Ortega y Gasset

Abstract

Reply to the German and French press casting him now as leader of Spanish Germanophobia, now as a Germanophile sans nuance. He defends silence as the intellectual’s ideal stance in wartime, broken by the German professors’ manifesto, and protests against the quarrel of ‘Germanophiles’ and ‘Francophiles’ as noise about what one does not know.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Recibo una carta de Alemania, donde me dicen que algunos periódicos y entre ellos la Kölnische Volkszeitung, me presentan a sus lectores como jefe del movimiento germanófobo en España. Esto suena a mis oídos de la manera más sorprendente del mundo, pues, no habiendo sido yo jamás jefe de nada, resulta peregrino que coincida el serlo por vez primera con serlo de la germanofobia española.

Eso dicen los periódicos alemanes. En cambio, fue en tiempos del abril pasado cuando La Petite Gironde publicó un artículo, firmado nada menos que por un profesor de la Sorbona, donde era yo expuesto a las miradas de los franceses como un germanófilo sans nuance.

Uno de los fenómenos más curiosos y significativos de esta guerra actual ha sido éste de que personalidades modestísimas, no habituadas siquiera a la sospecha de que sobre sus gestos o palabras pudiese recaer nunca la atención internacional, se encuentran de súbito proyectadas sobre los grandes públicos europeos. Vivía uno en este pueblo nuestro, que es un rincón del planeta; dentro de este rincón ocupaba uno rango tan secundario, que nadie conocería nuestro nombre si no fuera porque la acritud y capacidad de agresión de algunos periodistas en sus periódicos y de algunos fracasados en sus perdurables tertulias son tan grandes que no hallan pasto suficiente en las figuras de primera línea y practican voraces incursiones hasta las filas menos brillantes de nuestra sociedad, con el fin de traer nuevas presas a su universal envidia, a su frívolo odio, a su pueril maledicencia. Usaba uno, pues, de ropas y ademanes propios a tan modesta condición, cuando impensadamente nos encontramos sobre las tablas de un escenario excesivo. ¿Qué hacer?

Un año largo dura la guerra, y creo poder contarme entre los escritores que durante ese tiempo menos han escrito sobre la guerra. La razón de ello es haberme parecido desde el principio que cuando las armas resuenan deben callar las plumas. Excluyo, naturalmente, aquéllas que por su oficio tienen obligación de comentar día tras día los sucesos de la vida pública. Las demás debieron callar: el silencio era la actitud ideal. Hicieron imposible la exacta realización de este ideal: primero, los profesores alemanes con aquel lamentable documento que en el día de la paz, que es el día de la razón, releerán muchos de ellos con vergüenza y dolor: aquellos párrafos duplicaron la guerra, superponiendo a la batalla de las armas la contienda general de las letras. Siguió, en efecto, la movilización de todas las musas europeas y americanas. Por vez primera ha faltado en Europa esa exigua minoría de hombres en quienes, a la hora de la pasión, la ceguera y el torbellino, parece localizarse la conciencia serena de los intereses continuos humanos frente a los intereses transitorios de un pueblo o un grupo de pueblos, hombres cuyo silencio, por decirlo así, activo ponía algún freno a los frenesíes que en él veían como anticipados sus remordimientos. Luego corrió por España la discordia, encendiéndola de punta a punta en esa triste pendencia sobre el vacío entre partidarios de los unos y partidarios de los otros.

Como acontece siempre con lo ideal, fue forzoso renunciar a aquella ideal actitud y contentarse con aproximaciones.

Atento a este propósito, he procurado escribir sobre la guerra estrictamente para uno de estos fines: primero: protestar de la disensión entre «germanófilos» y «francófilos», que me ha parecido y sigue pareciendo repugnante. Nada desmoraliza tanto los espíritus como darse a hablar de lo que no entienden. Pues desde hace un año varios millones de españoles dedican varias horas de cada día a vociferar en las tertulias, en las calles, en los periódicos, sobre asuntos de que nada saben. Sopesan las culturas, calibran las civilizaciones, compensando la falta de conocimiento con la sobra de laringe. Segundo: insistir en que se concentrase la atención pública sobre los hechos y situaciones de esta guerra, sin meterse frívolamente a componer esquemas históricos. Tercero: hacer constar que España venía desde 1898 moviéndose, sin formal oposición de nadie, en una trayectoria de aproximación política a Inglaterra y Francia. Había, pues, una política internacional concreta que sólo puede ser atacada proponiendo otra igualmente concreta. Esto es lo que no han hecho los llamados «germanófilos», cometiendo de tal modo un grave crimen contra la patria. Cuarto, pedir que se aprovechasen aquellos primeros meses de guerra en que los instintos nacionales parecieron vigorizarse dondequiera, intentando una reorganización de la vida española por encima de esa fatal discordia que ha llenado nuestra historia en el siglo pasado. No hubiera sido la menor ganancia de esa hora unánime algo que hoy vuelve, acaso, a ser imposible: la nacionalización del ejército que vive al margen de la vida española, en gran parte merced a los tópicos «radicales».

A esto se ha reducido mi literatura sobre la guerra. Cuando se compuso por algunos catedráticos, escritores y artistas un manifiesto de adhesión a ingleses y franceses, yo escribí en él mi firma. Es el último de los documentos de esta índole publicados en Europa: es, según convenía, el más modesto, el más sencillo. No hay en él juicio ni sentencia contra la historia y la cultura de ningún pueblo. Marca una actitud que se refiere estrictamente a los hechos y situaciones de esta guerra.

No obstante haberme limitado a esto, los periódicos de la derecha se complacen desde hace meses en censurar mi «germanofobia». Yo no tengo tiempo de leer esos periódicos, y conozco sus censuras sólo por referencias. Nunca me ha pasado por las mientes hacerme cargo de ellas. Pueden continuar hasta el fin de los tiempos. ¡Cómo lograrían de mí otra cosa que desdén esas censuras a mi «germanofobia» de los mismos periódicos y las mismas plumas que durante años han empleado su incorrección y su ingeniosidad de refectorio en censurar mi «germanofilia»!

Porque es el caso que durante ocho años he movido, en privado y en público, en España y en América, una campaña de entusiasmo por el espíritu germánico. Esa campaña no ha sido inútil retórica. Cuando llegue la paz y cualquier accidente político borre de las derechas españolas ese germanismo hipócrita y oral, muchas, muchas docenas de nuevos españoles laboriosos e inteligentes seguirán estudiando con devoción, con intimidad, con gratitud, con fervor entusiasta la vida germánica, el pensamiento germánico, la técnica germánica, el arte germánico. Quiérase o no, ha prendido en los senos espirituales de nuestra raza esta simiente de germanismo. Pase lo que pase, allí está para siempre hincada la fecunda semilla. Pues bien, en parte no exigua me corresponde de ello la responsabilidad y el honor.

Frente a este hecho tan nutrido de realidad poco habían de importarme las vanas palabras, las tergiversaciones grotescas de este o aquel periódico. ¿A qué, pues, hacer constar formalmente mis opiniones sobre la guerra? No he creído que pudieran interesar a nadie ni ser útiles para nada. Todos habríamos ganado si hubieran callado las suyas la mayor parte de los que se han apresurado a comunicarlas.

Pero ahora me encuentro, sin voluntad mía, requerido por las gentes a quienes más estimo, respeto y admiro: son los maestros de Alemania a quienes debo casi todos mis pensamientos; son los amigos de la hora pura, intensa y romántica en que apasionadamente se conquistan las primeras certidumbres… allá, caminando sobre la nieve, bajo los abetos obscuros y espectrales.

Me veo, pues, obligado a responder a este leal requerimiento. La respuesta tiene que ser larga y difícil: yo no siento admiración ninguna por los que logran ajustar en cuatro palabras su opinión sobre este tema infinito de la guerra. En una revista —La Lectura— procuraré desarrollar la mía. Pero en tanto quisiera de una manera escueta formular ciertos juicios. La brevedad con que van expresados facilitará su mala interpretación. No me importa; basta con que un día de entre los días pueda yo referirme a ellos.

España, 7 de octubre de 1915

II

Las épocas de revuelta política han sido siempre aprovechadas para venganzas personales. Así ha acontecido ahora. Si pudiésemos mirar al trasluz, como se ve en un microscopio, la secreta textura de esos dos grandes bandos en que la guerra ha escindido a España, probablemente sentiríamos una gran vergüenza. Pues las heroicas actitudes de estos o los otros partidarios se nos aparecerían muchas veces como germinadas en menudas pasiones inconfesables; en odios perversos, patológicos, en rencores privados. Sería sumamente curiosa una colección de detalladas anatomías que pusieran al descubierto los verdaderos motivos íntimos que han ido colocando a los individuos en uno u otro bando. Pero yo me abstengo de ello, porque a la postre sólo serviría para aumentar la enfermedad mayor que padece España desde hace muchos años: la discordia, la terrible secesión de los corazones, el odio omnímodo, el rencor.

Me limito, pues, a lo que me proponía.

I

I receive a letter from Germany, where they tell me that some newspapers and among them the Kölnische Volkszeitung present me to their readers as the head of the Germanophobe movement in Spain. This sounds to my ears in the most surprising way in the world, since, never having been the head of anything, it seems strange that becoming it for the first time should coincide with becoming the head of Spanish Germanophobia.

That is what the German newspapers say. On the other hand, it was in the days of last April that La Petite Gironde published an article, signed by none less than a professor of the Sorbonne, where I was exposed to the gaze of the French as a germanophile sans nuance.

One of the most curious and significant phenomena of this present war has been this: that very modest personalities, not even accustomed to the suspicion that international attention could ever fall upon their gestures or words, find themselves suddenly projected upon the great European publics. One lived in this our town, which is a corner of the planet; within this corner one occupied so secondary a rank that no one would know our name were it not because the acrimony and capacity for aggression of some journalists in their newspapers and of some failures in their perpetual tertulias are so great that they do not find sufficient pasture in the front-line figures and practice voracious incursions up to the least brilliant ranks of our society, in order to bring new prey to their universal envy, their frivolous hatred, their puerile slander. One used, then, clothes and manners proper to so modest a condition, when unthinkingly we find ourselves upon the boards of an excessive stage. What to do?

The war has lasted a long year, and I believe I can count myself among the writers who during that time have written least about the war. The reason for it is having seemed to me from the beginning that when arms resound the pens must fall silent. I exclude, naturally, those which by their trade have the obligation to comment day after day on the events of public life. The others ought to have kept silent: silence was the ideal attitude. They made impossible the exact realization of this ideal: first, the German professors with that lamentable document which on the day of peace, which is the day of reason, many of them will reread with shame and pain: those paragraphs doubled the war, superimposing on the battle of arms the general contention of letters. There followed, indeed, the mobilization of all the European and American muses. For the first time there has been lacking in Europe that scanty minority of men in whom, at the hour of passion, of blindness and the whirlwind, there seems to be located the serene consciousness of continuous human interests in the face of the transitory interests of a people or a group of peoples, men whose silence, so to speak, active, put some brake on the frenzies in which they saw as it were anticipated their remorses. Then discord ran through Spain, kindling it from end to end in that sad quarrel over the void between partisans of the one side and partisans of the other.

As always happens with the ideal, it was necessary to renounce that ideal attitude and content oneself with approximations.

Attentive to this purpose, I have sought to write about the war strictly for one of these ends: first: to protest against the dissension between “Germanophiles” and “Francophiles”, which has seemed to me and continues to seem repugnant. Nothing demoralizes the spirits so much as taking to speaking of what one does not understand. For since a year several million Spaniards devote several hours of every day to vociferating in the tertulias, in the streets, in the newspapers, about matters of which they know nothing. They weigh cultures, calibrate civilizations, compensating the lack of knowledge with the surplus of larynx. Second: to insist that public attention should be concentrated on the facts and situations of this war, without frivolously taking to composing historical schemes. Third: to make it known that Spain had been moving since 1898, without the formal opposition of anyone, on a trajectory of political approximation toward England and France. There was, then, a concrete international policy which can only be attacked by proposing another equally concrete. This is what the so-called “Germanophiles” have not done, committing in such a way a grave crime against the fatherland. Fourth, to ask that those first months of war be used, in which the national instincts seemed to grow strong everywhere, attempting a reorganization of Spanish life above that fatal discord which has filled our history in the last century. It would not have been the least gain of that unanimous hour something that today returns, perhaps, to being impossible: the nationalization of the army that lives on the margin of Spanish life, in large part thanks to the “radical” commonplaces.

To this my literature about the war has been reduced. When a manifesto of adherence to the English and the French was composed by some university professors, writers and artists, I wrote my signature in it. It is the last of the documents of this kind published in Europe: it is, as was fitting, the most modest, the most simple. There is in it no judgment nor sentence against the history and culture of any people. It marks an attitude that refers strictly to the facts and situations of this war.

Despite having limited myself to this, the newspapers of the right have been pleased for months to censure my “Germanophobia”. I have no time to read those newspapers, and I know their censures only by reference. It has never crossed my mind to take charge of them. They may continue to the end of time. How could they obtain from me anything but disdain, those censures of my “Germanophobia” from the same newspapers and the same pens that for years have employed their incorrectness and their refectory cleverness in censuring my “Germanophilia”!

For it is the case that for eight years I have conducted, in private and in public, in Spain and in America, a campaign of enthusiasm for the Germanic spirit. That campaign has not been useless rhetoric. When peace comes and any political accident erases from the Spanish right that hypocritical and oral Germanism, many, many dozens of new industrious and intelligent Spaniards will continue studying with devotion, with intimacy, with gratitude, with enthusiastic fervor the Germanic life, the Germanic thought, the Germanic technique, the Germanic art. Willingly or not, this seed of Germanism has caught on in the spiritual bosoms of our race. Come what may, there it stands forever planted, the fruitful seed. Well then, in no small part the responsibility and the honor of it belong to me.

In the face of this fact so nourished with reality, the vain words, the grotesque distortions of this or that newspaper would have had to matter little to me. Why, then, formally set down my opinions about the war? I have not believed they could interest anyone or be useful for anything. We would all have gained if most of those who have hastened to communicate their opinions had kept theirs silent.

But now I find myself, without my own will, required by the people whom I most esteem, respect and admire: they are the masters of Germany to whom I owe almost all my thoughts; they are the friends of the pure, intense and romantic hour in which the first certainties are passionately conquered… there, walking on the snow, under the dark and spectral fir trees.

I see myself, then, obliged to answer this loyal requirement. The answer has to be long and difficult: I feel no admiration whatsoever for those who manage to fit in four words their opinion on this infinite theme of the war. In a review —La Lectura— I shall try to develop mine. But meanwhile I would like, in a bare manner, to formulate certain judgments. The brevity with which they are expressed will facilitate their misinterpretation. It does not matter to me; it is enough that one day among days I may refer to them.

Spain, October 7, 1915

II

The epochs of political revolt have always been used for personal vengeances. So it has happened now. If we could look through, as one sees in a microscope, the secret texture of those two great camps into which the war has split Spain, we would probably feel a great shame. For the heroic attitudes of these or those partisans would appear to us many times as germinated in petty unconfessable passions; in perverse, pathological hatreds, in private resentments. A collection of detailed anatomies that laid bare the true intimate motives that have been placing individuals in one or the other camp would be most curious. But I abstain from it, because in the end it would only serve to increase the greater malady that Spain has suffered for many years: discord, the terrible secession of hearts, the omnifarious hatred, rancor.

I limit myself, then, to what I proposed.

I

Ricevo una lettera dalla Germania, dove mi dicono che alcuni giornali e tra essi la Kölnische Volkszeitung, mi presentano ai loro lettori come capo del movimento germanofobo in Spagna. Questo suona alle mie orecchie nella maniera più sorprendente del mondo, poiché, non essendo io mai stato capo di nulla, riesce peregrino che il diventarlo per la prima volta coincida col diventarlo della germanofobia spagnola.

Questo dicono i giornali tedeschi. Invece, fu ai tempi dell’aprile scorso che La Petite Gironde pubblicò un articolo, firmato nientemeno che da un professore della Sorbona, dove io ero esposto agli sguardi dei francesi come un germanofilo sans nuance.

Uno dei fenomeni più curiosi e significativi di questa guerra attuale è stato questo: che personalità modestissime, non abituate nemmeno al sospetto che sui loro gesti o parole potesse ricadere mai l’attenzione internazionale, si trovano d’improvviso proiettate sui grandi pubblici europei. Viveva uno in questo nostro paese, che è un angolo del pianeta; dentro questo angolo occupava uno rango tanto secondario, che nessuno conoscerebbe il nostro nome se non fosse perché l’asprezza e capacità di aggressione di alcuni giornalisti nei loro giornali e di alcuni falliti nelle loro eterne tertulias sono tanto grandi che non trovano pascolo sufficiente nelle figure di prima linea e praticano voraci incursioni fino alle file meno brillanti della nostra società, col fine di portare nuove prede alla loro universale invidia, al loro frivolo odio, alla loro puerile maldicenza. Usava uno, dunque, di vesti e gesti propri di così modesta condizione, quando impensatamente ci troviamo sulle tavole di un palcoscenico eccessivo. Che fare?

Un anno lungo dura la guerra, e credo di potermi contare tra gli scrittori che durante questo tempo meno hanno scritto sulla guerra. La ragione di ciò è essermi parso dall’inizio che quando le armi risuonano devono tacere le penne. Escludo, naturalmente, quelle che per loro mestiere hanno l’obbligo di commentare giorno dopo giorno i fatti della vita pubblica. Le altre dovettero tacere: il silenzio era l’atteggiamento ideale. Resero impossibile l’esatta realizzazione di questo ideale: prima, i professori tedeschi con quel lamentevole documento che nel giorno della pace, che è il giorno della ragione, rileggeranno molti di loro con vergogna e dolore: quei paragrafi raddoppiarono la guerra, sovrapponendo alla battaglia delle armi la contesa generale delle lettere. Seguì, in effetti, la mobilitazione di tutte le muse europee e americane. Per la prima volta è mancato in Europa quell’esigua minoranza di uomini in cui, all’ora della passione, della cecità e del turbine, sembra localizzarsi la coscienza serena degli interessi continui umani di fronte agli interessi transitori di un popolo o di un gruppo di popoli, uomini il cui silenzio, per così dire, attivo metteva qualche freno ai frenesì in cui essi vedevano come anticipati i loro rimorsi. Poi corse per la Spagna la discordia, accendendola da punta a punta in quella triste lite sul vuoto tra partigiani degli uni e partigiani degli altri.

Come accade sempre con l’ideale, fu forza rinunciare a quell’ideale atteggiamento e contentarsi di approssimazioni.

Attento a questo proposito, ho procurato di scrivere sulla guerra strettamente per uno di questi fini: primo: protestare della dissensione tra «germanofili» e «francofili», che mi è parso e continua a parermi ripugnante. Nulla demoralizza tanto gli spiriti come mettersi a parlare di ciò che non intendono. Poiché da un anno vari milioni di spagnoli dedicano varie ore di ogni giorno a vociferare nelle tertulias, nelle strade, nei giornali, su questioni di cui nulla sanno. Soppesano le culture, calibrano le civiltà, compensando la mancanza di conoscenza con la sovrabbondanza di laringe. Secondo: insistere perché si concentrasse l’attenzione pubblica sui fatti e situazioni di questa guerra, senza mettersi frivolmente a comporre schemi storici. Terzo: far constare che la Spagna veniva dal 1898 muovendosi, senza formale opposizione di nessuno, in una traiettoria di approssimazione politica all’Inghilterra e alla Francia. C’era, dunque, una politica internazionale concreta che solo può essere attaccata proponendone un’altra ugualmente concreta. Questo è ciò che non hanno fatto i cosiddetti «germanofili», commettendo in tal modo un grave crimine contro la patria. Quarto, chiedere che si approfittassero quei primi mesi di guerra in cui gli istinti nazionali parvero vigorizzarsi dovunque, tentando una riorganizzazione della vita spagnola al di sopra di quella fatale discordia che ha riempito la nostra storia nel secolo passato. Non sarebbe stata la minore guadagno di quell’ora unanime qualcosa che oggi ritorna, forse, a essere impossibile: la nazionalizzazione dell’esercito che vive al margine della vita spagnola, in gran parte mercé i luoghi comuni «radicali».

A questo si è ridotta la mia letteratura sulla guerra. Quando fu composto da alcuni cattedratici, scrittori e artisti un manifesto di adesione a inglesi e francesi, io vi scrissi la mia firma. È l’ultimo dei documenti di questa indole pubblicati in Europa: è, come conveniva, il più modesto, il più semplice. Non c’è in esso giudizio né sentenza contro la storia e la cultura di nessun popolo. Segna un atteggiamento che si riferisce strettamente ai fatti e situazioni di questa guerra.

Nonostante mi sia limitato a questo, i giornali della destra si compiacciono da mesi di censurare la mia «germanofobia». Io non ho tempo di leggere quei giornali, e conosco le loro censure solo per riferimenti. Non mi è mai passato per la mente di farmene carico. Possono continuare fino alla fine dei tempi. Come potrebbero ottenere da me altro che disdegno quelle censure alla mia «germanofobia» degli stessi giornali e delle stesse penne che per anni hanno impiegato la loro scorrettezza e la loro ingegnosità da refettorio a censurare la mia «germanofilia»!

Perché è il caso che per otto anni ho mosso, in privato e in pubblico, in Spagna e in America, una campagna di entusiasmo per lo spirito germanico. Quella campagna non è stata inutile retorica. Quando arriverà la pace e qualsiasi accidente politico cancelli dalle destre spagnole quel germanismo ipocrita e orale, molte, molte dozzine di nuovi spagnoli laboriosi e intelligenti continueranno a studiare con devozione, con intimità, con gratitudine, con fervore entusiasta la vita germanica, il pensiero germanico, la tecnica germanica, l’arte germanica. Vogliasi o no, ha attecchito nei seni spirituali della nostra razza questa semenza di germanismo. Qualunque cosa accada, là è per sempre piantato il fecondo seme. Ebbene, in parte non esigua mi spetta di ciò la responsabilità e l’onore.

Di fronte a questo fatto tanto nutrito di realtà poco mi sarebbero dovute importare le vane parole, le tergiversazioni grottesche di questo o quel giornale. A che, dunque, far constare formalmente le mie opinioni sulla guerra? Non ho creduto che potessero interessare a nessuno né essere utili a nulla. Tutti avremmo guadagnato se avessero taciuto le loro la maggior parte di quelli che si sono affrettati a comunicarle.

Ma ora mi trovo, senza volontà mia, richiesto dalle genti che più stimo, rispetto e ammiro: sono i maestri della Germania a cui devo quasi tutti i miei pensieri; sono gli amici dell’ora pura, intensa e romantica in cui appassionatamente si conquistano le prime certezze… là, camminando sulla neve, sotto gli abeti oscuri e spettrali.

Mi vedo, dunque, obbligato a rispondere a questo leale richiedimento. La risposta deve essere lunga e difficile: io non sento ammirazione alcuna per quelli che riescono a racchiudere in quattro parole la loro opinione su questo tema infinito della guerra. In una rivista —La Lectura— procurerò di sviluppare la mia. Ma intanto vorrei in maniera scarna formulare certi giudizi. La brevità con cui sono espressi faciliterà la loro cattiva interpretazione. Non m’importa; basta che un giorno tra i giorni io possa riferirmi a essi.

Spagna, 7 ottobre 1915

II

Le epoche di rivolta politica sono state sempre approfittate per vendette personali. Così è accaduto ora. Se potessimo guardare in trasparenza, come si vede in un microscopio, la segreta tessitura di quei due grandi schieramenti in cui la guerra ha scisso la Spagna, probabilmente sentiremmo una grande vergogna. Poiché le eroiche attitudini di questi o quelli partigiani ci apparirebbero molte volte come germinate in minute passioni inconfessabili; in odi perversi, patologici, in rancori privati. Sarebbe sommamente curiosa una collezione di dettagliate anatomie che mettessero allo scoperto i veri motivi intimi che hanno via via collocato gli individui nell’uno o nell’altro schieramento. Ma io me ne astengo, perché alla fin fine servirebbe solo ad aumentare la malattia maggiore che la Spagna patisce da molti anni: la discordia, la terribile secessione dei cuori, l’odio onnivoro, il rancore.

Mi limito, dunque, a ciò che mi proponevo.

Coincido con los que desean vivamente el triunfo de los aliados. Nada tendría que añadir si los que desean el triunfo de los aliados no se extendiesen a desear y pensar otras cosas que yo ni deseo ni pienso. Contra esta tendencia excesiva a fundir unas cuestiones con otras, he movido protesta desde el principio.

En abril tuve el honor de recibir la visita de monsieur Wilmotte, profesor belga adscrito hoy a la Sorbona. No vacilé un momento en manifestarle este deseo mío de que la victoria favoreciese a los franco-anglo-belgas. El señor Wilmotte, con urgencia injustificada, quiso llevarme a declarar «bárbaros» a los alemanes, y a reconocer la superioridad de la cultura francesa. Yo le rogué entonces que no decidiésemos ahora esos puntos; antes de la guerra había yo hablado mucho de unas y otras culturas, volvería a hacerlo después de la paz, pero ahora me parecía justamente el momento indicado para callar sobre esa materia. No obstante, el señor Wilmotte se obstinó en demostrarme sur le champ aquella superioridad. Comprendo y respeto la situación pasional de un hombre como monsieur Wilmotte cuya patria ha sido violentada. Pero no tuve más remedio que contestar a su insistente requerimiento, mostrándole mi opinión totalmente opuesta a la suya. Merced a esto el señor Wilmotte escribió un artículo en La Petite Gironde quejándose de mi germanismo y, lo que siento más, diciendo que le había hecho pasar un mal rato. Y todo ello porque al señor Wilmotte le parece Sainte-Beuve el mejor historiador literario que ha habido, y a mí, en cambio, me ocurre la desgracia de pensar que la historia literaria debe ser próximamente lo contrario de lo que hacía Sainte-Beuve.

Cito este caso como ejemplo de las caprichosas solidaridades que cada partido pretende establecer. A ellas se debe que algunas personas muestren suspicacia, en ocasiones pueril, hacia cuanto sea dejarse incluir en un partido de la opinión pública. Puede esta suspicacia convertirse resueltamente en un vicio, y así hay quien ha reducido toda su personalidad al talento negativo de no ser blanco, ni negro, ni azul.

No demos, pues, una importancia desmesurada a nuestra propia opinión; pero tampoco dejemos que sea anegada completamente por otras opiniones menos reflexivas y más ruidosas o simples.

En el caso presente yo hubiera llegado hasta tolerar de buen grado que la mía se anegase, si no me encontrara con que otros como la Kölnische Volkszeitung y los periódicos españoles llamados «católicos» han pretendido suplantarla.

Vayan, pues, formulados, con extrema concisión, los puntos de vista que más me interesa hacer constar:

1.º No creo que la guerra signifique, ni mucho menos, el fracaso de la civilización, ni de la ciencia, ni de la moral. No ha sido un fenómeno insospechado, súbitamente nacido al margen de la conciencia europea. Estaba en ésta preparado y exigido.

2.º Existen en la conciencia europea, desde siempre, enérgicos deseos de que las guerras concluyan; pero no existe entre los principios vivos de la mente europea ninguno que clara e inequívocamente condene en absoluto la guerra. Esto será lamentable, pero es así.

3.º La guerra actual no es una guerra entre dos culturas como lo fueron las nuestras de la reconquista, o la de las monarquías aliadas contra la Revolución. Luchan dos grupos de pueblos y luchan, naturalmente, cada cual con sus puños y con su cultura, pero no es una divergencia cultural el motivo ni el tema del conflicto.

4.º Nace esta guerra de idénticos intereses económicos que se presentan con el carácter defensivo en Inglaterra y Francia, y con el carácter ofensivo en Alemania. Aparte de esto es una guerra étnica entre germanos y eslavos.

5.º Significa el fracaso de los partidos socialistas e internacionalistas, un fracaso verdaderamente ejemplar. Pero en modo alguno significa el fracaso del socialismo e internacionalismo que, por el contrario, sólo al través de esta guerra podrán llegar al triunfo eficaz.

6.º Después del Renacimiento, la cultura consiste en la comunicación y colaboración espiritual de estos tres pueblos: Francia, Inglaterra y Alemania. No cabe, pues, hablando rigorosamente, aislar de las otras la cultura de uno de estos pueblos que sólo se diferencian en matices, cuya integración es la verdadera cultura. Sólo cabe hablar de la mayor o menor densidad en la producción cultural que en cada época manifiesten esos pueblos. En este sentido creo que nunca ha superado tanto uno de esos pueblos a los demás, como en los últimos cien años ha superado en ciencia Alemania a los otros dos pueblos. Hay evidentemente disciplinas en que esto no ocurre, pero no son sino excepciones que confirman la regla.

7.º No considero a Alemania como un país antidemocrático. Se da en ella una de las muchas interpretaciones posibles de la democracia, a la que faltan caracteres democráticos que se encuentran en otros países, como faltan en estos algunos que hay en Alemania. Si cupiera hablar de un más o menos de democracia comparando la vida de los tres grandes pueblos, nunca sería lícito simbolizar en Alemania el reaccionarismo.

8.º Dentro de la democracia representa Alemania la democracia estatista, e Inglaterra la individualista. Como a mí me parece el estatismo una perversión de la idea política, claro es que me parece la democracia alemana la peor de las democracias imaginables.

9.º Como en toda guerra, aun en aquéllas en que menos se pelea por triunfo de principios, es el resultado inmediato cierto predominio transitorio del tipo político bajo que vivía el vencedor, tengo que desear muy vivamente el triunfo de Inglaterra.

10.º No hay un principio, decía yo, que anatematice la guerra, pero sí un horror profundo y secular contra ella. En esta guerra había un pueblo que estaba presto a ella, Alemania y dos pueblos apenas preparados, Inglaterra y Francia. Es muy posible que esta falta de preparación provenga de debilidad moral y política en ambas naciones; pero, de todas suertes, revela que no deseaban guerrear. Tenemos que estar, pues, del lado de los que no deseaban guerrear.

11.º Dentro de la guerra, Alemania ha cometido dos crímenes jurídicos: el allanamiento del hogar belga y la destrucción de barcos pacíficos. Todos los demás pueblos han cometido alguna vez crímenes análogos, pero ahora le ha tocado a Alemania cometerlos y a nosotros protestar de ellos.

12.º El origen de la beligerancia alemana no es soberbia ni es ambición necia. Es una trágica necesidad de expansión. Su prepotencia es tardía para los efectos de ampliación colonial. En cambio, a esa tardanza debe su prepotencia. Alemania ha crecido sobre siglos de espléndida cultura. Los españoles fuimos en lanchas a tierras cuya existencia estaba científicamente refutada. La situación de Alemania es trágica. Pero esto no quiere decir que tenga derecho a la expansión, porque ello equivaldría a recomenzar la historia, declarando cada cien años al planeta terra nullius. Como en toda verdadera tragedia, no hay en ésta solución.

13.º Desde la derrota de Napoleón, España no puede tener —quiera o no quiera— otra política internacional que la regida por Inglaterra. La renuncia del noroeste africano por parte de Alemania, nos deja menos margen de actuación internacional que el que gozan los pueblos balcánicos: pueden éstos variar su política según cuatro puntos cardinales: Rusia, Austria-Alemania, Italia e Inglaterra. Nosotros sólo tenemos enfrente y a los lados a Inglaterra, mientras Francia no se enfronte con ella. Esto es sumamente triste, pero es así. Y siendo así, no hay más política que la lealtad.

14.º España, desventuradamente, no es un pueblo que goce de real independencia. La independencia es un atributo del fuerte, del fuerte en todos sentidos. No sé si seremos fuertes algún día; pero mientras no lo seamos, es más noble aceptar noblemente la fatal hegemonía de otro pueblo. Sin olvidar un instante el supremo deber de hacernos un día libres.

15.º «Del mal tomar el menos —dícelo el sabidor—». Entre las hegemonías, es hoy la inglesa la menos premiosa.

16.º No creo que ningún español consciente pueda odiar a ninguno de los tres grandes pueblos beligerantes. El colocarse de un lado o de otro ha de entenderse como una dolorosa fatalidad que transitoriamente nos obliga a ello.

17.º El síntoma más grave de la situación española es que no haya podido ni querido intervenir en esta guerra.


Decía Averroes que el que quisiera comprar un buen libro debía ir a Córdoba; pero el que quisiera comprar un buen laúd debía ir a Sevilla. Es lástima —añadía— que en Córdoba no haya, a la vez que buenos libros, buenos laúdes.

I concur with those who earnestly desire the triumph of the Allies. I would have nothing to add if those who desire the triumph of the Allies did not extend to desiring and thinking other things which I neither desire nor think. Against this excessive tendency to fuse some questions with others, I have moved protest from the beginning.

In April I had the honor of receiving the visit of Monsieur Wilmotte, a Belgian professor attached today to the Sorbonne. I did not hesitate a moment to manifest to him this desire of mine that the victory should favor the Franco-Anglo-Belgians. Señor Wilmotte, with unjustified urgency, wanted to bring me to declare the Germans “barbarians”, and to recognize the superiority of French culture. I begged him then that we should not decide those points now; before the war I had spoken much of one and the other cultures, I would do so again after the peace, but now it seemed to me precisely the indicated moment to be silent on that matter. Nevertheless, Señor Wilmotte insisted on demonstrating to me sur le champ that superiority. I understand and respect the passionate situation of a man like Monsieur Wilmotte whose fatherland has been violated. But I had no remedy but to answer his insistent requirement, showing him my opinion totally opposite to his. Thanks to this Señor Wilmotte wrote an article in La Petite Gironde complaining of my Germanism and, what I feel most, saying that I had made him have a bad time. And all this because to Señor Wilmotte it seems that Sainte-Beuve is the best literary historian there has been, and to me, on the other hand, happens the misfortune of thinking that literary history must be approximately the contrary of what Sainte-Beuve did.

I cite this case as an example of the capricious solidarities that each party claims to establish. To them it is due that some persons show suspicion, at times puerile, toward everything that is letting oneself be included in a party of public opinion. This suspicion can resolutely become a vice, and so there is one who has reduced all his personality to the negative talent of being neither white, nor black, nor blue.

Let us not give, then, an exaggerated importance to our own opinion; but neither let us allow it to be completely drowned by other opinions less reflective and more noisy or simple.

In the present case I would have gone so far as to tolerate with good grace that mine should be drowned, if I did not find that others like the Kölnische Volkszeitung and the Spanish newspapers called “Catholic” have claimed to supplant it.

Let there go, then, formulated, with extreme concision, the points of view that most interest me to make known:

1st. I do not believe that the war means, by a long way, the failure of civilization, nor of science, nor of morality. It has not been an unsuspected phenomenon, suddenly born on the margin of European consciousness. It was in it prepared and demanded.

2nd. There exist in European consciousness, from always, energetic desires that wars conclude; but there does not exist among the living principles of the European mind any that clearly and unequivocally condemns war absolutely. This will be lamentable, but it is so.

3rd. The present war is not a war between two cultures as ours of the reconquest were, or that of the allied monarchies against the Revolution. Two groups of peoples fight and they fight, naturally, each with its fists and with its culture, but it is not a cultural divergence the motive nor the theme of the conflict.

4th. This war is born of identical economic interests which present themselves with a defensive character in England and France, and with an offensive character in Germany. Apart from this it is an ethnic war between Germans and Slavs.

5th. It means the failure of the socialist and internationalist parties, a truly exemplary failure. But in no way does it mean the failure of socialism and internationalism which, on the contrary, only through this war will be able to arrive at effective triumph.

6th. After the Renaissance, culture consists in the spiritual communication and collaboration of these three peoples: France, England and Germany. It is not possible, then, strictly speaking, to isolate from the others the culture of one of these peoples which differ only in nuances, whose integration is the true culture. One can only speak of the greater or lesser density in the cultural production that these peoples manifest in each epoch. In this sense I believe that never has one of these peoples so surpassed the others, as in the last hundred years Germany has surpassed in science the other two peoples. There are evidently disciplines in which this does not occur, but they are nothing but exceptions that confirm the rule.

7th. I do not consider Germany as an anti-democratic country. There is given in it one of the many possible interpretations of democracy, to which democratic characters are lacking that are found in other countries, just as some that exist in Germany are lacking in these. If one could speak of a more or less of democracy comparing the life of the three great peoples, it would never be lawful to symbolize in Germany reactionarism.

8th. Within democracy Germany represents the statist democracy, and England the individualist one. As it seems to me statism a perversion of the political idea, it is clear that the German democracy seems to me the worst of the imaginable democracies.

9th. As in every war, even in those in which least is fought for triumph of principles, the immediate result is a certain transitory predominance of the low political type that the victor lived under, I must very earnestly desire the triumph of England.

10th. There is no principle, I said, that anathematizes war, but there is a deep and secular horror against it. In this war there was a people that was ready for it, Germany, and two peoples barely prepared, England and France. It is very possible that this lack of preparation proceeds from moral and political weakness in both nations; but, in any case, it reveals that they did not wish to wage war. We must be, then, on the side of those who did not wish to wage war.

11th. Within the war, Germany has committed two juridical crimes: the breaking into the Belgian home and the destruction of peaceful ships. All the other peoples have at some time committed analogous crimes, but now it has fallen to Germany to commit them and to us to protest them.

12th. The origin of German belligerence is neither pride nor foolish ambition. It is a tragic necessity of expansion. Its preponderance is belated for the effects of colonial enlargement. On the other hand, to that belatedness it owes its preponderance. Germany has grown upon centuries of splendid culture. We Spaniards went in launches to lands whose existence was scientifically refuted. Germany’s situation is tragic. But this does not mean that it has a right to expansion, because that would amount to recommencing history, declaring every hundred years the planet terra nullius. As in every true tragedy, there is in this one no solution.

13th. Since the defeat of Napoleon, Spain cannot have —willing or not— any other international policy than that governed by England. Germany’s renunciation of northwest Africa leaves us less margin of international action than that enjoyed by the Balkan peoples: these can vary their policy according to four cardinal points: Russia, Austria-Germany, Italy and England. We have only in front and at the sides England, while France does not confront it. This is extremely sad, but it is so. And being so, there is no other policy than loyalty.

14th. Spain, unfortunately, is not a people that enjoys real independence. Independence is an attribute of the strong, of the strong in all senses. I do not know if we shall be strong some day; but as long as we are not, it is nobler to accept nobly the fatal hegemony of another people. Without forgetting for an instant the supreme duty of making ourselves free one day.

15th. “Of evil take the least —so says the wise one—”. Among the hegemonies, the English one is today the least onerous.

16th. I do not believe that any conscious Spaniard can hate any of the three great belligerent peoples. Placing oneself on one side or the other must be understood as a painful fatality that transitorily obliges us to it.

17th. The gravest symptom of the Spanish situation is that it has neither been able nor wished to intervene in this war.


Averroes said that whoever wanted to buy a good book should go to Córdoba; but whoever wanted to buy a good lute should go to Seville. It is a pity —he added— that in Córdoba there should not be, along with good books, good lutes.

Concordo con coloro che desiderano vivamente il trionfo degli alleati. Non avrei nulla da aggiungere se coloro che desiderano il trionfo degli alleati non si estendessero a desiderare e pensare altre cose che io né desidero né penso. Contro questa tendenza eccessiva a fondere alcune questioni con altre, ho mosso protesta dall’inizio.

In aprile ebbi l’onore di ricevere la visita di monsieur Wilmotte, professore belga addetto oggi alla Sorbona. Non esitai un momento a manifestargli questo mio desiderio che la vittoria favorisse i franco-anglo-belgi. Il signor Wilmotte, con urgenza ingiustificata, volle portarmi a dichiarare «barbari» i tedeschi, e a riconoscere la superiorità della cultura francese. Io lo pregai allora che non decidessimo ora quei punti; prima della guerra io avevo parlato molto delle une e delle altre culture, sarei tornato a farlo dopo la pace, ma ora mi pareva giustamente il momento indicato per tacere su quella materia. Nonostante ciò, il signor Wilmotte si ostinò a dimostrarmi sur le champ quella superiorità. Comprendo e rispetto la situazione passionale di un uomo come monsieur Wilmotte la cui patria è stata violentata. Ma non ebbi altro rimedio che rispondere alla sua insistente richiesta, mostrandogli la mia opinione totalmente opposta alla sua. Grazie a ciò il signor Wilmotte scrisse un articolo in La Petite Gironde lamentandosi del mio germanismo e, ciò che più sento, dicendo che gli avevo fatto passare un brutto momento. E tutto questo perché al signor Wilmotte pare che Sainte-Beuve sia il miglior storico letterario che ci sia stato, e a me, invece, accade la disgrazia di pensare che la storia letteraria deve essere prossimamente il contrario di ciò che faceva Sainte-Beuve.

Cito questo caso come esempio delle capricciose solidarietà che ciascun partito pretende stabilire. A esse si deve che alcune persone mostrino sospicacia, a volte puerile, verso quanto sia il lasciarsi includere in un partito dell’opinione pubblica. Può questa sospicacia convertirsi risolutamente in un vizio, e così c’è chi ha ridotto tutta la sua personalità al talento negativo di non essere né bianco, né nero, né azzurro.

Non diamo, dunque, un’importanza smisurata alla nostra propria opinione; ma nemmeno lasciamo che sia annegata completamente da altre opinioni meno riflessive e più rumorose o semplici.

Nel caso presente io sarei arrivato a tollerare di buon grado che la mia si annegasse, se non mi trovassi con che altri come la Kölnische Volkszeitung e i giornali spagnoli cosiddetti «cattolici» hanno preteso soppiantarla.

Vadano, dunque, formulati, con estrema concisione, i punti di vista che più mi interessa far constare:

1.º Non credo che la guerra significhi, né molto meno, il fallimento della civiltà, né della scienza, né della morale. Non è stato un fenomeno insospettato, sorto improvvisamente al margine della coscienza europea. Era in essa preparato ed esigito.

2.º Esistono nella coscienza europea, da sempre, energici desideri che le guerre concludano; ma non esiste tra i principi vivi della mente europea nessuno che chiaramente e inequivocabilmente condanni in assoluto la guerra. Questo sarà lamentevole, ma è così.

3.º La guerra attuale non è una guerra tra due culture come lo furono le nostre della reconquista, o quella delle monarchie alleate contro la Rivoluzione. Lottano due gruppi di popoli e lottano, naturalmente, ciascuno coi suoi pugni e con la sua cultura, ma non è una divergenza culturale il motivo né il tema del conflitto.

4.º Nasce questa guerra da identici interessi economici che si presentano con carattere difensivo in Inghilterra e Francia, e con carattere offensivo in Germania. A parte questo è una guerra etnica tra germani e slavi.

5.º Significa il fallimento dei partiti socialisti e internazionalisti, un fallimento veramente esemplare. Ma in nessun modo significa il fallimento del socialismo e internazionalismo che, al contrario, solo al traverso di questa guerra potranno arrivare al trionfo efficace.

6.º Dopo il Rinascimento, la cultura consiste nella comunicazione e collaborazione spirituale di questi tre popoli: Francia, Inghilterra e Germania. Non è possibile, parlando rigorosamente, isolare dalle altre la cultura di uno di questi popoli che si differenziano solo in sfumature, la cui integrazione è la vera cultura. Si può solo parlare della maggiore o minore densità nella produzione culturale che in ogni epoca manifestino questi popoli. In questo senso credo che mai uno di questi popoli ha tanto superato gli altri, come negli ultimi cento anni ha superato in scienza la Germania gli altri due popoli. Ci sono evidentemente discipline in cui questo non accade, ma non sono se non eccezioni che confermano la regola.

7.º Non considero la Germania come un paese antidemocratico. Si dà in essa una delle molte interpretazioni possibili della democrazia, alla quale mancano caratteri democratici che si trovano in altri paesi, come mancano in questi alcuni che ci sono in Germania. Se si potesse parlare di un più o di un meno di democrazia confrontando la vita dei tre grandi popoli, non sarebbe mai lecito simboleggiare nella Germania il reazionarismo.

8.º Dentro la democrazia rappresenta la Germania la democrazia statalista, e l’Inghilterra l’individualista. Poiché a me pare lo statalismo una perversione dell’idea politica, chiaro è che mi pare la democrazia tedesca la peggiore delle democrazie immaginabili.

9.º Come in ogni guerra, anche in quelle in cui meno si combatte per trionfo di principi, è il risultato immediato un certo predominio transitorio del tipo politico basso che viveva il vincitore, devo desiderare molto vivamente il trionfo dell’Inghilterra.

10.º Non c’è un principio, dicevo, che anatematizzi la guerra, ma piuttosto un orrore profondo e secolare contro di essa. In questa guerra c’era un popolo che era pronto ad essa, la Germania e due popoli appena preparati, l’Inghilterra e la Francia. È molto possibile che questa mancanza di preparazione provenga da debolezza morale e politica in entrambe le nazioni; ma, in ogni modo, rivela che non desideravano guerreggiare. Dobbiamo stare, dunque, dalla parte di coloro che non desideravano guerreggiare.

11.º Dentro la guerra, la Germania ha commesso due crimini giuridici: l’irruzione nella casa belga e la distruzione di navi pacifiche. Tutti gli altri popoli hanno commesso qualche volta crimini analoghi, ma ora è toccato alla Germania commetterli e a noi protestarne.

12.º L’origine della belligeranza tedesca non è superbia né è ambizione sciocca. È una tragica necessità di espansione. La sua prepotenza è tardiva per gli effetti di ampliamento coloniale. Invece, a quella tardanza deve la sua prepotenza. La Germania è cresciuta su secoli di splendida cultura. Gli spagnoli andammo in lance a terre la cui esistenza era scientificamente confutata. La situazione della Germania è tragica. Ma questo non vuol dire che abbia diritto all’espansione, perché ciò equivarrebbe a ricominciare la storia, dichiarando ogni cento anni il pianeta terra nullius. Come in ogni vera tragedia, non c’è in questa soluzione.

13.º Dalla sconfitta di Napoleone, la Spagna non può avere —voglia o non voglia— altra politica internazionale che quella regolata dall’Inghilterra. La rinuncia del nordovest africano da parte della Germania ci lascia meno margine di attuazione internazionale di quello che godono i popoli balcanici: possono questi variare la loro politica secondo quattro punti cardinali: Russia, Austria-Germania, Italia e Inghilterra. Noi abbiamo solo davanti e ai lati l’Inghilterra, mentre la Francia non si metta di fronte a essa. Questo è sommamente triste, ma è così. Ed essendo così, non c’è più politica che la lealtà.

14.º La Spagna, disgraziatamente, non è un popolo che goda di reale indipendenza. L’indipendenza è un attributo del forte, del forte in tutti i sensi. Non so se saremo forti un giorno; ma finché non lo saremo, è più nobile accettare nobilmente la fatale egemonia di un altro popolo. Senza dimenticare un istante il supremo dovere di farci un giorno liberi.

15.º «Del male il meno —dice il sapiente—». Tra le egemonie, è oggi l’inglese la meno gravosa.

16.º Non credo che nessuno spagnolo cosciente possa odiare nessuno dei tre grandi popoli belligeranti. Il collocarsi da una parte o dall’altra deve essere inteso come una dolorosa fatalità che transitoriamente ci obbliga a ciò.

17.º Il sintomo più grave della situazione spagnola è che non abbia potuto né voluto intervenire in questa guerra.


Diceva Averroè che chi volesse comprare un buon libro doveva andare a Cordova; ma chi volesse comprare un buon liuto doveva andare a Siviglia. È un peccato —aggiungeva— che a Cordova non ci siano, insieme a buoni libri, buoni liuti.

Una cosa así podría yo decir en resumen: toma el saber de Alemania y el mandar de Inglaterra. Esta manera de pensar es la misma que he usado siempre. Los que sí han variado son muchos de estos maestros y amigos de Alemania, a quienes yo he oído maldecir de la Weltpolitik y del partido militarista y de quienes hoy leo que consideran una y otro como los salvadores de su pueblo. Pero ésta es una cuestión delicada, sobre que no es piadoso insistir desde un país que goza la paz mientras en los otros la guerra dura. Los que envían sus hijos y hermanos a las trincheras tienen derecho a la pasión. Nosotros, no. Antes bien: nos trae la hora una exquisita obligación de piedad, de respeto y de amor.

Y, para terminar, dos sencillos hechos que me conviene reproducir ahora, ya que gentes ligeras, a quienes lo mismo da decir una cosa que otra, han querido aludir a una mutación súbita de mis opiniones.

Alguien hablaba con inocente malignidad hace meses en un diario de los que «tomaban ahora la cómoda postura de distinguir entre dos Alemanias: la espiritual y la política». La postura acaso sea cómoda, pero ciertamente que no es un invento de las personas por ese alguien aludidas. La más fina tradición de pensadores alemanes la ha sustentado hasta Nietzsche, hasta Cohen. Pero, aun suponiendo que no fuera así y aun admitiendo que sea un error, resulta falso de toda falsedad suponer que la opinión es de ahora. El año 1909, en el primer artículo que sobre Alemania he escrito, comentaba yo las leyes de expropiación forzosa contra los polacos dictadas bajo la cancillería de Bülow. Ese artículo, publicado en El Imparcial, se titulaba: «Las dos Alemanias».

En 1911 pedía don Pío Baroja desde el mismo periódico, que se discutiese en la Prensa la posibilidad de una alianza española con Alemania. Ninguno de estos germanófilos repentinos que a la sazón pululan, creyó oportuno emitir su opinión. Creo que fui el único en acudir a la demanda hecha por Baroja con un artículo enviado desde Alemania. En él pedía que no se confundiese la cuestión de una influencia intelectual de Alemania sobre España con la de una alianza política. Aquélla me parecía y me sigue pareciendo la única esperanza de restauración étnica de España, ésta me parecía una cosa sin sentido.

La guerra con su poder convulsionario transformará toda la mecánica internacional. Qué debe hacer entonces España, no lo sabe nadie, nadie que no sea un embaucador.

España, 14 de octubre de 1915

Something like this I could say in summary: take the knowledge of Germany and the commanding of England. This way of thinking is the same that I have always used. Those who have changed, indeed, are many of these masters and friends of Germany, whom I have heard curse the Weltpolitik and the militarist party and of whom today I read that they consider one and the other as the saviors of their people. But this is a delicate question, upon which it is not pious to insist from a country that enjoys peace while in the others the war lasts. Those who send their sons and brothers to the trenches have a right to passion. We, no. Rather: the hour brings us an exquisite obligation of piety, of respect and of love.

And, to conclude, two simple facts that it suits me to reproduce now, since light people, to whom saying one thing or another is the same, have wanted to allude to a sudden mutation of my opinions.

Someone spoke with innocent malignancy months ago in a newspaper of those who “now took the comfortable posture of distinguishing between two Germanies: the spiritual and the political”. The posture may be comfortable, but certainly it is not an invention of the persons alluded to by that someone. The finest tradition of German thinkers has sustained it up to Nietzsche, up to Cohen. But, even supposing it were not so and even admitting that it is an error, it results false with all falsity to suppose that the opinion is of now. In the year 1909, in the first article I have written about Germany, I was commenting on the laws of forced expropriation against the Poles dictated under the chancellorship of Bülow. That article, published in El Imparcial, was titled: “The Two Germanies”.

In 1911 Don Pío Baroja asked from the same newspaper that the possibility of a Spanish alliance with Germany be discussed in the Press. None of these sudden Germanophiles who swarm at that time thought it opportune to emit his opinion. I believe I was the only one to answer Baroja’s demand with an article sent from Germany. In it I asked that the question of an intellectual influence of Germany on Spain should not be confused with that of a political alliance. That one seemed to me and continues to seem to me the only hope of ethnic restoration of Spain, this one seemed to me a senseless thing.

The war with its convulsionary power will transform all the international machinery. What Spain must then do, no one knows, no one who is not a charlatan.

Spain, October 14, 1915

Una cosa così potrei dire in riassunto: prendi il sapere della Germania e il comandare dell’Inghilterra. Questa maniera di pensare è la stessa che ho usato sempre. Quelli che sì sono variati sono molti di questi maestri e amici della Germania, ai quali io ho udito maledire della Weltpolitik e del partito militarista e dei quali oggi leggo che considerano l’una e l’altro come i salvatori del loro popolo. Ma questa è una questione delicata, sulla quale non è pio insistere da un paese che gode la pace mentre negli altri la guerra dura. Quelli che inviano i loro figli e fratelli alle trincee hanno diritto alla passione. Noi, no. Anzi: ci porta l’ora un’eccelsa obbligazione di pietà, di rispetto e di amore.

E, per terminare, due semplici fatti che mi conviene riprodurre ora, già che genti leggere, alle quali lo stesso dà dire una cosa che un’altra, hanno voluto alludere a una mutazione subitanea delle mie opinioni.

Qualcuno parlava con innocente malignità mesi fa in un giornale di quelli che «prendevano ora la comoda postura di distinguere tra due Germanie: la spirituale e la politica». La postura forse è comoda, ma certamente non è un’invenzione delle persone alluse da quel qualcuno. La più fine tradizione di pensatori tedeschi l’ha sostenuta fino a Nietzsche, fino a Cohen. Ma, anche supponendo che non fosse così e anche ammettendo che sia un errore, risulta falso di tutta falsità supporre che l’opinione sia di adesso. L’anno 1909, nel primo articolo che sulla Germania ho scritto, commentavo io le leggi di espropriazione forzosa contro i polacchi dettate sotto la cancelleria di Bülow. Quell’articolo, pubblicato in El Imparcial, si intitolava: «Le due Germanie».

Nel 1911 chiedeva don Pío Baroja dallo stesso giornale, che si discutesse nella Stampa la possibilità di un’alleanza spagnola con la Germania. Nessuno di questi germanofili improvvisi che a quel tempo pullulano, credette opportuno emettere la sua opinione. Credo di essere stato l’unico ad accorrere alla domanda fatta da Baroja con un articolo inviato dalla Germania. In esso chiedevo che non si confondesse la questione di un’influenza intellettuale della Germania sulla Spagna con quella di un’alleanza politica. Quella mi pareva e continua a parermi l’unica speranza di restaurazione etnica della Spagna, questa mi pareva una cosa senza senso.

La guerra col suo potere convulsionario trasformerà tutta la meccanica internazionale. Cosa deve fare allora la Spagna, non lo sa nessuno, nessuno che non sia un imbroglione.

Spagna, 14 ottobre 1915