Ortega y Gasset

Abstract

Speech (with applause noted) calling for a great party of national breadth: the nation as the point of view that integrates collective life above the interests of class, group or individual. He argues from the national economy as an objective reality and from the parallel failure of capitalism and collectivism in Europe. The sample begins mid-speech.

Connections

Concetti: Stato, lavoro
Forme: lezione

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Mas lo que no queda dudoso, señores, es que es preciso rectificar el perfil y el tono de la República, y para ello es menester que surja un gran movimiento político en el país, un partido gigante, que anude, de la manera más expresa, con aquel ejemplar hecho de solidaridad nacional portador de la República, que interprete ésta como un instrumento de todos y de nadie para forjar la nueva nación, y haciendo de ella un cuerpo ágil, diestro, solidario, actualísimo, capaz de dar su buen brinco sobre las grupas de la fortuna histórica, animal fabuloso que pasó ante los pueblos siempre muy a la carrera. En suma, señores, que frente a los particularismos de todo jaez, urge suscitar un partido de amplitud nacional; de otro modo, el Estado naciente vivirá en continuo peligro y a merced de que cualquiera banda de aventureros lo amedrente e imponga su capricho.

¿Qué puede entenderse por un partido de amplitud nacional? ¿Qué principio puede inspirarlo? Muy sencillo, éste: la nación es el punto de vista en el cual queda integrada la vida colectiva por encima de todos los intereses parciales de clase, de grupo o de individuo; es la afirmación del Estado nacionalizado frente a las tiranías de todo género y frente a las insolencias de toda catadura; es el principio que en todas partes está haciendo triunfar la joven democracia; es la nación, en suma, algo que está más allá de los individuos, de los grupos y de las clases; es la obra gigantesca que tenemos que hacer, que fabricar con nuestras voluntades y con nuestras manos; es, en fin, la unidad de nuestro destino y de nuestro porvenir. Tiene ella sus exigencias, tiene sus imperativos propios, que se imponen, al arbitrio privado, frente a todo afán exclusivo de esta o de la otra clase.

El mejor ejemplo de qué sea ese partido de amplitud nacional se dibuja en el orden económico. De ordinario, no se ve de la economía sino una pululación de intereses múltiples que divergen y que se contraponen: se habla del interés del capitalista, del interés obrero, del industrial, del comerciante, pero no se advierte que todos esos intereses viven espumando una realidad más amplia que hay tras ellos, distinta de cada uno de ellos: la realidad objetiva de la economía nacional, es decir, el sistema de la riqueza efectiva y posible de un país, dado su clima y su suelo, dadas las condiciones de saber técnico de sus habitantes, las virtudes y los vicios de su carácter.

Los partidos socialistas de Alemania e Inglaterra han creído que podían intentar impunemente y sin límites sangrar en beneficio del obrero ese cuerpo objetivo de la economía nacional. El ensayo ha concluido con la derrota de ambos partidos, cuya política contribuía a disparar la terrible crisis mundial; pero no canten victoria los capitalistas, porque esa crisis mundial no procede sólo —ni mucho menos— de la política obrera, sino que alarga una de sus más gruesas raíces hasta la gran guerra europea, que fue una operación capitalista. Por tanto, la terrible experiencia de Europa marca hoy el fracaso parejo de capitalismo y colectivismo y se resume en una invitación a evadirnos de todos los «ismos» y a reconocer que la economía nacional tiene su estructura y su ley propia, que todo interés parcial necesita respetar, so pena de ser él mismo el aplastado. (Aplausos).

Por eso, en mis primeras palabras en el Parlamento, pedía yo al partido socialista español —que es, sin duda, un excelente, un admirable educador de multitudes, aunque, a veces, las excite sin mesura, como, por ejemplo, en la última propaganda electoral— pedía yo al partido socialista español que enseñase a los obreros algo que es perogrullesco, una verdad incontrovertible: que para ser ellos menos pobres, tenían que ayudar a hacer una España más rica. (Muy bien).

El beneficio del obrero no puede venir de la renta del capitalista. Así lo proclamaba el socialista Wissel, que fue ministro del Trabajo en Alemania. «La participación de los obreros no puede crecer —decía— sino en la medida en que crezca el rendimiento total de la economía». (Muy bien). Por eso, añado yo: un partido de amplitud nacional que acepte ese movimiento ascendente de la humanidad jornalera y que cuide de que sus promesas tengan la seriedad que garantiza el cumplimiento, llevará en su programa el máximo aventajamiento del obrero, pero sólo el compatible con la integridad de la economía nacional. (Grandes aplausos).

Para colaborar en el engrandecimiento de esta economía, bajo el régimen republicano, se llama desde aquí a las clases productoras españolas. Todo el mundo advierte que, habida cuenta de las condiciones de nuestro suelo, del retraso de nuestra técnica, es nuestro país el que en más breve tiempo y con más facilidad puede lograr un progreso relativo mayor. Todo está por hacer: en la técnica de la producción y en la técnica de la administración. No hace muchos días me refería alguien que en más de una provincia española el modo de recaudar la contribución territorial es éste: tiene que ir el propietario con el recaudador a casa del herrero, para que éste haga constar cuántos recalces ha echado al arado del labrador. Es decir, la administración a ojo de buen cubero más extremada que se puede imaginar, tan ruda, tan primigenia, que a no hablarse en la anécdota de hierro y de agricultura, habría que pensar en la época neolítica.

Está, pues, todo por hacer. La tarea posible es para encender la ilusión de todo el que no sea un inerte, sobre todo si la República consigue contaminar a los españoles de entusiasmo por la técnica. Para esa gran obra de enriquecimiento nacional, se llama desde aquí a los capitalistas españoles. Pero este llamamiento, que es hecho con toda efusión, tiene que ir perfilado con estricta severidad. Se llama al capitalista para que denodadamente sirva a la nación, y no al revés. No se le llama para poner un partido al servicio del interés particular de la clase capitalista; se le llama como una forma de trabajo, para trabajar en la plenificación de España. Quede claro, pues, que hoy el capitalista en España tiene que aprender una disciplina de sacrificio; pero bien entendido que también es menester que se le tranquilice sobre el sentido, límites y fertilidad en ese su sacrificio. De aquí que sea de extrema urgencia un magno proyecto, un plan íntegro de reformas en la economía nacional.

Yo no sé si los capitalistas españoles acudirán a este llamamiento. Confieso sinceramente que a mí mismo me sorprende un poco que tenga que ser hecho. No debía ser necesario llamarlos, sino que debían estar ya ahí, desde el primer instante, y sin llamamiento alguno. Porque no tiene sentido condicionar la adhesión a un estado nacional; otra cosa equivale a moralmente desterrarse, a salirse de la nación, a enajenarse. Si ellos se creían injustamente vejados, pudieron, reuniéndose en fuerza política, acometer al Gobierno, pero sin dejar ni durante una fracción de segundo de actuar, según su deber y su ser de capitalistas, en la vida nacional, impidiendo en lo posible la paralización de la producción y del crédito.

Lo que pasa es que los capitalistas españoles no están bien acostumbrados. Yo, que ahora los llamo a colaborar, quiero lealmente hacerles esta advertencia: Si se exceptúan los propietarios andaluces y de alguna otra gleba, que han sido, preciso es reconocerlo, insoportablemente tratados, los demás capitalistas españoles no tienen derecho a quejarse de la República, y si se dan una vuelta por el planeta, traerán algo que contar. (Aplausos).

Lo que ocurre es que estaban mal acostumbrados; no estaban hechos a luchar por sí mismos, como acontece a sus parejos en las otras naciones, sino que se habían habituado, como la Iglesia, a vivir bajo el amparo y el mimo del Estado. Esto explica que habiendo padecido tan poco de la política social el capitalismo español, sólo con unos cuantos gestos y unos cuantos vocablos ariscos de los gobernantes ha caído en el pavor. Recuerdo a este propósito una ingenua anécdota que hace muchos años leí en las Memorias de una princesa rusa. Había gran fiesta en la corte y toda ella bajaba la escalinata de palacio. De pronto se oyen gritos de fuego; prodúcese la natural confusión, todo el mundo desaparece, vacando cada cual a su salvación; queda la pobre princesa sola en medio de la escalinata y ante un terrible conflicto: tener que bajar sola la escalera, cosa que no había hecho en su vida, porque siempre había encontrado el oportuno apoyo del brazo de un gentilhombre o de la mano de un chambelán. Es decir, que lo que para cualquiera de nosotros es la operación más sencilla, descender una escalera, era para esta pobre criatura, atrofiada por privilegios, un conflicto casi trágico. (Risas).

But what does not remain doubtful, gentlemen, is that it is necessary to rectify the profile and the tone of the Republic, and to that end it is necessary that a great political movement arise in the country, a giant party, that knots, in the most express manner, with that exemplary deed of national solidarity bearer of the Republic, that interprets this as an instrument of all and of none to forge the new nation, and making of it an agile, skillful, solidary, most up-to-date body, capable of giving its good leap onto the haunches of historical fortune, fabulous animal that always passed before peoples at full gallop. In sum, gentlemen, that against the particularisms of every stripe, it is urgent to raise a party of national breadth; otherwise, the nascent State will live in continual danger and at the mercy of any band of adventurers intimidating it and imposing its whim.

What can be understood by a party of national breadth? What principle can inspire it? Very simple, this one: the nation is the point of view in which collective life remains integrated above all the partial interests of class, group, or individual; it is the affirmation of the nationalized State against the tyrannies of every kind and against the insolences of every cut; it is the principle that everywhere is making young democracy triumph; it is the nation, in sum, something that lies beyond individuals, groups, and classes; it is the gigantic work that we must do, fabricate with our wills and with our hands; it is, in fine, the unity of our destiny and of our future. It has its exigencies, it has its own imperatives, which impose themselves, against private whim, against every exclusive striving of this or that class.

The best example of what that party of national breadth is, is drawn in the economic order. Ordinarily, of the economy there is seen only a swarming of multiple interests that diverge and oppose one another: one speaks of the interest of the capitalist, the worker’s interest, the industrialist’s, the merchant’s, but one does not notice that all those interests live frothing a broader reality that lies behind them, distinct from each of them: the objective reality of the national economy, that is, the system of the effective and possible wealth of a country, given its climate and its soil, given the conditions of technical knowledge of its inhabitants, the virtues and the vices of their character.

The socialist parties of Germany and England have believed that they could attempt, with impunity and without limits, to bleed in benefit of the worker that objective body of the national economy. The experiment has ended with the defeat of both parties, whose policy contributed to firing the terrible world crisis; but let the capitalists not sing victory, because that world crisis proceeds not only —nor by far— from worker policy, but extends one of its thickest roots to the great European war, which was a capitalist operation. Therefore, the terrible experience of Europe marks today the parallel failure of capitalism and collectivism and is summed up in an invitation to escape from all the «isms» and to recognize that the national economy has its structure and its own law, which every partial interest needs to respect, on pain of being itself the one crushed. (Applause).

That is why, in my first words in Parliament, I asked the Spanish socialist party —which is, without doubt, an excellent, an admirable educator of multitudes, although, at times, it excites them without measure, as, for example, in the last electoral propaganda— I asked the Spanish socialist party to teach the workers something that is obvious, an incontrovertible truth: that for them to be less poor, they had to help make a richer Spain. (Very good).

The benefit of the worker cannot come from the rent of the capitalist. So proclaimed the socialist Wissel, who was Minister of Labor in Germany. «The participation of the workers cannot grow —he said— except in the measure in which the total yield of the economy grows». (Very good). For that reason, I add: a party of national breadth that accepts that ascending movement of the wage-earning humanity and that takes care that its promises have the seriousness that guarantees fulfillment, will carry in its program the maximum advantage of the worker, but only that compatible with the integrity of the national economy. (Great applause).

To collaborate in the enlargement of this economy, under the republican regime, the Spanish producing classes are summoned from here. Everyone notices that, given the conditions of our soil, the backwardness of our technique, it is our country that in the shortest time and with the greatest ease can achieve a greater relative progress. Everything remains to be done: in the technique of production and in the technique of administration. Not many days ago someone told me that in more than one Spanish province the way of collecting the territorial contribution is this: the proprietor has to go with the collector to the blacksmith’s house, so that the latter may record how many irons he has put on the farmer’s plow. That is to say, the most extreme administration by rough guesswork that can be imagined, so rude, so primordial, that were it not that the anecdote speaks of iron and agriculture, one would have to think of the Neolithic age.

Everything, then, remains to be done. The possible task is enough to kindle the enthusiasm of anyone who is not inert, above all if the Republic succeeds in infecting the Spaniards with enthusiasm for technique. For that great work of national enrichment, the Spanish capitalists are summoned from here. But this appeal, which is made with all effusion, must be drawn with strict severity. The capitalist is called so that he may serve the nation valiantly, and not the reverse. He is not called to put a party at the service of the particular interest of the capitalist class; he is called as a form of work, to work in the plenification of Spain. Let it be clear, then, that today the capitalist in Spain has to learn a discipline of sacrifice; but well understood that it is also necessary to reassure him about the meaning, limits, and fertility of that sacrifice of his. Hence that a great project, an integral plan of reforms in the national economy is of extreme urgency.

I do not know if the Spanish capitalists will answer this appeal. I sincerely confess that it surprises me a little myself that it has to be made. It should not have been necessary to call them; they should have already been there, from the first instant, and without any call. Because it makes no sense to condition adherence to a national state; anything else amounts to morally exiling oneself, to leaving the nation, to alienating oneself. If they believed themselves unjustly vexed, they could have, gathering into political force, assailed the Government, but without ceasing even for a fraction of a second to act, according to their duty and their being as capitalists, in national life, impeding as far as possible the paralysis of production and of credit.

What happens is that the Spanish capitalists are not well accustomed. I, who now call them to collaborate, want loyally to make them this warning: If the Andalusian proprietors and those of some other glebe are excepted, who have been, it must be recognized, insufferably treated, the other Spanish capitalists have no right to complain of the Republic, and if they take a turn around the planet, they will bring back something to tell. (Applause).

What happens is that they were badly accustomed; they were not made to struggle for themselves, as happens to their counterparts in other nations, but they had become habituated, like the Church, to living under the shelter and the pampering of the State. This explains that, having suffered so little from social policy, the Spanish capitalism has fallen into terror with only a few gestures and a few harsh words from the governors. I recall on this point an ingenuous anecdote that many years ago I read in the Memoirs of a Russian princess. There was a great celebration at the court and all of it was descending the staircase of the palace. Suddenly cries of fire are heard; the natural confusion ensues, everyone disappears, each attending to his own salvation; the poor princess remains alone in the middle of the staircase and before a terrible conflict: having to descend the staircase alone, a thing she had never done in her life, because she had always found the opportune support of the arm of a gentleman or the hand of a chamberlain. That is, what for any of us is the simplest operation, descending a staircase, was for this poor creature, atrophied by privileges, an almost tragic conflict. (Laughter).

Ma ciò che non resta dubbioso, signori, è che è necessario rettificare il profilo e il tono della Repubblica, e a tal fine è necessario che sorga nel paese un grande movimento politico, un partito gigante, che annodi, nel modo più espresso, con quell’esemplare fatto di solidarietà nazionale portatore della Repubblica, che interpreti questa come uno strumento di tutti e di nessuno per forgiare la nuova nazione, e facendo di essa un corpo agile, esperto, solidale, attualissimo, capace di dare il suo buon balzo sulle groppe della fortuna storica, animale favoloso che passò dinanzi ai popoli sempre molto al galoppo. In somma, signori, che di fronte ai particolarismi di ogni sorta, urge suscitare un partito di ampiezza nazionale; altrimenti, lo Stato nascente vivrà in continuo pericolo e alla mercé che qualsiasi banda di avventurieri lo atterrisca e imponga il suo capriccio.

Che cosa può intendersi per un partito di ampiezza nazionale? Quale principio può ispirarlo? Molto semplice, questo: la nazione è il punto di vista nel quale rimane integrata la vita collettiva al di sopra di tutti gli interessi parziali di classe, di gruppo o di individuo; è l’affermazione dello Stato nazionalizzato di fronte alle tirannie di ogni genere e di fronte alle insolenze di ogni fattezza; è il principio che in tutte le parti sta facendo trionfare la giovane democrazia; è la nazione, in somma, qualcosa che sta al di là degli individui, dei gruppi e delle classi; è l’opera gigantesca che dobbiamo fare, fabbricare con le nostre volontà e con le nostre mani; è, in fine, l’unità del nostro destino e del nostro avvenire. Essa ha le sue esigenze, ha i suoi imperativi propri, che si impongono, all’arbitrio privato, di fronte a ogni ansia esclusiva di questa o di quell’altra classe.

Il miglior esempio di che cosa sia quel partito di ampiezza nazionale si disegna nell’ordine economico. Di ordinario, dell’economia non si vede se non una pullulazione di interessi multipli che divergono e che si contrappongono: si parla dell’interesse del capitalista, dell’interesse operaio, dell’industriale, del commerciante, ma non si avverte che tutti questi interessi vivono spumeggiando una realtà più ampia che sta dietro di loro, distinta da ciascuno di essi: la realtà oggettiva dell’economia nazionale, cioè, il sistema della ricchezza effettiva e possibile di un paese, dato il suo clima e il suo suolo, date le condizioni di sapere tecnico dei suoi abitanti, le virtù e i vizi del loro carattere.

I partiti socialisti della Germania e dell’Inghilterra hanno creduto di poter tentare impunemente e senza limiti di dissanguare in beneficio dell’operaio quel corpo oggettivo dell’economia nazionale. L’esperimento è concluso con la sconfitta di entrambi i partiti, la cui politica contribuiva a scatenare la terribile crisi mondiale; ma non cantino vittoria i capitalisti, perché quella crisi mondiale non procede soltanto —né tanto meno— dalla politica operaia, ma allunga una delle sue più grosse radici fino alla grande guerra europea, che fu un’operazione capitalista. Pertanto, la terribile esperienza dell’Europa segna oggi il fallimento paritario di capitalismo e collettivismo e si riassume in un invito a evaderci da tutti gli «ismi» e a riconoscere che l’economia nazionale ha la sua struttura e la sua legge propria, che ogni interesse parziale necessita rispettare, pena essere esso stesso lo schiacciato. (Applausi).

Per questo, nelle mie prime parole in Parlamento, chiedevo io al partito socialista spagnolo —che è, senza dubbio, un eccellente, un ammirabile educatore di moltitudini, sebbene, a volte, le ecciti senza misura, come, per esempio, nell’ultima propaganda elettorale— chiedevo io al partito socialista spagnolo che insegnasse agli operai qualcosa che è ovvia, una verità incontrovertibile: che per essere loro meno poveri, dovevano aiutare a fare una Spagna più ricca. (Molto bene).

Il beneficio dell’operaio non può venire dalla rendita del capitalista. Così lo proclamava il socialista Wissel, che fu ministro del Lavoro in Germania. «La partecipazione degli operai non può crescere —diceva— se non nella misura in cui cresca il rendimento totale dell’economia». (Molto bene). Per questo, aggiungo io: un partito di ampiezza nazionale che accetti quel movimento ascendente dell’umanità salariata e che curi che le sue promesse abbiano la serietà che garantisce l’adempimento, porterà nel suo programma il massimo vantaggiamento dell’operaio, ma solo il compatibile con l’integrità dell’economia nazionale. (Grandi applausi).

Per collaborare all’ingrandimento di questa economia, sotto il regime repubblicano, si chiama da qui alle classi produttrici spagnole. Tutto il mondo avverte che, tenuto conto delle condizioni del nostro suolo, del ritardo della nostra tecnica, è il nostro paese quello che in più breve tempo e con più facilità può conseguire un progresso relativo maggiore. Tutto è per fare: nella tecnica della produzione e nella tecnica dell’amministrazione. Non molti giorni fa mi riferiva qualcuno che in più di una provincia spagnola il modo di riscuotere il contributo territoriale è questo: deve andare il proprietario col ricevitore a casa del fabbro, perché questi faccia constare quanti ferri ha messo all’aratro del contadino. Cioè, l’amministrazione a occhio e croce più estrema che si possa immaginare, tanto rozza, tanto primigenia, che se non si parlasse nell’aneddoto di ferro e di agricoltura, bisognerebbe pensare all’epoca neolitica.

Sta, dunque, tutto per fare. Il compito possibile è per accendere l’illusione di chiunque non sia un inerte, soprattutto se la Repubblica riesce a contagiare gli spagnoli di entusiasmo per la tecnica. Per quella grande opera di arricchimento nazionale, si chiama da qui ai capitalisti spagnoli. Ma questo appello, che è fatto con tutta effusione, deve andare profilato con stretta severità. Si chiama il capitalista perché serva denodatamente la nazione, e non al rovescio. Non lo si chiama per mettere un partito al servizio dell’interesse particolare della classe capitalista; lo si chiama come una forma di lavoro, per lavorare nella pienificazione della Spagna. Resti chiaro, dunque, che oggi il capitalista in Spagna deve imparare una disciplina di sacrificio; ma ben inteso che è pure necessario che lo si tranquillizzi sul senso, i limiti e la fertilità di questo suo sacrificio. Di qui che sia di estrema urgenza un magno progetto, un piano integro di riforme nell’economia nazionale.

Io non so se i capitalisti spagnoli accorreranno a questo appello. Confesso sinceramente che a me stesso sorprende un poco che debba essere fatto. Non doveva essere necessario chiamarli, ma dovevano essere già lì, dal primo istante, e senza appello alcuno. Perché non ha senso condizionare l’adesione a uno stato nazionale; altra cosa equivale a moralmente esiliarsi, a uscirsene dalla nazione, ad alienarsi. Se essi si credevano ingiustamente vessati, poterono, riunendosi in forza politica, assalire il Governo, ma senza lasciare nemmeno per una frazione di secondo di agire, secondo il loro dovere e il loro essere di capitalisti, nella vita nazionale, impedendo per quanto possibile la paralizzazione della produzione e del credito.

Quello che succede è che i capitalisti spagnoli non sono bene abituati. Io, che ora li chiamo a collaborare, voglio lealmente far loro questo avvertimento: Se si eccettuano i proprietari andalusi e di qualche altra gleba, che sono stati, bisogna riconoscerlo, insoportabilmente trattati, gli altri capitalisti spagnoli non hanno diritto a lamentarsi della Repubblica, e se fanno un giro per il pianeta, porteranno qualcosa da raccontare. (Applausi).

Quello che accade è che erano male abituati; non erano fatti a lottare per sé stessi, come accade ai loro pari nelle altre nazioni, ma si erano abituati, come la Chiesa, a vivere sotto l’amparo e il mimo dello Stato. Questo spiega che avendo patito così poco della politica sociale il capitalismo spagnolo, solo con alcuni gesti e alcune parole arcigne dei governanti è caduto nel terrore. Ricordo a questo proposito un’ingenua aneddoto che molti anni fa lessi nelle Memorie di una principessa russa. C’era gran festa nella corte e tutta essa scendeva la scalinata del palazzo. D’improvviso si odono grida di fuoco; si produce la naturale confusione, tutto il mondo sparisce, vacando ciascuno alla propria salvezza; resta la povera principessa sola in mezzo alla scalinata e dinanzi a un terribile conflitto: dover scendere sola la scala, cosa che non aveva fatto in vita sua, perché sempre aveva trovato l’opportuno appoggio del braccio di un gentiluomo o della mano di un ciambellano. Cioè, che ciò che per ognuno di noi è l’operazione più semplice, scendere una scala, era per questa povera creatura, atrofizzata dai privilegi, un conflitto quasi tragico. (Risate).

Es preciso, pues, que, sin desánimo, las fuerzas favorecidas antes por el Estado, se acostumbren a vivir bravamente a la intemperie; creedme que la intemperie es cosa sana: tonifica el músculo y aligera la cabeza. (Grandes aplausos).

Si vienen a este movimiento político, sepan que lo van a hallar previamente constituido por gente de trabajo, trabajadores de la mente y trabajadores de la mano, que con ellos han de colaborar; que a esos trabajadores se llama aquí a concurso antes que a nadie, porque la vida de un pueblo es sustancialmente esas dos cosas: manufactura y mentefactura. Estas dos potencias de humana actividad tienen que dar el tono en el nuevo partido posible. Esas dos y esta tercera: la juventud.

It is necessary, then, that, without discouragement, the forces formerly favored by the State become accustomed to living bravely in the open air; believe me that the open air is a healthy thing: it tones the muscle and lightens the head. (Great applause).

If they come to this political movement, let them know that they will find it previously constituted by working people, workers of the mind and workers of the hand, with whom they have to collaborate; that these workers are summoned here to the competition before anyone else, because the life of a people is substantially those two things: manufacture and mentifacture. These two powers of human activity have to give the tone in the new possible party. These two and this third: youth.

È necessario, dunque, che, senza scoraggiamento, le forze favorite prima dallo Stato si abituino a vivere bravamente all’aperto; credetemi che l’aperto è cosa sana: tonifica il muscolo e alleggerisce la testa. (Grandi applausi).

Se vengono a questo movimento politico, sappiano che lo troveranno previamente costituito da gente di lavoro, lavoratori della mente e lavoratori della mano, che con loro hanno da collaborare; che a questi lavoratori si fa qui appello perché accorrano prima che a chiunque altro, perché la vita di un popolo è sostanzialmente queste due cose: manifattura e mentifattura. Queste due potenze di umana attività devono dare il tono nel nuovo partito possibile. Queste due e questa terza: la gioventù.