Abstract

Protest column against Dato’s Royal order favouring one press against another and aimed at destroying El Sol; its underlying claim is that Spain is a pulverised body in which no one feels wounded by his neighbour’s wound. Journalistic political polemic.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El señor Dato es tan exangüe, que no se ha sonrojado al firmar la nueva Real orden en pro de una Prensa contra otra. Se le ha hecho ver en pleno Consejo de ministros que jurídicamente era una ilegalidad, un estupro de la Constitución, y que moralmente era una iniquidad, la mayor imaginable dentro de las sociedades actuales, puesto que vende a unos pocos el poder del Estado, que existe precisamente por ser de todos. El negocio que el señor Dato quiere hacer me parece, sin embargo, algo mejor que el de Judas. Aquél se contentó con treinta pobres dineros, al paso que el jefe liberal-conservador, por trece mil centímetros de papel, allana el camino para obtener los cientos de millones que importa el aumento en las tarifas ferroviarias y procura organizarse una cuadrilla con que asaltar en octubre el Palacio real y sustraer el decreto de disolución.

Porque en la confabulación de corrupciones que ha sido menester formar para producir esta Real orden, cada cual ha colaborado merced a motivos distintos, aunque igualmente nefandos. Los que, en definitiva, han seducido hacia el crimen el ánimo del señor Dato son los referidos. El Sol ha peleado en la vanguardia contra las tarifas ferroviarias, y el señor Dato, convirtiéndose en una ametralladora de Reales órdenes, pretende ahora destruir El Sol. Por otro lado, celestineando con los instintos depredatorios y las envidias de algunos periódicos madrileños, espera elevar en torno suyo una barbacana de benevolencia, desde la cual, llegado que sea el otoño, podrá dirigir su agresión a la regia prerrogativa.

Agitando en su corazón tales designios, como suele decir de sus héroes Homero, el señor Dato firmó esta Real Iniquidad. Yo supongo que a estas horas habrá formado el cuadro en torno de ella la solidaridad de los ineptos, que es, a la vez, la solidaridad de los envidiosos: el financiero usurario, el reptil político, el periodista sin tirada y el escritor sin talento.

Sería insincero si dijese que no creía posible en España una audacia y un crimen del calibre de esta Real orden. Yo creo todo posible en nuestro país: es éste un cuerpo podrido, en penúltimo grado de disociación. El pequeño círculo de lectores que desde hace años sigue mis trabajos ha encontrado siempre en ellos, bajo uno u otro sesgo, desarrollada esta convicción. He dado voces de alerta, gritos de precaución y de espanto. ¡Amigos, nos han deshecho la patria, la han pulverizado, atomizado! Un pueblo es una maravillosa cohesión obtenida a fuerza de seculares afanes. El imperio de los viles y los necios, incapaces de lealtad y de sutileza previsora, ha roto aquella cohesión radical, y hoy cada núcleo español, por no decir cada individuo, ha perdido por completo la sensibilidad para el resto del cuerpo social. Esta incapacidad de sentirse cada cual herido en la herida del prójimo, hace que todo sea posible en España.

Es posible que cada semana caiga asesinado un patrono en Barcelona: nadie se inmuta. Es posible que cada día se cierre una Casa del Pueblo y se encarcele o se deporte en racimo a los obreros: nadie se siente aludido. Es posible que durante dos lustros el capricho palatino desvíe en sentido inverso a la equidad la concesión de distinciones militares: nadie será capaz de hacer una protesta desinteresada. Es posible que otra vegada el Ejército se tome la justicia por su mano, y las Juntas de defensa, pasándose de la raya, mediaticen el Poder público y opriman el cuello del Gobierno con su talón espolado: nadie sentirá enojo. Es decir, nadie no. Cuando llega a cada cual —individuo o grupo— la hora de ser atropellado, pone el grito en el cielo, busca en torno quien le socorra, y sorprendiéndose en el vacío, hace el descubrimiento de que la sociedad española es insensible al crimen e insolidaria de toda causa justa. Entonces el ofendido, si tiene armas, se siente impulsado a la violencia, como el militar, el obrero; si no las tiene, la humillación y la iracundia abren en él un venero de acritud. El nuevo rencor, llegando a madurez en sus entrañas, se revuelve contra los restos de cohesión social y se convierte en un nuevo agente de atomización. ¡Amigos, nos han deshecho la patria! Cabezas y corazones de piedra, golpeando sobre el sólido nacional, nos lo han hecho polvo, o, si se quiere una expresión más fina, diremos con los químicos que nos lo han porfirizado. Un día soplará una ráfaga y España será aventada como la duna en el desierto.

Todo es posible, todo. Inclusive que alguien venga a hacer constar que si yo ahora protesto vehementemente contra esta criminal orden del señor Dato es porque soy el atropellado y veo cercenadas las espléndidas rentas que cómodamente disfrutaba. Más difícil será hallar quien recuerde mis quince años de vida literaria, en los cuales apenas pasó día sin que rompiese una lanza por alguien que padecía violencia, necesidad o abandono. Ahora que yo soy el agredido, ¿dónde están aquéllos por quienes yo me puse al margen de todas las suavidades? Me extraña no verlos ya formando en la primera fila de los enemigos.

Al leer la última Real orden, lo primero en que me ocurre pensar es en la indiferencia con que un delito de esta naturaleza suele ser recibido por las gentes. Porque no las afecta inmediatamente, creen que no va nada con ellas. Para los chicos, un descarrilamiento es un accidente que acaece a otras personas; no conciben un descarrilamiento del tren en que ellos viajan.

Y, sin embargo, yo os digo que un hecho como el presente trasciende de tal modo a indominable putrefacción de la vida pública, que sobre todos, antes unos, otros luego, llegará una jornada de iniquidad. La rueda ominosa, la rueda del crimen político pasará sucesivamente sobre vuestras cabezas, como ha pasado ya por muchas. Sentiréis que vuestro pecho se inunda de asco y hierve de indignación; pero nadie os socorrerá contra el miserable que os atropelle. Entonces experimentaréis el frenesí más cruel: el de sentiros paralíticos contra la vileza y el abuso.

El señor Dato, a sabiendas de que comete un alto delito, no vacila en ejecutarlo. Sabe él, suma autoridad responsable del Estado, que el ciudadano español no puede esperar nada del Poder judicial. El Sol llevará ante los Tribunales al señor Dato. Pero ¡qué importa tal resolución al presidente del Consejo! Sabe que el pleito durará años y que, a la postre, el juez se doblegará servil ante el político que entonces gobierne.

¡Sigamos así, señor Dato! Cada hora empuja hacia temperamentos anárquicos nuevos grupos sociales ayer pacíficos y dóciles.

Fernando de los Ríos, el profesor y diputado socialista, me refería hace pocas semanas sus leales apuros cuando al recomendar a los obreros granadinos procedimientos de legalidad y esperanza en una política evolutiva, éstos le dicen: «¡Pero, don Fernando, no ve usted mismo cómo no hay ley para nosotros! Nos cierran los centros, nos persiguen en las fábricas, nos llevan esposados por los caminos, nos apalean las espaldas…, nos tratan como a perros. ¿Qué va usted a esperar de la ley?» Y el prudente interlocutor sentía, al oír esto, vergüenza, ira, desesperanza…

Ahora nos toca a nosotros pasar nuestra hora de canes. ¡Quién sabe si a la postre será lo mejor! Formaremos jauría con los obreros y prepararemos la gran fiesta venatoria. Nos unirán el asco y la indignación y haremos que suene de mar a mar el ladrido y el halalí. Andando el tiempo, las crónicas narrarán que en tiempos de Alfonso XIII, amigo de la caza, todos los españoles honestos tuvieron que volverse alanos y usar del colmillo.

El Sol, 7 de agosto de 1920