Abstract
Speech (with applause noted) calling for a great party of national breadth: the nation as the point of view that integrates collective life above the interests of class, group or individual. He argues from the national economy as an objective reality and from the parallel failure of capitalism and collectivism in Europe. The sample begins mid-speech.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Mas lo que no queda dudoso, señores, es que es preciso rectificar el perfil y el tono de la República, y para ello es menester que surja un gran movimiento político en el país, un partido gigante, que anude, de la manera más expresa, con aquel ejemplar hecho de solidaridad nacional portador de la República, que interprete ésta como un instrumento de todos y de nadie para forjar la nueva nación, y haciendo de ella un cuerpo ágil, diestro, solidario, actualísimo, capaz de dar su buen brinco sobre las grupas de la fortuna histórica, animal fabuloso que pasó ante los pueblos siempre muy a la carrera. En suma, señores, que frente a los particularismos de todo jaez, urge suscitar un partido de amplitud nacional; de otro modo, el Estado naciente vivirá en continuo peligro y a merced de que cualquiera banda de aventureros lo amedrente e imponga su capricho.
¿Qué puede entenderse por un partido de amplitud nacional? ¿Qué principio puede inspirarlo? Muy sencillo, éste: la nación es el punto de vista en el cual queda integrada la vida colectiva por encima de todos los intereses parciales de clase, de grupo o de individuo; es la afirmación del Estado nacionalizado frente a las tiranías de todo género y frente a las insolencias de toda catadura; es el principio que en todas partes está haciendo triunfar la joven democracia; es la nación, en suma, algo que está más allá de los individuos, de los grupos y de las clases; es la obra gigantesca que tenemos que hacer, que fabricar con nuestras voluntades y con nuestras manos; es, en fin, la unidad de nuestro destino y de nuestro porvenir. Tiene ella sus exigencias, tiene sus imperativos propios, que se imponen, al arbitrio privado, frente a todo afán exclusivo de esta o de la otra clase.
El mejor ejemplo de qué sea ese partido de amplitud nacional se dibuja en el orden económico. De ordinario, no se ve de la economía sino una pululación de intereses múltiples que divergen y que se contraponen: se habla del interés del capitalista, del interés obrero, del industrial, del comerciante, pero no se advierte que todos esos intereses viven espumando una realidad más amplia que hay tras ellos, distinta de cada uno de ellos: la realidad objetiva de la economía nacional, es decir, el sistema de la riqueza efectiva y posible de un país, dado su clima y su suelo, dadas las condiciones de saber técnico de sus habitantes, las virtudes y los vicios de su carácter.
Los partidos socialistas de Alemania e Inglaterra han creído que podían intentar impunemente y sin límites sangrar en beneficio del obrero ese cuerpo objetivo de la economía nacional. El ensayo ha concluido con la derrota de ambos partidos, cuya política contribuía a disparar la terrible crisis mundial; pero no canten victoria los capitalistas, porque esa crisis mundial no procede sólo —ni mucho menos— de la política obrera, sino que alarga una de sus más gruesas raíces hasta la gran guerra europea, que fue una operación capitalista. Por tanto, la terrible experiencia de Europa marca hoy el fracaso parejo de capitalismo y colectivismo y se resume en una invitación a evadirnos de todos los «ismos» y a reconocer que la economía nacional tiene su estructura y su ley propia, que todo interés parcial necesita respetar, so pena de ser él mismo el aplastado. (Aplausos).
Por eso, en mis primeras palabras en el Parlamento, pedía yo al partido socialista español —que es, sin duda, un excelente, un admirable educador de multitudes, aunque, a veces, las excite sin mesura, como, por ejemplo, en la última propaganda electoral— pedía yo al partido socialista español que enseñase a los obreros algo que es perogrullesco, una verdad incontrovertible: que para ser ellos menos pobres, tenían que ayudar a hacer una España más rica. (Muy bien).
El beneficio del obrero no puede venir de la renta del capitalista. Así lo proclamaba el socialista Wissel, que fue ministro del Trabajo en Alemania. «La participación de los obreros no puede crecer —decía— sino en la medida en que crezca el rendimiento total de la economía». (Muy bien). Por eso, añado yo: un partido de amplitud nacional que acepte ese movimiento ascendente de la humanidad jornalera y que cuide de que sus promesas tengan la seriedad que garantiza el cumplimiento, llevará en su programa el máximo aventajamiento del obrero, pero sólo el compatible con la integridad de la economía nacional. (Grandes aplausos).
Para colaborar en el engrandecimiento de esta economía, bajo el régimen republicano, se llama desde aquí a las clases productoras españolas. Todo el mundo advierte que, habida cuenta de las condiciones de nuestro suelo, del retraso de nuestra técnica, es nuestro país el que en más breve tiempo y con más facilidad puede lograr un progreso relativo mayor. Todo está por hacer: en la técnica de la producción y en la técnica de la administración. No hace muchos días me refería alguien que en más de una provincia española el modo de recaudar la contribución territorial es éste: tiene que ir el propietario con el recaudador a casa del herrero, para que éste haga constar cuántos recalces ha echado al arado del labrador. Es decir, la administración a ojo de buen cubero más extremada que se puede imaginar, tan ruda, tan primigenia, que a no hablarse en la anécdota de hierro y de agricultura, habría que pensar en la época neolítica.
Está, pues, todo por hacer. La tarea posible es para encender la ilusión de todo el que no sea un inerte, sobre todo si la República consigue contaminar a los españoles de entusiasmo por la técnica. Para esa gran obra de enriquecimiento nacional, se llama desde aquí a los capitalistas españoles. Pero este llamamiento, que es hecho con toda efusión, tiene que ir perfilado con estricta severidad. Se llama al capitalista para que denodadamente sirva a la nación, y no al revés. No se le llama para poner un partido al servicio del interés particular de la clase capitalista; se le llama como una forma de trabajo, para trabajar en la plenificación de España. Quede claro, pues, que hoy el capitalista en España tiene que aprender una disciplina de sacrificio; pero bien entendido que también es menester que se le tranquilice sobre el sentido, límites y fertilidad en ese su sacrificio. De aquí que sea de extrema urgencia un magno proyecto, un plan íntegro de reformas en la economía nacional.
Yo no sé si los capitalistas españoles acudirán a este llamamiento. Confieso sinceramente que a mí mismo me sorprende un poco que tenga que ser hecho. No debía ser necesario llamarlos, sino que debían estar ya ahí, desde el primer instante, y sin llamamiento alguno. Porque no tiene sentido condicionar la adhesión a un estado nacional; otra cosa equivale a moralmente desterrarse, a salirse de la nación, a enajenarse. Si ellos se creían injustamente vejados, pudieron, reuniéndose en fuerza política, acometer al Gobierno, pero sin dejar ni durante una fracción de segundo de actuar, según su deber y su ser de capitalistas, en la vida nacional, impidiendo en lo posible la paralización de la producción y del crédito.
Lo que pasa es que los capitalistas españoles no están bien acostumbrados. Yo, que ahora los llamo a colaborar, quiero lealmente hacerles esta advertencia: Si se exceptúan los propietarios andaluces y de alguna otra gleba, que han sido, preciso es reconocerlo, insoportablemente tratados, los demás capitalistas españoles no tienen derecho a quejarse de la República, y si se dan una vuelta por el planeta, traerán algo que contar. (Aplausos).
Lo que ocurre es que estaban mal acostumbrados; no estaban hechos a luchar por sí mismos, como acontece a sus parejos en las otras naciones, sino que se habían habituado, como la Iglesia, a vivir bajo el amparo y el mimo del Estado. Esto explica que habiendo padecido tan poco de la política social el capitalismo español, sólo con unos cuantos gestos y unos cuantos vocablos ariscos de los gobernantes ha caído en el pavor. Recuerdo a este propósito una ingenua anécdota que hace muchos años leí en las Memorias de una princesa rusa. Había gran fiesta en la corte y toda ella bajaba la escalinata de palacio. De pronto se oyen gritos de fuego; prodúcese la natural confusión, todo el mundo desaparece, vacando cada cual a su salvación; queda la pobre princesa sola en medio de la escalinata y ante un terrible conflicto: tener que bajar sola la escalera, cosa que no había hecho en su vida, porque siempre había encontrado el oportuno apoyo del brazo de un gentilhombre o de la mano de un chambelán. Es decir, que lo que para cualquiera de nosotros es la operación más sencilla, descender una escalera, era para esta pobre criatura, atrofiada por privilegios, un conflicto casi trágico. (Risas).
Es preciso, pues, que, sin desánimo, las fuerzas favorecidas antes por el Estado, se acostumbren a vivir bravamente a la intemperie; creedme que la intemperie es cosa sana: tonifica el músculo y aligera la cabeza. (Grandes aplausos).
Si vienen a este movimiento político, sepan que lo van a hallar previamente constituido por gente de trabajo, trabajadores de la mente y trabajadores de la mano, que con ellos han de colaborar; que a esos trabajadores se llama aquí a concurso antes que a nadie, porque la vida de un pueblo es sustancialmente esas dos cosas: manufactura y mentefactura. Estas dos potencias de humana actividad tienen que dar el tono en el nuevo partido posible. Esas dos y esta tercera: la juventud.