Ortega y Gasset
Abstract
Obituary (El Sol, 26 April 1918) of the histologist Nicolás Achúcarro, inventor of the silver-and-tannin method and researcher into the physiological basis of emotional life in the neuroglia. Ortega turns it into a case of Spain’s blindness to its best men. A commemorative, not a philosophical, text.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Ha muerto Nicolás Achúcarro. Desde hace algunos años ejercía en Madrid la medicina de las enfermedades mentales, y desde hace muchos vivía ocupado intensamente en trabajos de investigación biológica.
Ayer, en El Liberal, hace el doctor Marañón una conmovida y certera semblanza del egregio espíritu, del hombre encantador que se nos ha ido por la muerte, como tantas veces le hemos visto irse por una de estas calles madrileñas, el amplio abrigo flotando al viento, unos folletos bajo el brazo, los lentes reverberantes de inteligencia y la sonrisa, siempre altiva, sobre el más noble rostro de hombre del Norte. El doctor Marañón no puede reprimir una dolorida sospecha: la de que se aleja sin que España vislumbre cuánto pierde con su irremediable ausencia. Pocas veces es tan justa, en efecto, la patriótica lamentación por la ignorancia en que nuestra raza vive de sus hombres mejores.
Yo no pretendo imponer a nadie mi modo de valorar personas y cosas, pero déjeseme, en esta hora mútil, decir que Nicolás Achúcarro me parecía uno de los diez o doce españoles de más alta calidad intelectual. Es cierto que su juventud, sus enfermedades, y más que todo esto, la discontinuidad del trabajo a que la defectuosa organización de nuestra sociedad obliga, le habían impedido tener ya realizado lo que iba ya teniendo presto. Pero la consumación de una obra, cuando sólo el tiempo la detuvo, sólo puede interesar desde un punto de vista utilitario y no para una mejor fundada estimación. Así y todo, su labor era, en parte, un hecho y había sido integrada en la ciencia universal. El «método de plata y tanino o método de Achúcarro», para la coloración microscópica, recorrió en poco tiempo, victoriosamente, los laboratorios del mundo.
Pero esto, que ya es mucho, hubiera sido no más que una tilde en la ingente mole de la obra proyectada por nuestro genial histólogo, en quien la fisonomía de Cajal parecía prolongarse hacia el futuro. Cuando la larga enfermedad que le ha vencido tuvo su comienzo, se hallaba vibrante de esfuerzo y entusiasmo porque sentía latir, ya muy cerca de su mano, un delicado secreto de la naturaleza: la base fisiológica de la vida emocional. Tras extensas y penosas investigaciones sobre la estructura y funcionalidad de la neuroglia, había visto la verosimilitud, la casi seguridad de que el poder secretivo de estos mínimos órganos fuera el asiento corporal de esa tan luminosa realidad que llamamos nuestra alegría, y de esa otra, más turbia y grave, que llamamos nuestra tristeza. Una anticipación de esta teoría aparece en las últimas páginas de su postrera publicación.
Tenía Achúcarro una mente aguda, clara, tenaz y sistemática; en suma, un talento científico de primer orden. Y además, desde su labor rigorosa, sabía asomarse a todos los haces de la vida, y entre burlón y afable, hacerles una sonrisa. Tenía Achúcarro un profundo desprecio manso por los políticos de su país, y otro desprecio igualmente profundo, pero menos manso, hacia los pseudo-sabios, los hombres de cartón piedra, a quienes veía que tomaba en serio su país. Por esto huyó cuanto pudo de toda ocupación oficial. Un día, por no sé qué azar, puso un ministro en sus manos la organización de un «Patronato de Anormales», que hubiera sido un importante instituto de ciencia, a la vez que de caridad. Pero a los pocos meses un par de maestros balbucientes y otro par de sabios oficiales le arrojaron de aquel lugar, para quien sólo Achúcarro era suficiente. Mientras no conquistemos los españoles una más fina sensibilidad para las distancias y los rangos que debe haber entre los hombres de distinta calidad, toda esperanza de perfección nacional será baldía.
En fin, que se nos fue la sonrisa de Achúcarro, y con ella un enorme capital de ciencia acumulada y una eminente potencia de pensar.
Una vez más, el hombre excepcional, con la cruz de su esfuerzo a cuestas, cruza desapercibido la plaza pública, mientras sus compatriotas prefieren y aplauden a cualquier Barrabás.
El Sol, 26 de abril de 1918
Nicolás Achúcarro has died. For some years he practiced in Madrid the medicine of mental illnesses, and for many he lived intensively occupied in works of biological research.
Yesterday, in El Liberal, Doctor Marañón makes a moved and accurate sketch of the egregious spirit, of the charming man who has been taken from us by death, as so many times we have seen him go off along one of these Madrid streets, the ample overcoat floating in the wind, some pamphlets under his arm, his spectacles reverberant with intelligence and the smile, always haughty, upon the most noble face of a man of the North. Doctor Marañón cannot repress a sorrowful suspicion: that he goes away without Spain glimpsing how much it loses with his irreparable absence. Few times is so just, indeed, the patriotic lamentation for the ignorance in which our race lives of its best men.
I do not pretend to impose on anyone my mode of valuing persons and things, but let me, in this maimed hour, say that Nicolás Achúcarro seemed to me one of the ten or twelve Spaniards of the highest intellectual quality. It is certain that his youth, his illnesses, and more than all this, the discontinuity of work to which the defective organization of our society obliges, had prevented him from having already realized what he was already having ready. But the consummation of a work, when only time stopped it, can only interest from a utilitarian point of view and not for a better-founded estimation. Even so, his work was, in part, a fact and had been integrated into universal science. The “silver and tannin method or Achúcarro’s method”, for microscopic coloring, traveled in a short time, victoriously, through the laboratories of the world.
But this, which is already much, would have been no more than a mark in the huge mass of the work projected by our genial histologist, in whom the physiognomy of Cajal seemed to prolong itself toward the future. When the long illness that has defeated him had its beginning, he found himself vibrating with effort and enthusiasm because he felt beating, already very near his hand, a delicate secret of nature: the physiological basis of emotional life. After extensive and painful investigations on the structure and functionality of the neuroglia, he had seen the verisimilitude, the almost certainty that the secretory power of these minimal organs was the bodily seat of that so luminous reality which we call our joy, and of that other, more turbid and grave, which we call our sadness. An anticipation of this theory appears in the last pages of his last publication.
Achúcarro had an acute, clear, tenacious and systematic mind; in sum, a scientific talent of the first order. And besides, from his rigorous labor, he knew how to lean out to all the bundles of life, and between mocking and affable, make them a smile. Achúcarro had a deep, meek contempt for the politicians of his country, and another contempt equally deep, but less meek, toward the pseudo-sages, the men of papier-mâché, whom he saw that his country took seriously. For this he fled as much as he could every official occupation. One day, through I know not what chance, a minister placed in his hands the organization of a “Patronato de Anormales”, which would have been an important institute of science, and at once of charity. But within a few months a couple of stammering masters and another couple of official sages threw him out of that place, for which only Achúcarro was sufficient. Until we Spaniards do not conquer a finer sensibility for the distances and ranks that there must be among men of different quality, every hope of national perfection will be vain.
In short, Achúcarro’s smile has gone from us, and with it an enormous capital of accumulated science and an eminent power of thinking.
Once more, the exceptional man, with the cross of his effort on his back, crosses unnoticed the public square, while his compatriots prefer and applaud any Barabbas.
El Sol, April 26, 1918
È morto Nicolás Achúcarro. Da alcuni anni esercitava a Madrid la medicina delle malattie mentali, e da molti viveva occupato intensamente in lavori di ricerca biologica.
Ieri, in El Liberal, fa il dottor Marañón un commosso e accurato profilo dell’egregio spirito, dell’uomo incantevole che ci è andato via per la morte, come tante volte lo abbiamo visto andarsene per una di queste vie madrilene, il vasto soprabito fluttuante al vento, alcuni opuscoli sotto il braccio, le lenti riverberanti d’intelligenza e il sorriso, sempre altero, sul più nobile volto di uomo del Nord. Il dottor Marañón non può reprimere un sospetto doloroso: quello che se ne vada senza che la Spagna intraveda quanto perde con la sua irreparabile assenza. Poche volte è tanto giusta, in effetti, la lamentazione patriottica per l’ignoranza in cui la nostra razza vive dei suoi uomini migliori.
Io non pretendo imporre a nessuno il mio modo di valutare persone e cose, ma mi si lasci, in quest’ora mutila, dire che Nicolás Achúcarro mi pareva uno dei dieci o dodici spagnoli di più alta qualità intellettuale. È certo che la sua giovinezza, le sue malattie, e più di tutto questo, la discontinuità del lavoro a cui la difettosa organizzazione della nostra società obbliga, gli avevano impedito di avere già realizzato ciò che già andava avendo pronto. Ma la consumazione di un’opera, quando solo il tempo la fermò, solo può interessare da un punto di vista utilitario e non per una meglio fondata stima. Ciononostante, la sua opera era, in parte, un fatto ed era stata integrata nella scienza universale. Il «metodo d’argento e tannino o metodo di Achúcarro», per la colorazione microscopica, percorse in poco tempo, vittoriosamente, i laboratori del mondo.
Ma questo, che già è molto, sarebbe stato non più che un segno nell’ingente mole dell’opera progettata dal nostro geniale istologo, in cui la fisionomia di Cajal sembrava prolungarsi verso il futuro. Quando la lunga malattia che l’ha vinto ebbe il suo inizio, si trovava vibrante di sforzo ed entusiasmo perché sentiva pulsare, già molto vicino alla sua mano, un delicato segreto della natura: la base fisiologica della vita emozionale. Dopo estese e penose investigazioni sulla struttura e funzionalità della nevroglia, aveva visto la verosimiglianza, la quasi sicurezza che il potere secretivo di questi minimi organi fosse la sede corporea di quella tanto luminosa realtà che chiamiamo la nostra allegria, e di quell’altra, più torbida e grave, che chiamiamo la nostra tristezza. Un’anticipazione di questa teoria appare nelle ultime pagine della sua ultima pubblicazione.
Aveva Achúcarro una mente acuta, chiara, tenace e sistematica; in somma, un talento scientifico di prim’ordine. E inoltre, dal suo rigoroso lavoro, sapeva affacciarsi a tutti i fasci della vita, e tra burlone e affabile, far loro un sorriso. Aveva Achúcarro un profondo disprezzo mansueto per i politici del suo paese, e un altro disprezzo ugualmente profondo, ma meno mansueto, verso i pseudo-sapienti, gli uomini di cartapesta, che vedeva che il suo paese prendeva sul serio. Per questo fuggì quanto poté ogni occupazione ufficiale. Un giorno, per non so quale azzardo, un ministro mise nelle sue mani l’organizzazione di un «Patronato de Anormales», che sarebbe stato un importante istituto di scienza, e insieme di carità. Ma a pochi mesi un paio di maestri balbuzienti e un altro paio di sapienti ufficiali lo cacciarono da quel luogo, per il quale solo Achúcarro era sufficiente. Finché noi spagnoli non conquistiamo una più fine sensibilità per le distanze e i ranghi che deve esserci tra gli uomini di diversa qualità, ogni speranza di perfezione nazionale sarà vana.
Insomma, che ci è andato via il sorriso di Achúcarro, e con esso un enorme capitale di scienza accumulata e un’eminente potenza di pensare.
Una volta di più, l’uomo eccezionale, con la croce del suo sforzo sulle spalle, attraversa inosservato la piazza pubblica, mentre i suoi compatrioti preferiscono e applaudono a qualsiasi Barabba.
El Sol, 26 aprile 1918