Ortega y Gasset
Abstract
Open letter to the editor of El Sol against Dato’s Royal order forcing a higher price on the paper: state intrusion into the press and hence into intellectual freedom. It cites the chapter ‘The annihilation of the best’ from Otto Seeck and diagnoses in ‘official Spain’ — the solidarity of the inept — the ressentiment of the failure.
Connections
Concetti: libertà, risentimento
Forme: epistola
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Señor director de El Sol.
Mi querido amigo: Cuando yo creía que el señor Dato había vuelto a una insólita cordura en el asunto de los periódicos, viene a buscarme en este rincón cantábrico, donde el bai suena, la noticia de que no sólo se insiste en la famosa Real orden, sino que va a ser publicada otra donde más inequívocamente se trata de atentar contra El Sol. Después de haber hecho subir todos los periódicos a diez céntimos, se pretende ahora que El Sol sea expendido a quince, porque sí, por la presidencial gana del señor Dato, presidente del Consejo en un pueblo de envilecidos botokudos.
Hace algunos meses, al comenzar los conciliábulos de unos cuantos directores de periódicos madrileños, tuvo usted la atención de consultarme. Aún no se había dibujado claramente el propósito de desvalijar a El Sol. Sin embargo, me permití indicar a usted que El Sol, fuera cual fuera la intención de aquellas reuniones, tenía que permanecer vigorosamente fiel a sus ideas y, en consecuencia, no podía aceptar la intromisión del Estado en la vida de la Prensa, no habiendo, como no hay, escasez de papel. Otra cosa venía a ser extirpar la libertad de industria, que es en este caso inseparable de la libertad intelectual. Hallé a usted por completo coincidente conmigo, pero, aun así, le advertí que era para mí la cuestión de tan íntima importancia, que si El Sol no adoptaba esa actitud yo dejaría automáticamente de colaborar en El Sol. He andado demasiados años con los tacones torcidos; he renunciado a demasiadas cosas durante mi vida por defender en mí y en mi derredor la libertad —una de las pocas cosas espléndidas inventadas por el hombre—, para permitir, sin congruas represalias, que venga a amputármela cualquier audaz a quien la inmoralidad de mis compatriotas consiente ocupar por unas semanas la presidencia del Consejo.
Toda esta historia de las Reales órdenes en pro de una Prensa contra otra es uno de los capítulos más sucios de la sucia historia de España que vamos viviendo. No sólo en el sentido de la clínica política es interesante, sino en otros más hondos sentidos. Viene a prestar nueva comprobación a lo que tantas veces he escrito o he dicho ante públicos muy diversos: que en nuestro país, cuando alguien hace algo un poco mejor que es uso, la España oficial se revuelve airada contra él y se dispone a aniquilarlo. En el admirable libro del helenista alemán Otto Seeck sobre la Decadencia del mundo antiguo hay un capítulo donde el autor describe el proceso radical que descompuso la civilización grecorromana; ese capítulo se titula así: «La aniquilación de los mejores». Bajo el mismo epígrafe podía escribirse la historia de España durante los últimos tiempos. La España oficial se dedica indefectible y metódicamente a triturar cuanto en el área nacional aparece dotado de cualidades valiosas. Está interesada en asegurar una selección a la inversa porque ella, la España oficial, no es otra cosa que la formidable solidaridad de los ineptos. Como decía Chateaubriand, la incapacidad encuentra preparadas en todas partes sus logias fraternales. Esa masonería de la ineptitud es la España oficial, que, como hace mucho tiempo le indicaba yo a usted, acaba en ciertos periódicos madrileños, pero empieza nada menos que en los ámbitos palatinos.
El Sol ha cometido un crimen de lesa España oficial. Sin ser, ni mucho menos, un gran periódico de temple europeo, ha conseguido en tres años crear una fórmula de diario muy superior a las usadas en nuestro país. Ha inventado un nuevo carácter periodístico y además, cosa que recomiendo a la atención de mis lectores, ha perfeccionado muy considerablemente la técnica administrativa y editorial de la Prensa. Gracias a todo ello ha podido en breve tiempo vencer en la plaza pública a los demás cotidianos, no obstante el amparo del anticipo reintegrable, que impone a todos los españoles la obligación de proteger a los periódicos que no leen. ¿Creía usted que todo esto puede en Celtiberia hacerse impunemente? Ya está usted viendo que no. La España oficial padece la perversión moral de todo ser íntimamente fracasado, y que algunos grandes psicólogos de nuestro tiempo llaman ressentiment. Consiste esta perversión en odiar todo valor superior, dondequiera que aparezca, y favorecer contra él cualquier valor negativo o inferior. Un ejemplo de esto da ABC cuando encarece las Reales órdenes que nos ocupan diciendo paladinamente que facilitan la vida a los periódicos poseedores de máquinas insuficientes. Conviene, para la orientación de futuros historiadores, subrayar el hecho de que en España, hacia 1920, tener una máquina de imprimir buena era considerado como un vicio intolerable, que el Estado debía urgentemente castigar.
Sobre estos aciertos de técnica y material periodísticos ha cometido El Sol un delito mucho más grave: ha conquistado lo que los diarios españoles se habían ya acostumbrado a no tener: alguna autoridad. Su arisca independencia —para mi fuero interno, la única cualidad que me importa de nuestro periódico— le ha atraído los odios de todos los impuros, que son, claro está, legión. Pero éste es un punto que requeriría un desarrollo más holgado. Para un aficionado a investigaciones psicológicas resulta labor atractiva explicar la génesis de esta hostilidad contra El Sol, que no se detiene ante la Constitución misma. Para que el señor Dato se resuelva a ejecutar el delito que a estas horas supongo consumado, han tenido que aunarse muchas colaboraciones. Por esto es interesante reconstruir la trayectoria del rayo que ahora se dispara contra El Sol, analizar su composición y, sobre todo, describir cómo se ha forjado en el seno de la alta nube. Porque, no lo dude usted, amigo Aznar, rayos de este calibre sólo se incuban en lo más alto. Sería, pues, oportuno que hiciésemos la psicología de la palatinidad.
Vamos a ser villanamente atropellados por el presidente del Consejo, quien, con su aspecto de hombre que lleva un cirio en una procesión, es capaz, por lo que se advierte, de los mayores delitos. Pues es el mayor de todos el que relaja el sumo derecho, y en la organización vigente de la sociedad, el sumo derecho es el definido estrictamente en la Constitución. Una vez más nos daremos cuenta de que es España un inmenso puerto de arrebatacapas donde no existe rincón de la ciudadanía que sea seguro. Todos los días se cierran locales de Asociaciones obreras, allanadas por el capricho de cualquier gobernador provincial. Todos los días se sentencia contra justicia en los Tribunales. Todos los días se asalta de uno u otro modo el recinto de las libertades personales. Las personas decentes se ven diariamente obligadas a luchar por lo más elemental. Ahora bien: esto, la necesidad de luchar por las condiciones elementales de la existencia en común, es lo característico de los pueblos salvajes. En este sentido, no hay duda de que es nuestra España la más floreciente monarquía de botokudos.
Poco podemos fiar de la sensibilidad liberal de nuestro país. Nadie o casi nadie tendrá esa fina piel que en otras razas hace a un individuo sentir las heridas que en su honor civil y en sus derechos radicales recibe. Los políticos llamados liberales asistirán en primera fila a nuestro atropello con evidente delectación. La Libertad, periódico en que interviene el señor Alba, se ha apresurado a firmar el proyecto de la nueva Real orden. Luego querrá el señor Alba que tomemos en serio su liberalismo.
No obstante, yo quisiera, al concluir estas líneas, solicitar solemnemente el juicio de dos hombres: el conde de Romanones y don Melquiades Álvarez. Terceros en discordia, ellos podrían, o convencernos de que padecemos una ceguera —todo es posible— al creer que el Estado no puede intervenir de esta suerte, y en las circunstancias hoy dadas, en la vida interior de la Prensa, o, si piensan como nosotros, ampararnos honestamente en una confabulación de corrupciones, defendiendo las más delicadas libertades, que van a ser en nosotros violadas, José Ortega y Gasset.
El Sol, 29 de julio de 1920
Señor director of El Sol.
My dear friend: When I believed that Señor Dato had returned to an unusual sanity in the matter of the newspapers, there comes to find me in this Cantabrian corner, where the bai sounds, the news that not only do they insist on the famous Royal Order, but that another is going to be published in which more unequivocally an attempt is made against El Sol. After having raised all newspapers to ten centimos, it is now intended that El Sol be sold at fifteen, just because, by the presidential whim of Señor Dato, president of the Council among a people of degraded Botocudos.
Some months ago, when the conciliabules of a few directors of Madrid newspapers were beginning, you had the attention to consult me. The purpose of robbing El Sol had not yet been clearly drawn. Nevertheless, I permitted myself to indicate to you that El Sol, whatever the intention of those meetings, had to remain vigorously faithful to its ideas and, consequently, could not accept the intrusion of the State in the life of the Press, there being, as there is not, a scarcity of paper. A different thing it came to be to extirpate the freedom of industry, which is in this case inseparable from intellectual freedom. I found you entirely in agreement with me, but, even so, I warned you that for me the question was of such intimate importance that if El Sol did not adopt that attitude I would automatically cease to collaborate in El Sol. I have walked too many years with crooked heels; I have renounced too many things during my life in order to defend in myself and around me liberty —one of the few splendid things invented by man— to permit, without congruous reprisals, that any audacious man should come to amputate it from me, whom the immorality of my compatriots allows to occupy for some weeks the presidency of the Council.
All this story of the Royal Orders in favor of one Press against another is one of the dirtiest chapters of the dirty history of Spain that we are living. It is interesting not only in the sense of political clinical practice, but in other, deeper senses. It comes to lend new corroboration to what so many times I have written or said before very diverse publics: that in our country, when someone does something a little better than what is customary, official Spain turns wrathfully against him and prepares to annihilate him. In the admirable book of the German Hellenist Otto Seeck on the Decline of the Ancient World there is a chapter where the author describes the radical process that decomposed Greco-Roman civilization; that chapter is entitled thus: «The annihilation of the best». Under the same epigraph the history of Spain during recent times could be written. Official Spain devotes itself unfailingly and methodically to grinding to bits whatever in the national area appears endowed with valuable qualities. It is interested in ensuring a selection in reverse because it, official Spain, is nothing other than the formidable solidarity of the inept. As Chateaubriand said, incapacity finds prepared everywhere its fraternal lodges. That masonry of ineptitude is official Spain, which, as I long ago indicated to you, ends in certain Madrid newspapers, but begins no less than in the palatine spheres.
El Sol has committed a crime of lèse-official-Spain. Without being, by any means, a great newspaper of European temper, it has managed in three years to create a formula of daily very superior to those used in our country. It has invented a new journalistic character and, moreover, a thing I recommend to the attention of my readers, it has very considerably perfected the administrative and editorial technique of the Press. Thanks to all this it has been able in a short time to defeat in the public square the other dailies, notwithstanding the protection of the repayable advance, which imposes on all Spaniards the obligation to protect the newspapers they do not read. Did you believe that all this can be done with impunity in Celtiberia? You are already seeing that no. Official Spain suffers the moral perversion of every intimately failed being, and that some great psychologists of our time call ressentiment. This perversion consists in hating every superior value, wherever it appears, and favoring against it any negative or inferior value. An example of this is given by ABC when it extols the Royal Orders that occupy us, saying openly that they make life easier for newspapers possessing insufficient machines. It is fitting, for the orientation of future historians, to underline the fact that in Spain, around 1920, having a good printing machine was considered an intolerable vice, which the State ought urgently to punish.
Upon these achievements of journalistic technique and material El Sol has committed a much graver crime: it has conquered what the Spanish dailies had already grown accustomed to not having: some authority. Its bristly independence —for my inner forum, the only quality that matters to me in our newspaper— has drawn upon it the hatreds of all the impure, who are, of course, legion. But this is a point that would require a more ample development. For a lover of psychological investigations it is an attractive labor to explain the genesis of this hostility against El Sol, which does not stop before the Constitution itself. For Señor Dato to resolve to execute the crime that at this hour I suppose consummated, many collaborations have had to join forces. For this reason it is interesting to reconstruct the trajectory of the thunderbolt that is now discharged against El Sol, to analyze its composition and, above all, to describe how it has been forged in the bosom of the high cloud. Because, do not doubt it, friend Aznar, thunderbolts of this caliber are incubated only in the highest places. It would be opportune, then, that we should make the psychology of palatinality.
We are going to be villainously trampled by the president of the Council, who, with his aspect of a man carrying a candle in a procession, is capable, as far as one can see, of the greatest crimes. For the greatest of all is that which relaxes the supreme right, and in the current organization of society, the supreme right is that strictly defined in the Constitution. Once more we shall realize that Spain is an immense port of cape-snatchers where no corner of citizenship exists that is safe. Every day premises of workers’ associations are closed, raided by the caprice of any provincial governor. Every day judgments are passed against justice in the Tribunals. Every day the precinct of personal liberties is assaulted in one way or another. Decent persons are daily obliged to fight for the most elementary thing. Now then: this, the necessity of fighting for the elementary conditions of common existence, is what is characteristic of savage peoples. In this sense, there is no doubt that our Spain is the most flourishing monarchy of Botocudos.
Little can we trust the liberal sensibility of our country. No one, or almost no one, will have that fine skin which in other races makes an individual feel the wounds he receives in his civil honor and in his radical rights. The politicians called liberals will attend in the front row our trampling with evident delight. La Libertad, a newspaper in which Señor Alba has a hand, has hastened to sign the project of the new Royal Order. Then Señor Alba will want us to take his liberalism seriously.
Nevertheless, I would wish, in concluding these lines, solemnly to solicit the judgment of two men: the count of Romanones and don Melquiades Álvarez. Third parties in the discord, they could either convince us that we suffer a blindness —everything is possible— in believing that the State cannot intervene in this manner, and in the circumstances of today, in the interior life of the Press, or, if they think as we do, protect us honestly in a confabulation of corruptions, defending the most delicate liberties, which are going to be violated in us. José Ortega y Gasset.
El Sol, 29 July 1920
Signor direttore di El Sol.
Mio caro amico: Quando credevo che il signor Dato fosse tornato a un’insolita saggezza nella faccenda dei giornali, viene a cercarmi in questo angolo cantabrico, dove suona il bai, la notizia che non soltanto si insiste nella famosa Real orden, ma che se ne pubblicherà un’altra dove più inequivocabilmente si tenta di attentare contro El Sol. Dopo aver fatto salire tutti i giornali a dieci centesimi, si pretende ora che El Sol sia venduto a quindici, perché sì, per la presidenziale voglia del signor Dato, presidente del Consiglio in un popolo di abietti botocudi.
Alcuni mesi fa, quando cominciavano i conciliaboli di alcuni direttori di giornali madrileni, lei ebbe l’attenzione di consultarmi. Non si era ancora disegnato chiaramente il proposito di derubare El Sol. Nondimeno, mi permisi di indicarle che El Sol, qualunque fosse l’intenzione di quelle riunioni, doveva rimanere vigorosamente fedele alle sue idee e, in conseguenza, non poteva accettare l’intromissione dello Stato nella vita della Stampa, non essendoci, come non c’è, scarsità di carta. Altra cosa veniva a essere estirpare la libertà d’industria, che è in questo caso inseparabile dalla libertà intellettuale. La trovai del tutto coincidente con me, ma, anche così, la avvertii che era per me la questione di così intima importanza, che se El Sol non adottava quell’atteggiamento io avrei automaticamente cessato di collaborare a El Sol. Ho camminato troppi anni con i tacchi storti; ho rinunciato a troppe cose durante la mia vita per difendere in me e intorno a me la libertà —una delle poche cose splendide inventate dall’uomo—, per permettere, senza congrue rappresaglie, che venga ad amputarmela qualunque audace a cui l’immoralità dei miei compatrioti consente di occupare per alcune settimane la presidenza del Consiglio.
Tutta questa storia delle Reales órdenes in favore di una Stampa contro un’altra è uno dei capitoli più sporchi della sporca storia di Spagna che andiamo vivendo. Non soltanto nel senso della clinica politica è interessante, ma in altri più profondi sensi. Viene a prestare nuova comprova a ciò che tante volte ho scritto o ho detto dinanzi a pubblici molto diversi: che nel nostro paese, quando qualcuno fa qualcosa un poco migliore di ciò che è uso, la Spagna ufficiale si rivolta iraconda contro di lui e si dispone ad annientarlo. Nel mirabile libro dell’ellenista tedesco Otto Seeck sulla Decadenza del mondo antico c’è un capitolo dove l’autore descrive il processo radicale che scompone la civiltà grecoromana; quel capitolo si intitola così: «L’annientamento dei migliori». Sotto lo stesso epigrafe potrebbe scriversi la storia di Spagna degli ultimi tempi. La Spagna ufficiale si dedica indefettibilmente e metodicamente a tritare quanto nell’area nazionale appare dotato di qualità pregevoli. È interessata ad assicurare una selezione alla rovescia perché essa, la Spagna ufficiale, non è altro che la formidabile solidarietà degli incapaci. Come diceva Chateaubriand, l’incapacità trova preparate in ogni parte le sue logge fraterne. Quella massoneria dell’inettitudine è la Spagna ufficiale, che, come molto tempo fa le indicavo, finisce in certi giornali madrileni, ma comincia nientemeno che negli ambiti palatini.
El Sol ha commesso un crimine di lesa Spagna ufficiale. Senza essere, né molto meno, un grande giornale di tempra europea, è riuscito in tre anni a creare una formula di quotidiano molto superiore a quelle usate nel nostro paese. Ha inventato un nuovo carattere giornalistico e inoltre, cosa che raccomando all’attenzione dei miei lettori, ha perfezionato molto considerevolmente la tecnica amministrativa ed editoriale della Stampa. Grazie a tutto ciò ha potuto in breve tempo vincere nella piazza pubblica gli altri quotidiani, nonostante l’amparo dell’anticipo reintegrabile, che impone a tutti gli spagnoli l’obbligo di proteggere i giornali che non leggono. Credeva che tutto questo possa farsi in Celtiberia impunemente? Già sta vedendo che no. La Spagna ufficiale patisce la perversione morale di ogni essere intimamente fallito, e che alcuni grandi psicologi del nostro tempo chiamano ressentiment. Consiste questa perversione nell’odiare ogni valore superiore, dovunque appaia, e favorire contro di esso qualunque valore negativo o inferiore. Un esempio di ciò dà ABC quando esalta le Reales órdenes che ci occupano dicendo paladinamente che facilitano la vita ai giornali possessori di macchine insufficienti. Conviene, per l’orientamento dei futuri storici, sottolineare il fatto che in Spagna, verso il 1920, avere una buona macchina da stampa era considerato come un vizio intollerabile, che lo Stato doveva urgentemente punire.
Su questi azzeccamenti di tecnica e materiale giornalistico ha commesso El Sol un delitto molto più grave: ha conquistato ciò che i quotidiani spagnoli si erano già abituati a non avere: qualche autorità. La sua arrisca indipendenza —per il mio foro interno, l’unica qualità che mi importa del nostro giornale— le ha attirato gli odi di tutti gli impuri, che sono, naturalmente, legione. Ma questo è un punto che richiederebbe uno sviluppo più agiato. Per un appassionato di investigazioni psicologiche risulta lavoro attraente spiegare la genesi di questa ostilità contro El Sol, che non si ferma dinanzi alla stessa Costituzione. Perché il signor Dato si risolva a eseguire il delitto che a quest’ora suppongo consumato, hanno dovuto unirsi molte collaborazioni. Per questo è interessante ricostruire la traiettoria del fulmine che ora si scaglia contro El Sol, analizzare la sua composizione e, soprattutto, descrivere come si è forgiato nel seno dell’alta nube. Perché, non ne dubiti, amico Aznar, fulmini di questo calibro si incubano soltanto in alto. Sarebbe, dunque, opportuno che facessimo la psicologia della palatinità.
Vogliamo essere villanamente calpestati dal presidente del Consiglio, il quale, con il suo aspetto di uomo che porta un cero in una processione, è capace, da quanto si avverte, dei maggiori delitti. Poiché il maggiore di tutti è quello che rilassa il sommo diritto, e nell’organizzazione vigente della società, il sommo diritto è quello definito strettamente nella Costituzione. Un’altra volta ci renderemo conto che la Spagna è un immenso porto di ladri di mantelli dove non esiste angolo della cittadinanza che sia sicuro. Tutti i giorni si chiudono locali di Associazioni operaie, violate dal capriccio di qualunque governatore provinciale. Tutti i giorni si sentenzia contro giustizia nei Tribunali. Tutti i giorni si assalta in un modo o nell’altro il recinto delle libertà personali. Le persone decenti si vedono quotidianamente obbligate a lottare per il più elementare. Ebbene: questo, la necessità di lottare per le condizioni elementari dell’esistenza in comune, è ciò che caratterizza i popoli selvaggi. In questo senso, non c’è dubbio che la nostra Spagna è la più fiorente monarchia di botocudi.
Poco possiamo fidare della sensibilità liberale del nostro paese. Nessuno o quasi nessuno avrà quella fine pelle che in altre razze fa sì che un individuo senta le ferite che riceve nel suo onore civile e nei suoi diritti radicali. I politici chiamati liberali assisteranno in prima fila al nostro calpestamento con evidente delizia. La Libertad, giornale in cui interviene il signor Alba, si è affrettato a firmare il progetto della nuova Real orden. Poi vorrà il signor Alba che prendiamo sul serio il suo liberalismo.
Nondimeno, vorrei, al concludere queste righe, sollecitare solennemente il giudizio di due uomini: il conte di Romanones e don Melquiades Álvarez. Terzi in discordia, essi potrebbero, o convincerci che patiamo una cecità —tutto è possibile— credendo che lo Stato non possa intervenire in questa guisa, e nelle circostanze oggi date, nella vita interna della Stampa, o, se pensano come noi, ampararci onestamente in una confabulazione di corruzioni, difendendo le più delicate libertà, che stanno per essere in noi violate. José Ortega y Gasset.
El Sol, 29 luglio 1920