Abstract

Society chronicle (8 November) of a gala performance at the Berlin Opera with Alfonso XIII, the Kaiser and the Empress: uniforms, roses, Chinese ambassadors, Delibes’s ballet Coppélia. Pure reportage, no philosophical content.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

8 noviembre

El Teatro Real de la Ópera estaba engalanado con rosas; guirnaldas en largas ondas decoraban la fachada, rosas había en la embocadura del escenario, rosas caían de los antepechos de los palcos y el enorme de los soberanos estaba cargado de rosas.

El patio de butacas está lleno de uniformes: los hay militares rojos y azules y blancos, los hay palatinos de oro y de plata. Indolentemente apoyado en el respaldo de una butaca está un capitán húngaro con su gorro de astrakán al brazo y su bellísimo uniforme, que recuerda el traje de Pepe-Hillo.

En los palcos principales, como una galería de retratos antiguos, véase las altas damas cortesanas; sus trajes son de tonos suaves, rosados o malvas o ligeramente amarillos; sus rostros y sus mejillas carminadas parecen realmente sacados de un cuadro del siglo XVIII, de esos donde todo se halla en un mismo plano de luz.

Unos embajadores chinos en las cúpulas de sus gorras rozan el terciopelo de las cortinas de la puerta. ¿Hay algo más entretenido que el traje chinesco, donde florean jardines de flores imposibles y animales equívocos que acaban en plantas cuando de leones iban para pájaros? Los dos chinos, con sus rostros convexos, miran a la platea con lentos ojos.

Cerca de mí hay dos turcos con dos chechías airosas, y a su lado un anciano de revuelta melena, cuyas pupilas, al través de los lentes, miran como desde profundidades de siglos. Éste debe ser un profesor de historia, tal vez Delitzsch, el asiriólogo, que ha presenciado fiestas en el palacio del rey Assur, donde esclavas indias bronceadas bailaban entre los foros alados, con cabezas de guerreros barbudos. ¿Podrá extrañar que el profesor no se fije en nada, que sus miradas recorran las hileras de rosas y se pose al cabo, indiferente, sobre el torso blanco de alguna joven duquesa, que para él no tiene atractivos porque no han pasado sobre su tez dos mil años?

En esto el señor von Hülsen, intendente de los Teatros Reales, aparece en el palco vacío de los soberanos. Considera los rumores que se alzan del parquet, y el vivo tropel de colores y de relámpagos que saltan de cascos y sables; luego de breves momentos, da con su gran bastón dos golpes en el suelo. Todo el mundo guarda silencio; óyese, acaso, el choque de una espuela con el pavimento. El rey se adelanta entonces llevando a la emperatriz del brazo; la dama tiene un hermoso cabello blanco y sobre el vestido amarillo su rostro se levanta con una gallardía suprema; sus pupilas brillan y los labios sonríen históricamente. Don Alfonso hace a la asamblea tres profundas reverencias y permanece un momento perplejo mirando las molduras de los palcos altos, entre las que asoman millares de rostros curiosos.

El César entra con la princesa, Federico Leopoldo y tras él sus hijos y otros príncipes. Es un instante solemne. A un leve gesto del káiser se alza el telón y pausadamente queda el teatro a oscuras.

Coppelia es el espectáculo que se parece más al Barbero de Sevilla; la misma alegría llena de sal corre por ambos, la misma burla de todo lo serio, de todo lo grave.

Y este cuadro de corte que queda apuntado se completa con esta representación galante y regocijada, donde las ideas se danzan y las bailarinas hacen madrigales sobre la punta de sus pies. Copelia baila con movimientos rígidos en torno del viejo artista de alma embrujada y la música de Delibes envía al aire coros de bailarinas invisibles que hacen trenzados burlones dentro de la fantasía. Y en la oscuridad del teatro, en el palco imperial la faz de mármol de la emperatriz tiene como un débil fosforescer.

En el entreacto, ambas imperiales personas se inclinan hacia el rey Alfonso y le van nombrando nobles señoras y hombres ilustres; la emperatriz señala con un abanico blanco y don Alfonso busca entre los grupos los que le van siendo indicados.

Cuanto se diga acerca del orden con que la función se ha celebrado será poco. Esta fiesta puede servir de modelo para futuras ocasiones, y por ello, bueno será hacer constar que se había repartido una tercera menos de entradas que las que correspondían a la capacidad del teatro. Otro detalle ha sido que ni Marcha Real ni Himno Alemán se escucharon.

Firmado O., El Imparcial, 12 de noviembre de 1905