Abstract

Presentation (May 1926) of Landsberg’s La Academia Platónica: the method that defines a system of ideas from its subjective and sociological side — the caste of philosophers as philosophy’s first reality. It recalls Plato’s horror of writing in the Phaedrus and describes the Academy as a place of shared life where a philosophy is caught like a contagion.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, mayo de 1926

Cuando hace unos años intenté analizar el sentido de las nuevas direcciones artísticas (véase ahora el volumen La deshumanización del arte) me ocurrió partir de los nuevos artistas más bien que de sus obras. Este procedimiento, que consistía en definir primero al sujeto que engendra una obra y pasar luego al examen de ésta, pareció entonces extraño. El arte de los jóvenes, tan abstruso y desconcertante, tomaba así un primer aspecto de problema sociológico: el tipo del nuevo artista —el creador y el degustador— era definido por su peculiar distancia al gran público. Poco tiempo después, Max Scheler publicaba su estudio sobre La Esencia de la Filosofía, y en él llevaba este método al audaz extremo de decir que la primera y mejor definición de la filosofía es ésta: filosofía es lo que hacen en sus mejores momentos los filósofos. El fruto era definido por el árbol.

Ahora publicamos en la biblioteca de la «Revista de Occidente» un libro de Landsberg, La Academia Platónica, donde por vez primera se ensaya en esta forma la consideración de un sistema de ideas, desde su vertiente subjetiva y sociológica. El carácter peculiar de este nuevo método —tan distinto del trivial uso que llevaba en otro tiempo a anteponer la biografía del autor, su raza, su medio, al análisis de la obra— resulta claro para quien lea sus páginas. También en él hallamos frases como éstas: «La filosofía es un modo de ser espiritual, propio a ciertos hombres; esta concepción que, por ser tales, tienen del mundo». En suma, la casta de los filósofos es la primera realidad de la filosofía. En cierto modo, la filosofía, fuera y aparte de los hombres filósofos, es una abstracción y, además, un fragmento. ¿Por qué? Porque toda filosofía es tan compleja que no ha podido jamás ser por entero formulada. No se la puede «decir». Sólo cabe insinuarla mediante algunos gestos que nos pongan en la pista y nos permitan crear, por nuestra cuenta, su infinitesimal curvatura. La filosofía sólo se puede contaminar como una enfermedad o como esa suprema salud de la danza.

Siempre me ha admirado, por esto, que un temperamento tan formidable de escritor como Platón, tuviese horror a escribir, y, en general, a los libros. En el Fedro nos sugiere que todo buen escritor se ríe de lo que ha escrito, porque es sólo la petrificación de un momento en la fluidez inagotable del pensamiento. La mente, que es manantial, arrolla sus propias cristalizaciones, pasando más allá de ellas, apenas tomaron forma. Goethe pensaba lo mismo: «La palabra escrita es un subrogado de la palabra hablada». En rigor, la conversación es el hombre entero, todo el lenguaje de la frente al pie. «¡Sería un Platón mezquino —dice Landsberg— un Platón que, en primer término hubiera sido escritor! En el círculo de sus discípulos explicaba su más propia doctrina mucho más claramente que en sus escritos, de los que con una broma significativa dice una vez que no eran más que escritos de un Sócrates rejuvenecido y hermoseado. Nada hay en esto de afán de misterio, sino tan sólo trato respetuoso de dogma sagrado. Existen, en efecto, cosas que no pueden ser comunicadas por la vista o el oído sin que se alteren completamente en su esencia».

De aquí, que el afán de comunicar una filosofía lleve inevitablemente a un deseo de convivencia. Una fuerte filosofía crea siempre un grupo social que ha sido ordinariamente una escuela. En su circuito se opera esa transfusión de sangre del maestro a los discípulos, esa saturación de las almas porosas de éstos por el alma efusiva de aquél. Es preciso, para conocer una filosofía, haberse «empapado en ella» o… inventarla.

Tertium non datur. Y no cabe embriagarse en una filosofía sin embriagarse con su autor.

La Academia platónica fue una de estas sublimes tabernas, excelsos fumaderos de opio, donde se organizaba una embriaguez transcendente y colectiva.

Al joven Landsberg —una de las cabezas más finas de Alemania, en torno a la cual vemos como coronas de promesas— le parecería mal esta frase, por encontrarla poco respetuosa. Y, sin embargo, no hay tal. No hay en ella falta de respeto; hay, sí, falta de beatería. Ésta es la objeción más general que yo necesitaría hacer a este libro, tan grácil y tan fértil. De todo cabe una beatería. Como la hay religiosa, la hay política. Casi todos los políticos radicales son, sincera o fingidamente, beatos de la democracia. Pues bien, existe una beatería de la cultura. Y es curioso que, donde se quiera, se presenta la beatería con idéntico repertorio: tendencia al deliquio y al aspaviento, posturas de ojos en blanco, gesto de desolación irremediable ante el escéptico.

Platón es una de las figuras del pasado que más ha movido al beatismo. El propio Landsberg cree adoptar una nueva postura más profunda que las usadas: pero a la postre se coloca en ademán de beguina ante Platón. «Para caracterizar el sentido de este trabajo —dice— permítasenos añadir unas palabras sobre la situación actual de los estudios platónicos. La figura de Platón, en fuerza impulsora, se ha iluminado recientemente con nuevas claridades. Si hasta hace poco los que estudiaban a Platón se esforzaban por rebajar su grandeza imponente, como rebajaban las demás grandezas de la historia y de la sociedad, mostrando sus pequeñeces y contradicciones, con gran acopio de una erudición ciega para lo esencial, hoy, en cambio, la gran figura ha sido nuevamente depurada y rescatada del poder de la ciega nimiedad consuetudinaria. Sobre todo, desde que H. Friedemann ha devuelto a la figura de Platón la dignidad que le corresponde, tornando a colocarla en su esfera propia, al mismo tiempo heroica y sacra, ha ido ampliándose el sentido de la grandeza platónica aun en las manifestaciones literarias. Ha comenzado una nueva época en el estudio de Platón; tras la época de la nivelación, la del descubrimiento de la ley grande, sublime; tras la época de la investigación pura y simple, la del esfuerzo por acoger en nosotros la enseñanza y la veneración que obligan y adoctrinan».

Me parecen muy bien, de este párrafo, las alusiones desdeñosas a los métodos filológicos de la generación vieja, sobre todo de Wilamowitz, que ha lanzado hace poco un Platón tan voluminoso como indigesto. Me parece inmejorable que se postule una rigorosa jerarquía y partamos dispuestos a reconocer lo grande donde lo hallemos; más aún, a detenernos ante superioridades tales que no podamos abarcarlas. Pero el gesto beato comienza cuando, antes de saber quién es Platón y qué el platonismo, dejamos que se disparen nuestros movimientos de veneración. «¡Heroico y sacro!» ¡Gran Dios! ¿Por qué una cosa, para ser admirable, necesita ser instalada en la carroza procesional de esos dos adjetivos, ruedas barrocas de un vehículo pomposo? Se trata, precisamente, de hallar lo maravilloso en las dimensiones humanas, por ejemplo, al otro lado de la mesa de café, junto a la cual estamos sentados. Los alemanes propenden a no hallar lo excelente sino fuera del hombre y de la plazuela, en los vastos ámbitos cósmicos, entre las nebulosas y constelaciones.

Primero veamos quién es Platón y qué el platonismo. Luego ejecutaremos los grandes gestos, el fervoroso descoyuntamiento. De otro modo, haremos a nuestro objeto mal de ojo y no descubriremos su secreto. Esto es lo que en una u otra forma, ha acontecido con Platón, y yo deploro que Landsberg, cuyo libro, repito, es, por lo demás, sutilísimo, no haya subrayado el más cierto y viril avance que hemos hecho últimamente en el estudio de Platón. Consiste éste en haber tenido la claridad de retina y el valor intelectual de descubrir que no sabemos quién es Platón ni qué el platonismo. ¿Parece poco estimable la conquista? Perfectamente: es baladí; pero han hecho falta unos veintitrés siglos para lograrla. A Platón no se le ha entendido nunca, y, sin embargo, se le ha rendido culto siempre. ¿Cómo se explica este gigantesco fenómeno? Ante Platón, es cierto, tenemos siempre la sincera sospecha de que nos hallamos ante algo enorme, ante algo que es espiritualmente lo que topográficamente el Himalaya. Pero la era fecunda de los estudios platónicos empezará sólo cuando se comience por reconocer que, antes de hablar de Platón y de adorarlo —como al Himalaya las tribus confinantes—, es preciso subir a Platón. Hoy es un problema inmenso, una cordillera de problemas. Apenas si hay en él cosa que no sea equívoca.

La Nación, 20 de junio de 1926