Abstract
Sketch on the passes of the Cantabrian range as places of choice between two landscapes and two ways of saying yes to existence. It carries an aesthetic thesis: the taste for green landscape is disguised utilitarianism, while yellow-and-red Castile, felt as visual unreality, is one of the most beautiful things in the universe.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Para entrar en el alma de Asturias, como para entrar en su tierra, un castellano tiene que pasar por los puertos de la cordillera cantábrica. ¡Leitariegos, Pajares, Piedrafita, El Pontón, Pan de Ruedas! Son los puertos, lector, lugares sublimes, majestuosos de prócer soledad. No son León-Castilla, no son Asturias. Son sitios para elegir entre lo uno y lo otro. Desde ellos se divisa a ambas manos dos paisajes totalmente diversos que guardan, como la vaina su espada, dentro de sí predispuestas dos maneras de vivir, dos modos distintos y antagónicos de decir sí a la existencia.
Hacia el Sur apenas si hay que descender para hallarse en los páramos leoneses, que extienden largamente, solitariamente, su torbisca verdinegra, por la cual ve acaso el viajero cruzar, como en las consejas, una zorra, bermejo el lomo, eréctil la grande oreja, fabulizando el hocico. Más allá comienza la tierra que no es sino tierra; la tierra sin verdor vegetal, sin veste botánica; la tierra amarilla, la tierra roja, la tierra de plata, pura gleba, desnudo terruño que subrayan de cuando en cuando las hileras de altos chopos. Ondula como en tormento la llanada, y a veces se revuelve sobre sí misma formando barrancadas y torrenteras, chatos cabezos y serrezuelas broncas. E insospechados, pero siempre en lugares estratégicos, los pueblos: aquí uno, mirando a dos valles; allá otro, en el bisel de una colina. Siempre inhóspitos, siempre en ruina, siempre la iglesia en medio, con su brava torre alerta, que parece cansada, pero descansa como buen guerrero, de pie, el montante hincado en tierra y sobre su cruz el codo.
La atmósfera es completamente diáfana, y en ella, como en un vacío sin obstáculos, la luz entra a torrentes. Merced a esto, cada color es llevado a la última potencia de sí mismo.
Existe el prejuicio inaceptable de no considerar bellos más que los paisajes donde la verdura triunfa. Creo yo que influye en esta opinión cierto confuso resto de utilitarismo, ajeno y aun enemigo de la estética contemplación. El paisaje verde promete una vida cómoda y abundante. El menudo burgués indestructible que se afana siempre en algún rincón de nuestra alma favorece interesadamente nuestro entusiasmo desinteresado hacia los esplendores de la vegetación. No le importa el valor estético de la verdura esmeralda; pero, hipócrita, la alaba mientras piensa en la cosecha que ella anuncia y aplaude el espectáculo con secretas intenciones alimenticias.
En cambio, don Francisco Giner, para quien sólo lo inútil era necesario, solía insistir sobre la superior belleza del paisaje castellano.
No es verde, sin duda; pero es, en cambio, un panorama de coral y de oro, de violeta y de plata cristalina. Los fisiólogos saben muy bien que los colores amarillo y rojo aumentan de un modo automático nuestras pulsaciones, y que su número crece tanto más cuanto más extensa es la superficie de tonos calientes extendida ante nosotros.
Pero se lamentan los investigadores de no poder hacer sus experimentos con grandes planos encendidos; son gentes del centro y del norte europeos, donde los campos verdes retardan el compás del corazón. Pues bien; aquí, en Castilla, encontrarán el paisaje incendiado que no existe en Europa; aquí, los campos rojos y áureos ponen los pulsos al galope.
Más aún: la plenitud a que llega cada color convierte a los objetos todos —tierras, edificios, figuras— en puros espectros vibratorios, exentos de pesadumbre y corporeidad. Es un mundo para la pupila, un mundo aéreo e irreal que, como las ciudades fingidas por las nubes crepusculares, parece en cada instante expuesto a desaparecer, borrarse, reabsorberse en la nada. Castilla, sentida como irrealidad visual, es una de las cosas más bellas del universo.
Mas dondequiera ruinas.
Desde Pajares, vueltos de espaldas a ella, nos parece habernos curado de una peligrosa alucinación. ¿Qué vemos?