Abstract

Reply to the German and French press casting him now as leader of Spanish Germanophobia, now as a Germanophile sans nuance. He defends silence as the intellectual’s ideal stance in wartime, broken by the German professors’ manifesto, and protests against the quarrel of ‘Germanophiles’ and ‘Francophiles’ as noise about what one does not know.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Recibo una carta de Alemania, donde me dicen que algunos periódicos y entre ellos la Kölnische Volkszeitung, me presentan a sus lectores como jefe del movimiento germanófobo en España. Esto suena a mis oídos de la manera más sorprendente del mundo, pues, no habiendo sido yo jamás jefe de nada, resulta peregrino que coincida el serlo por vez primera con serlo de la germanofobia española.

Eso dicen los periódicos alemanes. En cambio, fue en tiempos del abril pasado cuando La Petite Gironde publicó un artículo, firmado nada menos que por un profesor de la Sorbona, donde era yo expuesto a las miradas de los franceses como un germanófilo sans nuance.

Uno de los fenómenos más curiosos y significativos de esta guerra actual ha sido éste de que personalidades modestísimas, no habituadas siquiera a la sospecha de que sobre sus gestos o palabras pudiese recaer nunca la atención internacional, se encuentran de súbito proyectadas sobre los grandes públicos europeos. Vivía uno en este pueblo nuestro, que es un rincón del planeta; dentro de este rincón ocupaba uno rango tan secundario, que nadie conocería nuestro nombre si no fuera porque la acritud y capacidad de agresión de algunos periodistas en sus periódicos y de algunos fracasados en sus perdurables tertulias son tan grandes que no hallan pasto suficiente en las figuras de primera línea y practican voraces incursiones hasta las filas menos brillantes de nuestra sociedad, con el fin de traer nuevas presas a su universal envidia, a su frívolo odio, a su pueril maledicencia. Usaba uno, pues, de ropas y ademanes propios a tan modesta condición, cuando impensadamente nos encontramos sobre las tablas de un escenario excesivo. ¿Qué hacer?

Un año largo dura la guerra, y creo poder contarme entre los escritores que durante ese tiempo menos han escrito sobre la guerra. La razón de ello es haberme parecido desde el principio que cuando las armas resuenan deben callar las plumas. Excluyo, naturalmente, aquéllas que por su oficio tienen obligación de comentar día tras día los sucesos de la vida pública. Las demás debieron callar: el silencio era la actitud ideal. Hicieron imposible la exacta realización de este ideal: primero, los profesores alemanes con aquel lamentable documento que en el día de la paz, que es el día de la razón, releerán muchos de ellos con vergüenza y dolor: aquellos párrafos duplicaron la guerra, superponiendo a la batalla de las armas la contienda general de las letras. Siguió, en efecto, la movilización de todas las musas europeas y americanas. Por vez primera ha faltado en Europa esa exigua minoría de hombres en quienes, a la hora de la pasión, la ceguera y el torbellino, parece localizarse la conciencia serena de los intereses continuos humanos frente a los intereses transitorios de un pueblo o un grupo de pueblos, hombres cuyo silencio, por decirlo así, activo ponía algún freno a los frenesíes que en él veían como anticipados sus remordimientos. Luego corrió por España la discordia, encendiéndola de punta a punta en esa triste pendencia sobre el vacío entre partidarios de los unos y partidarios de los otros.

Como acontece siempre con lo ideal, fue forzoso renunciar a aquella ideal actitud y contentarse con aproximaciones.

Atento a este propósito, he procurado escribir sobre la guerra estrictamente para uno de estos fines: primero: protestar de la disensión entre «germanófilos» y «francófilos», que me ha parecido y sigue pareciendo repugnante. Nada desmoraliza tanto los espíritus como darse a hablar de lo que no entienden. Pues desde hace un año varios millones de españoles dedican varias horas de cada día a vociferar en las tertulias, en las calles, en los periódicos, sobre asuntos de que nada saben. Sopesan las culturas, calibran las civilizaciones, compensando la falta de conocimiento con la sobra de laringe. Segundo: insistir en que se concentrase la atención pública sobre los hechos y situaciones de esta guerra, sin meterse frívolamente a componer esquemas históricos. Tercero: hacer constar que España venía desde 1898 moviéndose, sin formal oposición de nadie, en una trayectoria de aproximación política a Inglaterra y Francia. Había, pues, una política internacional concreta que sólo puede ser atacada proponiendo otra igualmente concreta. Esto es lo que no han hecho los llamados «germanófilos», cometiendo de tal modo un grave crimen contra la patria. Cuarto, pedir que se aprovechasen aquellos primeros meses de guerra en que los instintos nacionales parecieron vigorizarse dondequiera, intentando una reorganización de la vida española por encima de esa fatal discordia que ha llenado nuestra historia en el siglo pasado. No hubiera sido la menor ganancia de esa hora unánime algo que hoy vuelve, acaso, a ser imposible: la nacionalización del ejército que vive al margen de la vida española, en gran parte merced a los tópicos «radicales».

A esto se ha reducido mi literatura sobre la guerra. Cuando se compuso por algunos catedráticos, escritores y artistas un manifiesto de adhesión a ingleses y franceses, yo escribí en él mi firma. Es el último de los documentos de esta índole publicados en Europa: es, según convenía, el más modesto, el más sencillo. No hay en él juicio ni sentencia contra la historia y la cultura de ningún pueblo. Marca una actitud que se refiere estrictamente a los hechos y situaciones de esta guerra.

No obstante haberme limitado a esto, los periódicos de la derecha se complacen desde hace meses en censurar mi «germanofobia». Yo no tengo tiempo de leer esos periódicos, y conozco sus censuras sólo por referencias. Nunca me ha pasado por las mientes hacerme cargo de ellas. Pueden continuar hasta el fin de los tiempos. ¡Cómo lograrían de mí otra cosa que desdén esas censuras a mi «germanofobia» de los mismos periódicos y las mismas plumas que durante años han empleado su incorrección y su ingeniosidad de refectorio en censurar mi «germanofilia»!

Porque es el caso que durante ocho años he movido, en privado y en público, en España y en América, una campaña de entusiasmo por el espíritu germánico. Esa campaña no ha sido inútil retórica. Cuando llegue la paz y cualquier accidente político borre de las derechas españolas ese germanismo hipócrita y oral, muchas, muchas docenas de nuevos españoles laboriosos e inteligentes seguirán estudiando con devoción, con intimidad, con gratitud, con fervor entusiasta la vida germánica, el pensamiento germánico, la técnica germánica, el arte germánico. Quiérase o no, ha prendido en los senos espirituales de nuestra raza esta simiente de germanismo. Pase lo que pase, allí está para siempre hincada la fecunda semilla. Pues bien, en parte no exigua me corresponde de ello la responsabilidad y el honor.

Frente a este hecho tan nutrido de realidad poco habían de importarme las vanas palabras, las tergiversaciones grotescas de este o aquel periódico. ¿A qué, pues, hacer constar formalmente mis opiniones sobre la guerra? No he creído que pudieran interesar a nadie ni ser útiles para nada. Todos habríamos ganado si hubieran callado las suyas la mayor parte de los que se han apresurado a comunicarlas.

Pero ahora me encuentro, sin voluntad mía, requerido por las gentes a quienes más estimo, respeto y admiro: son los maestros de Alemania a quienes debo casi todos mis pensamientos; son los amigos de la hora pura, intensa y romántica en que apasionadamente se conquistan las primeras certidumbres… allá, caminando sobre la nieve, bajo los abetos obscuros y espectrales.

Me veo, pues, obligado a responder a este leal requerimiento. La respuesta tiene que ser larga y difícil: yo no siento admiración ninguna por los que logran ajustar en cuatro palabras su opinión sobre este tema infinito de la guerra. En una revista —La Lectura— procuraré desarrollar la mía. Pero en tanto quisiera de una manera escueta formular ciertos juicios. La brevedad con que van expresados facilitará su mala interpretación. No me importa; basta con que un día de entre los días pueda yo referirme a ellos.

España, 7 de octubre de 1915

II

Las épocas de revuelta política han sido siempre aprovechadas para venganzas personales. Así ha acontecido ahora. Si pudiésemos mirar al trasluz, como se ve en un microscopio, la secreta textura de esos dos grandes bandos en que la guerra ha escindido a España, probablemente sentiríamos una gran vergüenza. Pues las heroicas actitudes de estos o los otros partidarios se nos aparecerían muchas veces como germinadas en menudas pasiones inconfesables; en odios perversos, patológicos, en rencores privados. Sería sumamente curiosa una colección de detalladas anatomías que pusieran al descubierto los verdaderos motivos íntimos que han ido colocando a los individuos en uno u otro bando. Pero yo me abstengo de ello, porque a la postre sólo serviría para aumentar la enfermedad mayor que padece España desde hace muchos años: la discordia, la terrible secesión de los corazones, el odio omnímodo, el rencor.

Me limito, pues, a lo que me proponía.

Coincido con los que desean vivamente el triunfo de los aliados. Nada tendría que añadir si los que desean el triunfo de los aliados no se extendiesen a desear y pensar otras cosas que yo ni deseo ni pienso. Contra esta tendencia excesiva a fundir unas cuestiones con otras, he movido protesta desde el principio.

En abril tuve el honor de recibir la visita de monsieur Wilmotte, profesor belga adscrito hoy a la Sorbona. No vacilé un momento en manifestarle este deseo mío de que la victoria favoreciese a los franco-anglo-belgas. El señor Wilmotte, con urgencia injustificada, quiso llevarme a declarar «bárbaros» a los alemanes, y a reconocer la superioridad de la cultura francesa. Yo le rogué entonces que no decidiésemos ahora esos puntos; antes de la guerra había yo hablado mucho de unas y otras culturas, volvería a hacerlo después de la paz, pero ahora me parecía justamente el momento indicado para callar sobre esa materia. No obstante, el señor Wilmotte se obstinó en demostrarme sur le champ aquella superioridad. Comprendo y respeto la situación pasional de un hombre como monsieur Wilmotte cuya patria ha sido violentada. Pero no tuve más remedio que contestar a su insistente requerimiento, mostrándole mi opinión totalmente opuesta a la suya. Merced a esto el señor Wilmotte escribió un artículo en La Petite Gironde quejándose de mi germanismo y, lo que siento más, diciendo que le había hecho pasar un mal rato. Y todo ello porque al señor Wilmotte le parece Sainte-Beuve el mejor historiador literario que ha habido, y a mí, en cambio, me ocurre la desgracia de pensar que la historia literaria debe ser próximamente lo contrario de lo que hacía Sainte-Beuve.

Cito este caso como ejemplo de las caprichosas solidaridades que cada partido pretende establecer. A ellas se debe que algunas personas muestren suspicacia, en ocasiones pueril, hacia cuanto sea dejarse incluir en un partido de la opinión pública. Puede esta suspicacia convertirse resueltamente en un vicio, y así hay quien ha reducido toda su personalidad al talento negativo de no ser blanco, ni negro, ni azul.

No demos, pues, una importancia desmesurada a nuestra propia opinión; pero tampoco dejemos que sea anegada completamente por otras opiniones menos reflexivas y más ruidosas o simples.

En el caso presente yo hubiera llegado hasta tolerar de buen grado que la mía se anegase, si no me encontrara con que otros como la Kölnische Volkszeitung y los periódicos españoles llamados «católicos» han pretendido suplantarla.

Vayan, pues, formulados, con extrema concisión, los puntos de vista que más me interesa hacer constar:

1.º No creo que la guerra signifique, ni mucho menos, el fracaso de la civilización, ni de la ciencia, ni de la moral. No ha sido un fenómeno insospechado, súbitamente nacido al margen de la conciencia europea. Estaba en ésta preparado y exigido.

2.º Existen en la conciencia europea, desde siempre, enérgicos deseos de que las guerras concluyan; pero no existe entre los principios vivos de la mente europea ninguno que clara e inequívocamente condene en absoluto la guerra. Esto será lamentable, pero es así.

3.º La guerra actual no es una guerra entre dos culturas como lo fueron las nuestras de la reconquista, o la de las monarquías aliadas contra la Revolución. Luchan dos grupos de pueblos y luchan, naturalmente, cada cual con sus puños y con su cultura, pero no es una divergencia cultural el motivo ni el tema del conflicto.

4.º Nace esta guerra de idénticos intereses económicos que se presentan con el carácter defensivo en Inglaterra y Francia, y con el carácter ofensivo en Alemania. Aparte de esto es una guerra étnica entre germanos y eslavos.

5.º Significa el fracaso de los partidos socialistas e internacionalistas, un fracaso verdaderamente ejemplar. Pero en modo alguno significa el fracaso del socialismo e internacionalismo que, por el contrario, sólo al través de esta guerra podrán llegar al triunfo eficaz.

6.º Después del Renacimiento, la cultura consiste en la comunicación y colaboración espiritual de estos tres pueblos: Francia, Inglaterra y Alemania. No cabe, pues, hablando rigorosamente, aislar de las otras la cultura de uno de estos pueblos que sólo se diferencian en matices, cuya integración es la verdadera cultura. Sólo cabe hablar de la mayor o menor densidad en la producción cultural que en cada época manifiesten esos pueblos. En este sentido creo que nunca ha superado tanto uno de esos pueblos a los demás, como en los últimos cien años ha superado en ciencia Alemania a los otros dos pueblos. Hay evidentemente disciplinas en que esto no ocurre, pero no son sino excepciones que confirman la regla.

7.º No considero a Alemania como un país antidemocrático. Se da en ella una de las muchas interpretaciones posibles de la democracia, a la que faltan caracteres democráticos que se encuentran en otros países, como faltan en estos algunos que hay en Alemania. Si cupiera hablar de un más o menos de democracia comparando la vida de los tres grandes pueblos, nunca sería lícito simbolizar en Alemania el reaccionarismo.

8.º Dentro de la democracia representa Alemania la democracia estatista, e Inglaterra la individualista. Como a mí me parece el estatismo una perversión de la idea política, claro es que me parece la democracia alemana la peor de las democracias imaginables.

9.º Como en toda guerra, aun en aquéllas en que menos se pelea por triunfo de principios, es el resultado inmediato cierto predominio transitorio del tipo político bajo que vivía el vencedor, tengo que desear muy vivamente el triunfo de Inglaterra.

10.º No hay un principio, decía yo, que anatematice la guerra, pero sí un horror profundo y secular contra ella. En esta guerra había un pueblo que estaba presto a ella, Alemania y dos pueblos apenas preparados, Inglaterra y Francia. Es muy posible que esta falta de preparación provenga de debilidad moral y política en ambas naciones; pero, de todas suertes, revela que no deseaban guerrear. Tenemos que estar, pues, del lado de los que no deseaban guerrear.

11.º Dentro de la guerra, Alemania ha cometido dos crímenes jurídicos: el allanamiento del hogar belga y la destrucción de barcos pacíficos. Todos los demás pueblos han cometido alguna vez crímenes análogos, pero ahora le ha tocado a Alemania cometerlos y a nosotros protestar de ellos.

12.º El origen de la beligerancia alemana no es soberbia ni es ambición necia. Es una trágica necesidad de expansión. Su prepotencia es tardía para los efectos de ampliación colonial. En cambio, a esa tardanza debe su prepotencia. Alemania ha crecido sobre siglos de espléndida cultura. Los españoles fuimos en lanchas a tierras cuya existencia estaba científicamente refutada. La situación de Alemania es trágica. Pero esto no quiere decir que tenga derecho a la expansión, porque ello equivaldría a recomenzar la historia, declarando cada cien años al planeta terra nullius. Como en toda verdadera tragedia, no hay en ésta solución.

13.º Desde la derrota de Napoleón, España no puede tener —quiera o no quiera— otra política internacional que la regida por Inglaterra. La renuncia del noroeste africano por parte de Alemania, nos deja menos margen de actuación internacional que el que gozan los pueblos balcánicos: pueden éstos variar su política según cuatro puntos cardinales: Rusia, Austria-Alemania, Italia e Inglaterra. Nosotros sólo tenemos enfrente y a los lados a Inglaterra, mientras Francia no se enfronte con ella. Esto es sumamente triste, pero es así. Y siendo así, no hay más política que la lealtad.

14.º España, desventuradamente, no es un pueblo que goce de real independencia. La independencia es un atributo del fuerte, del fuerte en todos sentidos. No sé si seremos fuertes algún día; pero mientras no lo seamos, es más noble aceptar noblemente la fatal hegemonía de otro pueblo. Sin olvidar un instante el supremo deber de hacernos un día libres.

15.º «Del mal tomar el menos —dícelo el sabidor—». Entre las hegemonías, es hoy la inglesa la menos premiosa.

16.º No creo que ningún español consciente pueda odiar a ninguno de los tres grandes pueblos beligerantes. El colocarse de un lado o de otro ha de entenderse como una dolorosa fatalidad que transitoriamente nos obliga a ello.

17.º El síntoma más grave de la situación española es que no haya podido ni querido intervenir en esta guerra.


Decía Averroes que el que quisiera comprar un buen libro debía ir a Córdoba; pero el que quisiera comprar un buen laúd debía ir a Sevilla. Es lástima —añadía— que en Córdoba no haya, a la vez que buenos libros, buenos laúdes.

Una cosa así podría yo decir en resumen: toma el saber de Alemania y el mandar de Inglaterra. Esta manera de pensar es la misma que he usado siempre. Los que sí han variado son muchos de estos maestros y amigos de Alemania, a quienes yo he oído maldecir de la Weltpolitik y del partido militarista y de quienes hoy leo que consideran una y otro como los salvadores de su pueblo. Pero ésta es una cuestión delicada, sobre que no es piadoso insistir desde un país que goza la paz mientras en los otros la guerra dura. Los que envían sus hijos y hermanos a las trincheras tienen derecho a la pasión. Nosotros, no. Antes bien: nos trae la hora una exquisita obligación de piedad, de respeto y de amor.

Y, para terminar, dos sencillos hechos que me conviene reproducir ahora, ya que gentes ligeras, a quienes lo mismo da decir una cosa que otra, han querido aludir a una mutación súbita de mis opiniones.

Alguien hablaba con inocente malignidad hace meses en un diario de los que «tomaban ahora la cómoda postura de distinguir entre dos Alemanias: la espiritual y la política». La postura acaso sea cómoda, pero ciertamente que no es un invento de las personas por ese alguien aludidas. La más fina tradición de pensadores alemanes la ha sustentado hasta Nietzsche, hasta Cohen. Pero, aun suponiendo que no fuera así y aun admitiendo que sea un error, resulta falso de toda falsedad suponer que la opinión es de ahora. El año 1909, en el primer artículo que sobre Alemania he escrito, comentaba yo las leyes de expropiación forzosa contra los polacos dictadas bajo la cancillería de Bülow. Ese artículo, publicado en El Imparcial, se titulaba: «Las dos Alemanias».

En 1911 pedía don Pío Baroja desde el mismo periódico, que se discutiese en la Prensa la posibilidad de una alianza española con Alemania. Ninguno de estos germanófilos repentinos que a la sazón pululan, creyó oportuno emitir su opinión. Creo que fui el único en acudir a la demanda hecha por Baroja con un artículo enviado desde Alemania. En él pedía que no se confundiese la cuestión de una influencia intelectual de Alemania sobre España con la de una alianza política. Aquélla me parecía y me sigue pareciendo la única esperanza de restauración étnica de España, ésta me parecía una cosa sin sentido.

La guerra con su poder convulsionario transformará toda la mecánica internacional. Qué debe hacer entonces España, no lo sabe nadie, nadie que no sea un embaucador.

España, 14 de octubre de 1915