Ortega y Gasset

Abstract

Sentimental travel notes on muleback through the lands of Sigüenza and Berlanga de Duero, signed ‘Rubín de Cendoya, Spanish mystic’, praising the Cantar de Myo Cid and the poverty of the meseta. It includes a distinction between loving the past (rejoicing that it has passed) and traditionalism, which wants it present.

Connections

Concetti: tempo
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Por tierras de Sigüenza y Berlanga de Duero, en días de agosto alanceados por el sol, he hecho yo —Rubín de Cendoya, místico español— un viaje sentimental sobre una mula torda de altas orejas inquietas. Son las tierras que el Cid cabalgó. Son, además, las tierras donde se suscitó el primer poeta castellano, el autor del poema llamado Myo Cid.

No se crea por esto que soy de temperamento conservador y tradicionalista. Soy un hombre que ama verdaderamente el pasado. Los tradicionalistas, en cambio, no le aman: quieren que no sea pasado, sino presente. Amar el pasado es congratularse de que efectivamente haya pasado, y de que las cosas, perdiendo esa rudeza con que al hallarse presente arañan nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras manos, asciendan a la vida más pura y esencial que llevan en la reminiscencia.

El valor que damos a muchas de las realidades presentes no lo merecen éstas por sí mismas; si nos ocupamos de ellas es porque existen, porque están ahí, delante de nosotros, ofendiéndonos o sirviéndonos. Su existencia, no ellas, tiene valor. Por el contrario, de lo que ha sido nos interesa su calidad íntima y propia. De modo que las cosas, al penetrar en el ámbito de lo pretérito, quedan despojadas de toda adherencia utilitaria, de toda jerarquía fundada en los servicios que como existentes nos prestaron, y así, en puras carnes, es cuando comienzan a vivir de su vigor esencial.

Por esto es conveniente volver de cuando en cuando una larga mirada hacia la profunda alameda del pasado: en ella aprendemos los verdaderos valores —no en el mercado del día.

¡Esta pobre tierra de Guadalajara y Soria, esta meseta superior de Castilla!… ¿Habrá algo más pobre en el mundo? Yo la he visto en tiempo de la recolección, cuando el anillo dorado de las eras apretaba los mínimos pueblos en un ademán alucinado de riqueza y esplendor. Y, sin embargo, la miseria, la sordidez triunfaba sobre las campiñas y sobre los rostros como un dios adusto y famélico atado por otro dios más fuerte a las entrañas de esta comarca.

Pero esta tierra que hoy podría comprarse por treinta dineros, como el evangélico azeldama, ha producido un poema —el Myo Cid— que allá en el fin de los tiempos, cuando venga la liquidación del planeta, no podrá pagarse con todo el oro del mundo.

El Myo Cid es un balbuceo heroico, en toscas medidas de paso de andar, donde llega a expresarse plenamente el alma castellana del siglo XII, un alma elemental, de gigante mozalbete, entre gótica y celtíbera, exenta de reflexión, compuesta de ímpetus sobrios, pícaros o nobles. El cantor anónimo que —como un alcotán gritando desde un risco— dio en la altura desolada y agresiva de Medinaceli al aire este cantar, supo llevarnos por el camino más corto al íntimo fondo de una realidad eterna… Pero todos los que habláis español desde la cuna habéis leído este cantar, ¿no es cierto? Cuando llevamos dentro sus recios versos heroicos nuestro peso moral aumenta.

Caminemos unos días al través de Castilla la gentil, según la llama el poeta.

II

…Es una alborada limpia sobre los tonos rosa y cárdeno del poblado de Sigüenza. Quedan en el cielo unos restos de luna que pronto el sol reabsorberá. Es este morir de la luna en pleno día una escena de superior romanticismo. Nunca más tierna la apariencia del dulce astro meditabundo. Es una manchita de leche sobre el haz terso del cielo, una de esas fresas blancas que traen de nacimiento algunas muchachas en su pecho.

La mula torda sobre que hago camino alarga sus brazos sobre el polvo calcáreo de la carretera. Delante va cargada de vianda otra mula castaña, de orejas lacias y el andar mohíno, una pobre mula maltraída, más vieja que un Padre de la Iglesia. Sobre ella, vestido de pardo y tocado con la gorra de piel de conejo, acomodado en las enormes aguaderas, entre sombrillas y bastones y trespiés fotográficos que dan a la bestia un aspecto de roto bergantín, navega Rodrigálvarez. Rodrigálvarez es un nombre que parece arrancado al poema de quien voy siguiendo las trazas…

Mynaya Albar Fáñez, que Çorita mandó,

Martín Antolínez, el Burgalés de pro,

Muño Gustioz, que so criado fo.

Martín Muñoz, el que mandó a Mont Mayor,

Albar Álbarez e Albar Salvadórez…

(Versos 735-739)

Sin embargo, Rodrigálvarez es un vaquero de Sigüenza que se ha prestado a conducirme por los senderos de esta tierra. Dicen que nadie como él conoce los caminos. Ya veremos.

Entre chopos y olmos sigue la carretera el curso del Henares —un hilo imperceptible de agua que corre por un caz. A ambos lados unas pobres huertas lo ocultan con sus mimbreras.

Estas salidas, muy de mañana, por los campos fuertes tienen un dejo de voluptuosidad erótica. Nos parece que somos los primeros en hendir a nuestro paso el aire puesto sobre el paisaje, y este mismo parece que se abre a nosotros con el poco de resistencia necesario para que nos percatemos de que somos los que rompemos esta vía hacia su corazón.

Al volver atrás la mirada por ver el trecho que llevamos andado, Sigüenza, la viejísima ciudad episcopal, aparece rampando por una ancha ladera, a poca distancia del talud que cierra por el lado frontero el valle. En lo más alto el castillo lleno de heridas, con sus paredones blancos y unas torrecillas cuadradas, cubiertas con un airoso casquete. En el centro del caserío se incorpora la catedral, del siglo XII.

Las catedrales románicas fueron construidas en España al compás que hacían las espadas cayendo sobre los cuerpos de los moros.

Sigüenza fue bastante tiempo lugar fronterizo, avanzada en tierra de musulmanes. Por eso, como en Ávila, tuvo la catedral que ser a la vez castillo; sus dos torres cuadradas, anchas, recias, brunas, avanzan hacia el firmamento, pero sin huir de la tierra, como acontece con las góticas. No se sabe qué preocupaba más a sus constructores: si ganar el cielo o no perder la tierra.

Esta indecisión a que me invita el par de torres bárbaras que ahora veo coronar el municipio seguntino es muy de mi sabor. Vivimos entre antítesis: la religión se opone a la ciencia, la virtud al placer, la sensibilidad fina y estudiada al buen vivir espontáneo, la idea a la mujer, el arte al pensamiento… Alguien, al ponernos sobre el planeta, ha tenido el propósito de que sea nuestro corazón una máquina de preferir. Nos pasamos la vida eligiendo entre lo uno o lo otro. ¡Un penoso destino! ¡Prolongada, insistente tragedia! Sí, tragedia: porque preferir supone reconocer ambos términos sometidos a elección como bienes, como valores positivos. Y aunque elijamos lo que nos parece mejor, siempre dejamos en nuestra apetencia un hueco que debió llenarse con aquel otro bien pospuesto.

Ahora bien: las gentes suelen mostrarse demasiado presurosas en decidirse por lo mejor: olvidan que cada acto de preferencia abre, a la vez, una oquedad en nuestra alma. No, no prefiramos; mejor dicho, prefiramos no preferir. No renunciemos de buen ánimo a gozar de lo uno y de lo otro: Religión y ciencia, virtud y placer, cielo y tierra… Cierto que hasta ahora no se han resuelto las antítesis; pero cada hombre debe pensar que es él el llamado a resolverlas.

La catedral de Sigüenza, toda oliveña y rosa a la hora de amanecer, parece sobre la tierra quebrada, tormentosa, un bajel secular que llega bogando hacia mí, trayéndome esta sugestión castiza en el viril de su tabernáculo…

La vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada.

III

Mas al pensar todo esto y descolgar con la vista de las anchas torres este jirón ideológico, recuerdo que dentro de la iglesia, en un rincón de la nave occidental, hay una capilla y en ella una estatua de las más bellas de España. Me refiero al enterramiento de don Martín Vázquez de Arce.

Es un guerrero joven, lampiño, tendido a la larga sobre uno de sus costados. El busto se incorpora un poco apoyando un codo en un haz de leña; en las manos tiene un libro abierto; a los pies un can y un paje; en los labios una sonrisa volátil. Cierto cartelón fijado encima de la figura hace breve historia del personaje.

Era un caballero santiaguista, que mataron los moros cuando socorría a unos hombres de Jaén, con el ilustre duque del Infantado, su señor, a orillas de la acequia gorda, en la vega de Granada.

I

Through the lands of Sigüenza and Berlanga de Duero, on August days lanced by the sun, I have made —Rubín de Cendoya, Spanish mystic— a sentimental journey upon a dapple-gray mule with tall restless ears. These are the lands that the Cid rode. They are, moreover, the lands where the first Castilian poet arose, the author of the poem called Myo Cid.

Let it not be believed from this that I am of a conservative and traditionalist temperament. I am a man who truly loves the past. The traditionalists, on the other hand, do not love it: they want it to be not past, but present. To love the past is to congratulate oneself that it has effectively passed, and that things, losing that roughness with which, being present, they scratch our eyes, our ears and our hands, ascend to the more pure and essential life that they carry in reminiscence.

The value we give to many present realities they do not merit for themselves; if we occupy ourselves with them it is because they exist, because they are there, before us, offending us or serving us. Their existence, not they, has value. On the contrary, of what has been, what interests us is its intimate and proper quality. So that things, upon penetrating the realm of the past, remain stripped of all utilitarian adherence, of all hierarchy founded on the services that as existing things they rendered us, and thus, in pure flesh, it is then that they begin to live of their essential vigour.

For this it is fitting to turn from time to time a long gaze towards the deep avenue of the past: in it we learn the true values —not in the market of the day.

This poor land of Guadalajara and Soria, this upper meseta of Castile!… Is there anything poorer in the world? I have seen it in harvest time, when the golden ring of the threshing floors pressed the smallest villages in a hallucinated gesture of wealth and splendour. And, nevertheless, misery, sordidness triumphed over the countryside and over the faces like a stern and famished god bound by another, stronger god to the entrails of this region.

But this land which today could be bought for thirty denarii, like the evangelical Akeldama, has produced a poem —the Myo Cid— which there at the end of times, when the liquidation of the planet comes, will not be able to be paid for with all the gold of the world.

The Myo Cid is a heroic babbling, in coarse walking-step measures, where the Castilian soul of the twelfth century comes to express itself fully, an elemental soul, of a giant stripling, between Gothic and Celtiberian, free of reflection, composed of sober, roguish or noble impulses. The anonymous singer who —like a lanner falcon crying from a crag— gave to the air in the desolate and aggressive height of Medinaceli this lay, knew how to lead us by the shortest road to the intimate depth of an eternal reality… But all of you who speak Spanish from the cradle have read this lay, is it not true? When we carry within its stout heroic verses our moral weight increases.

Let us walk a few days through Castile the gentle, as the poet calls it.

II

…It is a clean dawn over the pink and livid tones of the village of Sigüenza. In the sky there remain some remnants of moon that soon the sun will reabsorb. This dying of the moon in full daylight is a scene of superior romanticism. Never more tender the appearance of the sweet meditative star. It is a little spot of milk upon the smooth surface of the sky, one of those white strawberries that some girls carry at birth upon their breast.

The dapple-gray mule upon which I make my way stretches its forelegs over the calcareous dust of the road. Ahead goes, laden with provisions, another chestnut mule, with drooping ears and a dejected gait, a poor, battered mule, older than a Church Father. Upon it, dressed in brown and capped with the rabbit-skin cap, settled in the huge panniers, among sunshades and walking sticks and photographic tripods that give the beast an aspect of a battered brigantine, sails Rodrigálvarez. Rodrigálvarez is a name that seems torn from the poem of whom I am following the traces…

Mynaya Albar Fáñez, que Çorita mandó,

Martín Antolínez, el Burgalés de pro,

Muño Gustioz, que so criado fo.

Martín Muñoz, el que mandó a Mont Mayor,

Albar Álbarez e Albar Salvadórez…

(Lines 735-739)

Nevertheless, Rodrigálvarez is a cowherd of Sigüenza who has lent himself to guiding me through the paths of this land. They say no one like him knows the roads. We shall see.

Between poplars and elms the road follows the course of the Henares —an imperceptible thread of water that runs through an irrigation channel. On both sides some poor orchards hide it with their osier-beds.

These outings, very early in the morning, through the strong fields have a tinge of erotic voluptuousness. It seems to us that we are the first to cleave in our passing the air laid over the landscape, and the latter itself seems to open to us with just the bit of resistance necessary for us to realize that we are the ones who break this road towards its heart.

Turning the gaze backwards to see the stretch we have walked, Sigüenza, the most ancient episcopal city, appears clambering up a broad slope, a short distance from the embankment that closes the valley on the facing side. At the top the castle full of wounds, with its white walls and a few square little towers, covered with a jaunty cap. In the centre of the houses the cathedral rises, from the twelfth century.

The Romanesque cathedrals were built in Spain to the beat that the swords made falling upon the bodies of the Moors.

Sigüenza was for quite some time a frontier place, an outpost in the land of the Muslims. For this reason, as in Ávila, the cathedral had to be at once a castle; its two square towers, wide, stout, dark, advance towards the firmament, but without fleeing the earth, as happens with the Gothic ones. It is not known what concerned its builders more: whether to win the sky or not to lose the earth.

This indecision to which the pair of barbarous towers invites me, which I now see crowning the Seguntine municipality, is very much to my taste. We live between antitheses: religion opposes itself to science, virtue to pleasure, the fine and studied sensibility to the spontaneous good living, the idea to woman, art to thought… Someone, upon setting us on the planet, has had the purpose that our heart be a machine of preferring. We spend our life choosing between the one or the other. A painful destiny! A prolonged, insistent tragedy! Yes, tragedy: because to prefer supposes recognizing both terms subjected to choice as goods, as positive values. And although we choose what seems to us best, we always leave in our appetite a hollow that should have been filled with that other postponed good.

Now then: people usually show themselves too hasty in deciding for the best: they forget that every act of preference opens, at once, a hollow in our soul. No, let us not prefer; rather, let us prefer not to prefer. Let us not renounce with good heart the enjoyment of the one and the other: Religion and science, virtue and pleasure, heaven and earth… It is certain that until now the antitheses have not been resolved; but each man must think that he is the one called to resolve them.

The cathedral of Sigüenza, all olive-green and pink at the hour of dawn, seems, over the broken, stormy earth, a secular vessel arriving rowing towards me, bringing me this pure-blooded suggestion in the glass of its tabernacle…

Life takes on sense when one makes of it an aspiration to renounce nothing.

III

But upon thinking all this and unhooking with the gaze from the wide towers this ideological shred, I remember that inside the church, in a corner of the western nave, there is a chapel and in it one of the most beautiful statues of Spain. I refer to the burial monument of don Martín Vázquez de Arce.

He is a young warrior, beardless, stretched out lengthwise on one of his sides. The bust raises itself a little, leaning an elbow on a faggot of wood; in his hands he holds an open book; at his feet a hound and a page; on his lips a volatile smile. A certain placard fixed above the figure gives a brief history of the character.

He was a Knight of Santiago, whom the Moors killed when he was aiding some men of Jaén, with the illustrious Duke of the Infantado, his lord, on the banks of the acequia gorda, in the vega of Granada.

I

Per le terre di Sigüenza e Berlanga de Duero, in giorni d’agosto trafitti dal sole, ho fatto io —Rubín de Cendoya, mistico spagnolo— un viaggio sentimentale sopra una mula torda dalle alte orecchie inquiete. Sono le terre che cavalcò il Cid. Sono, inoltre, le terre dove sorse il primo poeta castigliano, l’autore del poema chiamato Myo Cid.

Non si creda per questo che io sia di temperamento conservatore e tradizionalista. Sono un uomo che ama veramente il passato. I tradizionalisti, invece, non lo amano: vogliono che non sia passato, ma presente. Amare il passato è rallegrarsi che sia effettivamente passato, e che le cose, perdendo quella rudezza con cui, trovandosi presenti, graffiano i nostri occhi, i nostri orecchi e le nostre mani, ascendano alla vita più pura ed essenziale che portano nella reminiscenza.

Il valore che diamo a molte delle realtà presenti non lo meritano queste per sé stesse; se ci occupiamo di esse è perché esistono, perché sono lì, davanti a noi, offendendoci o servendoci. La loro esistenza, non esse, ha valore. Per contro, di ciò che è stato ci interessa la sua qualità intima e propria. Cosicché le cose, penetrando nell’ambito del passato, restano spogliate di ogni aderenza utilitaria, di ogni gerarchia fondata sui servizi che come esistenti ci prestarono, e così, in pure carni, è allora che cominciano a vivere del loro vigore essenziale.

Per questo è conveniente volgere di quando in quando un lungo sguardo verso il profondo viale del passato: in esso apprendiamo i veri valori —non nel mercato del giorno.

Questa povera terra di Guadalajara e Soria, questa meseta superiore di Castiglia!… Ci sarà qualcosa di più povero al mondo? Io l’ho veduta in tempo di raccolta, quando l’anello dorato delle aie stringeva i minimi paesi in un gesto allucinato di ricchezza e splendore. E, nondimeno, la miseria, la sordidezza trionfava sulle campagne e sui volti come un dio adusto e famelico legato da un altro dio più forte alle viscere di questa comarca.

Ma questa terra che oggi potrebbe comprarsi per trenta denari, come l’evangelico aceldama, ha prodotto un poema —il Myo Cid— che là alla fine dei tempi, quando verrà la liquidazione del pianeta, non potrà pagarsi con tutto l’oro del mondo.

Il Myo Cid è un balbettio eroico, in rozze misure di passo d’andatura, dove arriva a esprimersi pienamente l’anima castigliana del XII secolo, un’anima elementare, da gigante giovincello, tra gotica e celtibera, esente da riflessione, composta di impeti sobri, furbeschi o nobili. Il cantore anonimo che —come uno smeriglio gridando da un dirupo— diede nell’altezza desolata e aggressiva di Medinaceli all’aria questo cantare, seppe condurci per il cammino più corto al fondo intimo di una realtà eterna… Ma tutti voi che parlate spagnolo dalla culla avete letto questo cantare, non è vero? Quando portiamo dentro i suoi forti versi eroici il nostro peso morale aumenta.

Camminiamo alcuni giorni attraverso la Castiglia la gentile, come la chiama il poeta.

II

…È un’alba limpida sopra i toni rosa e lividi del paese di Sigüenza. Restano nel cielo alcuni resti di luna che presto il sole riassorbirà. È questo morire della luna in pieno giorno una scena di superiore romanticismo. Mai più tenera l’apparenza del dolce astro meditabondo. È una macchiolina di latte sulla superficie tersa del cielo, una di quelle fragole bianche che alcune ragazze portano di nascita sul petto.

La mula torda su cui faccio cammino allunga i suoi bracci sulla polvere calcarea della strada. Davanti va carica di vettovaglia un’altra mula castana, dalle orecchie flosce e dall’andare mogio, una povera mula malconcia, più vecchia di un Padre della Chiesa. Su di essa, vestito di bruno e col berretto di pelle di coniglio, accomodato negli enormi panieri, tra ombrellini e bastoni e treppiedi fotografici che danno alla bestia un aspetto di brigantino sfasciato, naviga Rodrigálvarez. Rodrigálvarez è un nome che sembra strappato al poema di chi vado seguendo le tracce…

Mynaya Albar Fáñez, que Çorita mandó,

Martín Antolínez, el Burgalés de pro,

Muño Gustioz, que so criado fo.

Martín Muñoz, el que mandó a Mont Mayor,

Albar Álbarez e Albar Salvadórez…

(Versi 735-739)

Nondimeno, Rodrigálvarez è un vaccaro di Sigüenza che si è prestato a condurmi per i sentieri di questa terra. Dicono che nessuno come lui conosca i cammini. Già vedremo.

Tra pioppi e olmi segue la strada il corso dell’Henares —un filo impercettibile d’acqua che corre per un canaletto. Ai due lati alcuni poveri orti lo nascondono con i loro vimineti.

Queste uscite, di buonissimo mattino, per i campi forti hanno un fondo di voluttuosità erotica. Ci sembra di essere i primi a fendere al nostro passo l’aria posata sul paesaggio, e questo stesso sembra aprirsi a noi con quel po’ di resistenza necessaria perché ci accorgiamo che siamo noi a rompere questa via verso il suo cuore.

Rivolgendo all’indietro lo sguardo per vedere il tratto che abbiamo percorso, Sigüenza, la vecchissima città episcopale, appare arrampicandosi per un’ampia pendice, a poca distanza dal terrapieno che chiude dal lato di fronte la valle. Nel punto più alto il castello pieno di ferite, con i suoi muroni bianchi e alcune torricelle quadrate, coperte da un arioso casco. Nel centro del paese sorge la cattedrale, del XII secolo.

Le cattedrali romaniche furono costruite in Spagna al ritmo che facevano le spade cadendo sui corpi dei mori.

Sigüenza fu per parecchio tempo luogo di frontiera, avamposto in terra di musulmani. Per questo, come ad Ávila, la cattedrale dovette essere a un tempo castello; le sue due torri quadrate, larghe, robuste, brune, avanzano verso il firmamento, ma senza fuggire dalla terra, come accade con le gotiche. Non si sa che cosa preoccupasse di più i suoi costruttori: se guadagnare il cielo o non perdere la terra.

Questa indecisione a cui mi invita la coppia di torri barbare che ora vedo coronare il municipio seguntino è molto di mio gusto. Viviamo tra antitesi: la religione si oppone alla scienza, la virtù al piacere, la sensibilità fine e studiata al buon vivere spontaneo, l’idea alla donna, l’arte al pensiero… Qualcuno, mettendoci sul pianeta, ha avuto il proposito che il nostro cuore sia una macchina di preferire. Passiamo la vita scegliendo tra l’uno o l’altro. Un penoso destino! Una prolungata, insistente tragedia! Sì, tragedia: perché preferire suppone riconoscere entrambi i termini sottoposti a scelta come beni, come valori positivi. E sebbene scegliamo ciò che ci sembra migliore, lasciamo sempre nella nostra appetenza un vuoto che doveva riempirsi con quell’altro bene posposto.

Orbene: la gente suole mostrarsi troppo frettolosa nel decidersi per il meglio: dimentica che ogni atto di preferenza apre, a un tempo, una cavità nella nostra anima. No, non preferiamo; meglio detto, preferiamo non preferire. Non rinunciamo di buon animo a godere dell’uno e dell’altro: Religione e scienza, virtù e piacere, cielo e terra… Certo che finora non si sono risolte le antitesi; ma ogni uomo deve pensare che è lui il chiamato a risolverle.

La cattedrale di Sigüenza, tutta olivigna e rosa all’ora dell’alba, sembra sopra la terra spezzata, tormentosa, un vascello secolare che arriva remando verso di me, portandomi questa suggestione castiza nel vetro del suo tabernacolo…

La vita prende senso quando se ne fa un’aspirazione a non rinunciare a nulla.

III

Ma pensando tutto questo e staccando con lo sguardo dalle larghe torri questo brandello ideologico, ricordo che dentro la chiesa, in un angolo della navata occidentale, c’è una cappella e in essa una statua delle più belle di Spagna. Mi riferisco al sepolcro di don Martín Vázquez de Arce.

È un giovane guerriero, imberbe, disteso in lungo su uno dei suoi fianchi. Il busto si solleva un poco appoggiando un gomito su un fascio di legna; nelle mani tiene un libro aperto; ai piedi un cane e un paggio; sulle labbra un sorriso volatile. Un certo cartellone fissato sopra la figura fa breve storia del personaggio.

Era un cavaliere santiagista, che uccisero i mori quando soccorreva alcuni uomini di Jaén, con l’illustre duca dell’Infantado, suo signore, sulle rive dell’acequia gorda, nella vega di Granada.

Nadie sabe quién es el autor de la escultura. Por un destino muy significativo, en España casi todo lo grande es anónimo. De todas suertes, el escultor ha esculpido aquí una de esas antítesis. Este mozo es guerrero de oficio: lleva cota de malla y piezas de arnés cubren su pecho y sus piernas. No obstante, el cuerpo revela un temperamento débil, nervioso. Las mejillas descarnadas y las pupilas intensamente recogidas declaran sus hábitos intelectuales. Este hombre parece más de pluma que de espada. Y, sin embargo, combatió en Loja, en Mora, en Montefrío bravamente. La historia nos garantiza su coraje varonil. La escultura ha conservado su sonrisa dialéctica. ¿Será posible? ¿Ha habido alguien que haya unido el coraje a la dialéctica?

IV

Como a media hora de camino, pasamos junto a una inmensa huerta, propiedad del obispo, cercada con una magnífica tapia. Por sobre ésta se levantan en un ademán esbeltísimo, y como de un solo envite, chopos próceres con su mástil único, brevemente y por igual ornado de verdes hojas triangulares que parpadean. La tapia tiene a Oriente y Sur dos soberbias puertas con sus verjas de hierro bien labradas. En un lugar de la tapia se abre una fuente donde el agua palpita: encima de ella están los escudos del obispado. El sol cae sobre las figuras heráldicas y las ilumina con tanta delicadeza que casi quedan interpretados sus recónditos símbolos.

¡Oh, qué delicia caminar por una tierra pobre, con ruinas de antiguo esplendor, una mañana limpia!

El valle se estrecha anunciando un recodo, donde va a desembocar en otro valle. En el vértice de este recodo, del otro lado de las aguas y vigilando ambos valles, aparece agarrado a una cuesta el caserío de Alcuneza —un pueblo alerta. Los pueblos de esta tierra —salvo curiosos casos— son súbitas apariciones que aguardan al viandante puestos en sus barrancas o celados tras una ladera. No se los ve hasta que se está muy próximo. De lejos se los confunde con la tierra ocre labrada por las aguas en las batientes de los cerros. En esta época, sin embargo, las eras cubiertas del oro cereal anuncian con alguna anticipación la existencia de habitaciones.

Rodrigálvarez, en tanto, va hablando al ritmo lento del andar de las mulas. Se mueve entre refranes como un ballestero entre las almenas. Porque este Rodrigálvarez vive, como todos los hombres nacidos en estas campiñas ásperas, en perpetua defensiva. Cada refrán les sirve como una trinchera, y en el breve claro que dos de ellos dejan, disparan su asta maligna. La imprecisión del hablar y del pensar, característica de los campesinos, les facilita sobremanera las emboscadas donde ocultan sus intenciones y poderosos instintos. Son, como al guerrear, al conversar, guerrilleros.

Pues bien, Rodrigálvarez se lamenta de lo mal que andan las cosas en nuestro país. Todavía no han llegado a estas humildes clases el aliento de optimismo y la impresión de rápido mejoramiento que comienzan a ganar las superiores.

Vemos, con efecto, abrirse ante nosotros el nuevo valle, con su delgada cenefa de verdor en el bisel del fondo, y las ralas hileras de chopos reverberando bajo el sol; vemos en ambas laderas rastrojos sobre tierra roja y pedregosa y los altos yermos de los oteros con sus muñones de rocas cárdenas. No hay apenas olores ni apenas avecillas. A la izquierda del camino alza un cuervo su vuelo desplegando unas alas largas y como perezosas: cuando destaca sobre el cielo, un golpe de aire le arranca una pluma negra que se balancea sobre el intenso azul. Las gentes del Cid, para quienes nada había en los campos que no tuviera un sentido, habrían tomado este vuelo por un augurio adverso:

A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra

e entrando a Burgos ovieron la siniestra.

(Versos 11 y 12)

Todo yace en mudez: ninguna señal llega de la campiña. De eterno confiesan estas tierras haber sido pobres y se disponen a prolongar otra eternidad su miseria. No obstante, Rodrigálvarez atribuye la mengua a los hombres: «¡Cuidado que lo hacemos mal! Porque España, don Rubín, es un rosal».

Este aire mañanero, presuroso, friolento, que me llega entre las largas orejas tordas de la mula, da a mis nervios tirantez cristalina. Y en medio de esta tierra roja, estéril y muda, las palabras estas producen en las cuerdas de mis nervios el mismo efecto que un golpe de arco sobre el alma de un rubio violín. ¡España es un rosal!

V

Continuamos por el valle que se dirige hacia Oriente y se ensancha poco a poco. El paisaje es el mismo: cinta de huertas verdes en el centro, altas laderas amarillas a ambos lados y ocres frisos de oteros tajados en su cabezón por certeros cortes horizontales.

Llegamos a Horna. Es éste un pueblecillo cuyo caserío es empleado para arrebujarse por un cerrete cónico: las construcciones forman como los pliegues ascendentes de un capote de paño duro que ciñera un cuerpo. El hueco superior es el lugar que aprovecha la iglesia para levantarse y hacer al valle un gesto. Las proximidades abundan en huertos donde se cultivan patatas, judías y cáñamo.

Ascendemos por las callejas miserables. En una ventana pronuncian un apólogo esencial desde sus tiestos unos claveles rojos y una graciosa mata de palma rizada. Descendemos del otro lado por análogas callejas.

Es tan breve, tan concentrada, tan lógica la posición del caserío, que nos parece haber pasado sobre un gran cuerpo orgánico. Tras el pueblo las eras. El valle pierde su forma simple, y ensanchándose con vario nivel a la derecha va a morir a la izquierda al pie de unos contrafuertes que inician la Sierra Ministra.

Estamos en la comarca más alta de España, caminamos sobre los hombros de un gigante.

Sierra Ministra se compone de unos barrancos sembrados de piedras cárdenas y de piornos verdinegros. Es un lugar solitario hasta la exaltación, remoto del universo. Mas súbitamente la montaña se derrumba sobre un anchísimo valle amarillo y sangriento. Allá, muy lejos, en el centro de su base, una capillita románica nos presenta sus tres ábsides redondos, de línea graciosa, suave, como senos de mujer.

Y sobre la alta sierra frontera, ¿qué es aquello en lo más alto? Una ciudad imaginaria, plantada sobre la cima horizontal allá en una altura terrible. Es Medinaceli, la patria del cantor de Myo Cid. La vemos desde tres o cuatro leguas, con su magnífica iglesia en medio, en luminosa, radiante silueta recortando el firmamento. Es una formidable alusión de heroísmo lanzada sobre seis leguas a la redonda.

1911

No one knows who the author of the sculpture is. By a very significant destiny, in Spain almost everything great is anonymous. At all events, the sculptor has sculpted here one of those antitheses. This youth is a warrior by trade: he wears a coat of mail and pieces of harness cover his chest and his legs. Nevertheless, the body reveals a weak, nervous temperament. The gaunt cheeks and the intensely gathered pupils declare his intellectual habits. This man seems more of the pen than of the sword. And, nevertheless, he fought at Loja, at Mora, at Montefrío bravely. History guarantees us his manly courage. The sculpture has preserved his dialectical smile. Is it possible? Has there been anyone who has united courage to dialectics?

IV

About half an hour of road on, we pass beside an immense orchard, property of the bishop, enclosed with a magnificent wall. Above it there rise in a most slender gesture, and as if in a single thrust, lordly poplars with their single mast, briefly and equally adorned with green triangular leaves that blink. The wall has, to the East and South, two superb gates with their well-wrought iron grilles. In one place of the wall a fountain opens where the water palpitates: above it are the escutcheons of the bishopric. The sun falls upon the heraldic figures and illuminates them with such delicacy that their recondite symbols are almost interpreted.

Oh, what delight to walk through a poor land, with ruins of ancient splendour, on a clean morning!

The valley narrows announcing a bend, where it is about to open into another valley. At the vertex of this bend, on the other side of the waters and watching over both valleys, appears the hamlet of Alcuneza, clinging to a slope —a village on the alert. The villages of this land —save curious cases— are sudden apparitions that await the wayfarer, posted in their ravines or hidden behind a hillside. They are not seen until one is very close. From afar they are confounded with the ochre earth worked by the waters in the slopes of the hills. In this season, nevertheless, the threshing floors covered with the cereal gold announce with some anticipation the existence of dwellings.

Rodrigálvarez, meanwhile, goes speaking at the slow rhythm of the mules’ walking. He moves among proverbs like a crossbowman among the battlements. Because this Rodrigálvarez lives, like all men born in these harsh countryside, in perpetual defensiveness. Each proverb serves them as a trench, and in the brief gap that two of them leave, they shoot their malignant shaft. The imprecision of speaking and of thinking, characteristic of peasants, facilitates for them exceedingly the ambushes where they hide their intentions and powerful instincts. They are, as in making war, in conversing, guerrillas.

Well then, Rodrigálvarez laments how badly things go in our country. The breath of optimism and the impression of rapid improvement that begin to win over the superior classes have not yet reached these humble classes.

We see, in effect, open before us the new valley, with its thin border of greenery on the bevel of the background, and the sparse rows of poplars reverberating under the sun; we see on both slopes stubble over red and stony earth and the high fallows of the hillocks with their stumps of livid rocks. There are hardly any smells nor hardly any little birds. To the left of the road a raven raises its flight, spreading long and as if lazy wings: when it stands out against the sky, a gust of air tears from it a black feather that sways over the intense blue. The people of the Cid, for whom there was nothing in the fields that did not have a meaning, would have taken this flight for an adverse augury:

A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra

e entrando a Burgos ovieron la siniestra.

(Lines 11 and 12)

Everything lies in muteness: no signal arrives from the countryside. From eternity these lands confess to having been poor and dispose themselves to prolong another eternity their misery. Nevertheless, Rodrigálvarez attributes the decline to men: «Careful how badly we do it! Because Spain, don Rubín, is a rosebush».

This morning air, hasty, chilly, which reaches me between the long dapple-gray ears of the mule, gives to my nerves a crystalline tautness. And in the midst of this red, sterile and mute earth, these words produce on the strings of my nerves the same effect as a stroke of the bow upon the soul of a golden violin. Spain is a rosebush!

V

We continue along the valley that heads towards the East and widens little by little. The landscape is the same: a ribbon of green orchards in the centre, high yellow slopes on both sides and ochre friezes of hillocks cut in their crest by sure horizontal cuts.

We arrive at Horna. It is a little village whose built-up area is used to wrap itself around a conical hillock: the buildings form like the ascending folds of a cloak of hard cloth that girded a body. The upper hollow is the place the church takes advantage of to rise and make a gesture to the valley. The surroundings abound in orchards where potatoes, beans and hemp are cultivated.

We ascend through the miserable alleys. At a window some red carnations and a graceful clump of curled palm pronounce an essential apologue from their pots. We descend on the other side through analogous alleys.

So brief, so concentrated, so logical is the position of the built-up area, that it seems to us we have passed over a great organic body. Behind the village the threshing floors. The valley loses its simple form, and widening with varying level to the right goes to die on the left at the foot of some buttresses that begin the Sierra Ministra.

We are in the highest region of Spain, we walk upon the shoulders of a giant.

The Sierra Ministra is composed of some ravines sown with livid stones and with greenish-black brooms. It is a solitary place to the point of exaltation, remote from the universe. But suddenly the mountain collapses over a very wide, yellow and bloody valley. There, very far, in the centre of its base, a little Romanesque chapel presents us its three round apses, of graceful, soft line, like woman’s breasts.

And upon the high sierra opposite, what is that at the top? An imaginary city, planted on the horizontal summit there at a terrible height. It is Medinaceli, the homeland of the singer of the Myo Cid. We see it from three or four leagues, with its magnificent church in the middle, in luminous, radiant silhouette cutting out the firmament. It is a formidable allusion of heroism launched over six leagues around.

1911

Nessuno sa chi sia l’autore della scultura. Per un destino molto significativo, in Spagna quasi tutto il grande è anonimo. In ogni caso, lo scultore ha scolpito qui una di quelle antitesi. Questo giovane è guerriero di mestiere: porta cotta di maglia e pezzi d’arnese coprono il suo petto e le sue gambe. Nondimeno, il corpo rivela un temperamento debole, nervoso. Le guance scarne e le pupille intensamente raccolte dichiarano le sue abitudini intellettuali. Quest’uomo sembra più da penna che da spada. E, nondimeno, combatté a Loja, a Mora, a Montefrío valorosamente. La storia ci garantisce il suo coraggio virile. La scultura ha conservato il suo sorriso dialettico. Sarà possibile? C’è stato qualcuno che abbia unito il coraggio alla dialettica?

IV

Come a mezz’ora di cammino, passiamo accanto a un immenso orto, proprietà del vescovo, cinto con un magnifico muro. Al di sopra di questo si levano in un gesto slanciatissimo, e come di un solo colpo, pioppi proceri col loro albero unico, brevemente e ugualmente ornato di verdi foglie triangolari che palpitano. Il muro ha a Oriente e a Mezzogiorno due superbe porte con le loro inferriate di ferro ben lavorate. In un luogo del muro si apre una fontana dove l’acqua palpita: sopra di essa stanno gli scudi del vescovato. Il sole cade sulle figure araldiche e le illumina con tanta delicatezza che quasi restano interpretati i loro reconditi simboli.

Oh, che delizia camminare per una terra povera, con rovine di antico splendore, una mattina limpida!

La valle si restringe annunciando una curva, dove sta per sboccare in un’altra valle. Al vertice di questa curva, dall’altro lato delle acque e vigilando entrambe le valli, appare aggrappato a una costa il paese di Alcuneza —un villaggio all’erta. I paesi di questa terra —salvo curiosi casi— sono improvvise apparizioni che attendono il viandante posti nei loro burroni o celati dietro un pendio. Non li si vede finché non si è molto vicini. Da lontano li si confonde con la terra ocra lavorata dalle acque nelle scarpate dei colli. In questa stagione, nondimeno, le aie coperte dell’oro cerealicolo annunciano con qualche anticipazione l’esistenza di abitazioni.

Rodrigálvarez, intanto, va parlando al ritmo lento dell’andare delle mule. Si muove tra proverbi come un balestriere tra i merli. Perché questo Rodrigálvarez vive, come tutti gli uomini nati in queste campagne aspre, in perpetua difensiva. Ogni proverbio serve loro come una trincea, e nel breve chiaro che due di essi lasciano, scoccano la loro asta maligna. L’imprecisione del parlare e del pensare, caratteristica dei contadini, facilita loro oltremodo le imboscate dove nascondono le loro intenzioni e i potenti istinti. Sono, come nel guerreggiare, nel conversare, guerriglieri.

Ebbene, Rodrigálvarez si lamenta di quanto male vadano le cose nel nostro paese. Ancora non sono giunti a queste umili classi l’alito di ottimismo e l’impressione di rapido miglioramento che cominciano a conquistare le superiori.

Vediamo, in effetti, aprirsi dinanzi a noi la nuova valle, con la sua sottile cenefatura di verzura nel bisello del fondo, e le rade file di pioppi riverberando sotto il sole; vediamo in entrambi i versanti stoppie su terra rossa e pietrosa e gli alti incolti dei poggi con i loro moncherini di rocce livide. Non ci sono quasi odori né quasi uccelletti. A sinistra della strada un corvo alza il suo volo spiegando ali lunghe e come pigre: quando si staglia sul cielo, un colpo d’aria gli strappa una piuma nera che si bilancia sull’intenso azzurro. Le genti del Cid, per le quali nulla c’era nei campi che non avesse un senso, avrebbero preso questo volo per un presagio avverso:

A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra

e entrando a Burgos ovieron la siniestra.

(Versi 11 e 12)

Tutto giace nel mutismo: nessun segno giunge dalla campagna. Di eterno confessano queste terre di essere state povere e si dispongono a prolungare un’altra eternità la loro miseria. Nondimeno, Rodrigálvarez attribuisce il declino agli uomini: «Attenti che lo facciamo male! Perché la Spagna, don Rubín, è un roseto».

Quest’aria mattutina, frettolosa, infreddolita, che mi arriva tra le lunghe orecchie torde della mula, dà ai miei nervi una tensione cristallina. E in mezzo a questa terra rossa, sterile e muta, queste parole producono nelle corde dei miei nervi lo stesso effetto che un colpo d’arco sull’anima di un biondo violino. La Spagna è un roseto!

V

Continuiamo per la valle che si dirige verso Oriente e si allarga a poco a poco. Il paesaggio è lo stesso: nastro di orti verdi al centro, alte pendici gialle ai due lati e fregi ocra di poggi recisi nel loro cocuzzolo da precisi tagli orizzontali.

Arriviamo a Horna. È questo un paesino il cui abitato si arrotola attorno a un poggio conico: le costruzioni formano come le pieghe ascendenti di un pastrano di panno duro che cingesse un corpo. Il vuoto superiore è il luogo che la chiesa sfrutta per levarsi e fare un gesto alla valle. Le vicinanze abbondano di orti dove si coltivano patate, fagioli e canapa.

Saliamo per le viuzze miserabili. In una finestra pronunciano un apologo essenziale dai loro vasi alcuni garofani rossi e un grazioso cespo di palma ricciuta. Scendiamo dall’altro lato per analoghe viuzze.

È così breve, così concentrata, così logica la posizione dell’abitato, che ci sembra di essere passati sopra un grande corpo organico. Dietro il paese le aie. La valle perde la sua forma semplice, e allargandosi con vario livello a destra va a morire a sinistra ai piedi di alcuni contrafforti che iniziano la Sierra Ministra.

Siamo nella contrada più alta di Spagna, camminiamo sopra le spalle di un gigante.

La Sierra Ministra si compone di alcuni burroni seminati di pietre livide e di ginestre verdastre. È un luogo solitario fino all’esaltazione, remoto dall’universo. Ma improvvisamente la montagna crolla sopra una larghissima valle gialla e sanguigna. Là, molto lontano, al centro della sua base, una cappelletta romanica ci presenta i suoi tre absidi rotondi, di linea graziosa, soave, come seni di donna.

E sopra l’alta sierra di fronte, che cos’è quello nel punto più alto? Una città immaginaria, piantata sulla cima orizzontale là in un’altezza terribile. È Medinaceli, la patria del cantore del Myo Cid. La vediamo da tre o quattro leghe, con la sua magnifica chiesa in mezzo, in luminosa, raggiante silhouette che ritaglia il firmamento. È una formidabile allusione di eroismo lanciata su sei leghe alla rotonda.

1911