos sin vocación de guardias de corps», decíamos en nuestro programa de nacimiento. No extrañe, pues, que expresemos nuestra leal convicción patriótica con franqueza de viejos castellanos. Estos días hay en torno a Palacio una condensación de tartuferías y se llevan allá muchas palabras de vil adulación por gentes a quienes no interesa el mañana de la Monarquía con tal de que hoy se les deje gozar mando y cordón.

No hablemos, pues, del documento firmado por los jefes liberales, que será escritura en el mar, jeroglífico en la arena; pero opongámonos a la tartufería de un derechismo antinacional y anárquico que se queja de la subversión cuando le es adversa, y mientras se queja está él mismo viviendo de otra más grave subversión.

Y una advertencia a los que nos leen: entre los redactores de El Sol y sus colaboradores íntimos no hay ninguno que aspire en estas elecciones a fatigar en su favor el sufragio universal.

Publicado sin firma, El Sol, 22 de mayo de 1919

«We are monarchists without any vocation for bodyguards», we said in our birth program. Let it not surprise, then, that we express our loyal patriotic conviction with the frankness of old Castilians. These days there is around the Palace a condensation of tartufferies, and many words of vile adulation are carried there by people to whom the morrow of the Monarchy matters not, provided that today they be left to enjoy command and cord.

Let us not speak, then, of the document signed by the liberal leaders, which will be writing on the sea, a hieroglyph in the sand; but let us oppose the tartuffery of an antinational and anarchic rightism that complains of subversion when it is adverse to it, and while it complains is itself living off another, graver subversion.

And a warning to those who read us: among the editors of El Sol and its intimate collaborators there is none who aspires in these elections to fatigue universal suffrage in his favor.

Published unsigned, El Sol, May 22, 1919

«Siamo monarchici senza vocazione di guardie del corpo», dicevamo nel nostro programma di nascita. Non stupisca, dunque, che esprimiamo la nostra leale convinzione patriottica con la franchezza dei vecchi castigliani. In questi giorni c’è attorno a Palazzo una condensazione di tartuferie e si portano lassù molte parole di vile adulazione da parte di gente a cui non interessa il domani della Monarchia, purché oggi si lasci loro godere comando e cordone.

Non parliamo, dunque, del documento firmato dai capi liberali, che sarà scrittura sul mare, geroglifico sulla sabbia; ma opponiamoci alla tartuferia di un destrismo antinazionale e anarchico che si lamenta della sovversione quando gli è avversa, e mentre si lamenta sta egli stesso vivendo di un’altra più grave sovversione.

E un avvertimento a coloro che ci leggono: tra i redattori di El Sol e i suoi collaboratori intimi non c’è nessuno che aspiri in queste elezioni ad affaticare in proprio favore il suffragio universale.

Pubblicato senza firma, El Sol, 22 maggio 1919