Ortega y Gasset

Abstract

Column on the government crisis and on Allendesalazar, the ‘grey man’ summoned to power precisely because he lacked prestige. Ortega defends the constitutional formula against Cambó (‘formula and law are the same thing’) and calls for restoring social authority, be it white, red or blue. Political journalism.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Tres o cuatro docenas de ciudadanos —no creemos que el número sea mucho mayor— forcejean estos días para alzarse con la presa del Poder. En tanto, el resto de la nación vaca a sus labores y a sus placeres. La prerrogativa real se cierne enigmática sobre el porvenir y nadie sospecha a estas horas cuáles van a ser los destinos de España dentro de pocas horas o de pocos días. Esto de que el mañana de una gran nación sea cosa tan imprevisible y tan de azar que hayamos de decir como el mal pintor: «si sale con barbas, San Antón, y si no, la Purísima Concepción», da no poco que pensar acerca del progreso histórico.

Pero, en fin, no es ésta la ocasión más propicia para meditar sobre el rumbo del corazón humano y deplorar los escasos avances del sentido común. Se trata, ahora, de la crisis que tal vez hoy mismo quedará planteada.

El señor Allendesalazar, hombre sin oficio, pero con beneficio, vino a aprobar los presupuestos que se habían inveterado en Parlamentos inertes. Vino sin prestigio: vino precisamente porque carecía de prestigio, vino de hombre gris que embozado en su falta de calidades cruza el paisaje sin soliviantar la envidia ni la hostilidad. Todos los grupos parlamentarios, de la extrema derecha hasta el Far West del socialismo, aceptaron paladina o tácitamente la transitoria colaboración. La más somera reflexión obligaba a ello. Había que cumplir la fórmula constitucional según la cual, sin aprobación de las Cortes, el Gobierno no puede dar ni tomar dineros. Algún genio provincial, como el señor Cambó, opinaba que se podía prescindir de tal fórmula por lo mismo que no es sino fórmula. Nosotros no conocemos en toda la vida pública nada que no sea fórmula. Fórmula y ley son una misma cosa. Lo demás es «mantenencia y ayuntamiento con fembra». El señor Cambó mismo no es sino una fórmula, y gracias a ello puede hacer extraños consorcios bimundiales. De otro modo, tomado en su propio y exclusivo peso, tememos que, a pesar de nuestra admiración hacia su persona, el señor Cambó estaría picando pleitos en la rambla.

Conviene, pues, cumplir la fórmula, cumplir la ley, y si no, hacer otra. Pero no es posible dejar al albedrío de un Gobierno que declare fórmula negligible lo que le venga en gana.

Ya está la fórmula cumplida y el hombre gris de Vizcaya carece de papel. Su labor de gobernante ha sido tristísima. No vamos ahora a recordar su conducta en el grave pleito de las tarifas ferroviarias. Más que esto nos importa otra cosa: la falta de elevación, de seriedad, de respetabilidad con que ha llevado su rango de primer ministro. En este punto es preciso que todos los españoles con conciencia responsable manifiesten una enérgica resolución. Entréguese el Poder a cesaristas o a bolcheviques; pero que los hombres elegidos tengan el aire personal digno de su cargo. Si los presidentes del Consejo, con sus desgaires y sus coplas, con el servilismo de su voluntad, con la ausencia de todo pensamiento político coherente y perspicaz vacían de autoridad, de unción la magistratura más alta, nadie pretenderá que reine orden alguno, jerarquía ni compás en el resto de la vida española. Hace mucho tiempo, con breves paréntesis, acontece esto en nuestra patria. Los gobernantes no tienen ni siquiera el gesto del oficio. La consecuencia ha sido que en la vida pública no existe hoy apenas otra cosa que subversión. Que fermente ésta en las extremas izquierdas no tiene nada de particular y es hasta saludable. Para eso están. Pero hoy la subversión late en toda el área nacional, en las extremas derechas y en el Ejército, en los grandes Consejos de administración y tras los vidrios emplomados de las salas capitulares.

Y lo primero que hay que hacer es, precisamente, restaurar la autoridad social, sea ésta blanca, roja o azul; pero que sea. Sin ella no habrá nada: no habrá evolución ni revolución. Sólo habrá jarana y creciente atomización de la raza.

Es doloroso decirlo, pero en esa progresiva descalificación de la presidencia del Consejo ha colaborado no poco la política de la Corona. Ha preferido ésta casi siempre a hombres firmes y claros, servidores de la nación, los hombres dóciles y fáciles, contentadores de Palacio. Poco a poco ha hecho una selección al revés. Hoy la palatinidad de un político está en razón inversa de sus virtudes.

Desde la octava de Sagunto la política de Palacio ha consistido en dar largas. La Restauración no fue sino la más larga de todas las largas, la larga constituida y declarada que se niega a acometer problema alguno interior ni exterior. Cánovas fue hacia dentro de España el táctico del acomodo, hacia fuera el creador del aislamiento, el diplomático del desierto. Hasta 1900 la vida española se resume en dos largas: la de Cánovas y la de Lagartijo. Desde 1900 a la fecha la vida española no se puede resumir: es el salto de mata continuo, el capricho rastrero, la carencia de trayectoria nacional, la exaltación de los seres inferiores y el vejamen perpetuo de los superiores.

Si en estos meses que corren viajamos por España hallamos por todas partes, en lo económico, que fue siempre nuestro flaco, un aire de resurrección. Parecen estallar las urbes de plenitud ciudadana; los campos están mejor cuidados que nunca; las ruinas, esas eternas ruinas de las villas y las aldeas, comienzan a incorporarse. Dondequiera nuevas chimeneas fabriles exhalan su humareda con simpática petulancia. Nada de esto se debe a la política. La gente tiene dinero, siente afán de divertirse y, en general, trabaja más. Los obreros mismos, después de una epidemia de vagancia, que, como es sabido, aparece siempre tras las grandes guerras, vuelven a la faena. Es, sin duda, el momento de dar el gran empujón a esta tierra venerable y desafortunada, a esta raza maltraída por secular decadencia. Cuando, después de algún viaje al través del floreciente cuerpo peninsular, pensamos en la crisis de hoy o de uno de estos días, nos da pena, una gran pena que se parece enormemente a una gran ira.

Se intentará una larga más. Se querrá hacer continuar al frente de nuestro pueblo el cero actual. Si esto no es posible se buscará otro cero palatinizado. Que nada cambie, que nada fuerte se intente, que prosiga el mortal statu quo. Detrás del señor Allendesalazar, Metternich como quien dice, ya se ve venir al marqués de Alhucemas, como quien dice Cavour.

Se nos dirá: y si la Corona no llama a estos hombres ¿a quién va a llamar? ¿No son ellos los que tienen la fuerza política organizada?

Y a esto respondemos: la mayor parte de esos hombres no tienen por sí fuerza ninguna. Sólo gozan de la que les ha dado y reiterado la Corona. Criaturas de la predilección palatina, viven a costa de la Monarquía y son de hecho, sin quererlo, sus mayores enemigos. Como se ha fabricado la personalidad política de esos hombres se ha podido fabricar la de otros mejores, con evidente ventaja para la nación y la Monarquía.

No pretenderíamos ni por un momento que en veinticuatro horas cambiase la decoración en los usos de Gobierno. Nos contentaríamos con que la solución, bien que atenida a las escasas posibilidades ofrecidas por la realidad de las fuerzas parlamentarias, manifestase en algunos claros puntos la leal voluntad de transformar el ambiente público, de atacar de frente o siquiera de lleno las grandes cuestiones nacionales: la obrera, la financiera, la disciplinaria. Necesitamos la seguridad de que va a restaurarse la autoridad social en nuestro país. Y esto, que no se logra con bayonetas, se debe intentar llevando a la presidencia a algún hombre serio, que nos incite al respeto y nos permita la esperanza.

Porque, en resolución, haciéndonos cargo de la difícil coyuntura en que hoy vive nuestra política, no pedimos inmediatos frutos de bendición. Nos contentamos con los verdores primaverales de una esperanza.

Publicado sin firma, El Sol, 28 de abril de 1920

Three or four dozen citizens —we do not believe the number to be much greater— are struggling these days to carry off the prey of Power. Meanwhile, the rest of the nation attends to its labors and its pleasures. The royal prerogative looms enigmatically over the future and no one suspects at this hour what the destinies of Spain are going to be within a few hours or a few days. This, that the morrow of a great nation should be a thing so unforeseeable and so much a matter of chance that we must say like the bad painter: “if it comes out with a beard, Saint Anthony, and if not, the Immaculate Conception”, gives not a little food for thought about historical progress.

But, after all, this is not the most propitious occasion to meditate on the course of the human heart and deplore the scanty advances of common sense. Now it is a question of the crisis that perhaps today itself will be posed.

Señor Allendesalazar, a man without a trade, but with a benefice, came to approve the budgets that had become inveterate in inert Parliaments. He came without prestige: he came precisely because he lacked prestige, he came as a gray man who, muffled in his lack of qualities, crosses the landscape without stirring either envy or hostility. All the parliamentary groups, from the extreme right to the Far West of socialism, accepted plainly or tacitly the transitory collaboration. The most superficial reflection obliged it. The constitutional formula had to be fulfilled according to which, without the approval of the Cortes, the Government can neither give nor take monies. Some provincial genius, like Señor Cambó, was of the opinion that one could dispense with such a formula precisely because it is only a formula. We know nothing in all public life that is not a formula. Formula and law are one and the same thing. The rest is “maintenance and coupling with woman”. Señor Cambó himself is nothing but a formula, and thanks to that he can make strange bi-worldly consortia. Otherwise, taken in his own and exclusive weight, we fear that, despite our admiration for his person, Señor Cambó would be plying lawsuits on the rambla.

It is fitting, then, to fulfill the formula, to fulfill the law, and if not, to make another. But it is not possible to leave to the discretion of a Government to declare negligible formula whatever may suit it.

The formula is now fulfilled and the gray man of Biscay is without a role. His work as ruler has been most sad. We are not going now to recall his conduct in the grave dispute of the railway tariffs. More than this, another thing matters to us: the lack of elevation, of seriousness, of respectability with which he has borne his rank of prime minister. On this point it is necessary that all Spaniards with responsible conscience manifest an energetic resolution. Let Power be handed over to Cesarists or to Bolsheviks; but let the chosen men have the personal air worthy of their office. If the presidents of the Council, with their slights and their ditties, with the servility of their will, with the absence of all coherent and perspicacious political thought, empty of authority, of unction, the highest magistracy, no one will pretend that any order, hierarchy or measure reigns in the rest of Spanish life. For a long time now, with brief parentheses, this has happened in our fatherland. The rulers do not even have the gesture of the craft. The consequence has been that in public life today there scarcely exists anything but subversion. That this ferments in the extreme lefts has nothing particular about it and is even healthy. That is what they are for. But today subversion throbs throughout the whole national area, in the extreme rights and in the Army, in the great boards of administration and behind the leaded windows of the capitular halls.

And the first thing to be done is, precisely, to restore social authority, whether it be white, red or blue; but let it be. Without it there will be nothing: there will be neither evolution nor revolution. There will only be revelry and growing atomization of the race.

It is painful to say it, but in that progressive disqualification of the presidency of the Council the policy of the Crown has collaborated not a little. It has almost always preferred to firm and clear men, servants of the nation, the docile and easy men, the placaters of the Palace. Little by little it has made a selection in reverse. Today the palatinality of a politician is in inverse ratio to his virtues.

Since the octave of Sagunto the policy of the Palace has consisted in stalling. The Restoration was nothing but the longest of all the stalls, the constituted and declared stall that refuses to tackle any problem, whether internal or external. Cánovas was, toward the inside of Spain, the tactician of accommodation; toward the outside, the creator of isolation, the diplomat of the desert. Until 1900 Spanish life is summed up in two stalls: that of Cánovas and that of Lagartijo. From 1900 to date Spanish life cannot be summed up: it is the continual scrambling, the crawling caprice, the lack of national trajectory, the exaltation of inferior beings and the perpetual humiliation of superior ones.

If in these running months we travel through Spain we find everywhere, in the economic, which was always our weak spot, an air of resurrection. The cities seem to burst with citizen fullness; the fields are better cared for than ever; the ruins, those eternal ruins of towns and villages, begin to rise again. Wherever new factory chimneys exhale their smoke with sympathetic petulance. None of this is due to politics. People have money, feel a craving for amusement and, in general, work more. The workers themselves, after an epidemic of idleness, which, as is well known, always appears after great wars, return to the task. It is, without doubt, the moment to give the great push to this venerable and unfortunate land, to this race mishandled by secular decadence. When, after some journey across the flourishing peninsular body, we think of the crisis of today or of one of these days, we feel grief, a great grief that enormously resembles a great anger.

One more stall will be attempted. It will be wanted to keep the present zero at the head of our people. If this is not possible, another palatinized zero will be sought. That nothing change, that nothing strong be attempted, that the mortal statu quo continue. Behind Señor Allendesalazar, Metternich as it were, one already sees coming the Marquis of Alhucemas, as it were Cavour.

It will be said to us: and if the Crown does not summon these men, whom is it going to summon? Are they not the ones who have the organized political force?

And to this we answer: most of those men have no force of their own. They only enjoy that which the Crown has given and reiterated to them. Creatures of palatinal predilection, they live at the expense of the Monarchy and are in fact, without wanting it, its greatest enemies. As the political personality of those men has been manufactured, so could that of others, better ones, be manufactured, with evident advantage for the nation and the Monarchy.

We would not pretend even for a moment that in twenty-four hours the decoration of the usages of Government should change. We would content ourselves that the solution, though adhering to the scanty possibilities offered by the reality of the parliamentary forces, should manifest in some clear points the loyal will to transform the public climate, to attack head-on or at least fully the great national questions: the labor question, the financial, the disciplinary. We need the certainty that social authority is going to be restored in our country. And this, which is not achieved with bayonets, must be attempted by bringing to the presidency some serious man, who incites us to respect and permits us hope.

Because, in short, taking account of the difficult juncture in which our politics lives today, we do not ask for immediate fruits of blessing. We content ourselves with the springtime greens of a hope.

Published unsigned, El Sol, April 28, 1920

Tre o quattro dozzine di cittadini —non crediamo che il numero sia molto maggiore— stanno facendo forza in questi giorni per impadronirsi della preda del Potere. Intanto, il resto della nazione attende alle sue fatiche e ai suoi piaceri. La prerogativa reale si libra enigmatica sull’avvenire e nessuno sospetta a quest’ora quali saranno i destini della Spagna tra poche ore o pochi giorni. Questo che il domani di una grande nazione sia cosa tanto imprevedibile e tanto di azzardo che dobbiamo dire come il cattivo pittore: «se esce con la barba, Sant’Antonio, e se no, l’Immacolata Concezione», dà non poco da pensare circa il progresso storico.

Ma, infine, non è questa l’occasione più propizia per meditare sulla rotta del cuore umano e deplorare i pochi avanzamenti del senso comune. Si tratta, ora, della crisi che forse oggi stesso resterà posta.

Il signor Allendesalazar, uomo senza mestiere, ma con beneficio, venne ad approvare i bilanci che si erano inveterati in Parlamenti inerti. Venne senza prestigio: venne precisamente perché mancava di prestigio, venne da uomo grigio che, imbacuccato nella sua mancanza di qualità, attraversa il paesaggio senza sollevare né l’invidia né l’ostilità. Tutti i gruppi parlamentari, dall’estrema destra fino al Far West del socialismo, accettarono palesemente o tacitamente la transitoria collaborazione. La più sommaria riflessione vi obbligava. Bisognava adempiere la formula costituzionale secondo la quale, senza l’approvazione delle Cortes, il Governo non può dare né prendere denari. Qualche genio provinciale, come il signor Cambó, opinava che si potesse fare a meno di tale formula appunto perché non è che una formula. Noi non conosciamo in tutta la vita pubblica nulla che non sia formula. Formula e legge sono una stessa cosa. Il resto è «mantenenza e congiungimento con femmina». Il signor Cambó stesso non è che una formula, e grazie a ciò può fare strani consorzi bimondiali. Altrimenti, preso nel suo proprio ed esclusivo peso, temiamo che, a dispetto della nostra ammirazione verso la sua persona, il signor Cambó starebbe litigando cause sulla rambla.

Conviene, dunque, adempiere la formula, adempiere la legge, e se no, farne un’altra. Ma non è possibile lasciare all’arbitrio di un Governo che dichiari formula trascurabile ciò che gli venga in mente.

Già la formula è adempiuta e l’uomo grigio di Vizcaya manca di ruolo. La sua opera di governante è stata tristissima. Non andremo ora a ricordare la sua condotta nel grave contenzioso delle tariffe ferroviarie. Più di questo ci importa un’altra cosa: la mancanza di elevatezza, di serietà, di rispettabilità con cui ha portato il suo rango di primo ministro. In questo punto è necessario che tutti gli spagnoli con coscienza responsabile manifestino una energica risoluzione. Si consegni il Potere a cesaristi o a bolscevichi; ma che gli uomini eletti abbiano l’aria personale degna del loro ufficio. Se i presidenti del Consiglio, coi loro sgarberi e le loro canzoni, col servilismo della loro volontà, con l’assenza di ogni pensiero politico coerente e perspicace svuotano di autorità, di unzione la magistratura più alta, nessuno pretenderà che regni ordine alcuno, gerarchia né misura nel resto della vita spagnola. Da molto tempo, con brevi parentesi, accade questo nella nostra patria. I governanti non hanno neppure il gesto del mestiere. La conseguenza è stata che nella vita pubblica oggi non esiste pressoché altro che sovversione. Che questa fermenti nelle estreme sinistre non ha nulla di particolare ed è perfino salutare. A questo ci sono. Ma oggi la sovversione pulsa in tutta l’area nazionale, nelle estreme destre e nell’Esercito, nei grandi Consigli di amministrazione e dietro i vetri piombati delle sale capitolari.

E la prima cosa che bisogna fare è, precisamente, restaurare l’autorità sociale, sia questa bianca, rossa o azzurra; ma che ci sia. Senza di essa non ci sarà nulla: non ci sarà evoluzione né rivoluzione. Ci sarà solo baldoria e crescente atomizzazione della razza.

È doloroso dirlo, ma in questa progressiva squalifica della presidenza del Consiglio ha collaborato non poco la politica della Corona. Essa ha preferito quasi sempre a uomini fermi e chiari, servitori della nazione, gli uomini docili e facili, accontentatori di Palazzo. Poco a poco ha fatto una selezione alla rovescia. Oggi la palatinità di un politico è in ragione inversa delle sue virtù.

Dall’ottava di Sagunto la politica di Palazzo è consistita nel temporeggiare. La Restaurazione non fu se non il più lungo di tutti i temporeggiamenti, il temporeggiamento costituito e dichiarato che si rifiuta di affrontare problema alcuno né interiore né esteriore. Cánovas fu verso l’interno della Spagna il tattico dell’accomodo, verso l’esterno il creatore dell’isolamento, il diplomatico del deserto. Fino al 1900 la vita spagnola si riassume in due temporeggiamenti: quello di Cánovas e quello di Lagartijo. Dal 1900 a oggi la vita spagnola non si può riassumere: è il continuo scampare, il capriccio strisciante, la mancanza di traiettoria nazionale, l’esaltazione degli esseri inferiori e la vessazione perpetua dei superiori.

Se in questi mesi che corrono viaggiamo per la Spagna troviamo da ogni parte, nell’economico, che fu sempre il nostro lato debole, un’aria di resurrezione. Sembrano scoppiare le urbes di piena cittadinanza; i campi sono meglio curati che mai; le rovine, quelle eterne rovine delle ville e dei borghi, cominciano a risorgere. Dovunque nuovi camini di fabbrica esalano il loro fumo con simpatica petulanza. Nulla di questo si deve alla politica. La gente ha denaro, sente brama di divertirsi e, in generale, lavora di più. Gli stessi operai, dopo un’epidemia di vagabondaggio, che, come è noto, appare sempre dietro le grandi guerre, tornano all’opera. È, senza dubbio, il momento di dare la grande spinta a questa terra venerabile e sfortunata, a questa razza malmenata da secolare decadenza. Quando, dopo qualche viaggio attraverso il fiorente corpo peninsulare, pensiamo alla crisi di oggi o di uno di questi giorni, ci fa pena, una gran pena che somiglia enormemente a una grande ira.

Si tenterà un altro temporeggiamento. Si vorrà far continuare alla fronte del nostro popolo lo zero attuale. Se questo non è possibile si cercherà un altro zero palatinizzato. Che nulla cambi, che nulla di forte si tenti, che prosegua il mortale statu quo. Dietro il signor Allendesalazar, Metternich per così dire, si vede già venire il marchese di Alhucemas, per così dire Cavour.

Ci si dirà: e se la Corona non chiama questi uomini chi andrà a chiamare? Non sono essi quelli che hanno la forza politica organizzata?

E a questo rispondiamo: la maggior parte di questi uomini non hanno da sé forza alcuna. Godono solo di quella che ha loro data e reiterata la Corona. Creature della predilezione palatina, vivono a spese della Monarchia e sono di fatto, senza volerlo, i suoi maggiori nemici. Come si è fabbricata la personalità politica di questi uomini si è potuto fabbricare quella di altri migliori, con evidente vantaggio per la nazione e la Monarchia.

Non pretenderemmo neppure per un momento che in ventiquattro ore cambiasse la decorazione negli usi di Governo. Ci accontenteremmo che la soluzione, benché attenuta alle scarse possibilità offerte dalla realtà delle forze parlamentari, manifestasse in alcuni chiari punti la leale volontà di trasformare l’ambiente pubblico, di attaccare di fronte o almeno di pieno le grandi questioni nazionali: l’operaia, la finanziaria, la disciplinaria. Abbiamo bisogno della sicurezza che si restituirà l’autorità sociale nel nostro paese. E questo, che non si ottiene con le baionette, si deve tentare portando alla presidenza qualche uomo serio, che ci inciti al rispetto e ci permetta la speranza.

Perché, in conclusione, facendoci carico della difficile congiuntura in cui oggi vive la nostra politica, non chiediamo immediati frutti di benedizione. Ci accontentiamo dei verdi primaverili di una speranza.

Pubblicato senza firma, El Sol, 28 aprile 1920