Abstract
Reply to those demanding he ‘define himself’ politically after ‘El error Berenguer’: Ortega refuses, declares he represents nobody, and defines the intellectual’s trade as one where authority must be re-earned every day, line by line. A personal-polemical column.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El día 5 de febrero, poco después de haberse constituido el Gobierno Berenguer, publiqué en El Sol un artículo titulado «Organización de la decencia nacional». La doctrina de aquel artículo y la del que apareció hace poco bajo el epígrafe «El error Berenguer», son idénticas. La expresión es en ambos un poco diferente, porque lo era también la ocasión. Sin embargo, a las llamadas «izquierdas», una vez más les enojó entonces mi prosa. Ahora he de decir que las fórmulas del artículo antiguo me parecen técnicamente más rigorosas que las del reciente. Cierto es que en ellas no mostraba insistencia ninguna en «definirme». Pero ¿quiere decírseme qué importancia tenía el que yo me definiera o no? ¿Qué hueso roto de España se arregla con eso? Lo siento mucho; pero llevo veinticinco años combatiendo el nivel aldeano y ridículo en que se actúa y se piensa la vida pública de España, y no hay razón para que ahora lo acepte. Si yo no he tenido prisa en «definirme» es porque considero que eso no interesa a nadie. Todo el mundo sabe que yo no «pinto» nada, que no represento a nadie, aunque me lea alguna gente; que no tengo fuerza social bastante para mandar cantar a un ciego, que vivo en un rincón con unos cuantos compañeros de trabajo dedicado a estudios, los cuales significan poco en la vida pública de España y menos en su vida política. ¿Se quería que me apresurase a engolar la voz y cantar el aria de mi definición, así, con dos o tres palabras mágicas, cuando vengo escribiendo sobre política desde hace un cuarto de siglo? ¡Vamos, hombre! No soy un señor solemne que se adjudique fraudulentamente valores y poderíos que no posee. Siempre me he presentado ante mis compatriotas, diremos castizamente, como un intelectual a cuerpo limpio, sin amparos, embozos ni apoyos adjuntos; por tanto, como un hombre que ofrece sus pensamientos sobre asuntos nacionales y humanos, que intenta definir las cosas; nada más. Si sus ideas son discretas, su labor será fértil y respetable. Si no, quedará automáticamente eliminado. Por eso no puede contentarse el intelectual, cualquiera que sea el estadio de su vida, con hacer valer una supuesta autoridad lograda por su obra anterior. No; tiene que reganarse esa autoridad siempre de nuevo, en cada día, en cada línea que escribe, consiguiendo que sea inteligente. Esto es lo que el oficio intelectual tiene de maravillosamente limpio; es también lo que tiene de terriblemente duro y dramático.
Me parece que es más que suficiente lo que he hablado de mí. Pero era necesario, como es necesario al ejecutar la segunda regla de la aritmética hablar del sustraendo, precisamente para restarlo, para echarlo fuera de la cuenta. Era necesario, porque en esta temporada tengo que hablar al público de cuestiones muy graves, y es preciso que mis relaciones con él vayan muy pulcras. Conste, pues, que en esta fecha no hay nadie, absolutamente nadie, tras de mis palabras. El público ha de otorgarles sólo la autoridad que ellas, una por una y línea por línea (en contexto con toda mi obra), merezcan, más la que quiera buenamente conceder o no conceder a mi persona. Si en otra fecha las cosas cambian y detrás de mis palabras hay gente, mucha gente, tendré derecho a decirlo al lector y el lector tendrá obligación de creerme.