Ortega y Gasset

Abstract

Cultural polemic: against the Spain ‘of polished stone’ that denies passage to a young Semitist while shipping two friars, Ortega defends the ‘refined weapons’ of reason, while admitting they win no battles — the example of don Francisco Giner, who spent his life giving reasons nobody heeded.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Son unos cuantos los españoles que no quisieran ver a España retrotraída por completo a la edad de la piedra pulimentada, cuando aún los hombres, exentos de policía y de ideas generales, ejercitaban asiduamente el mordisco. Mala fortuna puede augurarse a personas tan bien intencionadas: con optimismo de ilusos se obstinan en no usar de otros medios de combate que los empleados en civilizaciones superiores, donde tienen el ingenio y las maneras delicadas añeja tradición y donde, a decir verdad, se ha dejado tiempo hace de luchar por la existencia y se vaca a otros problemas más sutiles. Mas aquí, donde el problema de la vida no ha progresado de las cuatro reglas elementales, donde todavía tenemos que luchar por la existencia del buen gusto y por naturalizar la discreción, ¿qué utilidad tendrán aquellas armas delicadas y aquellas elegantes posiciones?

Yo señalo, si alguien lo dudara, este caso de conciencia. Acá y allá se han elevado recientemente demandas de protección y respeto a las labores científicas; se ha llegado a ver en su falta el foco de la mengua nacional. Pues bien, esas indicaciones han alcanzado una sola respuesta y ésta no de palabras, sino de obras. La misión diplomática que lleva a Fez unos recados de la nación ha admitido la mística carga de dos fraticelli, pero no ha tolerado servir de vehículo a la curiosidad de un joven compatriota consagrado al estudio de las lenguas semíticas. La desatención circundante y la escuela de desesperanza a que están sometidos desde remoto los idealistas españoles les han enseñado la virtud de la templanza y la táctica nazarena de la paciencia. Pero, ¿no es lo acaecido últimamente demasiado fuerte? ¿No se parece demasiado a un insulto? ¿Deben esos hombres más serios, más cultos, más avisados proseguir su torneo distinguido o responder a un acto tan silvestre con algunas palabras duras? Éste es el caso de conciencia que propongo al lector.

Para mí la solución no ofrece duda. Es preciso mantener a toda costa frente a la irrupción de la piedra pulimentada el sentido de las armas distinguidas. Cierto que con ellas no se ganará ninguna batalla: la flecha del sagitario, fina y ágil como un pensamiento, la lanza fulgente del peltasta no se inventaron para la lucha con los paquidermos. La naturaleza, favorable a Europa, dejó aquí sólo animales de piel menos dura y recluyó los más bastos a los barrios bajos del mundo. En las metopas de los templos áticos riñen desde siglos desnudos los oplitas y los dioses con fieras cultas cuyas formas son fáciles a la belleza escultural. Pero antes, al comienzo de la historia griega, como avanzada de los emigrantes dóricos, había pasado Hércules limpiando de monstruos la comarca y barriendo los establos de Augías. El régimen del paquidermo, por el contrario, habría ahogado en su cuna la cultura helénica y hoy vestidos con negros cueros, como nos describe Tito Livio, no habríamos pasado de celtíberos. Un rinoceronte gravitando sobre el frontis del Partenón era imposible; hubiera aplastado al punto la euritmia marmórea del templo y habría hecho añicos, apenas colocada, la próxima estatua de Athena, virgen y erudita.

Los españoles que sueñan con la imagen de una España europea no tienen otra arma que las razones. ¿Y habrá quien crea que sirven de algo las razones? Ahí está don Francisco Giner, que es una de las fisonomías más raras y venerables de nuestro país. El señor Giner se ha pasado la vida dando razones y no se le ha hecho caso. Su exigua envoltura mortal oculta uno de los postreros yacimientos de entusiasmo que quedan en España; mas ese ardor entusiasta, no hallando fuera dónde aplacarse, le ha ido quemando interiormente y le ha dado la cetrina apariencia de un sarmiento. ¿Podrán las nuevas generaciones pretender reunir mejores razonamientos a un entusiasmo igual? Es difícil aun cuando posible. Pero ha de declararse que no se ven por lo pronto florecer pensadores más fuertes, ni se advierte en los políticos mayor atención hacia el trabajo de la ciencia.

Antes bien, la distancia entre los hombres de estudio y los políticos se va agrandando. La acción inexplicable del señor Merry del Val muestra que el cuerpo diplomático —perdóneme el delicado poeta Zayas—, antaño aficionado a las letras y a la erudición, se va desentendiendo del buen gusto. Y es lástima; en la historia contemporánea están mantenidos los ministerios de Estado como granjas modelo del snobismo donde se cultivan algunas gratas superfluidades: cierta curiosidad científica, el dominio de las lenguas vivas, la conversación amena y la literatura inocente de viajes y memorias. Todas estas cosas sirven de ornato a una nación. Pero ahora los diplomáticos parecen huir de ellas y va a ser menester, como está haciendo Francia, dedicar nuestras cancillerías al fomento del comercio, la industria y la agricultura, fundiendo la carrera diplomática con la consular. Antes distinguía a aquélla cierta elevada espiritualidad; hoy, según nos indica el señor Merry del Val, los diplomáticos comparten la disminución general del espíritu español.

Por otro lado, en el partido conservador, de quien tenemos que esperarlo todo durante mucho tiempo, se ha impuesto la porción menos amiga de la alta cultura; ha llegado la hora de los escitas. El señor Sánchez de Toca, que viene componiendo solícitamente unas vidas paralelas, podía haber evocado la biblioteca de Cánovas con sus treinta mil volúmenes, algunos de gran valor y todos reunidos merced a una gran pasión intelectual. Para Cánovas no era indiferente que fuera o no a Fez un arabista y trajera textos nuevos de historiadores muslimes. Cánovas no habría permitido que se diera una respuesta oficiosa tan peregrina como la que se ha dado. Según parece, nadie se opuso a que el joven orientalista acompañara la expedición; sólo se le exigía que pagara su viaje. Aquí hay un error deplorabilísimo. El señor Merry ha querido parodiar desgraciadamente la ingenua elegancia de María Antonieta cuando proponía al preboste de París que si las turbas se amotinaban por falta de pan, podían comer brioches. No, señor Merry; los arabistas saben árabe, pero, en España al menos, no tienen dinero. Una y otra cosa diferencian a un arabista del marqués de Comillas. Renan cuando fue a Palestina, no pagó sus jornadas; el ministro supo inventar para él una misión de Fenicia. Y siendo muy joven y totalmente desconocido, habíale ya enviado otra vez a los archivos de Italia. En general, la filología se ejerce en razón inversa de las rentas.

Esto me recuerda el lugar de la novela de Murger, donde un bohemio enojado con no sé qué entrometido le acusa de que bajo la capa de la literatura está haciendo el amor a Museta. A lo que otro bohemio rectifica: «Protesto; la literatura no tiene capa».

Nada parecido habría soportado Cánovas. Sabía muy bien cuánta importancia tiene conservar los míseros hilillos de tradición científica que pueda haber en España, y no ignoraba que los estudios arabistas son una de las pocas disciplinas que alcanzan honrosa representación en nuestro país. Éstas no son sustancias que se puedan demostrar con logaritmos: se sienten o no. El señor Maura, por lo visto, carece de sensibilidad para las cosas imponderables, de modo que el señor Sánchez de Toca —consiéntame esta modesta colaboración— podía haber resumido sus vidas paralelas poco más o menos así: Cánovas es igual al señor Maura, más treinta mil volúmenes.

El liberalismo se ha presentado siempre como un amigo de la ciencia. Cuando ésta no era libre pidió su libertad; luego demandó para ella la protección del Estado. ¿Recurrirán nuestros idealistas a los liberales? Creo que será inútil. Los partidos de progreso agitan ahora unos harapos intelectuales sobre la inmensa podredumbre de las entrañas españolas y basta leer sus programas para comprender que no sienten mayor afectuosidad por la ciencia que los conservadores.

Y en realidad no se trata de una cuestión que pueda ya dividir las aspiraciones políticas. La cultura superior, los fortes études que dicen nuestros vecinos, forma las bases de la conciencia nacional; sin ella no existe energía social, y el pueblo, privado de los nervios medulares, queda reducido a una masa reptante que vive la oscura existencia de lo infrahumano.

Pero ¿a qué insistir? Los hechos prueban con lamentable evidencia que no hay en las Cortes españolas quien quiera defender satisfactoriamente los intereses de la cultura científica. Por otra parte, es vano pretender que las muchedumbres populares tengan una sensibilidad que falta a los de arriba.

Entretanto el joven arabista se queda sin ir a Fez; los dos franciscanos, por el contrario, como en tiempos del decadente Alfonso X, llevan a los de Beni-Merín la esencia del alma española, y avanzan, encaramados en sus mulas, hacia la ciudad santa marroquí, enriqueciendo la sequedad ardiente del paisaje con su bárbaro fervor.

There are quite a few Spaniards who would not wish to see Spain entirely set back to the age of polished stone, when men, still exempt from police and from general ideas, assiduously practiced the bite. Ill fortune may be augured for persons so well intentioned: with the optimism of the deluded they insist on using no other means of combat than those employed in superior civilizations, where wit and delicate manners have an old tradition and where, to tell the truth, they long ago stopped fighting for existence and devote themselves to other, subtler problems. But here, where the problem of life has not advanced beyond the four elementary rules of arithmetic, where we still have to fight for the existence of good taste and to naturalize discretion, what use will those delicate weapons and those elegant postures be?

I point out, should anyone doubt it, this case of conscience. Here and there demands have recently been raised for the protection of and respect for scientific labors; their absence has come to be seen as the focus of the national decline. Well then, those indications have met with a single response, and that not of words but of deeds. The diplomatic mission that carries to Fez some messages of the nation has admitted the mystical burden of two friars, but has not tolerated serving as a vehicle for the curiosity of a young compatriot devoted to the study of the Semitic languages. The surrounding inattention and the school of despair to which Spanish idealists have long been subjected have taught them the virtue of temperance and the Nazarene tactic of patience. But is what has recently happened not too much? Does it not too much resemble an insult? Should those more serious, more cultured, more knowing men continue their distinguished tournament, or answer such a rustic act with some hard words? This is the case of conscience I propose to the reader.

For me the solution offers no doubt. It is necessary to maintain at all costs, against the irruption of polished stone, the sense of distinguished weapons. Certainly with them no battle will be won: the arrow of the sagittary, fine and agile as a thought, the gleaming lance of the peltast were not invented for the struggle with pachyderms. Nature, favorable to Europe, left here only animals of less hard skin and confined the coarsest to the low quarters of the world. In the metopes of the Attic temples hoplites and gods have for centuries fought naked with cultured beasts whose forms are easy to sculptural beauty. But before, at the beginning of Greek history, as an advance guard of the Doric emigrants, Hercules had passed by cleansing the region of monsters and sweeping the stables of Augeas. The regime of the pachyderm, on the contrary, would have strangled Hellenic culture in its cradle and today, dressed in black hides, as Livy describes us, we would not have got beyond Celtiberians. A rhinoceros gravitating upon the pediment of the Parthenon was impossible; it would at once have crushed the marble eurythmy of the temple and would have shattered, scarcely placed, the next statue of Athena, virgin and learned.

The Spaniards who dream of the image of a European Spain have no other weapon than reasons. And will there be anyone who believes reasons are of any use? There is don Francisco Giner, who is one of the rarest and most venerable physiognomies of our country. Señor Giner has spent his life giving reasons and no one has paid him heed. His exiguous mortal envelope conceals one of the last deposits of enthusiasm left in Spain; but that enthusiastic ardor, finding no outside place to appease itself, has been burning him inwardly and has given him the sallow appearance of a vine-shoot. Will the new generations be able to claim to bring together better reasoning and an equal enthusiasm? It is difficult even if possible. But it must be declared that for the moment no stronger thinkers are seen to flourish, nor is greater attention on the part of politicians toward the work of science to be perceived.

Rather, the distance between men of study and politicians keeps growing. The inexplicable action of Señor Merry del Val shows that the diplomatic corps —forgive me, delicate poet Zayas—, once fond of letters and erudition, is growing indifferent to good taste. And it is a pity; in contemporary history the foreign ministries are maintained as model farms of snobbery where some pleasant superfluities are cultivated: a certain scientific curiosity, the mastery of living languages, agreeable conversation and the innocent literature of travels and memoirs. All these things serve as ornament to a nation. But now the diplomats seem to flee them and it will be necessary, as France is doing, to dedicate our chancelleries to the promotion of commerce, industry and agriculture, fusing the diplomatic career with the consular. Once a certain elevated spirituality distinguished it; today, according to what Señor Merry del Val indicates to us, the diplomats share in the general diminution of the Spanish spirit.

On the other hand, in the conservative party, from which we have to expect everything for a long time, the portion least friendly to high culture has imposed itself; the hour of the Scythians has come. Señor Sánchez de Toca, who has been solicitously composing some parallel lives, could have evoked Cánovas’s library with its thirty thousand volumes, some of great value and all gathered thanks to a great intellectual passion. For Cánovas it was not indifferent whether or not an Arabist went to Fez and brought back new texts of Muslim historians. Cánovas would not have permitted so singular an officious response as the one that has been given. Apparently, no one opposed the young Orientalist’s accompanying the expedition; he was only required to pay for his trip. Here there is a most deplorable error. Señor Merry has unfortunately wanted to parody the naive elegance of Marie Antoinette when she proposed to the provost of Paris that if the mobs rioted for lack of bread, they could eat brioches. No, Señor Merry; Arabists know Arabic, but, in Spain at least, they have no money. One and the other thing differentiate an Arabist from the Marquis of Comillas. Renan, when he went to Palestine, did not pay his days; the minister knew how to invent for him a mission to Phoenicia. And being very young and totally unknown, he had already once sent him to the archives of Italy. In general, philology is practiced in inverse proportion to incomes.

This reminds me of the passage in Murger’s novel, where a bohemian, annoyed with some meddler or other, accuses him of making love to Musette under the cloak of literature. To which another bohemian corrects: «I protest; literature has no cloak».

Nothing similar would Cánovas have tolerated. He knew very well how much importance there is in preserving the miserable threads of scientific tradition that may exist in Spain, and he was not ignorant that Arabist studies are one of the few disciplines that achieve honorable representation in our country. These are not substances that can be demonstrated with logarithms: one feels them or not. Señor Maura, apparently, lacks sensitivity for imponderable things, so that Señor Sánchez de Toca —allow me this modest collaboration— could have summarized his parallel lives more or less thus: Cánovas equals Señor Maura, plus thirty thousand volumes.

Liberalism has always presented itself as a friend of science. When the latter was not free, it asked for its freedom; then it demanded for it the protection of the State. Will our idealists resort to the liberals? I believe it will be useless. The parties of progress now wave some intellectual rags over the immense rottenness of the Spanish entrails, and it is enough to read their programs to understand that they feel no greater affection for science than the conservatives.

And in reality it is not a question that can already divide political aspirations. Higher culture, the fortes études as our neighbors say, forms the bases of national consciousness; without it no social energy exists, and the people, deprived of the medullary nerves, is reduced to a crawling mass that lives the obscure existence of the subhuman.

But why insist? The facts prove with lamentable evidence that there is no one in the Spanish Cortes who wants to defend satisfactorily the interests of scientific culture. On the other hand, it is vain to pretend that the popular masses should have a sensibility that those above lack.

Meanwhile the young Arabist stays without going to Fez; the two Franciscans, on the contrary, as in the times of the decadent Alfonso X, carry to the Beni-Merín the essence of the Spanish soul, and advance, perched on their mules, toward the holy Moroccan city, enriching the burning dryness of the landscape with their barbarous fervor.

Sono parecchi gli spagnoli che non vorrebbero vedere la Spagna retrocessa del tutto all’età della pietra levigata, quando ancora gli uomini, esenti da polizia e da idee generali, esercitavano assiduamente il morso. Cattiva fortuna si può augurare a persone così ben intenzionate: con ottimismo da illusi si ostinano a non usare altri mezzi di combattimento che quelli impiegati nelle civiltà superiori, dove l’ingegno e le maniere delicate hanno annosa tradizione e dove, a dire il vero, si è smesso da tempo di lottare per l’esistenza e ci si dedica ad altri problemi più sottili. Ma qui, dove il problema della vita non è progredito dalle quattro regole elementari, dove dobbiamo ancora lottare per l’esistenza del buon gusto e per naturalizzare la discrezione, che utilità avranno quelle armi delicate e quelle eleganti posizioni?

Io segnalo, se qualcuno lo dubitasse, questo caso di coscienza. Qua e là si sono elevate recentemente domande di protezione e rispetto per i lavori scientifici; si è giunti a vedere nella loro mancanza il focolaio della menomazione nazionale. Ebbene, quelle indicazioni hanno ottenuto una sola risposta, e questa non di parole, ma di opere. La missione diplomatica che porta a Fez alcuni messaggi della nazione ha ammesso il mistico carico di due fraticelli, ma non ha tollerato di servire da veicolo alla curiosità di un giovane compatriota consacrato allo studio delle lingue semitiche. La disattenzione circostante e la scuola di disperazione a cui sono sottoposti da remoto gli idealisti spagnoli hanno insegnato loro la virtù della temperanza e la tattica nazarena della pazienza. Ma, non è quanto è accaduto ultimamente troppo forte? Non si somiglia troppo a un insulto? Devono quegli uomini più seri, più colti, più avvisati proseguire il loro torneo distinto o rispondere a un atto così silvestre con alcune parole dure? Questo è il caso di coscienza che propongo al lettore.

Per me la soluzione non offre dubbio. È necessario mantenere a ogni costo dinanzi all’irruzione della pietra levigata il senso delle armi distinte. Certo che con esse non si vincerà nessuna battaglia: la freccia del sagittario, fine e agile come un pensiero, la lancia fulgente del peltasta non si inventarono per la lotta con i pachidermi. La natura, favorevole all’Europa, lasciò qui soltanto animali di pelle meno dura e relegò i più rozzi nei quartieri bassi del mondo. Nelle metope dei templi attici rissano da secoli nudi gli opliti e gli dei con fiere colte le cui forme sono facili alla bellezza scultorea. Ma prima, al cominciamento della storia greca, come avanguardia degli emigranti dorici, era passato Ercole ripulendo la contrada dai mostri e spazzando le stalle di Augia. Il regime del pachiderma, al contrario, avrebbe affogato in culla la cultura ellenica e oggi vestiti con neri cuoi, come ci descrive Tito Livio, non saremmo passati da celtiberi. Un rinoceronte gravitando sul frontone del Partenone era impossibile; avrebbe schiacciato al punto l’euritmia marmorea del tempio e avrebbe fatto a pezzi, appena collocata, la prossima statua di Atena, vergine ed erudita.

Gli spagnoli che sognano l’immagine di una Spagna europea non hanno altra arma che le ragioni. E ci sarà chi creda che le ragioni servano a qualcosa? Ecco don Francisco Giner, che è una delle fisionomie più rare e venerabili del nostro paese. Il signor Giner ha passato la vita a dare ragioni e non gli si è dato ascolto. Il suo esiguo involucro mortale occulta uno degli ultimi giacimenti di entusiasmo che restano in Spagna; ma quell’ardore entusiasta, non trovando fuori dove placarsi, lo ha andato bruciando interiormente e gli ha dato la cetrina apparenza di un sarmento. Potranno le nuove generazioni pretendere di riunire migliori ragionamenti a un entusiasmo uguale? È difficile anche se possibile. Ma ha da dichiararsi che non si vedono per il momento fiorire pensatori più forti, né si avverte nei politici maggiore attenzione verso il lavoro della scienza.

Anzi, la distanza tra gli uomini di studio e i politici si va ingrandendo. L’azione inspiegabile del signor Merry del Val mostra che il corpo diplomatico —mi perdoni il delicato poeta Zayas—, un tempo amante delle lettere e dell’erudizione, si va disinteressando del buon gusto. Ed è un peccato; nella storia contemporanea i ministeri degli Esteri sono mantenuti come fattorie modello del snobismo dove si coltivano alcune gradevoli superfluità: certa curiosità scientifica, il dominio delle lingue vive, la conversazione amena e la letteratura innocente di viaggi e memorie. Tutte queste cose servono di ornamento a una nazione. Ma ora i diplomatici sembrano fuggirne e sarà necessario, come sta facendo la Francia, dedicare le nostre cancellerie al fomento del commercio, dell’industria e dell’agricoltura, fondendo la carriera diplomatica con la consolare. Prima distingueva quella certa elevata spiritualità; oggi, secondo ci indica il signor Merry del Val, i diplomatici condividono la diminuzione generale dello spirito spagnolo.

D’altro lato, nel partito conservatore, da cui dobbiamo aspettarci tutto per molto tempo, si è imposta la porzione meno amica dell’alta cultura; è giunta l’ora degli sciti. Il signor Sánchez de Toca, che viene componendo sollecitamente alcune vite parallele, avrebbe potuto evocare la biblioteca di Cánovas con i suoi trentamila volumi, alcuni di gran valore e tutti riuniti grazie a una grande passione intellettuale. Per Cánovas non era indifferente che andasse o no a Fez un arabista e portasse testi nuovi di storici musulmani. Cánovas non avrebbe permesso che si desse una risposta ufficiosa tanto peregrina come quella che si è data. A quanto pare, nessuno si oppose a che il giovane orientalista accompagnasse la spedizione; solo gli si esigeva che pagasse il suo viaggio. Qui c’è un errore deplorevolissimo. Il signor Merry ha voluto parodiare disgraziatamente l’ingenua eleganza di Maria Antonietta quando proponeva al prevosto di Parigi che se le turbe si ammutinavano per mancanza di pane, potevano mangiare brioche. No, signor Merry; gli arabisti sanno l’arabo, ma, in Spagna almeno, non hanno denaro. L’una e l’altra cosa differenziano un arabista dal marchese di Comillas. Renan quando andò in Palestina, non pagò le sue giornate; il ministro seppe inventare per lui una missione di Fenicia. Ed essendo molto giovane e del tutto sconosciuto, lo aveva già inviato un’altra volta agli archivi d’Italia. In generale, la filologia si esercita in ragione inversa delle rendite.

Questo mi ricorda il luogo del romanzo di Murger, dove un bohémien arrabbiato con non so quale intromesso lo accusa che sotto il mantello della letteratura sta facendo l’amore a Musetta. Al che un altro bohémien rettifica: «Protesto; la letteratura non ha mantello».

Nulla di simile avrebbe sopportato Cánovas. Sapeva molto bene quanta importanza abbia conservare i miserabili fili di tradizione scientifica che possa esserci in Spagna, e non ignorava che gli studi arabistici sono una delle poche discipline che raggiungono onorevole rappresentanza nel nostro paese. Queste non sono sostanze che si possano dimostrare con logaritmi: si sentono o no. Il signor Maura, a quanto pare, manca di sensibilità per le cose imponderabili, di modo che il signor Sánchez de Toca —mi consenta questa modesta collaborazione— avrebbe potuto riassumere le sue vite parallele poco più o meno così: Cánovas è uguale al signor Maura, più trentamila volumi.

Il liberalismo si è presentato sempre come un amico della scienza. Quando questa non era libera chiese la sua libertà; poi domandò per essa la protezione dello Stato. Ricorreranno i nostri idealisti ai liberali? Credo che sarà inutile. I partiti di progresso agitano ora alcuni cenci intellettuali sopra l’immensa putredine delle viscere spagnole e basta leggere i loro programmi per comprendere che non sentono maggiore affettuosità per la scienza dei conservatori.

E in realtà non si tratta di una questione che possa già dividere le aspirazioni politiche. La cultura superiore, i fortes études che dicono i nostri vicini, forma le basi della coscienza nazionale; senza di essa non esiste energia sociale, e il popolo, privato dei nervi midollari, resta ridotto a una massa strisciante che vive l’oscura esistenza dell’infraumano.

Ma a che insistere? I fatti provano con lamentevole evidenza che non c’è nelle Cortes spagnole chi voglia difendere soddisfacentemente gli interessi della cultura scientifica. D’altra parte, è vano pretendere che le moltitudini popolari abbiano una sensibilità che manca a quelli di sopra.

Intanto il giovane arabista resta senza andare a Fez; i due francescani, al contrario, come ai tempi del decadente Alfonso X, portano ai Beni-Merín l’essenza dell’anima spagnola, e avanzano, arrampicati sulle loro mule, verso la città santa marocchina, arricchendo l’arsura ardente del paesaggio con il loro barbaro fervore.

Los que se sientan aquejados por una visión más fina del mundo y anhelen para España un puesto en el anfictionado europeo, pueden rodearse el corazón de un triple círculo de paciencia, y a fin de no perder los privilegios de su cortesía, limitarse a la faena de sagitarios, tomando del rincón el arco y disparando unos cuantos tropos al enemigo de piel dura.

El Imparcial, 20 de marzo de 1909

Those who feel afflicted by a finer vision of the world and long for Spain a place in the European amphictyony may gird their heart with a triple circle of patience, and, so as not to lose the privileges of their courtesy, limit themselves to the task of sagittaries, taking the bow from the corner and shooting a few tropes at the hard-skinned enemy.

El Imparcial, 20 March 1909

Coloro che si sentono afflitti da una visione più fine del mondo e anelino per la Spagna un posto nell’anfizionia europea, possono cingersi il cuore di un triplo cerchio di pazienza, e per non perdere i privilegi della loro cortesia, limitarsi alla faena dei sagittari, prendendo dall’angolo l’arco e scoccando alcuni tropi al nemico di pelle dura.

El Imparcial, 20 marzo 1909