Ortega y Gasset
Abstract
Column on Cambó’s proposal for an industrial Parliament in Spain on the English model (400 members, half employers and half workers): Ortega doubts the historic parties or the workers themselves would accept it, since in Spain the caciques would end up running it. Political journalism.
Connections
Concetti: Stato, lavoro
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Entre los políticos españoles —que son todo vejez— pasa el señor Cambó por ser el hombre de soluciones más nuevas y originales. En el fondo de esa reputación, reforzada luego por un sólido talento y un constante deseo de saber, no hay otra cosa sino que el señor Cambó es el político español que lee más Prensa extranjera. Las soluciones que los grandes países progresivos aceptan para resolver sus problemas interiores, llegan, por lo tanto, a conocimiento del señor Cambó antes que a sus compañeros de Consejo, de Asamblea o de Comisión.
Ahora, sin embargo, al proponer la constitución de un Parlamento industrial en España para resolver las diferencias esenciales que separan a patronos y obreros, el señor Cambó no sorprende al país en el desconocimiento de esa solución adoptada por Inglaterra. El Gobierno se ha preocupado de ello con alguna curiosidad cuando menos, y con buena intención. La Prensa ha escrito lo suficiente para que unos cuantos millares de españoles, los más movidos a curiosidad, tengan noticia exacta de lo que es, en sus principios, el Parlamento industrial constituido en Londres.
Cuatrocientos miembros formarán ese Parlamento: doscientos representarán a las clases patronales y otros doscientos a los obreros. De esa Asamblea se destacará un Comité permanente, compuesto de cuarenta miembros: veinte patronos y veinte trabajadores. Los conflictos sociales que se presenten en Inglaterra pasarán a estudio y resolución de este Comité; si no se encontrara fórmula de avenencia, entenderá el Parlamento en pleno, y en último término, intervendrá el Estado.
Los acuerdos del Parlamento industrial deberán ser ratificados por el Parlamento político; o sea, el primero aconsejará al Gobierno, y le propondrá métodos de solución pacífica en todos los problemas sociales.
¿Satisfará a los obreros esa limitación que consiste en reducir su función parlamentaria a la simple proposición de soluciones?
Pronto nos lo dirá el resultado de los ensayos ingleses.
En España se comienza a pensar seriamente en la necesidad de constituir un Parlamento análogo. Parece que el Gobierno llegó a creer que sería conveniente constituir también un Parlamento agrario. No discutiremos ahora si es o no aceptable ese proyecto de ampliar el número de Parlamentos.
¿Cuál es la actitud de los partidos históricos frente a estas nuevas concepciones de la política social? No lo sabemos todavía. El Gobierno permanece callado, y por lo tanto, los jefes políticos se creen también en el deber de guardar silencio.
Pero es muy posible que se sitúen frente al proyecto de Parlamento industrial. Y nada tendría de extraño que también los obreros, sobre todo aquellas masas trabajadoras afiliadas en grupos más o menos extremistas, vean con ojos desconfiados la nueva orientación de la lucha entre el capital y el trabajo.
Los partidos históricos, que aun llamándose liberales son conservadores por esencia, han dado ahora en suponer que toda transacción con los elementos obreros representa una claudicación y un desprestigio del Poder público. Creen que ante todo debe mantenerse la vieja fuerza opresora y caprichosa del gubernamentalismo o del ministerialismo español. En vez de acercarse a los obreros, se alejan de ellos más y más. No nos sorprendería que a última hora salgan algunos conservadores diciendo que la constitución de un Parlamento industrial significa una dejación de poder y una intervención intolerable de los obreros en el Gobierno de España.
Por su parte, los obreros se mostrarán recelosos. En Inglaterra, patronos y obreros pueden tener plena confianza en que la Constitución del Parlamento industrial responderá a principios de sinceridad y de buena fe política. Pero, ¿quién nos dice que en España no lograrán mangonear dentro del nuevo Parlamento los mismos caciques y cacicones de la vieja escuela, ésos que hoy manejan a su antojo las Cortes, los ministerios, los gobiernos civiles y todo cuanto se les antoja?
Hace poco —fácilmente lo recordarán nuestros lectores— se constituyó una Comisión extraparlamentaria para resolver el problema autonomista. Los mismos hombres que han convertido la cuestión de Cataluña en un pleito envenenado, figuraban en la Comisión.
Luego se decretó la formación de un Comité encargado de estudiar el Estatuto de la Liga de las Naciones. Y si a la cabeza de ese Comité figuraba don Antonio Maura, hombre que habló de la Liga de Naciones con cierto desdén y con sorna muy española, en la fila de vocales aparecían todos los políticos representativos de nuestros desastres públicos.
En fin… se ha intentado encomendar a un organismo el estudio de los problemas sociales de Andalucía, y es el vizconde de Eza, ¡¡el vizconde de Eza!!, quien toma el tren y se presenta en Córdoba para quedar definitivamente consagrado como «hombre bueno» en el pleito que mantienen los obreros del campo con los terratenientes. Y así en todo.
¿No desconfiarán los obreros del funcionamiento de un Parlamento industrial? ¿No existe el peligro de que en este país, condenado desde hace años a los más vituperables procedimientos políticos, la fórmula nueva, el método inglés para resolver los conflictos entre el capital y el trabajo, se convierta en una organización burocrática y caciquil, donde una gran parte de los representantes, como ocurre en las Cortes, no tengan nada que ver con las aspiraciones, con las esperanzas, con los anhelos de sus representados?
He ahí para la masa obrera y para todos los hombres liberales el verdadero punto de vista. Parlamento industrial, sí; pero libre de toda la actual fauna política.
Por eso estimamos que sólo un Gobierno rodeado de prestigio, calificado para obtener la confianza de todo el país, puede acometer ensayos como ése que se propone: el de la constitución de un Parlamento industrial.
Publicado sin firma, El Sol, 1 de abril de 1919
Among the Spanish politicians —who are all old age— Señor Cambó passes for the man of the newest and most original solutions. At the bottom of that reputation, reinforced later by a solid talent and a constant desire for knowledge, there is nothing other than that Señor Cambó is the Spanish politician who reads the most foreign Press. The solutions that the great progressive countries accept for resolving their internal problems arrive, therefore, to the knowledge of Señor Cambó before reaching his colleagues of the Council, the Assembly, or the Committee.
Now, however, in proposing the constitution of an industrial Parliament in Spain to resolve the essential differences that separate employers and workers, Señor Cambó does not surprise the country in ignorance of that solution adopted by England. The Government has concerned itself with it with some curiosity at least, and with good intention. The Press has written enough so that a few thousand Spaniards, the most moved by curiosity, may have exact notice of what the industrial Parliament constituted in London is, in its principles.
Four hundred members will form that Parliament: two hundred will represent the employer classes and another two hundred the workers. From that Assembly there will stand out a permanent Committee, composed of forty members: twenty employers and twenty workers. The social conflicts that arise in England will pass to study and resolution by this Committee; if no formula of agreement were found, the full Parliament will take cognizance, and as a last resort, the State will intervene.
The agreements of the industrial Parliament must be ratified by the political Parliament; that is, the former will advise the Government, and propose to it methods of pacific solution in all social problems.
Will that limitation, which consists in reducing their parliamentary function to the simple proposal of solutions, satisfy the workers?
The result of the English experiments will soon tell us.
In Spain one begins to think seriously about the necessity of constituting an analogous Parliament. It seems that the Government came to believe that it would be advisable to constitute also an agrarian Parliament. We shall not now discuss whether that project of widening the number of Parliaments is acceptable or not.
What is the attitude of the historical parties before these new conceptions of social policy? We do not yet know. The Government remains silent, and therefore the political chiefs also believe themselves obliged to keep silence.
But it is very possible that they will place themselves before the project of an industrial Parliament. And nothing would be strange in the workers also, above all those laboring masses affiliated in more or less extremist groups, seeing with distrustful eyes the new orientation of the struggle between capital and labor.
The historical parties, which even while calling themselves liberal are conservative by essence, have now come to suppose that every transaction with the worker elements represents a capitulation and a discredit of the public Power. They believe that above all the old oppressive and capricious force of Spanish governmentalismo or ministerialismo must be maintained. Instead of approaching the workers, they distance themselves from them more and more. It would not surprise us if at the last hour some conservatives come out saying that the constitution of an industrial Parliament signifies an abdication of power and an intolerable intervention of the workers in the Government of Spain.
For their part, the workers will show themselves distrustful. In England, employers and workers can have full confidence that the Constitution of the industrial Parliament will respond to principles of sincerity and of political good faith. But who tells us that in Spain the same caciques and big-wigs of the old school, those who today manage at their whim the Cortes, the ministries, the civil governments and everything that takes their fancy, will not succeed in rigging the new Parliament?
A short while ago —easily will our readers remember— an extraparliamentary Commission was constituted to resolve the autonomist problem. The same men who have converted the question of Catalonia into a poisoned dispute figured on the Commission.
Then the formation of a Committee charged with studying the Statute of the League of Nations was decreed. And if at the head of that Committee figured Don Antonio Maura, a man who spoke of the League of Nations with a certain disdain and with very Spanish mockery, in the row of members appeared all the politicians representative of our public disasters.
In short… an attempt has been made to entrust to one body the study of the social problems of Andalusia, and it is the Viscount of Eza, the Viscount of Eza!!, who takes the train and presents himself in Córdoba to remain definitively consecrated as a «good man» in the dispute that the field workers maintain with the landowners. And so in everything.
Will the workers not distrust the functioning of an industrial Parliament? Does there not exist the danger that in this country, condemned for years to the most reproachable political procedures, the new formula, the English method for resolving conflicts between capital and labor, will become a bureaucratic and caciquil organization, where a great part of the representatives, as happens in the Cortes, has nothing to do with the aspirations, with the hopes, with the longings of those they represent?
There you have for the worker mass and for all liberal men the true point of view. Industrial Parliament, yes; but free of all the present political fauna.
That is why we estimate that only a Government surrounded by prestige, qualified to obtain the confidence of the whole country, can undertake experiments like the one proposed: the constitution of an industrial Parliament.
Published unsigned, El Sol, 1 April 1919
Tra i politici spagnoli —che sono tutta vecchiezza— il signor Cambó passa per essere l’uomo dalle soluzioni più nuove e originali. In fondo a questa reputazione, rafforzata poi da un solido talento e da un costante desiderio di sapere, non c’è altro se non che il signor Cambó è il politico spagnolo che legge più Stampa estera. Le soluzioni che i grandi paesi progressivi accettano per risolvere i loro problemi interiori giungono, pertanto, a conoscenza del signor Cambó prima che ai suoi colleghi di Consiglio, di Assemblea o di Commissione.
Ora, tuttavia, proponendo la costituzione di un Parlamento industriale in Spagna per risolvere le differenze essenziali che separano padroni e operai, il signor Cambó non sorprende il paese nella ignoranza di quella soluzione adottata dall’Inghilterra. Il Governo se ne è preoccupato con una certa curiosità quanto meno, e con buona intenzione. La Stampa ha scritto abbastanza perché alcune migliaia di spagnoli, i più mossi a curiosità, abbiano notizia esatta di che cosa sia, nei suoi principî, il Parlamento industriale costituito a Londra.
Quattrocento membri formeranno questo Parlamento: duecento rappresenteranno le classi padronali e altri duecento gli operai. Da quell’Assemblea si staccherà un Comitato permanente, composto di quaranta membri: venti padroni e venti lavoratori. I conflitti sociali che si presentino in Inghilterra passeranno a studio e risoluzione di questo Comitato; se non si trovasse formula di accordo, intenderà il Parlamento in seduta plenaria, e in ultimo termine, interverrà lo Stato.
Gli accordi del Parlamento industriale dovranno essere ratificati dal Parlamento politico; cioè, il primo consiglierà il Governo, e gli proporrà metodi di soluzione pacifica in tutti i problemi sociali.
Soddisferà agli operai quella limitazione che consiste nel ridurre la loro funzione parlamentare alla semplice proposizione di soluzioni?
Presto ce lo dirà il risultato degli esperimenti inglesi.
In Spagna si comincia a pensare seriamente alla necessità di costituire un Parlamento analogo. Pare che il Governo sia giunto a credere che sarebbe conveniente costituire anche un Parlamento agrario. Non discuteremo ora se sia o no accettabile quel progetto di ampliare il numero dei Parlamenti.
Qual è l’atteggiamento dei partiti storici di fronte a queste nuove concezioni della politica sociale? Non lo sappiamo ancora. Il Governo permane muto, e perciò i capi politici si credono anch’essi in dovere di mantenere il silenzio.
Ma è molto possibile che si collochino di fronte al progetto di Parlamento industriale. E nulla avrebbe di strano che anche gli operai, soprattutto quelle masse lavoratrici affiliate in gruppi più o meno estremisti, vedano con occhi diffidenti il nuovo orientamento della lotta tra il capitale e il lavoro.
I partiti storici, che pur chiamandosi liberali sono conservatori per essenza, hanno ora dato a supporre che ogni transazione con gli elementi operai rappresenti una claudicazione e un discredito del Potere pubblico. Credono che innanzi tutto debba mantenersi la vecchia forza oppressiva e capricciosa del governamentalismo o del ministerialismo spagnolo. Invece di avvicinarsi agli operai, si allontanano da loro sempre più. Non ci sorprenderebbe che all’ultima ora escano alcuni conservatori dicendo che la costituzione di un Parlamento industriale significa una cessione di potere e un’intollerabile ingerenza degli operai nel Governo di Spagna.
Da parte loro, gli operai si mostreranno diffidenti. In Inghilterra, padroni e operai possono avere piena fiducia che la Costituzione del Parlamento industriale risponderà a principî di sincerità e di buona fede politica. Ma, chi ci dice che in Spagna non riusciranno a manovrare dentro il nuovo Parlamento gli stessi caciques e caporioni della vecchia scuola, quelli che oggi maneggiano a loro piacimento le Cortes, i ministeri, i governi civili e tutto quanto gli salta in mente?
Poco fa —facilmente lo ricorderanno i nostri lettori— si costituì una Commissione extraparlamentare per risolvere il problema autonomista. Gli stessi uomini che hanno convertito la questione della Catalogna in un contenzioso avvelenato figuravano nella Commissione.
Poi si decretò la formazione di un Comitato incaricato di studiare lo Statuto della Lega delle Nazioni. E se alla testa di quel Comitato figurava don Antonio Maura, uomo che parlò della Lega delle Nazioni con un certo disdegno e con ironia molto spagnola, nella fila dei vocali apparivano tutti i politici rappresentativi dei nostri disastri pubblici.
Insomma… si è tentato di affidare a un organismo lo studio dei problemi sociali dell’Andalusia, ed è il visconte di Eza, il visconte di Eza!!, che prende il treno e si presenta a Córdoba per restare definitivamente consacrato come «uomo buono» nel contenzioso che mantengono gli operai della campagna con i latifondisti. E così in tutto.
Non diffideranno gli operai del funzionamento di un Parlamento industriale? Non esiste il pericolo che in questo paese, condannato da anni ai più vituperevoli procedimenti politici, la formula nuova, il metodo inglese per risolvere i conflitti tra il capitale e il lavoro, si converta in un’organizzazione burocratica e caciquile, dove una grande parte dei rappresentanti, come accade nelle Cortes, non abbia nulla a che vedere con le aspirazioni, con le speranze, con gli aneliti dei loro rappresentati?
Ecco per la massa operaia e per tutti gli uomini liberali il vero punto di vista. Parlamento industriale, sì; ma libero da tutta l’attuale fauna politica.
Per questo stimiamo che solo un Governo circondato di prestigio, qualificato per ottenere la fiducia di tutto il paese, possa affrontare esperimenti come quello che si propone: la costituzione di un Parlamento industriale.
Pubblicato senza firma, El Sol, 1 aprile 1919