Abstract
Column on Maura’s speech at the Teatro Real: regret for a figure reduced to summing up society lectures. Ortega draws from it the claim that Spain’s great parties, right and left, are ‘solidarities of equivocation’, and that when everything public is falsified only each man’s fidelity to himself can save us.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Todo el que tenga un corazón leal y no sea un hombre de partido —cosa muy distinta de trabajar socialmente desde un partido político, científico, estético o religioso— sentirá vehemente melancolía viendo a un hombre como don Antonio Maura, que ha sido la más fuerte emoción española de estos últimos quince años, levantarse en el teatro Real para hacer el resumen de unas conferencias dadas ante damas en un hotel elegante.
Las únicas vibraciones de pasión que se han sentido en nuestra patria durante esa época van unidas a su nombre. En su persona pareció un momento que iba a romperse el compás de ruin danza cómica donde va ajustada nuestra existencia colectiva y convertirse en un ritmo más grave y más digno, más doloroso y más fecundo. Ha sido una falta de patriotismo disminuir la figura de Maura exhibiéndola con tan frívolo pretexto.
El maurismo, que procede con algún atolondramiento, olvida lo que es más importante así en la pintura como en la acción social: las leyes de la perspectiva. Por la avenida pseudoversallesca de aquellas conferencias no podemos ser conducidos ante un hombre sinaítico. No puede concluir en cima de soberanas tormentas lo que comienza en el hotel Ritz.
Yo no sé —y por el momento tampoco me importa— qué sea el señor Maura para los demás. Para mí es un caso de conciencia. Cuando las ideas políticas viven épocas de claridad y de plenitud, existen solidaridades de opinión —los partidos en que la sociedad está dividida— con las cuales es un deber contar antes de aventurar el propio juicio. Pero hoy, en España, los grandes bandos públicos —derechas e izquierdas— no son más que solidaridades del equívoco. No son cuencas donde fluyen las riberas de la espontánea convicción individual: al contario, nacen de la indecisión con que los individuos sienten sus propias opiniones. Si tuviéramos todos la energía de poner, primero, bien en claro nuestros juicios íntimos, y luego, de confesarlos, veríamos estallar esos grandes partidos ficticios y formarse numerosos grupos, en cada uno de los cuales se hallarían reunidas, tal vez, gentes que no se sospechaban tan próximas.
A esos grupos de real, profunda unanimidad, es preciso aspirar, perforando los caparazones de las actuales estructuras. Y esto no puede hacerse si no tenemos la entereza de volver provisionalmente la espalda a los credos convencionales y descender a nuestro propio corazón para buscar allí esas convicciones personalísimas, inalienables, sobre cada asunto, que a lo mejor están ocultas, temblorosas y amedrentadas por el rumor que sobre ellas hace el tropel de los tópicos transeúntes. Cuando todo lo público está falsificado sólo puede salvarnos la fidelidad de cada cual consigo mismo.
Todo esto va a decir que ante una decadencia como la que hoy se ha advertido en el señor Maura, quien, como yo, no es maurista, pero no es tan modesto que se contente con ser antimaurista, sólo puede sentir grave dolor.
Por unas razones o por otras —vamos a suponer, inclusive, que sin razón y aún con sinrazón—, el señor Maura se encontraba representando la protesta contra la vigente organización del Estado español, contra lo que aquí hemos llamado la España oficial.
Cierto —y en otras columnas de este periódico puede verse—; el señor Maura ha formado parte de esa España oficial, ha usado de ella mientras ha podido, en ciertos órdenes menos nocivamente que los demás; en otros más dañosamente que ninguno. No ha habido arma de las que hoy considera prohibidas que no haya usado, bien que poniendo en su manejo cierto garbo y decoro que le son peculiares. ¿Vamos por ello a condenar al señor Maura?
Si lo más interesante para un español fuera ejercer el oficio de juez, indudablemente. Mas para un español la mayor satisfacción sería apurar los medios de explotar al señor Maura como se explota una torrentera. Esto me parece evidente. Es una perversión de los instintos morales darse a la caza de los defectos y aún de los pecados de un hombre para justificar nuestro desvío y poder, con buen título, negarlo. Más honrado, más propio de un pueblo movido de una vitalidad ascendente, me parecería el deseo de agotar todos los recursos para salvar a sus hombres y poder con ellos solidarizarse. Cuando la conciencia pública, dominando su suspicacia, atraviesa certera las zonas turbias de una personalidad política y va a prenderse en tal o cual punto aprovechable de virtud o capacidad que acaso hay en ella, la nación camina hacia arriba.
Aunque el señor Maura fuera lo que fue, nos encontramos con que es hoy un fuoruscito, según decían los florentinos, un desterrado de la complicidad gobernante. La necesidad le obliga a romper todas las amarras que le ligaban a la España oficial. Las izquierdas le han expulsado; pero también las derechas; los pobres iracundos y los ricos usureros de la nación. Queda políticamente desnudo, como Adán en el Paraíso. Es la ideal situación para iniciar una nueva vida, para crear una nueva ciudadanía.
Algo tendrá este hombre cuando no pueden los otros vivir con él. Una nota brillante de su fisonomía política nos atrae: es incompatible con la España oficial.
Yo siento muy vivamente esta misma incompatibilidad, ese mismo asco. Yo —quiero decir, un español cualquiera— necesito afirmar este rasgo que en Maura encuentro digno de afirmación. Mi conciencia se siente vencida hacia el maurismo. Pero…
…¿Qué dice, qué dice este hombre, erguido sobre lo que fue concha del apuntador, qué dice el mayor de los fuorusciti? Dice que han fracasado los partidos turnantes. Dice que España no tiene hoy otro ideal que sanar de su enfermedad. Todo esto es muy exacto. Pocos dudan de ello. ¿Qué habremos de hacer? La consecuencia natural sería ésta: no reincidamos en la mecánica política del siglo XIX, no reincidamos en los dos partidos turnantes. Toda la crítica que el señor Maura hace viene a demostrar que el afán de sostener esos dos grandes aparatos de pesca lleva a que entre sus anchas mallas quede prisionero el erario pero se escurra la ciudadanía. Si en España hubiera habido en verdad derechas e izquierdas, los partidos turnantes no hubieran podido fracasar. Para quien tenga un poco de intuición histórica esa larga mengua de los partidos no puede parecer casual ni originarse en la mísera criminosidad de unos cuantos hombrecillos.
Sin embargo, el señor Maura concluye que le es urgente llamar a las derechas. Con gesto de apóstol, es decir, de pescador, vuelve a echar la red, la misma red o, tal vez, otra un poco más ancha para que llegue hasta las extremas derechas. E invita a que, por su lado, las izquierdas se reúnan, también con sus extremidades.
Pero ¿no dice el señor Maura que el único ideal de España es hoy sanar? ¿Y no es éste un ideal simplemente español, ajeno y previo a izquierdas y derechas? Tenemos el corazón podrido y este hombre nos entablilla los brazos.
Tal ha sido el perpetuo equívoco de don Antonio Maura. Con la idea de la purificación nacional hace la propaganda; pero gobierna en favor de una ficción, de la misma que en su discurso llama él mentira; gobierna para unas derechas que no existen, como no existen las izquierdas. Desgraciadamente o afortunadamente —por ahora, irremediablemente—, no hay más izquierda que unos puñados de obreros acosados ni más derecha que unas cuantas damiselas irascibles.
El discurso del señor Maura sobre la concha del apuntador repite los dos movimientos contradictorios que hay en su persona. Por uno de ellos avanza el pecho hacia una política siglo XX: rompe los lazos que le unían al mecanismo de la vieja política. Proclama el fraude constitutivo de los dos grandes partidos. Y cuando se nos va el corazón, según la trayectoria iniciada, viene el segundo movimiento, en que se tornan a suscitar los fantasmas recién matados. Y como si cobraran nueva vida, estos espectros del siglo XIX se apoderan del señor Maura, le rodean tumultuarios y lo internan definitivamente en ese siglo con el cual ya nada tenemos que tratar.
Y atemorizados por el peligro que nuestra leal conciencia nos ha hecho correr, huimos a buen paso del señor Maura, que se aleja tiempo atrás.
«Creo yo que en esto consiste el secreto de nuestra inferioridad, en que el español no llega a comprender el concepto de la Patria, tiene el sentimiento de la Patria, la ama, derrama por ella su sangre, pero no llega a entenderla». —Don Antonio Maura en el Congreso de los Diputados, 26 junio 1904.
España, 23 de abril de 1915