Abstract

Column against the minorities’ protest note, forgotten by everyone and without effect: since in Spain politics is the only visible public power, letting oneself be seen in ineffectual acts teaches the nation that the will is a useless weapon and deepens its indifference to liberty.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Una mala obra han realizado —con la mejor intención tal vez— las minorías que se reunieron para redactar una nota protestando de que el Gobierno prohibiese las reuniones donde se hablara de la guerra. ¿Quién se acuerda ya de aquella nota? Esto es lo grave, que ya nadie se acuerda. El Gobierno respondió con un inmenso desprecio. ¡Curiosa condición la de las cosas psicológicas! En un vaso pequeño sólo cabe un poco de vino; pero en hombres de reducidísimas proporciones espirituales cabe, a lo mejor, un desprecio colosal.

Ya nadie se acuerda de aquella nota: ni siquiera los que la escribieron. No produjo efecto alguno. Los vimos reunirse, consultarse; oímos unas palabras de acusación y amenaza; las palabras quedaron disueltas y sin rastro en el aire, los hombres volvieron a separarse cada cual por su lado, se fueron sin más. Y los que quisiéramos tener mejor memoria sólo hallamos en ella como el fantasma de unos hombres que sacuden los brazos y el espectro evanescente de unas voces.

Ésta es la mala obra. El alma pública vive de lo que ve, de lo que presencia. De ello toma su tono y su compás. En otros países la industria o el comercio comparten con la política su influjo regulador sobre la opinión pública. Una sociedad que presencia cómo dentro de ella se emprenden y triunfan grandes negocios, se inventan nuevas técnicas, se multiplican los capitales, se crean ciudades nuevas al calor de la riqueza, recibe en su intimidad como un reflejo de ese ímpetu y de esa eficacia. Sin advertirlo se deja penetrar de una emoción ante la vida que le presenta ésta como una área de realidades donde puede una voluntad intervenir eficazmente, donde el querer trae consigo el lograr. Poco importa que en esa sociedad la política sea inerte y paralítica.

Mas en España la acción económica es tan pobre, tan minúscula, que no trasciende a la conciencia colectiva. Lo propio acontece con la labor intelectual o artística. Los negocios, la ciencia y el arte interesan a este o el otro individuo, a este o el otro gremio, pero no existen para esa masa difusa que llamamos público, la nación. En España no hay, por desventura, más hechos nacionales, propiamente públicos, que los políticos. La política es el único poder social con que contamos.

No tiene duda que nuestro más urgente deber patriótico consiste en suscitar y fomentar otros poderes que, a lo menos, se repartan con aquél el escaparate de la atención pública. Pero, hoy por hoy, no existen, y vivimos atenidos a la sola política. Si ésta no nos ofrece otra cosa que un panorama de ineficacia y de farsa, si no presenciamos más que ficciones de actos que no surten efectos, ni oímos más que palabras dichas sin convicción, llegaremos a creer que la vida es un orbe alucinado, donde todo es espectro y fantasma, donde es la voluntad un arma inútil, donde nada hay que, en verdad, no deba ser indiferente.

Esto pasa en España. Sólo influye en nosotros la política, y ésta nos aparece compuesta, mitad por mitad, de farsas y de ademanes inválidos.

El que ahora han hecho esas minorías es doblemente pernicioso: ha aumentado la desconfianza de la nación hacia sus hombres públicos y la indiferencia hacia la norma social más delicada de todas: la libertad.

Han hecho una mala obra.