Ortega y Gasset

Abstract

Letter to his friend Rubín de Cendoya: classicism must be wrested from literature and from normative poetics (which answers ‘why these classics?’ with ‘just because’) and understood as a principle of conservation of historical energy — a direction and an impulse, not a model to imitate.

Connections

Concetti: bellezza
Forme: saggio, epistola

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Amigo Rubín de Cendoya: al tiempo que yo me ajetreaba por tierras heteróclitas, corregía usted tranquilamente las líneas de su espíritu según la pauta ofrecida en el perfil de las sacras montañas celtíberas. Es usted un hombre envidiable que nació en Córdoba y supo, sin embargo, afirmar desde luego, junto al casticismo el clasicismo, entendida esta palabra a nuestro modo, no como un modelo y una regla, sino como una dirección y un impulso, no como un tipo dogmatizado, sino como un credo fluyente que en cada instante se supera a sí mismo, se muda el cuerpo dentro de un cauce sin mudanza. Aún hay gentes para quienes no es del todo claro esto del clasicismo, gentes adolecidas por la confusa sospecha de que toda esta máquina del mundo nació el mismo día que ellas; dejémosles en su opinión: a la postre, conviene sobremanera que algunos amigos nuestros piensen de distinta suerte que nosotros, porque así logramos el enriquecimiento de la conciencia nacional. Y abandonándoles la ardua faena de adecentar lógicamente su solipsismo, procuremos nosotros poner a nuestras energías, pocas o muchas, el cauce y la conciencia de lo clásico.

Hace dos semanas traté de exponer lo que yo entiendo por clásico, mas siendo el espacio poco, me reduje a describir la significación que a este concepto atañe en una filosofía de la cultura. Y quisiera insistir una vez y otra sobre este tema, porque lo considero decisivo en todo tiempo, y porque considero el tiempo de ahora decisivo para todo el porvenir español. A despecho de algunas apariencias que inquietan nuestro optimismo, usted y yo, amigo don Rubín, estamos convencidos de que los cerebros españoles comienzan a renovar sus hábitos mentales, dejando los que nos han malservido tres siglos por un ansia vaga de otros nuevos. Y como la movilidad intelectual de nuestra raza es por demás sospechosa, témome que estos hábitos que ahora vamos adquiriendo hayan de durarnos unas cuantas centurias. Por esto en otras castas es lícito perdonar ciertos leves errores y algunas tildes, siempre que la orientación general sea justa. Mas aquí es menester una gran precisión, so pena de que pequeñas faltas iniciales produzcan al proyectarse en siglos remotos un desfalco histórico y la insolvencia cultural.

Decía, pues, el otro día que, si creemos en la cultura, tenemos que creer en el clasicismo, porque es éste, en mi entender, algo así como un principio de la conservación de la energía histórica; algo así nada más, porque la energía histórica aumenta y la física permanece igual a sí propia. Me escribe usted que no está muy clara mi lucubración, y yo voy a intentar con algunos rodeos en ésta y otras cartas explicarme suficientemente.

Es menester, ante todo, arrancar el clasicismo de la literatura, y en general, de los brazos blancos y hadados del arte, porque el arte, como mujer al cabo, es deliciosa en su ingenuidad, pero es temible en sus reflexiones. Cuando el arte en una hora de melancolía y de mengua entra en reflexiones sobre sí misma, nace una cosa absurda, a la cual, en sentido lato, llamamos poética. Y en uno de los capítulos de la poética se habla de los clásicos como de modelos que es preciso imitar, se les pone como una meta a las aspiraciones, por tanto, fuera de nosotros, en una región trascendente e inasequible. Y si se pregunta por qué los clásicos son tales y tales y no otros, la poética sólo puede responder: porque sí. Como ve usted, amigo Cendoya, el clasicismo, oriundo de la reflexión artística, acaba por ser más bien una grosería.

Aunque yo coincida fortuitamente, más que otros amigos contemporáneos, con las valoraciones de la crítica artística tradicional, doy la razón a dichos iconoclastas —gente, por lo demás, de espíritu sumario y montaraz— cuando se encambronan y se encrespan contra esa Poética incivil. Sí, hermano Cendoya, incivil porque no puede responder a la demanda: Quid juris? ¿Con qué razón? Lo racional es lo que constituye lo civil, lo jurídico; es el terreno en que pueden ensamblarse las diferencias individuales y aunarse en ciudad, en sociedad jurídica, pasando de lo selvático a lo ciudadano. El juicio estético, en cambio, es en sí mismo irracional: decide en él aquel grumo del individuo inasilable para el concepto, huidero, bravío, irreductible a la acción legífera de la ciencia. Cual todos los españoles mozos de esta hora, he movido yo larga guerra a mi yo para arrojarlo, como un mal can, de los fanos consagrados a la lógica y a la ética, a la vida especulativa y a la vida moral: aullando el canecillo de mí mismo, ha ido a acogerse en la espléndida democracia de la estética, y me temo mucho, amigo Rubín, que no ha de ser fácil arrojarlo también de allí, porque ha de hacer valer allí sus droits de l’homme. Por esto digo que no se debe buscar primariamente en el arte, en la historia literaria el concepto de clásico: sino primero en la historia de la ciencia, luego en la historia de la ética, del derecho, de la política. En estos dominios el suelo es firme y podremos llegar a convenio. Después pasaríamos a la estética y veríamos cómo hay también un clasicismo artístico, pero sólo después. No se entra, en suma, al clasicismo por la senda florida e incierta de lo bello, sino por el severo camino de las matemáticas y de la dialéctica.

¿Quiere usted un ejemplo? Cuando Mauricio Barrès lleva su ardorosa petulancia de académico francés a la carroña de Grecia y pasea la preocupación de un libro por escribir (el Voyage de Sparte), entre la podre insignificante de un pueblo que murió hace veinte siglos, habla sinceramente, por vez primera acaso, al referirnos que allí se embota la sensibilidad de un nacionalista parisiense. Les nerfs nous sauvent de la vulgarité, cree Barrès y aquella luminosidad muerta nada dice a sus nervios. ¿Lo ve usted, don Rubín? Grecia no es ya para los artistas, ni para las mujeres: en general, Grecia no tiene ya nada que decir a los nervios. En adelante sólo deben ir a Grecia los predicadores socialistas para aprender la norma de un demos aristocrático: y los filósofos para cumplir una vez más el rito del respeto histórico. Mauricio Barrès no debe volver. Pero en todo tiempo habrá frente a los viajeros que sólo saben renovar sus aspiraciones sobre paisajes nuevos, otros que verán sobre paisajes viejos y gastados paisajes originales. Y así el filósofo irá por los siglos a la carroña de Grecia y acertará a alambicar del paisaje tan usado alguna nueva forma de perenne Virtud y alguna brizna nueva de Razón.

La Poética tradicional, repito, es culpable de este desviamiento lejos de lo clásico. Ha hecho de ello una trascendencia, algo fuera del hombre moderno, inasequible, hierático y ha caído con todas las demás trascendencias. A nosotros toca hacerlo inmanente en el hombre de todos los tiempos, desencantarlo, obligarle a que fluya a lo largo de toda la historia europea y a que se remanse en los lugares gloriosos que llamamos Renacimientos.

Para que lo clásico pueda manar en cualquier momento de nuestra historia, es preciso hacer de él un concepto sobrehistórico. Me explicaré. En su Arte de poesía castellana decía, por ejemplo, Juan del Enzina: «Que no dudo nuestros antecesores aver escrito cosas más dinas de memoria: porque allende de tener mas bivos ingenios, llegaron primero e aposentáronse en las mejores razones e sentencias». Y el prólogo de la Primera crónica general de España, comienza: «Los sabios antigos, que fueron en los tiempos primeros et fallaron los saberes et las otras cosas…» Estas dos citas de tan diversas épocas vienen a ser una definición implícita del clasicismo a la manera que se ha entendido hasta ahora. Eso es lo clásico histórico: así lo entendieron con la Edad Media los sabios amigos del sabio Alfonso: así entendió el clasicismo Juan del Enzina aunque humanista y renacentista, gran corredor de Italia y sanísimo poeta. Para ellos lo clásico es lo antiguo y las obras y los hombres clásicos alcanzan ese privilegio merced a sus años de servicios.

Otro síntoma de lo que voy hablando, amigo Rubín, es la querella perdurable de antiguos y modernos; planteada así la cuestión, es una inepcia. Debió hablarse de clásicos y románticos: no de antiguos y modernos. Clásicos y románticos los ha habido siempre, de Grecia acá: la historia europea, por otro nombre humana, es la historia de las luchas entre esos dos ángeles, Ormuz y Arimán, principios de lo bueno y lo malo.

En cualquier momento del hoy, del ayer o del mañana europeos, se hallará la pelea metafísica de ambos principios, en mengua el uno, triunfante el otro, polarizando la agitación humana.

I

Friend Rubín de Cendoya: while I was bustling about through heteroclite lands, you were tranquilly correcting the lines of your spirit according to the pattern offered in the profile of the sacred Celtiberian mountains. You are an enviable man who was born in Córdoba and knew, nevertheless, how to affirm at once, alongside casticismo [traditionalism], classicism, understanding this word in our manner, not as a model and a rule, but as a direction and an impulse, not as a dogmatized type, but as a flowing creed that in each instant surpasses itself, changes its body within an unchanging channel. There are still people for whom all this about classicism is not entirely clear, people afflicted by the confused suspicion that this whole machine of the world was born the same day as they; let us leave them to their opinion: in the end, it is supremely fitting that some of our friends think differently from us, because thus we achieve the enrichment of the national consciousness. And abandoning to them the arduous labor of logically tidying up their solipsism, let us strive ourselves to give our energies, few or many, the channel and the consciousness of the classical.

Two weeks ago I tried to expound what I understand by classical, but as the space was little, I limited myself to describing the signification that pertains to this concept in a philosophy of culture. And I should like to insist once and again on this theme, because I consider it decisive in every time, and because I consider the present time decisive for all the Spanish future. In spite of some appearances that disturb our optimism, you and I, friend Don Rubín, are convinced that the Spanish brains are beginning to renew their mental habits, leaving those that have served us badly for three centuries for a vague longing for new ones. And as the intellectual mobility of our race is highly suspect, I fear that these habits we are now acquiring must last us some centuries. That is why in other castes it is permissible to forgive certain light errors and some blemishes, provided the general orientation is just. But here great precision is necessary, on pain that small initial failings, when projected over remote centuries, produce a historical deficit and cultural insolvency.

I was saying, then, the other day that, if we believe in culture, we have to believe in classicism, because it is this, in my understanding, something like a principle of the conservation of historical energy; something like that and nothing more, because historical energy increases and physical energy remains equal to itself. You write me that my lucubration is not very clear, and I am going to try, with some detours in this and other letters, to explain myself sufficiently.

It is necessary, above all, to tear classicism away from literature, and in general, from the white and fated arms of art, because art, being a woman in the end, is delicious in its ingenuousness, but formidable in its reflections. When art, in an hour of melancholy and decline, enters into reflections upon itself, there is born an absurd thing, which, in a broad sense, we call poetics. And in one of the chapters of poetics the classics are spoken of as models that it is necessary to imitate; they are set up as a goal to aspirations, therefore, outside ourselves, in a transcendent and unattainable region. And if one asks why the classics are such and such and not others, poetics can only answer: because yes. As you see, friend Cendoya, classicism, originating from artistic reflection, ends up being rather a rudeness.

Although I may happen to agree, more than other contemporary friends, with the valuations of traditional artistic criticism, I give reason to those iconoclasts —people, besides, of summary and mountaineer spirit— when they bristle and rage against that uncivil Poetics. Yes, brother Cendoya, uncivil because it cannot answer the demand: Quid juris? With what right? The rational is what constitutes the civil, the juridical; it is the terrain in which individual differences can be fitted together and united into a city, into a juridical society, passing from the wild to the citizen. The aesthetic judgment, on the other hand, is in itself irrational: in it decides that clot of the individual unseizable for the concept, elusive, wild, irreducible to the lawgiving action of science. Like all the young Spaniards of this hour, I have waged long war upon my I to hurl it, like a bad dog, from the shrines consecrated to logic and to ethics, to the speculative life and to the moral life: howling, the little dog of myself has gone to take refuge in the splendid democracy of aesthetics, and I fear very much, friend Rubín, that it will not be easy to hurl it out of there too, because there it will have to make its droits de l’homme prevail. That is why I say that one must not seek primarily in art, in literary history, the concept of the classical: but first in the history of science, then in the history of ethics, of law, of politics. In these domains the ground is firm and we shall be able to reach agreement. Afterwards we would pass to aesthetics and would see how there is also an artistic classicism, but only afterwards. One does not enter, in sum, into classicism by the flowery and uncertain path of the beautiful, but by the severe road of mathematics and dialectics.

Do you want an example? When Maurice Barrès carries his ardent petulance of a French academician to the carrion of Greece and strolls the preoccupation of a book to be written (the Voyage de Sparte), amid the insignificant putrefaction of a people that died twenty centuries ago, he speaks sincerely, for the first time perhaps, when he tells us that there the sensibility of a Parisian nationalist grows dull. Les nerfs nous sauvent de la vulgarité, Barrès believes, and that dead luminosity says nothing to his nerves. Do you see it, Don Rubín? Greece is no longer for the artists, nor for the women: in general, Greece no longer has anything to say to the nerves. Henceforth only socialist preachers should go to Greece to learn the norm of an aristocratic demos: and philosophers, to fulfill once more the rite of historical respect. Maurice Barrès must not return. But in every time there will be, facing the travelers who only know how to renew their aspirations upon new landscapes, others who will see upon old and worn landscapes original landscapes. And so the philosopher will go for centuries to the carrion of Greece and will manage to distill from the landscape so used some new form of perennial Virtue and some new shred of Reason.

The traditional Poetics, I repeat, is guilty of this deviation away from the classical. It has made of it a transcendence, something outside modern man, unattainable, hieratic, and it has fallen with all the other transcendences. It is for us to make it immanent in the man of all times, to disenchant it, to oblige it to flow along the whole of European history and to settle in the glorious places we call Renaissances.

In order that the classical may well up at any moment of our history, it is necessary to make of it a suprahistorical concept. I shall explain myself. In his Arte de poesía castellana Juan del Enzina said, for example: «That I do not doubt our predecessors wrote things more worthy of memory: because besides having more lively wits, they arrived first and lodged themselves in the best reasons and sentences». And the prologue of the Primera crónica general de España begins: «The ancient wise men, who were in the first times and found the knowledges and the other things…» These two citations from such diverse eras come to be an implicit definition of classicism in the manner it has been understood up to now. That is the historical classical: thus did the wise friends of the wise Alfonso understand it with the Middle Ages: thus did Juan del Enzina understand classicism, although a humanist and Renaissance man, a great runner about Italy and a most sound poet. For them the classical is the ancient, and the classical works and men achieve that privilege by virtue of their years of service.

Another symptom of what I am saying, friend Rubín, is the enduring quarrel of ancients and moderns; posed thus the question, it is an ineptitude. One should have spoken of classics and romantics: not of ancients and moderns. Classics and romantics there have always been, from Greece down: European history, by another name human history, is the history of the struggles between those two angels, Ormuzd and Ahriman, principles of good and evil.

At any moment of the European today, yesterday or tomorrow, the metaphysical fight of both principles will be found, one in decline, the other triumphant, polarizing human agitation.

I

Amico Rubín de Cendoya: mentre io mi affannavo per terre eteroclite, lei correggeva tranquillamente le linee del suo spirito secondo la pauta offerta nel profilo delle sacre montagne celtiberiche. Lei è un uomo invidiabile che nacque a Córdoba e seppe, tuttavia, affermare subito, accanto al casticismo il classicismo, intesa questa parola a modo nostro, non come un modello e una regola, ma come una direzione e un impulso, non come un tipo dogmatizzato, ma come un credo fluente che in ogni istante supera sé stesso, si muta il corpo dentro un alveo senza mutamento. Ci sono ancora genti per le quali non è del tutto chiaro questo del classicismo, genti affette dal confuso sospetto che tutta questa macchina del mondo sia nata lo stesso giorno di loro; lasciamole nella loro opinione: in fin dei conti, conviene sommamente che alcuni nostri amici pensino in modo diverso da noi, perché così otteniamo l’arricchimento della coscienza nazionale. E abbandonando loro l’ardua fatica di assestare logicamente il loro solipsismo, procuriamo noi di mettere alle nostre energie, poche o molte, l’alveo e la coscienza del classico.

Due settimane fa cercai di esporre ciò che io intendo per classico, ma essendo lo spazio poco, mi ridussi a descrivere la significazione che a questo concetto attiene in una filosofia della cultura. E vorrei insistere una volta e un’altra su questo tema, perché lo considero decisivo in ogni tempo, e perché considero il tempo di ora decisivo per tutto l’avvenire spagnolo. A dispetto di alcune apparenze che inquietano il nostro ottimismo, lei e io, amico don Rubín, siamo convinti che i cervelli spagnoli comincino a rinnovare i loro abiti mentali, lasciando quelli che ci hanno mal servito per tre secoli per un’ansia vaga di altri nuovi. E poiché la mobilità intellettuale della nostra razza è per altro sospetta, temo che questi abiti che ora andiamo acquistando debbano durarci alcune centurie. Per questo in altre caste è lecito perdonare certi lievi errori e alcune macchie, sempre che l’orientamento generale sia giusto. Ma qui è necessaria una grande precisione, pena che piccole mancanze iniziali producano proiettandosi in secoli remoti un disavanzo storico e l’insolvenza culturale.

Dicevo, dunque, l’altro giorno che, se crediamo nella cultura, dobbiamo credere nel classicismo, perché è questo, a mio intendere, qualcosa come un principio della conservazione dell’energia storica; qualcosa come soltanto questo, perché l’energia storica aumenta e la fisica rimane uguale a sé stessa. Mi scrive lei che non è molto chiara la mia elucubrazione, e io tenterò con alcuni giri in questa e in altre lettere di spiegarmi sufficientemente.

È necessario, innanzitutto, strappare il classicismo dalla letteratura, e in generale, dalle braccia bianche e fatate dell’arte, perché l’arte, come donna in fondo, è deliziosa nella sua ingenuità, ma è temibile nelle sue riflessioni. Quando l’arte in un’ora di melanconia e di mancanza entra in riflessioni su sé stessa, nasce una cosa assurda, la quale, in senso lato, chiamiamo poetica. E in uno dei capitoli della poetica si parla dei classici come di modelli che è preciso imitare; si pongono come una meta alle aspirazioni, perciò, fuori di noi, in una regione trascendente e inaccessibile. E se si domanda perché i classici sono tali e tali e non altri, la poetica può soltanto rispondere: perché sì. Come vede, amico Cendoya, il classicismo, oriundo della riflessione artistica, finisce per essere piuttosto una grossolanità.

Anche se io coincida fortuitamente, più di altri amici contemporanei, con le valorizzazioni della critica artistica tradizionale, do ragione a detti iconoclasti —gente, per altro, di spirito sommario e montanaro— quando si arrabbiano e si accaniscono contro quella Poetica incivile. Sì, fratello Cendoya, incivile perché non può rispondere alla domanda: Quid juris? Con quale ragione? Il razionale è ciò che costituisce il civile, il giuridico; è il terreno in cui possono incastrarsi le differenze individuali e unirsi in città, in società giuridica, passando dal selvatico al cittadino. Il giudizio estetico, invece, è in sé stesso irrazionale: decide in esso quel grumo dell’individuo inafferrabile per il concetto, fuggente, selvatico, irriducibile all’azione legislatrice della scienza. Come tutti gli spagnoli giovani di quest’ora, ho mosso lunga guerra al mio io per scacciarlo, come un cane cattivo, dai fani consacrati alla logica e all’etica, alla vita speculativa e alla vita morale: ululando il cagnolino di me stesso, è andato a rifugiarsi nella splendida democrazia dell’estetica, e temo molto, amico Rubín, che non sarà facile scacciarlo anche da lì, perché lì dovrà far valere i suoi droits de l’homme. Per questo dico che non si deve cercare primariamente nell’arte, nella storia letteraria il concetto di classico: ma prima nella storia della scienza, poi nella storia dell’etica, del diritto, della politica. In questi domini il suolo è fermo e potremo arrivare a un accordo. Dopo passeremmo all’estetica e vedremmo come c’è anche un classicismo artistico, ma solo dopo. Non si entra, in somma, al classicismo per la via fiorita e incerta del bello, ma per il severo cammino delle matematiche e della dialettica.

Vuole un esempio? Quando Mauricio Barrès porta la sua ardente petulanza di accademico francese alla carogna della Grecia e passeggia la preoccupazione di un libro da scrivere (il Voyage de Sparte), tra la poltiglia insignificante di un popolo che morì venti secoli fa, parla sinceramente, per la prima volta forse, riferendoci che lì si smussa la sensibilità di un nazionalista parigino. Les nerfs nous sauvent de la vulgarité, crede Barrès e quella luminosità morta nulla dice ai suoi nervi. Lo vede, don Rubín? La Grecia non è più per gli artisti, né per le donne: in generale, la Grecia non ha più nulla da dire ai nervi. D’ora in poi solo i predicatori socialisti devono andare in Grecia per imparare la norma di un demos aristocratico: e i filosofi per compiere una volta di più il rito del rispetto storico. Mauricio Barrès non deve tornare. Ma in ogni tempo ci saranno, di fronte ai viaggiatori che sanno soltanto rinnovare le loro aspirazioni su paesaggi nuovi, altri che vedranno su paesaggi vecchi e consumati paesaggi originali. E così il filosofo andrà per i secoli alla carogna della Grecia e riuscirà a distillare dal paesaggio tanto usato qualche nuova forma di perenne Virtù e qualche briciola nuova di Ragione.

La Poetica tradizionale, ripeto, è colpevole di questo sviamento lontano dal classico. Ne ha fatto una trascendenza, qualcosa fuori dell’uomo moderno, inaccessibile, ieratico ed è caduta con tutte le altre trascendenze. A noi tocca farlo immanente nell’uomo di tutti i tempi, disincantarlo, obbligarlo a fluire lungo tutta la storia europea e a rimanere in laghetto nei luoghi gloriosi che chiamiamo Rinascimenti.

Perché il classico possa sgorgare in qualsiasi momento della nostra storia, è preciso fare di esso un concetto soprastorico. Mi spiegherò. Nella sua Arte de poesía castellana diceva, per esempio, Juan del Enzina: «Che non dubito che i nostri antecessori abbiano scritto cose più degne di memoria: perché oltre ad avere ingegni più vivi, arrivarono prima e si alloggiarono nelle migliori ragioni e sentenze». E il prologo della Prima crónica general de España comincia: «I savi antichi, che furono nei primi tempi et trovarono i saperi et le altre cose…» Queste due citazioni di epoche così diverse vengono a essere una definizione implicita del classicismo alla maniera che si è intesa finora. Questo è il classico storico: così lo intesero con il Medioevo i savi amici del savio Alfonso: così intese il classicismo Juan del Enzina, benché umanista e rinascimentale, gran corridore d’Italia e sanissimo poeta. Per loro il classico è l’antico e le opere e gli uomini classici raggiungono quel privilegio grazie ai loro anni di servizio.

Un altro sintomo di ciò che vado dicendo, amico Rubín, è la querela perdurabile di antichi e moderni; posta così la questione, è un’inezia. Si doveva parlare di classici e romantici: non di antichi e moderni. Classici e romantici ci sono stati sempre, dalla Grecia in qua: la storia europea, per altro nome umana, è la storia delle lotte tra quei due angeli, Ormuz e Arimán, principi del bene e del male.

In qualsiasi momento dell’oggi, dello ieri o del domani europei, si troverà la lotta metafisica di entrambi i principi, in mancanza l’uno, trionfante l’altro, polarizzando l’agitazione umana.

El error de pensar el clasicismo según una noción cronológica y más o menos estrictamente confundirlo con la antigüedad, tiene tan hondas raíces psíquicas, que no dudo atribuirlo a los restos de asiatismo que quedan en los corazones europeos. Pues es sabido que para el oriental un libro, por el mero hecho de ser antiguo, es un libro inspirado, es un libro divino. Aquí tiene usted el clasicismo histórico de mongoles y semitas, el clasicismo como superstición, el clasicismo romántico. ¿Por qué romántico? —me dirá usted…

El Imparcial, 18 de noviembre de 1907

II

Estas cartas, amigo don Rubín, que juzgará petulantes más de un lector, son sencillamente incitaciones dirigidas, por el conducto de usted, a algunos muchachos celtíberos que hoy comienzan a adquirir métodos espirituales. Y no es otra su intención que ofrecerles un compás mental y una dignidad frente a algunos dogmas incontinentes que dominan la conciencia actual española. Yo he sido casticista, y hasta he dado a la luz cierta confesión de celtiberismo a redropelo que me hizo usted años ha, cuando era usted más joven y admiraba al pintor Theotocópuli con mayor sinceridad que comedimiento. De entonces acá, y a la vuelta de algunas peregrinaciones por tierra de escitas, me he convencido de que existe ya en España una muy recia corriente afirmadora de la casta y de la tradición sentimental. Debiendo ser nuestra norma el enriquecimiento de la conciencia nacional, creo, pues, hermano Cendoya, llegado el momento para que dejemos nosotros de ser casticistas. Hay en un pueblo tanta mayor cultura, cuantos más sean los temas ideales presentes en su conciencia. La publicación reciente de un hermoso libro acerca del Greco, compuesto por un profesor de pedagogía, nos anuncia la entrada oficial del casticismo en la conciencia española, y nos garantiza —dado el puesto social del autor— la perpetuación en los ánimos jóvenes de algunas vibraciones étnicas. Porque se hace en este libro una afirmación tan amplia e inequívoca del casticismo y de la mística, que no podíamos pedir más, y que acabará de confirmarnos en nuestra decisión de ser clasicistas. Pero del libro y del asunto hablaré a vuestra merced otro día, cuando llegue la ocasión de sustentar que el clasicismo es lo opuesto al casticismo.

Recordará usted que al concluir la carta anterior sostenía yo la necesidad de fijar a lo clásico una noción sobrehistórica: agilizado así, podría bajo la especie de licor y de jugo fluir en perenne primavera a lo largo de todas las venas históricas. Si el Buddha no hubiese sido más que un ser histórico y no un ser divino, no habría podido ejercitar aquella ebria caridad cuando a poco de nacer le llevó su padre a visitar quinientos de sus parientes, la familia entera de los príncipes Sakias. Porque todos ofrecieron al niño por morada sus palacios, y el Buddha, para no adolecer el corazón de ninguno, se multiplicó quinientas veces y habitó a un tiempo los quinientos palacios.

Un resto de asiatismo, de propensión a materializar las cosas, veo yo en la confusión de lo clásico con lo antiguo. Esto es clasicismo romántico, reaccionario, conservador, amigo de quemar, como un incienso, sobre un altar consagrado al Dios de los muertos la sustancia odorífera del porvenir. Para nada nos sirve este clasicismo de los holgazanes que nos hace mal de ojo puesto allá en la hondura de unos siglos viejos. Necesitamos, antes bien, un clasicismo que oriente nuestra actividad, y trayéndonos aromas de tierras novísimas, nos incite a la conquista

Por mares nunca d’antes navegados.

Si los antiguos hicieron esta faena del pensar o del pintar o del componer versos, y en general, del vivir de la mejor manera imaginable, no sé qué sentido puedan tener nuestras esperanzas. El colmo de éstas no pasaría de significar una segunda representación. ¿Y para qué dos Grecias si con una basta? ¿Y para qué dos Quevedo si con uno sobra? Para este clasicismo incapaz de fluidez somos meramente epígonos, y la historia, más que historia, un coro gigantesco de multitudes extáticas aplaudiendo la postura que un día tomó un pueblo o el gesto que una tarde ocurrió a un grande hombre. Pues no acierta a infundir en nuestros ánimos otra emoción que la del éxtasis ante la obra llamada clásica, y si nos mueve es a la copia, forma exquisita del éxtasis.

No, maestro Juan del Enzina, los antiguos no «se aposentaron en las mejores razones e sentencias»; las mejores razones y sentencias son siempre las que están por hallar y por decir. Lo que ha sido, por el mero hecho de haber sido, renuncia a ser lo mejor. Y la amargura suprema del hombre no es haber nacido, como cree impíamente el sacerdote Calderón, sino precisamente haber nacido ya, no poder ya gustar este jocundo suceso de nacer o de renacer en una edad más nueva, más futura; cuando los hombres sean más justos y hagan versos mejor medidos que cuantos fueron antes y tengan compuestas unas matemáticas más complicadas y, por tanto, más exactas. Éste es el único pesimismo admisible y piadoso, religiosamente humano: no el pesimismo de ser desventurados, sino el pesimismo de no poder ser mejores. Si lo clásico, si lo mejor fuera lo pasado, como sólo el porvenir está en nuestra mano, pero el pasado no, sería cosa de ir a buscar con estoica quietud del ánimo a esos muertos mejores saliendo por la puerta silente y única que hacia los muertos se abre.

Esta concepción del clasicismo —que como ven ustedes nos expone a la neurastenia— permanece viva en la sociedad actual y no lograremos nunca raerla por completo de las preocupaciones humanas. Apenas arrojada de un lugar, vase a florecer en otro, pues no es sino una manera favorita de mostrarse el romanticismo. Y éste es indestructible, como principio del mal que es. Pues ¿qué haría, amigo Rubín, el principio del bien si no tuviera perennemente ante sí el fantasma del mal? Yo creo que la lubricidad está puesta en el mundo únicamente para dar ocasión a que algunos hombres severos sean castos. La tentación de la manzana paradisíaca es el embrión de la historia universal. La experiencia de la virtud sólo es posible por el vicio. Éste es, a mi entender, el hondo sentido que orienta el dogma cristiano del pecado original, cuyo sentido transcribe menos pintorescamente Kant cuando nos habla del mal radical en el hombre. Porque siendo para él el hombre aquel ser capaz de mejorarse indefinidamente, ocurrirá que en cada instante es malo por bueno que sea, si se le compara con lo que puede llegar a ser en el instante siguiente. El hombre es radicalmente, originalmente malo. Si quiere usted un ejemplo aclaratorio lo tomaré de las virtudes políticas, que son las virtudes más ciertas, que son las virtudes primarias. Las constituciones oriundas de la Revolución francesa que estatuyen la igualdad de derechos políticos, son mejores, moralmente hablando, que las que sustentaban los privilegios nativos y el despotismo por la gracia de Dios; y, sin embargo, hoy son moralmente malas y ya nuestros corazones se mueven melancólicos e inquietos porque anhelan otras constituciones más justas en que se realicen ciertas severas igualdades económicas.

Mas por si a algún lector pareciera artificiosa esta teoría de Kant, llamada teoría del mal radical, quede hecha la ruda advertencia de que para quien no existen los problemas son artificiosas, rebuscadas y paradójicas las soluciones.

A estas intenciones de Kant, tan mesuradas y tan estrictas, ha buscado Nietzsche una imagen excesiva que ha llamado sobrehombre. Al menos creo que es ésta su única interpretación plausible: el sobrehombre es el sentido del hombre porque es la mejora del hombre, y el hombre debe ser superado porque aún puede ser mejor.

Para esta sugestión de una mejora indefinida del hombre dentro del cauce de la historia, sin que sea admisible un tipo histórico de bondad y perfección insuperables, quisiéramos hallar un apoyo en el verdadero clasicismo: más aún, esa lucha por mejorarse, por superarse, es la emoción clásica: y querer afirmar algo histórico como definitivo, sea un pueblo, sea un héroe, sea el propio yo, es la emoción romántica que habita a manera de tentación innumerable los ánimos clásicos más puros, y recuerda aquella espada roja que se le figuró en el pecho a Amadís, doncel del mar, y que le ardía y le abrasaba hasta que el sabio Alquifel logró curarle. Mas para este rojo ardor romántico no basta con un curandero imaginario, y sería menester un redentor, cuando menos.

Pero, ¡ay!, que el mal, que el romanticismo es racial, es radical; como el hombre no puede saltar fuera de su sombra, según el proverbio árabe, tampoco puede desarraigar su romanticismo. Y bien, ¿qué? ¿No da ese mismo mal un sentido a nuestras energías, si bien trágico? El sentido es patente: domeñar dentro de nosotros la bestia romántica para que progrese en nosotros la realidad del hombre clásico, realidad inasible y por eso precisamente ideal seguro y perenne.

The error of thinking classicism according to a chronological notion and more or less strictly confusing it with antiquity has such deep psychic roots that I do not doubt attributing it to the remnants of Asianism that remain in European hearts. For it is known that for the Oriental a book, by the mere fact of being ancient, is an inspired book, is a divine book. Here you have the historical classicism of Mongols and Semites, classicism as superstition, romantic classicism. Why romantic? —you will say to me…

El Imparcial, November 18, 1907

II

These letters, friend Don Rubín, which more than one reader will judge petulant, are simply incitations directed, through you as conduit, to some Celtiberian lads who today are beginning to acquire spiritual methods. And their intention is none other than to offer them a mental compass and a dignity in face of some incontinent dogmas that dominate the present Spanish consciousness. I have been a castizo [traditionalist], and have even given to the light a certain confession of Celtiberism against the grain that you drew out of me years ago, when you were younger and admired the painter Theotocópuli with more sincerity than restraint. From then until now, and upon the return of some pilgrimages through the land of the Scythians, I have become convinced that there already exists in Spain a very strong current affirming the casta [stock] and the sentimental tradition. Since our norm must be the enrichment of the national consciousness, I believe, then, brother Cendoya, that the moment has arrived for us to cease being casticistas [traditionalists]. A people has so much the more culture, the more ideal themes are present in its consciousness. The recent publication of a beautiful book about El Greco, composed by a professor of pedagogy, announces to us the official entry of casticismo into the Spanish consciousness, and guarantees us —given the social position of the author— the perpetuation in young minds of certain ethnic vibrations. For in this book an affirmation so ample and unequivocal of casticismo and of mysticism is made, that we could not ask for more, and it will end by confirming us in our decision to be classicists. But of the book and of the matter I shall speak to your grace another day, when the occasion arrives to maintain that classicism is the opposite of casticismo.

You will recall that in concluding the previous letter I maintained the necessity of fixing upon the classical a suprahistorical notion: made agile thus, it could, under the species of liquor and juice, flow in perennial spring along all the historical veins. If the Buddha had been nothing more than a historical being and not a divine being, he could not have exercised that drunken charity when, shortly after his birth, his father took him to visit five hundred of his relatives, the entire family of the Sakia princes. For they all offered the child their palaces as dwelling, and the Buddha, so as not to wound the heart of any, multiplied himself five hundred times and inhabited at once the five hundred palaces.

A remnant of Asianism, of propensity to materialize things, I see in the confusion of the classical with the ancient. This is romantic, reactionary, conservative classicism, a friend of burning, like an incense, upon an altar consecrated to the God of the dead, the odorous substance of the future. For nothing does this classicism of the idlers serve us, which casts the evil eye upon us from the depth of some old centuries. We need, rather, a classicism that orients our activity, and bringing us aromas of newest lands, incites us to the conquest

Through seas never before navigated.

If the ancients did this labor of thinking or of painting or of composing verses, and in general, of living in the best imaginable way, I do not know what sense our hopes can have. The summit of these would not pass beyond signifying a second performance. And why two Greeces if one suffices? And why two Quevedos if one is more than enough? For this classicism incapable of fluidity we are merely epigones, and history, more than history, a gigantic chorus of ecstatic multitudes applauding the posture that a people one day took or the gesture that came one afternoon to a great man. For it does not manage to infuse into our minds any other emotion than that of ecstasy before the work called classical, and if it moves us it is to the copy, an exquisite form of ecstasy.

No, master Juan del Enzina, the ancients did not «lodge themselves in the best reasons and sentences»; the best reasons and sentences are always those that remain to be found and said. What has been, by the mere fact of having been, renounces being the best. And the supreme bitterness of man is not to have been born, as the priest Calderón impiously believes, but precisely to have already been born, no longer to be able to taste this jocund event of being born or being reborn in a newer, more future age; when men are more just and make better-measured verses than all those made before, and have composed more complicated and, therefore, more exact mathematics. This is the only admissible and pious, religiously human pessimism: not the pessimism of being unfortunate, but the pessimism of not being able to be better. If the classical, if the best were the past, since only the future is in our hands, but not the past, it would be a thing to go, with stoic quietude of spirit, to seek those better dead, going out through the silent and only door that opens toward the dead.

This conception of classicism —which, as you see, exposes us to neurasthenia— remains alive in present society and we shall never manage to erase it completely from human preoccupations. Scarcely driven out from one place, it goes to flower in another, since it is but a favorite manner of romanticism’s showing itself. And this is indestructible, as being a principle of evil. For what would the principle of good do, friend Rubín, if it did not perpetually have before it the phantom of evil? I believe that lubricity is placed in the world only to give occasion that some severe men be chaste. The temptation of the paradisiacal apple is the embryo of universal history. The experience of virtue is possible only through vice. This is, to my understanding, the deep sense that orients the Christian dogma of original sin, whose sense Kant transcribes less picturesquely when he speaks to us of radical evil in man. For since for him man is that being capable of improving himself indefinitely, it will happen that at every instant he is evil, however good he be, if he is compared with what he can come to be in the next instant. Man is radically, originally evil. If you want a clarifying example I shall take it from the political virtues, which are the most certain virtues, which are the primary virtues. The constitutions originating from the French Revolution that decree the equality of political rights are better, morally speaking, than those that sustained the native privileges and the despotism by the grace of God; and, nevertheless, today they are morally bad and already our hearts move melancholy and uneasy because they yearn for other, more just constitutions in which certain severe economic equalities may be realized.

But in case some reader should find this theory of Kant artificial, called the theory of radical evil, let the rude warning remain made that for one for whom problems do not exist, the solutions are artificial, far-fetched and paradoxical.

For these intentions of Kant, so measured and so strict, Nietzsche has sought an excessive image which he has called the overman. At least I believe that this is its only plausible interpretation: the overman is the sense of man because it is the improvement of man, and man must be overcome because he can still be better.

For this suggestion of an indefinite improvement of man within the channel of history, without an unsurpassable historical type of goodness and perfection being admissible, we should like to find a support in the true classicism: moreover, that struggle to improve oneself, to surpass oneself, is the classical emotion: and to want to affirm something historical as definitive, be it a people, be it a hero, be it one’s own I, is the romantic emotion that inhabits, as an innumerable temptation, the purest classical minds, and recalls that red sword that appeared to Amadís, squire of the sea, figured in his breast, and that burned and scorched him until the wise Alquifel managed to cure him. But for this red romantic ardor an imaginary healer is not enough, and a redeemer would be necessary, at the very least.

But, alas! that evil, that romanticism, is racial, is radical; as man cannot leap outside his shadow, according to the Arab proverb, neither can he uproot his romanticism. And well, what of it? Does not that same evil give a sense to our energies, though tragic? The sense is patent: to tame within ourselves the romantic beast so that in us the reality of the classical man may progress, an unseizable reality and for that very reason a sure and perennial ideal.

L’errore di pensare il classicismo secondo una nozione cronologica e più o meno strettamente confonderlo con l’antichità, ha radici psichiche così profonde, che non dubito di attribuirlo ai resti di asiatismo che rimangono nei cuori europei. Poiché è noto che per l’orientale un libro, per il semplice fatto di essere antico, è un libro ispirato, è un libro divino. Ecco qui il classicismo storico di mongoli e semiti, il classicismo come superstizione, il classicismo romantico. Perché romantico? —mi dirà lei…

El Imparcial, 18 novembre 1907

II

Queste lettere, amico don Rubín, che più di un lettore giudicherà petulanti, sono semplicemente incitazioni dirette, per il tramite di lei, ad alcuni ragazzi celtiberi che oggi cominciano ad acquisire metodi spirituali. E non è altra la loro intenzione che offrire loro un compasso mentale e una dignità di fronte ad alcuni dogmi incontinenti che dominano la coscienza attuale spagnola. Io sono stato casticista, e ho perfino dato alla luce una certa confessione di celtiberismo a rovescio che lei mi estorse anni fa, quando era più giovane e ammirava il pittore Teotocópuli con maggiore sincerità che misura. Da allora in qua, e al ritorno di alcuni pellegrinaggi per terra di sciti, mi sono convinto che esiste già in Spagna una molto robusta corrente affermatrice della casta e della tradizione sentimentale. Dovendo essere la nostra norma l’arricchimento della coscienza nazionale, credo, dunque, fratello Cendoya, giunto il momento che noi smettiamo di essere casticisti. C’è in un popolo tanto maggiore cultura, quanti più siano i temi ideali presenti nella sua coscienza. La recente pubblicazione di un bel libro sul Greco, composto da un professore di pedagogia, ci annuncia l’ingresso ufficiale del casticismo nella coscienza spagnola, e ci garantisce —dato il posto sociale dell’autore— la perpetuazione negli animi giovani di alcune vibrazioni etniche. Perché si fa in questo libro un’affermazione così ampia e inequivoca del casticismo e della mistica, che non potremmo chiedere di più, e che finirà di confermarci nella nostra decisione di essere classicisti. Ma del libro e dell’argomento parlerò a vossignoria un altro giorno, quando arrivi l’occasione di sostenere che il classicismo è l’opposto del casticismo.

Ricorderà lei che concludendo la lettera precedente sostenevo la necessità di fissare al classico una nozione soprastorica: reso agile così, potrebbe sotto la specie di liquore e di sugo fluire in perenne primavera lungo tutte le vene storiche. Se il Buddha non fosse stato più che un essere storico e non un essere divino, non avrebbe potuto esercitare quella ebbra carità quando poco dopo nascere suo padre lo portò a visitare cinquecento dei suoi parenti, la famiglia intera dei principi Sakias. Perché tutti offrirono al bambino per dimora i loro palazzi, e il Buddha, per non ferire il cuore di nessuno, si moltiplicò cinquecento volte e abitò a un tempo i cinquecento palazzi.

Un resto di asiatismo, di propensione a materializzare le cose, vedo io nella confusione del classico con l’antico. Questo è classicismo romantico, reazionario, conservatore, amico di bruciare, come un incenso, sopra un altare consacrato al Dio dei morti la sostanza odorifera dell’avvenire. Per nulla ci serve questo classicismo degli sfaccendati che ci fa malocchio posto laggiù nella profondità di alcuni secoli vecchi. Abbiamo bisogno, piuttosto, di un classicismo che orienti la nostra attività, e portandoci aromi di terre nuovissime, ci inciti alla conquista

Per mari mai d’innanzi navigati.

Se gli antichi fecero questa faccenda del pensare o del dipingere o del comporre versi, e in generale, del vivere nella migliore maniera immaginabile, non so che senso possano avere le nostre speranze. Il colmo di queste non passerebbe dal significare una seconda rappresentazione. E a che servono due Grecie se con una basta? E a che due Quevedo se con uno ce n’è d’avanzo? Per questo classicismo incapace di fluidità siamo meramente epigoni, e la storia, più che storia, un coro gigantesco di moltitudini estatiche che applaudono la posa che un giorno prese un popolo o il gesto che un pomeriggio venne a un grande uomo. Poiché non riesce a infondere nei nostri animi altra emozione che quella dell’estasi dinanzi all’opera chiamata classica, e se ci muove è alla copia, forma squisita dell’estasi.

No, maestro Juan del Enzina, gli antichi non «si alloggiarono nelle migliori ragioni e sentenze»; le migliori ragioni e sentenze sono sempre quelle che stanno per essere trovate e dette. Ciò che è stato, per il semplice fatto di essere stato, rinuncia a essere il meglio. E l’amarezza suprema dell’uomo non è essere nato, come crede empiamente il sacerdote Calderón, ma precisamente essere già nato, non poter più gustare questo giocondo avvenimento di nascere o di rinascere in un’età più nuova, più futura; quando gli uomini siano più giusti e facciano versi meglio misurati di quanti ne siano stati fatti prima e abbiano composte matematiche più complicate e, perciò, più esatte. Questo è l’unico pessimismo ammissibile e pio, religiosamente umano: non il pessimismo di essere disgraziati, ma il pessimismo di non poter essere migliori. Se il classico, se il meglio fosse il passato, come solo l’avvenire è nelle nostre mani, ma il passato no, sarebbe cosa di andare a cercare con stoica quiete dell’animo quei morti migliori uscendo per la porta silente e unica che verso i morti si apre.

Questa concezione del classicismo —che come vedete ci espone alla nevrastenia— permane viva nella società attuale e non riusciremo mai a raderla per completo dalle preoccupazioni umane. Appena scacciata da un luogo, va a fiorire in un altro, poiché non è altro che una maniera favorita di mostrarsi del romanticismo. E questo è indistruttibile, come principio del male che è. Poiché che farebbe, amico Rubín, il principio del bene se non avesse perennemente dinanzi a sé il fantasma del male? Io credo che la lubricità sia posta nel mondo unicamente per dare occasione che alcuni uomini severi siano casti. La tentazione della mela paradisiaca è l’embrione della storia universale. L’esperienza della virtù è possibile soltanto attraverso il vizio. Questo è, a mio intendere, il senso profondo che orienta il dogma cristiano del peccato originale, il cui senso trascrive meno pittorescamente Kant quando ci parla del male radicale nell’uomo. Perché essendo per lui l’uomo quell’essere capace di migliorarsi indefinitamente, accadrà che in ogni istante è cattivo per buono che sia, se lo si confronta con ciò che può arrivare a essere nell’istante seguente. L’uomo è radicalmente, originariamente cattivo. Se vuole un esempio chiarificatore lo prenderò dalle virtù politiche, che sono le virtù più certe, che sono le virtù primarie. Le costituzioni oriunde dalla Rivoluzione francese che statuiscono l’uguaglianza dei diritti politici, sono migliori, moralmente parlando, di quelle che sostenevano i privilegi nativi e il dispotismo per grazia di Dio; e, tuttavia, oggi sono moralmente cattive e già i nostri cuori si muovono melanconici e inquieti perché anelano altre costituzioni più giuste in cui si realizzino certe severe uguaglianze economiche.

Ma per caso qualche lettore giudicasse artificiosa questa teoria di Kant, chiamata teoria del male radicale, resti fatta la ruvida avvertenza che per chi non esistono i problemi, sono artificiose, ricercate e paradossali le soluzioni.

A queste intenzioni di Kant, così misurate e così strette, Nietzsche ha cercato un’immagine eccessiva che ha chiamato superuomo. Almeno credo che sia questa la sua unica interpretazione plausibile: il superuomo è il senso dell’uomo perché è il miglioramento dell’uomo, e l’uomo deve essere superato perché può ancora essere migliore.

Per questa suggestione di un miglioramento indefinito dell’uomo dentro l’alveo della storia, senza che sia ammissibile un tipo storico di bontà e perfezione insuperabili, vorremmo trovare un appoggio nel vero classicismo: anzi, quella lotta per migliorarsi, per superarsi, è l’emozione classica: e voler affermare qualcosa di storico come definitivo, sia un popolo, sia un eroe, sia il proprio io, è l’emozione romantica che abita a maniera di tentazione innumerevole gli animi classici più puri, e ricorda quella spada rossa che gli si figurò nel petto ad Amadigi, donzello del mare, e che gli ardeva e gli bruciava finché il savio Alquifel riuscì a curarlo. Ma per questo rosso ardore romantico non basta un curandero immaginario, e sarebbe necessario un redentore, quanto meno.

Ma, ahimè, che il male, che il romanticismo è razziale, è radicale; come l’uomo non può saltare fuori della sua ombra, secondo il proverbio arabo, nemmeno può sradicare il suo romanticismo. Ebbene, e che? Non dà anche quel male un senso alle nostre energie, sebbene tragico? Il senso è patente: domare dentro di noi la bestia romantica perché progredisca in noi la realtà dell’uomo classico, realtà inafferrabile e per questo precisamente ideale sicuro e perenne.

¿Recuerda usted aquella tragedia quieta y luminosa que pintó Tiziano en su cuadro Amor divino y amor humano? Dos mujeres sentadas a ambos extremos de un estanque de mármol y en medio un niño que busca en el fondo del agua tal vez una rosa ahogada, o no se sabe qué. Nuestro corazón vacila entre a qué mujer entregarse, y no acierta a decidir cuál es la hembra divina y cuál la humana, porque halla en las cavidades de sí mismo resonancias para una y otra. La equívoca alegría nos da dolor, y en tanto aquel brazo gordezuelo del niño que se refracta en el iris del agua y como que se quiebra…

Le contaré a usted otro día las dualidades dolorosas del corazón de Rousseau, gran romántico, y le hablaré de la Edad de Oro, invento del clasicismo romántico, y de cómo Miguel de Cervantes, gran clásico, se burla de ella por boca de Alonso Quijano el Casto.

El Imparcial, 2 de diciembre de 1907

1908

Do you remember that quiet and luminous tragedy which Titian painted in his canvas Sacred and Profane Love? Two women seated at both ends of a marble basin and in the middle a child who seeks in the water’s depths perhaps a drowned rose, or who knows what. Our heart wavers between which woman to give itself to, and cannot manage to decide which is the divine female and which the human one, because it finds in the cavities of itself resonances for one and the other. The equivocal joy gives us pain, and meanwhile that plump little arm of the child which refracts in the iris of the water and as though it breaks…

I will tell you another day about the painful dualities of Rousseau’s heart, that great romantic, and I will speak to you of the Golden Age, invention of romantic classicism, and of how Miguel de Cervantes, a great classic, mocks it through the mouth of Alonso Quijano the Chaste.

El Imparcial, 2 December 1907

1908

Ricorda quella tragedia quieta e luminosa che Tiziano dipinse nel suo quadro Amore sacro e amore profano? Due donne sedute ai due estremi di uno stagno di marmo e in mezzo un bambino che cerca in fondo all’acqua forse una rosa annegata, o chissà che. Il nostro cuore oscilla tra a quale donna abbandonarsi, e non riesce a decidere quale sia la femmina divina e quale l’umana, perché trova nelle cavità di sé stesso risonanze per l’una e per l’altra. L’equivoca allegria ci dà dolore, e intanto quel braccio paffuto del bambino che si rifrange nell’iride dell’acqua e come se si spezzasse…

Vi racconterò un altro giorno le dolorose dualità del cuore di Rousseau, grande romantico, e vi parlerò dell’Età dell’Oro, invenzione del classicismo romantico, e di come Miguel de Cervantes, grande classico, se ne burli per bocca di Alonso Quijano il Casto.

El Imparcial, 2 dicembre 1907

1908