Ortega y Gasset

Abstract

Column on the fifth centenary of the University of Leipzig: against the idea that wars explain Spain’s cultural dismantling, Ortega argues other nations worked at organising peace even amid war. The inner peace of Stoics and ascetics is no natural gift but a conquest, and its watchword is Abstine: the organ of peace is the University.

Connections

Concetti: educazione
Forme: saggio
Scuole: stoicismo

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Hay un gran dolor sobre España. Ese dolor habrá de recogerse, sin que se pierda una gota, piadosamente en los corazones fieles, puros y orientados hacia un porvenir inequívoco de precisión y de energía. La inquietud y las emociones interinas pasarán dejando una huella luminosa de serenidad y de severidad. Llegará la sazón para el juicio libre y claro. Entretanto, hablemos de una gran fiesta de paz que celebra Alemania estos días con motivo del quinto centenario de la Universidad de Leipzig.

Es frecuente oír en tertulias y Ateneos la ingenua opinión que atribuye el desmantelamiento cultural de España a la muchedumbre de guerras y movimientos políticos que ha padecido durante los últimos siglos. No parece sino que en tanto nosotros movíamos guerra a italianos, flamencos y americanos, mientras nos contorsionábamos dolidamente en guerras civiles y coloniales, en revoluciones y pronunciamientos, Francia y Alemania, Inglaterra e Italia dormían en un lecho de rosas. La única diferencia esencial entre nuestra historia y la de esas naciones, consiste en que nosotros nos limitábamos a destruirnos, mientras ellas, en medio de la confusión y de la inquietud no cesaban de trabajar en la organización de la paz.

En los libros de estoicos y ascéticos se habla de una paz interior que sabios y santos conservan en medio de las mayores turbulencias y contratiempos. Esta paz íntima, esta tranquilidad profunda de los senos espirituales no es natural, no la trajeron esos hombres del vientre de su madre; fue, antes al contrario, su conquista y su labor.

Somos solicitados de todas partes a un consumo pródigo de nuestra actividad: de un lado la terrible necesidad económica, de otro la terrible necesidad de la ambición, de otro las exigencias pasionales, entre las cuales son, a mi modo de ver, las más feroces, el erotismo y la diversión. Nuestra energía para hacer frente a todo esto es forzada a vivir al día y conforme se va produciendo se va gastando. ¿Cómo pedir un lujo tal de vitalidad que aún nos sobre para irnos construyendo un mundo interior duradero, dotado de cimientos fuertes y buen régimen? Esto es casi imposible; lo único que podemos hacer es economizar energía por algún lado para emplearla en la instauración de nuestro edificio espiritual: hemos de saber renunciar, de acertar a abstenernos. Abstine es la contraseña que el estoico y el asceta nos proponen.

En los países donde no se había perdido la tradición moral, en medio de las exaltaciones hubo abstinentes; en medio de las guerras, tranquilos y pacíficos; en medio de las seducciones, gente humilde y gente casta. Y esto supuso una economía enorme de fuerzas que se mantuvieron puras y serenas y fueron labrando un reducto a la paz, un órgano a la cultura, que es virtud y sabiduría, que es, en una palabra, idealismo.

Si el órgano de la guerra es, en apariencia, el ejército, el órgano de la paz es, sin disputa, la Universidad; de esa paz, repito, que coexiste con las mayores convulsiones y las atraviesa sin quebranto, sin solución de continuidad. Puede decirse, sin peligro de error, que tanto de paz hay en un Estado cuanto hay de Universidad; y sólo donde hay algo de Universidad hay algo de paz.

Muchos lectores creerán justamente que esto no tiene ningún sentido: ofrécese a su mente, bajo el nombre de Universidad, una realidad tristísima; un edificio sucio y sin fisonomía, unos hombres solemnes que, repitiendo unas palabras muertas, propagan en las nuevas generaciones su ineptitud y su pesadumbre interior; unos muchachos escolares que juegan al billar, piden ruidosamente el punto y son dos veces al año clasificados en aprobados y suspensos. Tiene razón el lector: si es eso la Universidad, en lugar de hallar en ella la categoría de la paz, habríamos de considerarla como categoría del achabacanamiento.

Pero ahora festeja Alemania el quinto centenario de una institución que se llama Universitas, Universitas studii, y que tiene muy otra dignidad y valor que esa atroz vergüenza nuestra de la calle Ancha.

El Augusteum de Leipzig es un magnífico edificio de mármol elevado hace poco más de un decenio sobre el terreno que ocupaban las viejas construcciones académicas. Ya que no, pues, dentro de los mismos muros, sobre aquel mismo suelo ha perdurado durante cinco siglos una corporación numerosísima formada de viejos y jóvenes, sin que jamás se rompiera la continuidad de su labor. Recórrase la historia alemana, historia no menos temblorosa y doliente que la nuestra, tal vez más cruel: guerras feudales, guerras políticas, guerras religiosas, revoluciones, desolación, perpetua inestabilidad. Al través de todo ello la corporación lipsiense ha proseguido su obra de enjambre solícito y labrador: fuera de su recinto se vivía y se luchaba por lo momentáneo; dentro se trabajaba el hilo sobremomentáneo en que las horas sueltas son luego ordenadas y aparecen como historia.

Lo que a esa corporación preocupaba era precisamente lo que no importaba a nadie particularmente: le interesaba lo que carece de interés para el individuo, lo inútil. ¿Hay nada más inútil en tiempo de guerra que pensamientos de paz? Pues desde el punto de vista intelectual la vida es siempre una guerra.

Yo he sido un combatiente

Y esto quiere decir que he sido un hombre,

cantaba Goethe. La paz no es útil para el individuo porque él jamás estará en paz y en contento. La paz no es real ni lo será, no existe ni existirá. La paz es el nombre que damos al tempo psíquico en que nos ocupamos de la justicia absoluta, de la verdad, de la belleza. Ahora bien, ninguna de estas cosas existirán nunca en la realidad. Por eso las llamamos ideales: no hay otra paz que la paz de los corazones. Durante cinco siglos los maestros y los discípulos de Leipzig han vivido en la comunión de este ideal: la naturaleza física, el pasado clásico y oriental, la teología, la jurisprudencia, la matemática, el arte, llenaban por completo sus ánimos. Nada de eso se come, nada de eso se cobra, nada de eso se besa: son como barrios de la divina Jerusalén mística que veían los profetas refractada en las nubes del crepúsculo sobre la terrestre Jerusalén.

Y, sin embargo, ¿está tan fuera de duda que la Jerusalén siriaca sea más real que la mística Jerusalén ideada por los profetas? ¿No es cierto que sobre nosotros mismos, que no hemos visitado jamás la ciudad de tierra, gravita, tal vez hasta aplastarnos, la ciudad ideal judeo-cristiana? Vivimos una época de grosero materialismo, pero no tardará en llegar la hora en que parezca verdad de Pero Grullo sostener que las ideas son más reales que las piedras, ya que tocar las cosas no es al cabo sino una manera de pensarlas.

Ello es que la Universidad de Leipzig ha sido una de las matrices donde se ha engendrado la actual realidad alemana. De aquellas pacíficas meditaciones académicas proviene el ejército más fuerte de Europa: de aquellos físicos y químicos que vivían austeramente la enorme riqueza del made in Germany. Diríase que se repite el caso del sabio indio que, según cuenta Renan, después de haber sido arrojado del cielo de Indra, se creó por la fuerza de su pensamiento y la intensidad de sus méritos un nuevo Indra y nuevos cielos. Apartándose de la realidad, la corporación secular de Leipzig ha logrado, merced a su poder de idealizar, poner sobre el mundo una realidad nueva y más firme.

Y en tanto, en nuestra Universidad fantasma la sombra de un profesor pasa lista sañudamente a las sombras de unos estudiantes.

El Imparcial, 5 de agosto de 1909

There is a great sorrow over Spain. That sorrow will have to be gathered up, without losing a drop, piously in faithful hearts, pure and oriented toward an unequivocal future of precision and energy. The restlessness and transitory emotions will pass, leaving a luminous trace of serenity and severity. The season will come for the free and clear judgment. Meanwhile, let us speak of a great feast of peace that Germany is celebrating these days on the occasion of the fifth centenary of the University of Leipzig.

It is common to hear in tertulias and Athenaeums the naive opinion that attributes the cultural dismantling of Spain to the multitude of wars and political movements it has suffered during the last centuries. It seems as if, while we waged war against Italians, Flemings and Americans, while we writhed painfully in civil and colonial wars, in revolutions and pronunciamientos, France and Germany, England and Italy slept on a bed of roses. The only essential difference between our history and that of those nations consists in this: that we limited ourselves to destroying ourselves, while they, in the midst of confusion and restlessness, never ceased to work at the organization of peace.

In the books of the Stoics and ascetics there is talk of an inner peace that sages and saints preserve in the midst of the greatest turbulences and setbacks. This intimate peace, this deep tranquility of spiritual breasts is not natural, those men did not bring it from their mother’s womb; it was, on the contrary, their conquest and their labor.

We are solicited from all sides to a prodigal consumption of our activity: on one hand the terrible economic necessity, on the other the terrible necessity of ambition, on another the passionate demands, among which are, in my view, the most ferocious, eroticism and diversion. Our energy to face all this is forced to live from day to day and, as it is produced, it is spent. How to ask for such a luxury of vitality that still remains to us to go building ourselves a durable inner world, endowed with strong foundations and good governance? This is almost impossible; the only thing we can do is economize energy on some side to employ it in the establishment of our spiritual edifice: we must know how to renounce, how to succeed in abstaining. Abstine is the password that the Stoic and the ascetic propose to us.

In the countries where the moral tradition had not been lost, in the midst of exaltations there were abstainers; in the midst of wars, tranquil and peaceful men; in the midst of seductions, humble people and chaste people. And this involved an enormous economy of forces that remained pure and serene and went on carving a redoubt for peace, an organ for culture, which is virtue and wisdom, which is, in a word, idealism.

If the organ of war is, in appearance, the army, the organ of peace is, without dispute, the University; of that peace, I repeat, which coexists with the greatest convulsions and passes through them without harm, without solution of continuity. It may be said, without danger of error, that there is as much peace in a State as there is University; and only where there is something of University is there something of peace.

Many readers will justly believe that this makes no sense: there offers itself to their mind, under the name of University, a most sad reality; a dirty building without physiognomy, solemn men who, repeating dead words, propagate in the new generations their ineptitude and their inner heaviness; schoolboys who play billiards, noisily call for the point and are twice a year classified into passes and failures. The reader is right: if that is the University, instead of finding in it the category of peace, we would have to consider it as the category of vulgarization.

But now Germany celebrates the fifth centenary of an institution that is called Universitas, Universitas studii, and that has quite another dignity and value than that atrocious shame of ours, the calle Ancha.

The Augusteum of Leipzig is a magnificent marble building raised a little more than a decade ago on the ground that the old academic constructions occupied. Since not within the same walls, upon that same soil there has endured for five centuries a most numerous corporation formed of old and young, without the continuity of its labor ever being broken. Let German history be run through, a history no less trembling and sorrowful than ours, perhaps more cruel: feudal wars, political wars, religious wars, revolutions, desolation, perpetual instability. Through all of it the Lipsian corporation has continued its work of a solicitous and laboring swarm: outside its precinct one lived and fought for the momentary; within, one worked the supra-momentary thread in which the loose hours are afterwards ordered and appear as history.

What that corporation was concerned about was precisely what nobody particularly cared for: it was interested in what lacks interest for the individual, the useless. Is there anything more useless in time of war than thoughts of peace? Well, from the intellectual point of view life is always a war.

I have been a combatant

And this means that I have been a man,

Goethe sang. Peace is not useful for the individual because he will never be at peace and content. Peace is not real nor will it be, it does not exist nor will it exist. Peace is the name we give to the psychic time in which we occupy ourselves with absolute justice, truth, beauty. Now then, none of these things will ever exist in reality. That is why we call them ideals: there is no other peace than the peace of hearts. For five centuries the masters and disciples of Leipzig have lived in the communion of this ideal: physical nature, the classical and oriental past, theology, jurisprudence, mathematics, art, filled their souls completely. None of that is eaten, none of that is collected, none of that is kissed: they are like quarters of the divine mystical Jerusalem that the prophets saw refracted in the clouds of twilight over the earthly Jerusalem.

And yet, is it so beyond doubt that the Syriac Jerusalem is more real than the mystical Jerusalem devised by the prophets? Is it not true that over ourselves, who have never visited the city of earth, there weighs, perhaps even crushing us, the ideal Judeo-Christian city? We live in an age of coarse materialism, but the hour will not be long in coming when it will seem a truism to maintain that ideas are more real than stones, since touching things is after all nothing but a way of thinking them.

The fact is that the University of Leipzig has been one of the matrices where the present German reality was engendered. From those peaceful academic meditations comes the strongest army in Europe: from those physicists and chemists who lived austerely the enormous wealth of the made in Germany. One would say that the case of the Indian sage is repeated, who, as Renan tells, after having been cast out of the sky of Indra, created for himself by the force of his thought and the intensity of his merits a new Indra and new skies. Turning away from reality, the secular corporation of Leipzig has managed, thanks to its power of idealizing, to place upon the world a new and firmer reality.

And meanwhile, in our ghost University the shadow of a professor angrily calls the roll to the shadows of some students.

El Imparcial, August 5, 1909

C’è un grande dolore sulla Spagna. Quel dolore dovrà essere raccolto, senza che se ne perda una goccia, piamente nei cuori fedeli, puri e orientati verso un avvenire inequivocabile di precisione e di energia. L’inquietudine e le emozioni transitorie passeranno lasciando un’impronta luminosa di serenità e di severità. Verrà la stagione del giudizio libero e chiaro. Intanto, parliamo di una grande festa di pace che la Germania celebra in questi giorni in occasione del quinto centenario dell’Università di Lipsia.

È frequente udire nelle tertulias e negli Atenei la ingenua opinione che attribuisce lo smantellamento culturale della Spagna alla moltitudine di guerre e movimenti politici che essa ha patito negli ultimi secoli. Non pare se non che, mentre noi muovevamo guerra a italiani, fiamminghi e americani, mentre ci contorcevamo dolorosamente in guerre civili e coloniali, in rivoluzioni e pronunciamientos, Francia e Germania, Inghilterra e Italia dormissero sopra un letto di rose. L’unica differenza essenziale tra la nostra storia e quella di quelle nazioni consiste in ciò: che noi ci limitavamo a distruggerci, mentre esse, in mezzo alla confusione e all’inquietudine, non cessavano di lavorare all’organizzazione della pace.

Nei libri degli stoici e degli asceti si parla di una pace interiore che i sapienti e i santi conservano in mezzo alle più grandi turbolenze e contrattempi. Questa pace intima, questa tranquillità profonda dei seni spirituali non è naturale, quegli uomini non l’hanno portata dal ventre della madre; fu, al contrario, la loro conquista e la loro fatica.

Siamo richiesti da ogni parte a un consumo prodigo della nostra attività: da un lato la terribile necessità economica, dall’altro la terribile necessità dell’ambizione, dall’altro ancora le esigenze passionali, tra le quali sono, a mio modo di vedere, le più feroci, l’erotismo e il divertimento. La nostra energia per far fronte a tutto ciò è costretta a vivere alla giornata e, a misura che si produce, si va spendendo. Come chiedere un tale lusso di vitalità che ancora ci avanzi per andarci costruendo un mondo interiore durevole, dotato di salde fondamenta e di buon regime? Questo è quasi impossibile; l’unica cosa che possiamo fare è economizzare energia da qualche parte per impiegarla nell’instaurazione del nostro edificio spirituale: dobbiamo saper rinunciare, riuscire ad astenerci. Abstine è la parola d’ordine che lo stoico e l’asceta ci propongono.

Nei paesi dove non si era perduta la tradizione morale, in mezzo alle esaltazioni ci furono astinenti; in mezzo alle guerre, tranquilli e pacifici; in mezzo alle seduzioni, gente umile e gente casta. E questo comportò un’enorme economia di forze che si mantennero pure e serene e andarono fabbricando un ridotto alla pace, un organo alla cultura, che è virtù e sapienza, che è, in una parola, idealismo.

Se l’organo della guerra è, in apparenza, l’esercito, l’organo della pace è, senza disputa, l’Università; di quella pace, ripeto, che coesiste con le più grandi convulsioni e le attraversa senza intoppo, senza soluzione di continuità. Si può dire, senza pericolo di errore, che tanta pace c’è in uno Stato quanta Università vi è; e solo dove c’è qualcosa di Università c’è qualcosa di pace.

Molti lettori crederanno giustamente che questo non abbia alcun senso: si offre alla loro mente, sotto il nome di Università, una realtà tristissima; un edificio sporco e senza fisionomia, certi uomini solenni che, ripetendo parole morte, propagano nelle nuove generazioni la loro inettitudine e il loro peso interiore; certi ragazzi scolari che giocano al biliardo, chiedono rumorosamente il punto e sono due volte all’anno classificati in promossi e bocciati. Il lettore ha ragione: se quella è l’Università, invece di trovarvi la categoria della pace, dovremmo considerarla come categoria dell’avvilimento.

Ma ora la Germania festeggia il quinto centenario di un’istituzione che si chiama Universitas, Universitas studii, e che ha ben altra dignità e valore di quella atroce vergogna nostra della calle Ancha.

L’Augusteum di Lipsia è un magnifico edificio di marmo elevato poco più di un decennio fa sul terreno che occupavano le vecchie costruzioni accademiche. Poiché non entro gli stessi muri, su quello stesso suolo è perdurato per cinque secoli un corpus numerosissimo formato di vecchi e di giovani, senza che mai si rompesse la continuità della sua opera. Si percorra la storia tedesca, storia non meno trepidante e dolente della nostra, forse più crudele: guerre feudali, guerre politiche, guerre religiose, rivoluzioni, desolazione, perpetua instabilità. Attraverso tutto ciò il corpus lipsiense ha proseguito la sua opera di sciame sollecito e lavoratore: fuori del suo recinto si viveva e si lottava per il momentaneo; dentro si lavorava il filo sopramomentaneo in cui le ore sciolte sono poi ordinate e appaiono come storia.

Ciò che a quella corporazione preoccupava era precisamente ciò che a nessuno importava particolarmente: gli interessava ciò che manca d’interesse per l’individuo, l’inutile. C’è nulla di più inutile in tempo di guerra che pensieri di pace? Ebbene, dal punto di vista intellettuale la vita è sempre una guerra.

Io sono stato un combattente

E questo vuol dire che sono stato un uomo,

cantava Goethe. La pace non è utile per l’individuo perché egli non sarà mai in pace e in contento. La pace non è reale né lo sarà, non esiste né esisterà. La pace è il nome che diamo al tempo psichico in cui ci occupiamo della giustizia assoluta, della verità, della bellezza. Orbene, nessuna di queste cose esisterà mai nella realtà. Per questo le chiamiamo ideali: non c’è altra pace che la pace dei cuori. Per cinque secoli i maestri e i discepoli di Lipsia hanno vissuto nella comunione di questo ideale: la natura fisica, il passato classico e orientale, la teologia, la giurisprudenza, la matematica, l’arte, riempivano completamente i loro animi. Nulla di tutto ciò si mangia, nulla si riscuote, nulla si bacia: sono come quartieri della divina Gerusalemme mistica che i profeti vedevano rifratta nelle nubi del crepuscolo sulla terrestre Gerusalemme.

E, tuttavia, è poi così fuori dubbio che la Gerusalemme siriaca sia più reale della mistica Gerusalemme ideata dai profeti? Non è vero che su noi stessi, che non abbiamo mai visitato la città di terra, grava, forse fino a schiacciarci, la città ideale giudeo-cristiana? Viviamo un’epoca di rozzo materialismo, ma non tarderà a venire l’ora in cui sembrerà verità lapalissiana sostenere che le idee sono più reali delle pietre, poiché toccare le cose non è in fin dei conti che un modo di pensarle.

Fatto sta che l’Università di Lipsia è stata una delle matrici dove si è generata l’attuale realtà tedesca. Da quelle pacifiche meditazioni accademiche proviene l’esercito più forte d’Europa: da quei fisici e chimici che vivevano austeramente l’enorme ricchezza del made in Germany. Si direbbe che si ripete il caso del savio indiano che, secondo racconta Renan, dopo essere stato cacciato dal cielo di Indra, si creò per forza del suo pensiero e intensità dei suoi meriti un nuovo Indra e nuovi cieli. Allontanandosi dalla realtà, il corpus secolare di Lipsia è riuscito, mercé il suo potere di idealizzare, a porre sul mondo una realtà nuova e più ferma.

E intanto, nella nostra Università fantasma l’ombra di un professore fa l’appello severamente alle ombre di alcuni studenti.

El Imparcial, 5 agosto 1909