Abstract

Political column against La Cierva and against Maura, accused of squandering his prestige by returning to power to rebuild a great party artificially in Restoration style. Political journalism, not philosophy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Con tanta mansedumbre como dolor asistimos desde hace unas semanas al desarrollo de la política patria. Dos años ha se formó un nudo en las entrañas del Estado español, y nuestros esfuerzos han ido encaminados durante todo ese tiempo a intentar deshacerlo por otros procedimientos que no fueran el cólico miserere. La fortuna labora en contra nuestra, y hoy, al cabo de cien previsiones y bien intencionados avisos, vemos desesperanzados que media España se apresta a venir a las manos con la otra media. Porque de esto andamos cerca, no haya duda.

Está visto que el número de hombres de orden es en nuestro país reducidísimo. De él hay que eliminar muy especialmente a los que a sí mismos se califican de tales. Pues no puede negarse que, como fabricante de desorden, es el señor La Cierva un gerifalte, y a su vera parece el señor Lerroux un modesto e indocto aficionado. En torno a este frenético señor La Cierva se agrupan algunas fuerzas antisociales e insociables de la extrema derecha para las cuales «orden» quiere decir que esté en sus manos el Gobierno y se les deje usar de él como de una maza para contundir las testas de los demás españoles.

¿No es injusto hablar así del señor La Cierva y sus seguidores? ¡Un poco de memoria, lector! En marzo de 1918, el señor La Cierva fue arrojado del Poder por don Antonio Maura, que se insolidarizó de su antiguo ministro, rasgó sus recientes decretos y dejó oír a quien quiso escucharle, su opinión de que el señor La Cierva era un ciudadano peligroso. Sin pretexto alguno que hiciese buena la inversión del criterio aparece ahora el señor Maura como una humilde sartén cuyo mango está en el puño del frenético señor La Cierva. ¿Por qué es esto? ¿No es ello una escena desmoralizadora? Al fin y al cabo, el señor Maura conservaba en torno a la frente las reliquias de una antigua aureola. ¿Por qué se ha dado al país el triste espectáculo de un hombre con la cabeza blanca que se despoja previamente del ropaje de sus prestigios y de sus ideales compromisos consigo mismo, para, en grave desnudez, subir ahora al Poder y allí ponerse a adorar lo que había prometido extirpar y a extirpar lo que había prometido adorar, como son las normas constitucionales y alguna otra zarandaja por el estilo? Anda nuestra España demasiado exhausta de fisonomías prestigiosas para que no constituya un crimen de lesa patria haber traído hoy a tan evidente desdoro la figura de don Antonio Maura.

Pues ¿a qué otra cosa se le ha traído desde el fondo de sus largos años? Era el perpetuo combatiente, el último hondero balear que lapidaba con su oratoria todos los viejos usos nefandos; era el enemigo de los caprichos palatinos; era el enemigo de las subversiones corporativas; era el enemigo de la caldera electoral donde pone su metal la Corona. ¿No es un dolor hallarle hoy de protagonista en una pantomima de corte y verle ingurgitar cartas que debieron perderse y sorprenderle entre los humos del guisado, cazo en ristre?

Mas por todo esto cabría patrióticamente pasar si al cabo de ello entreviésemos alguna ventaja para nuestro pueblo. Pero lo que se va a hacer, aunque nadie se opusiera a ello, no llegará a dar frutos. De súbito, caprichosamente, con pueril ignorancia de lo que es en estos tiempos la sociedad española, se quiere reconstruir un gran partido mediante una receta casera. Se pretende retrotraer todo a la era de la Restauración —de la cual, por lo visto, se obstina en no salir la Monarquía—, y como si tuviéramos a Romero Robledo redivivo, se ordena la incubación de una mayoría formidable. El empeño será vano: mañana, el flamante partido universal se quebrará de nuevo en sus trozos originarios. No se habrá ganado nada y se habrá perdido mucho.

El simple hecho de que para el intento haya sido menester otorgar al señor Maura medios constitucionalmente incorrectos, debiera fecundar la reflexión de cuantos sean capaces de ella. No es fácil que resulte bueno, negocio cuyo primer paso consume tanto capital de autoridad. Como tantas veces hemos dicho, la Monarquía ha tenido que alimentar los grandes partidos de su tesoro de popularidad. Las lañas para mantener enterizos los dos lebrillos turnantes han costado a la dinastía más de cuanto se pudiera decir. Quisiéramos equivocarnos del todo, pero sospechamos que esta vez la mano ha dado el más grave tiento al bolso. No es buen amigo de la Corona quien alucinado por el hoy le oculte esta sospecha que mira al mañana.

Una razón, entre otras, creemos poder dar en abono de esto: la Corona no puede vivir segura mientras las instituciones políticas no vuelvan a gozar de normal prestigio. Otra cosa es vivir a salto de mata. Para ello cabía, o crear otras nuevas, o reivindicar las actuales. Y el que presuma en serio que el modo de hacer estas elecciones no quita a las Cortes próximas, facciosas o no, todo el honor, es o un poco necio o un mucho mentecato.

Por ahora todo va bien; los ministros adoban la opinión por el medio menos moral, pero más eficaz: subiendo los sueldos que acababan de ser subidos. ¿Por qué no esperar un mes, siquiera hasta que las elecciones fueran hechas? ¿Es elegante el gesto del señor La Cierva preparando el ambiente en su favor con dinero que sale de los bolsillos de todos? Además, de esta suerte se prosigue la táctica, hace tiempo iniciada, de hostigar los instintos egoístas de cada grupo o clase social, aunque es el arbitrio más certero para fomentar esa terrible insolidaridad nacional que está matando a España. He aquí lo que hacen los hombres de orden. No sabemos qué queda por hacer a los titulares del desorden.


Nosotros no queremos hablar mucho del documento suscrito por los jefes liberales. La firma de estos jefes del liberalismo dinástico —sea dicho con respeto a sus personas privadas— no nos merece crédito público ninguno. Tenemos perfecto derecho, después de cien defecciones, a esperar, para emitir juicio, los actos que esas palabras perfilan. No aceptamos, pues, comunidad alguna con estos señoritos de la Regencia que han falsificado durante quince años el liberalismo español.

Mas aparte de sus firmas marítimas, que una ola hace y otra deshace, es para nosotros que los combatimos ayer, que los combatimos hoy y que muy verosímilmente los combatiremos mañana, cuestión de conciencia y de veracidad decir en esta hora difícil una palabra. El desprestigio de los jefes liberales se debe dividir, con justicia, en dos porciones. Una es manufactura de ellos mismos y proviene de su frivolidad, de sus ambiciones ridículas, de su casquivano proceder, de su falta de unción patriótica. Pero de la otra porción no son ellos responsables, sino la Monarquía. Ya dijo Moret que no se había dejado nunca gobernar a los liberales. Desde Moret a la fecha es la afirmación tanto más verdad. ¡Cualquier día la Corona daba un decreto de disolución a las izquierdas en las condiciones en que se ha dado éste! Si en el camino de las libertades hubiera hecho un hombre lo que nuestro bien barbado don Juan de La Cierva hizo en el de las reacciones en marzo pasado, habría ido de conserva a Fernando Poo. La Corona, pues —y sea ello dicho en el supremo servicio de la verdad—, ha contribuido al desprestigio de sus servidores liberales poniéndoles trabas constantes y dejándolos más de una vez en cueros ante la opinión. A los reformistas, que valientemente y con grave sacrificio rompieron la continuidad del republicanismo, la Corona sólo ha dedicado esquiveces, y los círculos en torno a la Corona, burlas patentes.

Si hubiera espacio vendría a pelo contar ahora la crisis del papelito. El héroe del cuento es este señor Alba, que, a pesar de su apellido, no quiere ahora salir por la plaza de Oriente. Entonces, el cacique vallisoletano entró en el corazón de Palacio porque llevaba una misiva antiliberal. Romanones, amigo ayer, queda hoy declarado precito.

Verdad es que la Monarquía ha usado con todos sus hombres, uno tras otro, del mismo trato. Primero los acercó a su seno y luego los aniquiló con su desdén. Así fue con Moret y luego con Maura; así, en varia medida y sucesivamente, con los cabecillas liberales; así, en fin, con el señor Dato. Ahora, recorridos todos, el ciclo se renueva y vemos al señor Maura, antaño expulsado, que ahora vuelve a la privanza, y que se entregan actas y se envía a los gobiernos de provincias a los jóvenes mauristas que hace año y medio, y no más, practicaban en su Círculo de la Carrera ejercicios iconoclastas. En verdad que la Corona ha rizado el rizo de los amores y los desdenes.

«Somos monárquicos sin vocación de guardias de corps», decíamos en nuestro programa de nacimiento. No extrañe, pues, que expresemos nuestra leal convicción patriótica con franqueza de viejos castellanos. Estos días hay en torno a Palacio una condensación de tartuferías y se llevan allá muchas palabras de vil adulación por gentes a quienes no interesa el mañana de la Monarquía con tal de que hoy se les deje gozar mando y cordón.

No hablemos, pues, del documento firmado por los jefes liberales, que será escritura en el mar, jeroglífico en la arena; pero opongámonos a la tartufería de un derechismo antinacional y anárquico que se queja de la subversión cuando le es adversa, y mientras se queja está él mismo viviendo de otra más grave subversión.

Y una advertencia a los que nos leen: entre los redactores de El Sol y sus colaboradores íntimos no hay ninguno que aspire en estas elecciones a fatigar en su favor el sufragio universal.

Publicado sin firma, El Sol, 22 de mayo de 1919