Ortega y Gasset

Abstract

Letter from Marburg to Baroja on his ‘¿Con el latino o con el germano?’: setting international politics aside, what matters is Spain’s cultural rapprochement with Germany. It recalls the failure of the krausistas in the 1870s, smothered by the religious and nativist fanaticism that insisted Spanish culture had never lapsed.

Connections

Concetti: educazione
Forme: epistola

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Marburgo, 4 septiembre

Amigo Baroja: Recibo El Imparcial y leo lo que escribe usted bajo el título «¿Con el latino o con el germano?» Por una curiosa coincidencia, al mismo tiempo que usted escribía sobre esa cuestión enviaba yo a Madrid unas cuartillas, que espero se hayan publicado a estas horas, tratando del mismo asunto. Pocas semanas hace Ramiro de Maeztu tocaba el mismo problema desde las columnas del Heraldo. No parece, pues, que se trate de un capricho o humorada personal, de un súbito enojo contra el imperialismo larvado de Francia; hace tiempo que con la imprecisión y lentitud características de nuestros movimientos nacionales prepara nuestra raza un cambio de orientación torpemente, como un ciego que orienta su faz hacia donde se derrama un poco de luminosidad.

Yo no sé si sería deseable una aproximación de España a Alemania en los temas de política internacional. La política es una ciencia experimental cuyas soluciones no puede anticipar nadie: es el reino de los problemas particulares y concretos y es la suma de las técnicas administrativas, cuyo conocimiento supone la vida de un hombre. Por tanto, me es cada vez menos soportable la política del à peu près que amenaza convertir la democracia en triunfo de la incompetencia. Quédese, pues, el aspecto político de la cuestión para el que entienda de ello.

De todos modos, conviene separar completamente la realidad política de la Alemania actual y la cultura germánica. Hay muchos alemanes cuya es la opinión de que el poderío imperial se ha logrado a costa del abandono de los grandes ideales de la cultura germánica. Bismarck, dando a su raza aquella decisiva lección de agresividad, desvió hacia los músculos las energías que antes iban íntegras al corazón y a la cabeza. De suerte, que aunque en la política alemana resplandezcan algunas de las genuinas cualidades tudescas, aunque nos garantice mayor seriedad, menos ambición, no hay que hacerse ilusiones: el imperialismo alemán para sostenerse será duro, perentorio, exigente, como lo han sido todos los imperialismos habidos y por haber.

Mas lo importante para usted como para mí, es la aproximación cultural de España a Alemania. Con ello da usted muestras de una sensibilidad histórica que suele faltar a los universitarios españoles; no hablemos de los políticos.

Ya una vez se intentó cosa parecida. Por los años del 70 quisieron los krausistas, único refuerzo medular que ha gozado España en el último siglo, someter el intelecto y el corazón de sus compatriotas a la disciplina germánica. Mas el empeño no fructificó porque nuestro catolicismo, que asume la representación y la responsabilidad de la historia de España ante la historia universal, acertó a ver en él la declaración del fracaso de la cultura hispánica y, por tanto, del catolicismo como poder constructor de pueblos. Ambos fanatismos, el religioso y el casticista, reunidos pusieron en campaña aquella hueste de almogávares eruditos que tenía plantados sus castros ante los desvanes de la memoria étnica. Entonces se publicaron volúmenes famosos donde se decía que España había poseído y aún poseía todas las ciencias en grado análogo a las demás naciones; se contaba el cuento, harto repetido, de supuestos inventos nuestros aprovechados y poco menos que robados por otros pueblos. En fin, se confirmaba la continuidad de nuestra producción cultural de modo que no había para qué ir a buscar fuera orientación y disciplina.

Yo espero que hoy hayan cambiado los ánimos de esas gentes ciegas que juzgaban de colores y sin tener conocimiento suficiente de las ciencias fundamentales osaban hacer el balance de la cultura universal. A este propósito quiero citarle una extraña página que hallé el otro día en un libro de propaganda en favor de los estudios clásicos, compuesto por un ilustre filólogo, profesor en San Petersburgo. Encomiando la veracidad de la historiografía grecolatina —ne quid falsi audeat, ne quid veri non audeat historia— contrapone a ella lo que él llama el hotentotismo, y mire usted por dónde se sirve de los españoles como ejemplo: «Cuando un español defiende con calor a los españoles oprimidos en Portugal, pero se enfurece ante una defensa análoga en pro de los portugueses perjudicados en España; cuando un mismo español, como republicano, se muestra agradecido al Gobierno por la prohibición de la propaganda carlista, pero al día siguiente insulta al Gobierno por la prohibición de demostraciones republicanas, parécele haber juzgado en todos estos casos sana y consecuentemente. Mas yo creo que ha obedecido en el primer caso al hotentotismo nacional; en el segundo, al de partido. Y, no obstante, tengo que añadir: mientras este hotentotismo dominara a las personas sólo en sus contiendas nacionales y de partido, sería mediano el perjuicio; se afirma que tiene que ocurrir así —no he de discutirlo. Pero nuestros españoles no se contentan con esto: exigen que la historia íntegra, en cuanto es escrita por españoles y para españoles, manifieste un tal carácter que pueda verse, desde luego, que ha sido escrita por un español y no por un portugués. Yo recuerdo ante esto, con nostalgia, aquellas palabras con que inicia Tucídides su trabajo: “Tucídides de Atenas ha escrito esta historia de los peloponesios con los atenienses”; y está bien que haga esto, porque sin esas palabras nadie podría adivinar en el carácter y tendencia de su obra quién la había escrito: si un ateniense, un espartano o un hombre de Corinto». No hay motivo para que nos enojemos con el sabio investigador de la prosa ciceroniana; porque luego añade: «Por lo demás, señores, habrán ustedes comprendido, desde luego, que si hablo aquí de los españoles, es porque viven muy lejos, y como no sabrán nunca lo que sobre ellos he dicho, no se sentirán ofendidos» (Th. Zielinski: Los antiguos y nosotros, pp. 75-77).

Yo creo que las cosas han cambiado bastante; que si se volvieran a publicar aquellos libros en que se vindicaba magníficamente para nuestra raza el invento del palo de campeche, no entusiasmarían al público. Pero fue fatal que entonces se les diera acogida; porque no hemos de olvidar que precisamente entonces fue cuando Francia e Italia, Francia la recién vencida, Italia la irredenta, se pusieron a la escuela de Alemania decididas a remozar el fondo de sus almas. Y lo que hay hoy en Francia de robusto y en Italia de medrado se debe a aquella injerencia de «nieblas germánicas».

Es oportuno que esto conste, a fin de que no parezca que tratamos de hacer usos nuevos: el confrontamiento con la ciencia y la literatura alemanas, eso que yo llamaba el otro día reabsorción del germanismo, lo vienen realizando nuestras dos hermanas mayores sin alharacas, sin espantos, como cosa que se cae de su peso. Si alguien las incitó a germanizarse fueron los más grandes representantes de su tradición castiza: Renan implícitamente, cazurramente; Carducci con sonoro entusiasmo.

Un poco tarde es, pues, si es tarde alguna vez, para ponerse bien con Dios. Sobre las virtudes alemanas ha revestido su coraza el imperio; la riqueza industrial, los negocios coloniales, los hierros de Essen y Düsseldorf han americanizado una raza que vivía recogida en cien pequeños centros provinciales, simples, sobrios, cultivando su visión del infinito. Cierto que las nuevas necesidades les han traído a ejercitar sus maravillosas construcciones teóricas en la organización de la práctica social, sacando de sí la más perfecta, ingente y completa administración que ha existido nunca. Pero cada día van encareciéndose más sus virtudes esenciales.

Aunque no es bueno y es harto donjuanesco echar el todo a una carta, vengo repitiendo con meritoria insistencia que la decadencia española consiste pura y simplemente en falta de ciencia, en privación de teoría. Ya sé que con esto, no sólo contradigo excesivamente la opinión de aquellos eruditos almogávares del año 70, sino que tampoco encuentro eco simpático en el ánimo de casi ningún español mayor de cuarenta años. Es verdad moza que llega con nosotros y nos hace posible la esperanza; una verdad propia de quien siente un pesimismo creador, un pesimismo que acumula los males sobre el pasado, a fin de dejar francas las vías del porvenir. La generación de usted y la mía y la que se anuncia, participan de este temperamento, y cabe esperar que, aceptando aquella interpretación de la historia de España, comiencen la reforma. Después de todo, la política, los cambios de la emoción nacional, lo que se impone sobre los egoísmos individuales y familiares, ha salido siempre de los jóvenes. No sé si ha leído usted que, según los estudios más modernos y cuidadosos, ha de buscarse el origen de la política y de la ciudad, no tanto en la agrupación de familias, cuanto en la asociación de los muchachos solteros que, rompiendo el circuito doméstico, se reunían en un como club juvenil, germen de la plaza, del ágora, de la Universidad y del Parlamento.

I

Marburg, September 4

Friend Baroja: I receive El Imparcial and I read what you write under the title “With the Latin or with the German?” By a curious coincidence, at the same time that you were writing about that question I was sending to Madrid some pages, which I hope have been published by this hour, dealing with the same subject. A few weeks ago Ramiro de Maeztu touched the same problem from the columns of the Heraldo. It does not seem, then, that it is a question of a personal caprice or whimsy, of a sudden annoyance against the latent imperialism of France; for some time, with the imprecision and slowness characteristic of our national movements, our race has been preparing a change of orientation clumsily, like a blind man who turns his face toward where a little luminosity is poured.

I do not know if a rapprochement of Spain to Germany in the themes of international politics would be desirable. Politics is an experimental science whose solutions no one can anticipate: it is the kingdom of particular and concrete problems and it is the sum of the administrative techniques, whose knowledge presupposes the life of a man. Therefore, the politics of à peu près, which threatens to convert democracy into triumph of incompetence, is every time less tolerable to me. Let the political aspect of the question remain, then, for him who understands it.

In any case, it is fitting to separate completely the political reality of present-day Germany and Germanic culture. There are many Germans whose opinion it is that the imperial power has been achieved at the cost of abandoning the great ideals of Germanic culture. Bismarck, giving his race that decisive lesson of aggressiveness, diverted toward the muscles the energies that before went whole to the heart and the head. So that, although in German politics some of the genuine Teutonic qualities shine, although it guarantees us greater seriousness, less ambition, one must not delude oneself: German imperialism to sustain itself will be hard, peremptory, exacting, as all the imperialisms there have been and there will be have been.

But what is important for you as for me is the cultural rapprochement of Spain to Germany. With it you give proof of a historical sensibility that is wont to be lacking in the Spanish university men; let us not speak of the politicians.

Something similar was already attempted once. Around the years of the seventies the Krausists, the only medullary reinforcement Spain has enjoyed in the last century, wanted to subject the intellect and heart of their compatriots to the Germanic discipline. But the endeavor did not fructify because our Catholicism, which assumes the representation and responsibility of the history of Spain before universal history, succeeded in seeing in it the declaration of the failure of Hispanic culture and, therefore, of Catholicism as a power that builds peoples. Both fanaticisms, the religious and the purist, united, put into campaign that host of learned Almogavars who had planted their hill-forts before the attics of ethnic memory. Then famous volumes were published where it was said that Spain had possessed and still possessed all the sciences to a degree analogous to the other nations; the tale, all too repeated, was told of supposed inventions of ours taken advantage of and little less than stolen by other peoples. In short, the continuity of our cultural production was confirmed in such a way that there was no reason to go looking outside for orientation and discipline.

I hope that today the minds of those blind people have changed, who judged of colors and without having sufficient knowledge of the fundamental sciences dared to make the balance of universal culture. To this purpose I want to cite to you a strange page that I found the other day in a book of propaganda in favor of classical studies, composed by an illustrious philologist, professor in Saint Petersburg. Commending the veracity of Greco-Latin historiography —ne quid falsi audeat, ne quid veri non audeat historia— he contrasts with it what he calls the Hottentotism, and look now how he makes use of the Spaniards as an example: “When a Spaniard defends with warmth the Spaniards oppressed in Portugal, but flies into a rage before an analogous defense in favor of the Portuguese harmed in Spain; when the same Spaniard, as a republican, shows himself grateful to the Government for the prohibition of the Carlist propaganda, but the next day insults the Government for the prohibition of republican demonstrations, it seems to him he has judged in all these cases sanely and consistently. But I believe that he has obeyed in the first case national Hottentotism; in the second, that of party. And, nevertheless, I have to add: while this Hottentotism dominated persons only in their national and party contests, the harm would be mediocre; it is affirmed that it has to happen thus —I shall not discuss it. But our Spaniards do not content themselves with this: they demand that the integral history, insofar as it is written by Spaniards and for Spaniards, manifest such a character that it may be seen, right away, that it has been written by a Spaniard and not by a Portuguese. I recall before this, with nostalgia, those words with which Thucydides begins his work: ‘Thucydides of Athens has written this history of the Peloponnesians with the Athenians’; and it is well that he does this, because without those words no one could guess in the character and tendency of his work who had written it: whether an Athenian, a Spartan or a man of Corinth”. There is no reason for us to get angry with the wise investigator of Ciceronian prose; because he then adds: “For the rest, gentlemen, you will have understood, right away, that if I speak here of the Spaniards, it is because they live very far away, and as they will never know what I have said about them, they will not feel offended” (Th. Zielinski: Los antiguos y nosotros, pp. 75-77).

I believe that things have changed quite a bit; that if those books were republished in which the invention of logwood was magnificently vindicated for our race, they would not enthuse the public. But it was fatal that then they should be given reception; because we must not forget that precisely then was when France and Italy, France the recently defeated, Italy the irredenta, placed themselves at the school of Germany decided to rejuvenate the bottom of their souls. And what there is today of robust in France and of thriving in Italy is due to that interference of “Germanic mists”.

It is opportune that this be recorded, so that it may not seem that we are trying to make new uses: the confronting with German science and literature, that which I called the other day reabsorption of Germanism, our two elder sisters have been carrying out without fuss, without frights, as a thing that falls of its own weight. If anyone incited them to Germanize themselves, they were the greatest representatives of their pure tradition: Renan implicitly, surreptitiously; Carducci with sonorous enthusiasm.

A little late it is, then, if it is ever late, to make one’s peace with God. Over the German virtues the empire has put on its armor; industrial wealth, colonial business, the irons of Essen and Düsseldorf have Americanized a race that lived gathered in a hundred small provincial centers, simple, sober, cultivating its vision of the infinite. True, the new necessities have brought them to exercise their marvelous theoretical constructions in the organization of social practice, drawing from themselves the most perfect, immense and complete administration that has ever existed. But every day their essential virtues are becoming dearer.

Although it is not good and it is all too Don Juanesque to throw all upon one card, I have been repeating with meritorious insistence that Spanish decadence consists purely and simply in lack of science, in privation of theory. I already know that with this, I not only excessively contradict the opinion of those learned Almogavars of the year 70, but also do not find a sympathetic echo in the mind of almost any Spaniard over forty years of age. It is a young truth that arrives with us and makes hope possible for us; a truth proper to him who feels a creative pessimism, a pessimism that accumulates the evils upon the past, in order to leave open the ways of the future. Your generation and mine and the one that announces itself share this temperament, and it is to be hoped that, accepting that interpretation of the history of Spain, they begin the reform. After all, politics, the changes of national emotion, what imposes itself over individual and familial egotisms, has always come out of the young. I do not know if you have read that, according to the most modern and careful studies, the origin of politics and of the city is to be sought, not so much in the grouping of families, as in the association of the unmarried lads who, breaking the domestic circuit, met in a sort of youth club, germ of the square, of the agora, of the University and of Parliament.

I

Marburgo, 4 settembre

Amico Baroja: Ricevo El Imparcial e leggo ciò che lei scrive sotto il titolo «Con il latino o con il germano?» Per una curiosa coincidenza, nello stesso tempo in cui lei scriveva su quella questione inviavo io a Madrid alcuni fogli, che spero si siano pubblicati a quest’ora, trattando dello stesso argomento. Poche settimane fa Ramiro de Maeztu toccava lo stesso problema dalle colonne dell’Heraldo. Non pare, dunque, che si tratti di un capriccio o bizzarria personale, di un subitaneo cruccio contro l’imperialismo larvato della Francia; da tempo con l’imprecisione e lentezza caratteristiche dei nostri movimenti nazionali prepara la nostra razza un cambiamento di orientamento torpemente, come un cieco che orienta la sua faccia verso dove si riversa un po’ di luminosità.

Io non so se sarebbe desiderabile un avvicinamento della Spagna alla Germania nei temi di politica internazionale. La politica è una scienza sperimentale le cui soluzioni non può anticipare nessuno: è il regno dei problemi particolari e concreti ed è la somma delle tecniche amministrative, la cui conoscenza suppone la vita di un uomo. Pertanto, mi è ogni volta meno sopportabile la politica del à peu près che minaccia di convertire la democrazia in trionfo dell’incompetenza. Resti, dunque, l’aspetto politico della questione a chi ne intenda.

In ogni modo, conviene separare completamente la realtà politica della Germania attuale e la cultura germanica. Ci sono molti tedeschi dei quali è l’opinione che la potenza imperiale si è ottenuta a costo dell’abbandono dei grandi ideali della cultura germanica. Bismarck, dando alla sua razza quella decisiva lezione di aggressività, deviò verso i muscoli le energie che prima andavano integre al cuore e alla testa. Cosicché, anche se nella politica tedesca risplendano alcune delle genuine qualità tedesche, anche se ci garantisca maggiore serietà, meno ambizione, non bisogna farsi illusioni: l’imperialismo tedesco per sostenersi sarà duro, perentorio, esigente, come sono stati tutti gli imperialismi esistiti e futuri.

Ma l’importante per lei come per me, è l’avvicinamento culturale della Spagna alla Germania. Con ciò dà lei prove di una sensibilità storica che suole mancare agli universitari spagnoli; non parliamo dei politici.

Già una volta si tentò cosa simile. Per gli anni del 70 vollero i krausisti, unico rinforzo midollare che abbia goduto la Spagna nell’ultimo secolo, sottomettere l’intelletto e il cuore dei loro compatrioti alla disciplina germanica. Ma l’impegno non fruttificò perché il nostro cattolicismo, che assume la rappresentazione e la responsabilità della storia di Spagna davanti alla storia universale, riuscì a vedere in esso la dichiarazione del fallimento della cultura ispanica e, per tanto, del cattolicismo come potere costruttore di popoli. Entrambi i fanatismi, il religioso e il castizista, riuniti misero in campagna quella schiera di almogàvari eruditi che aveva piantati i suoi castros davanti alle soffitte della memoria etnica. Allora si pubblicarono volumi famosi dove si diceva che la Spagna aveva posseduto e ancora possedeva tutte le scienze in grado analogo alle altre nazioni; si raccontava la favola, fin troppo ripetuta, di supposti inventi nostri approfittati e poco meno che rubati da altri popoli. In fine, si confermava la continuità della nostra produzione culturale cosicché non c’era motivo di andare a cercare fuori orientamento e disciplina.

Io spero che oggi siano cambiati gli animi di quelle genti cieche che giudicavano dei colori e senza avere conoscenza sufficiente delle scienze fondamentali osavano fare il bilancio della cultura universale. A questo proposito voglio citarle una strana pagina che trovai l’altro giorno in un libro di propaganda in favore degli studi classici, composto da un illustre filologo, professore a San Pietroburgo. Encomiando la veracità della storiografia grecolatina —ne quid falsi audeat, ne quid veri non audeat historia— contrappone a essa ciò che lui chiama l’ottentottismo, e guardi lei per dove si serve degli spagnoli come esempio: «Quando uno spagnolo difende con calore gli spagnoli oppressi in Portogallo, ma si infuria davanti a una difesa analoga in pro dei portoghesi danneggiati in Spagna; quando uno stesso spagnolo, come repubblicano, si mostra grato al Governo per la proibizione della propaganda carlista, ma al giorno seguente insulta il Governo per la proibizione di dimostrazioni repubblicane, gli pare di aver giudicato in tutti questi casi sana e conseguentemente. Ma io credo che ha obbedito nel primo caso all’ottentottismo nazionale; nel secondo, a quello di partito. E, nonostante, devo aggiungere: finché questo ottentottismo dominasse le persone solo nelle loro contese nazionali e di partito, sarebbe mediocre il danno; si afferma che deve accadere così —non lo discuterò. Ma i nostri spagnoli non si contentano di questo: esigono che la storia integra, in quanto è scritta da spagnoli e per spagnoli, manifesti un tale carattere che possa vedersi, subito, che è stata scritta da uno spagnolo e non da un portoghese. Io ricordo davanti a ciò, con nostalgia, quelle parole con cui inizia Tucidide il suo lavoro: “Tucidide di Atene ha scritto questa storia dei peloponnesiaci con gli ateniesi”; e sta bene che faccia questo, perché senza quelle parole nessuno potrebbe indovinare nel carattere e tendenza della sua opera chi l’avesse scritta: se un ateniese, uno spartano o un uomo di Corinto». Non c’è motivo per cui ci arrabbiamo col sapiente investigatore della prosa ciceroniana; perché poi aggiunge: «Del resto, signori, avranno compreso, subito, che se parlo qui degli spagnoli, è perché vivono molto lontano, e come non sapranno mai ciò che su di loro ho detto, non si sentiranno offesi» (Th. Zielinski: Los antiguos y nosotros, pp. 75-77).

Io credo che le cose siano cambiate abbastanza; che se si ripubblicassero quei libri in cui si rivendicava magnificamente per la nostra razza l’invenzione del legno campeggio, non entusiasmerebbero il pubblico. Ma fu fatale che allora si desse loro accoglienza; perché non dobbiamo dimenticare che precisamente allora fu quando Francia e Italia, Francia la recentemente vinta, Italia l’irredenta, si misero alla scuola della Germania decise a rinnovare il fondo delle loro anime. E ciò che c’è oggi in Francia di robusto e in Italia di rigoglioso si deve a quella ingerenza di «nebbie germaniche».

È opportuno che questo consti, affinché non paia che trattiamo di fare usi nuovi: il confronto con la scienza e la letteratura tedesche, quello che io chiamavo l’altro giorno riassorbimento del germanismo, lo vengono realizzando le nostre due sorelle maggiori senza sbruffi, senza spaventi, come cosa che cade da sé. Se qualcuno le incitò a germanizzarsi furono i più grandi rappresentanti della loro tradizione castiza: Renan implicitamente, cazurramente; Carducci con sonoro entusiasmo.

Un po’ tardi è, dunque, se è tardi qualche volta, per mettersi in pace con Dio. Sulle virtù tedesche ha rivestito la sua corazza l’impero; la ricchezza industriale, gli affari coloniali, i ferri di Essen e Düsseldorf hanno americanizzato una razza che viveva raccolta in cento piccoli centri provinciali, semplici, sobri, coltivando la sua visione dell’infinito. È vero che le nuove necessità li hanno portati a esercitare le loro meravigliose costruzioni teoriche nell’organizzazione della pratica sociale, traendo da sé la più perfetta, ingente e completa amministrazione che sia mai esistita. Ma ogni giorno vanno incarendosi di più le loro virtù essenziali.

Anche se non è buono ed è fin troppo dongiovannesco gettare il tutto a una carta, vengo ripetendo con meritoria insistenza che la decadenza spagnola consiste pura e semplicemente in mancanza di scienza, in privazione di teoria. Già so che con questo, non solo contraddico eccessivamente l’opinione di quei eruditi almogàvari dell’anno 70, ma nemmeno trovo eco simpatica nell’animo di quasi nessuno spagnolo maggiore di quarant’anni. È verità giovane che arriva con noi e ci rende possibile la speranza; una verità propria di chi sente un pessimismo creatore, un pessimismo che accumula i mali sul passato, per lasciare libere le vie dell’avvenire. La generazione di lei e la mia e quella che si annuncia, partecipano di questo temperamento, e c’è da sperare che, accettando quella interpretazione della storia di Spagna, comincino la riforma. Dopo tutto, la politica, i cambiamenti dell’emozione nazionale, ciò che si impone sugli egoismi individuali e familiari, è sempre uscito dai giovani. Non so se ha letto lei che, secondo gli studi più moderni e accurati, deve cercarsi l’origine della politica e della città, non tanto nell’aggregazione di famiglie, quanto nell’associazione dei ragazzi scapoli che, rompendo il circuito domestico, si riunivano in una specie di club giovanile, germe della piazza, dell’agorà, dell’Università e del Parlamento.

Todavía el señor Sánchez Toca, en su reciente libro Reconstitución de España en vida de economía política actual —libro tan anacrónico, tan maniático y tan sin ventanas a parte alguna, que parece cavilado por un bonzo solícito en un convento tibetano—, sustenta la tesis de que nuestros atrasos en el siglo XIX proceden de la manía ideológica de nuestros políticos. ¿Qué le parece a usted este tópico, amigo Baroja? ¿Cree usted que Mendizábal y Narváez, el duque de la Torre y O’Donnell y Prim, Ruiz Zorrilla y Sagasta, Castelar y Cánovas fueron ideológicos? El único que pudiera justificar este título, Castelar, ¿no fue el inventor de la «política positiva»?; ¿no se pasó los veinte años últimos de su vida predicando la «política positiva»? Por el contrario, Gioberti y Mazzini dieron el primer impulso a la realización política de Italia, y Cobden defendía la Liga Anti-Corn Law, demostrando que era un corolario de los principios del Evangelio, y en el Parlamento inglés se escucharon frases como ésta, pronunciada por Canning: «Se ha iniciado un período en que los ministros tienen en su poder aplicar a la administración de esta tierra las rectas máximas de una profunda filosofía». Y, no obstante, la generación actual de Inglaterra, heredera de Meredith, prosigue, con Wells y Shaw a la cabeza, la crítica del empirismo, del costumbrismo inglés, y piden que la razón, que la idea gobierne al antiguo pueblo de los Robinsones.

Sería útil que de una vez abandonáramos este lugar común: las ideas no han estorbado todavía a nadie para hacer con discreción las cosas, y aunque ocurriera lo contrario, no podía servir España de ejemplo. Sólo de tiempo en tiempo han caído, como lluvia benéfica, sobre nosotros algunas rociadas de pensamientos, y siempre el efecto sobre el país ha resultado fecundo. Así aconteció con los hombres de las Cortes de Cádiz, de quienes dice muy graciosamente Oliveira Martins: As ideias rodopiavam doidamente nesses cérebros combalidos por séculos de atrofia.

En realidad, no hay práctica sin teoría ni pueblos sin ideólogos, a no ser que se entienda por ideólogo un hombre que dice bernardinas, en cuyo caso es más bien un majadero. Teoría no es más que teoría de la práctica, como la práctica no es otra cosa que praxis de la teoría, o como Leonardo supo decir mejor: La teorica è il capitano e la pratica sono i soldati.

El Imparcial, 13 de septiembre de 1911

II

Marburgo, 10 septiembre

Un poco se separa, amigo Baroja, su punto de vista del mío. Desear que en nuestra raza influya una cultura extraña sólo puede tener sentido cuando el defecto que se nota en el propio ser y la ventaja que se espera del roce con la personalidad ajena son cosas perfectamente circunscritas, concretas. Además, es menester que el influjo deseado pueda verificarse según un mecanismo capaz de ser previsto, sin miserias ni vaguedades. Porque otra cosa me parecería misticismo histórico y algo así como jugar al mus con los destinos de nuestro pueblo. Con un individuo humano sería ya poco discreto lanzarlo a un experimento azaroso, como se hace con una cobaya en un laboratorio. Con un pueblo sería irritante tal ensayo. Y yo me temo que los artículos de usted irriten a algunas gentes con razón, porque se manifiesta en ellos un espíritu aventurero y acerbo. «Con Francia nos ha ido mal —dice usted—; vamos a tentar la suerte con Alemania»; y luego añade: «porque Alemania vale más que Francia».

Diríase que le interesa a usted más nuestro apartamiento de so el influjo francés que nuestra positiva aproximación a Alemania, y hay en sus párrafos una enemistad contra Francia que no puedo compartir. Tratándose de dos civilizaciones rectoras del progreso humano durante largas épocas, no veo la utilidad de comparar su gravamen como si fueran dos requesones, ni sopesar la una con la otra para quedarnos con la que arrastre más libras. No le acompaño, pues, en ese paralelo que hace de ambas culturas, donde llega usted a suponer que Francia debe más a Alemania que Alemania a Francia.

En mi opinión, es necesario hacer un distingo que ya he apuntado en un artículo anterior. No se trata de ventajas absolutas que goce Alemania sobre Francia, sino de una cosa mucho más sencilla y mucho más concreta. Se trata de que la cultura francesa del siglo XIX en Francia es decadente, y que lo es, sobre todo, en los dos órdenes que más nos importan: ciencia y moral. Los inconvenientes de una cultura decadente son, en mi entender, éstos: que no contiene principios vivos y capaces de porvenir, que sus principios son de segunda mano, tomados, bien de épocas más originales del propio país, bien de culturas ajenas contemporáneas; que sus productos, en lo que tienen de algún valor son personalísimos e intransferibles.

En cambio, la cultura alemana del mismo siglo reúne a una absoluta modernidad y actualidad, plena originalidad; no hay en ella nada muerto ni arcaico; todo vive con la enérgica vitalidad que le llega de principios profundos y jóvenes. Repitiendo una fórmula que ya he usado, diría que la cultura germánica es la única cultura esencial que hoy existe, la única sustantiva frente al culto del adjetivo, especie de idolatría, de divinización de la áurea ternera, en que han venido a caer las civilizaciones más occidentales y del meridión.

Pero aun esto me parecía demasiado aleatorio y difuso para pedir a mis compatriotas que organizaran una terapéutica germánica con que tratar los males de España. Y a concretarlo más venían las consideraciones con que terminaba mi carta anterior.

Todo depende, en efecto, de la interpretación que demos a nuestro pasado.

Cuando digo, amigo Baroja, que la decadencia española consiste pura y simplemente en falta de ciencia, en privación de teoría, no pretendo suplantar con una frase toda la historia de España. Se trata simplemente de una expresión elíptica en que se condensan estas dos ideas:

Primero: la historia de España está por construir, y consecuentemente las causas o —ya que en historia no existen causas— los motivos particulares de nuestra decadencia nos son desconocidos. Es, pues, pernicioso y afán de moverse en lo turbio aceptar cualquiera de esas explicaciones de nuestra decadencia que corren de boca en boca o de pluma en pluma. ¿Cómo voy a creer que el motivo de nuestra decadencia fue la conquista de América, si todavía no hay nadie en el mundo que sepa qué cosa fue la conquista española de América? Lo mismo digo de la interpretación anticlerical de la historia de España, como si la religión hubiera gozado mayor poderío en España que en cualquier otra parte de Europa. Quede, pues, en suspenso todo esto mientras no conseguimos hacer nuestra historia, y entretanto sólo es posible una interpretación meramente descriptiva e indirecta que no pretende revelar los motivos de lo que ha pasado, sino que se limita a señalar lo que ha dejado de ocurrir.

El hecho más exacto, mejor garantizado y a la vez más importante de entre cuantos se ofrecen a quien quiere emprender esa futura historia de España, es que se ha podido reconstruir la historia moderna de las ciencias fundamentales sin que sea necesario hacer intervenir en ella nombres españoles.

Segundo: si la historia universal es antes que nada historia de la evolución de la cultura, ese hecho significa que España no ha intervenido todavía en el mundo de los afanes humanos a modo de protagonista; es decir, que España no ha sido realmente nunca un poder espiritual, no ha sido nunca una energía superior dentro del anfictionado europeo y, por lo tanto, no puede hablarse de que haya decaído, o a lo menos se hablará sólo de una decadencia política y corporal. Lo que ha desorientado a los hombres que han pensado sobre nuestra historia es que somos probablemente el pueblo cuyos destinos exteriores y mecánicos han seguido marcha más divergente de sus destinos íntimos, de su interna evolución cultural. Se da, por ejemplo, el caso de que nuestra hegemonía política coincidiera con el Renacimiento, y más acá de él, con la época en que Europa echa los cimientos de su vida moderna; y sin embargo, somos el único pueblo que no colaboró en el Renacimiento ni en la subsecuente instauración del racionalismo occidental.

Conforme la sociedad europea se iba organizando de una manera científica, carácter distintivo de la edad moderna, éramos desplazados del mundo, hasta que en 1898 se oyó una voz que supongo no habrá olvidado ningún español, porque yo, con ser un niño cuando la oí, ni la olvido ni la olvidaré. Me refiero a aquellas palabras famosas del marino yankee Maham: «Hay que proclamar la expropiación de las razas incompetentes».

Still Señor Sánchez Toca, in his recent book Reconstitución de España en vida de economía política actual —a book so anachronistic, so maniacal and so devoid of windows onto anything whatsoever, that it seems to have been brooded over by a solicitous bonze in a Tibetan convent—, upholds the thesis that our backwardness in the nineteenth century derives from the ideological mania of our politicians. What do you think of this commonplace, friend Baroja? Do you believe that Mendizábal and Narváez, the duke of la Torre and O’Donnell and Prim, Ruiz Zorrilla and Sagasta, Castelar and Cánovas were ideological? The only one who could justify this title, Castelar, was he not the inventor of the ‘positive politics’?; did he not spend the last twenty years of his life preaching the ‘positive politics’? On the contrary, Gioberti and Mazzini gave the first impulse to the political realization of Italy, and Cobden defended the Anti-Corn Law League, demonstrating that it was a corollary of the principles of the Gospel, and in the English Parliament phrases like this one were heard, pronounced by Canning: ‘A period has begun in which ministers have in their power to apply to the administration of this land the right maxims of a profound philosophy’. And, nevertheless, the present generation of England, heir of Meredith, continues, with Wells and Shaw at its head, the critique of empiricism, of English costumbrismo, and asks that reason, that the idea govern the ancient people of the Robinsons.

It would be useful if we abandoned once and for all this commonplace: ideas have not yet hindered anyone from doing things with discretion, and even were the contrary to happen, Spain could not serve as an example. Only from time to time have some sprinklings of thought fallen upon us, like beneficent rain, and always the effect on the country has proved fruitful. So it happened with the men of the Cortes of Cádiz, of whom Oliveira Martins says very wittily: As ideias rodopiavam doidamente nesses cérebros combalidos por séculos de atrofia.

In reality, there is no practice without theory nor peoples without ideologues, unless by ideologue one understands a man who talks nonsense, in which case he is rather a blockhead. Theory is nothing more than theory of practice, just as practice is nothing other than praxis of theory, or as Leonardo knew how to say better: La teorica è il capitano e la pratica sono i soldati.

El Imparcial, 13 September 1911

II

Marburg, 10 September

Your point of view, friend Baroja, separates somewhat from mine. Desiring that a foreign culture influence our race can only have meaning when the defect noticed in one’s own being and the advantage expected from contact with the other personality are perfectly circumscribed, concrete things. Moreover, it is necessary that the desired influence be able to be verified according to a mechanism capable of being foreseen, without miseries nor vaguenesses. Because otherwise it would seem to me historical mysticism and something like playing cards with the destinies of our people. With a human individual it would already be little prudent to launch him into a hazardous experiment, as is done with a guinea pig in a laboratory. With a people such an essay would be irritating. And I fear that your articles irritate some people with reason, because there is manifested in them an adventurous and bitter spirit. ‘With France it has gone badly for us —you say—; let us try our luck with Germany’; and then you add: ‘because Germany is worth more than France’.

It might be said that what interests you more is our separation from the French influence than our positive approach to Germany, and in your paragraphs there is an enmity against France that I cannot share. Being two civilizations that have governed human progress during long epochs, I do not see the usefulness of comparing their burden as if they were two cheeses, nor of weighing one against the other to keep the one that drags more pounds. I do not accompany you, then, in that parallel you draw between the two cultures, where you come to suppose that France owes more to Germany than Germany to France.

In my opinion, it is necessary to make a distinction that I have already pointed out in a previous article. It is not a matter of absolute advantages that Germany enjoys over France, but of a much simpler and much more concrete thing. It is that French culture of the nineteenth century in France is decadent, and that it is so, above all, in the two orders that matter most to us: science and morality. The inconveniences of a decadent culture are, to my understanding, these: that it contains no living principles capable of a future, that its principles are second-hand, taken either from more original epochs of the country itself or from contemporary foreign cultures; that its products, in what they have of some value, are highly personal and untransferable.

In contrast, the German culture of the same century unites, with an absolute modernity and actuality, full originality; there is in it nothing dead nor archaic; everything lives with the energetic vitality that reaches it from deep and young principles. Repeating a formula I have already used, I would say that Germanic culture is the only essential culture that exists today, the only substantive one in the face of the cult of the adjective, a kind of idolatry, of divinization of the golden calf, into which the most Western and southern civilizations have fallen.

But even this seemed to me too random and diffuse to ask my compatriots to organize a Germanic therapy with which to treat the ills of Spain. And the considerations with which my previous letter ended came to make it more concrete.

Everything depends, in effect, on the interpretation we give to our past.

When I say, friend Baroja, that the Spanish decadence consists purely and simply in lack of science, in privation of theory, I do not pretend to supplant with a phrase the whole history of Spain. It is simply a matter of an elliptical expression in which these two ideas are condensed:

First: the history of Spain is yet to be built, and consequently the causes or —since in history there are no causes— the particular motives of our decadence are unknown to us. It is, then, pernicious and a desire to move in the murky to accept any of those explanations of our decadence that run from mouth to mouth or from pen to pen. How am I to believe that the motive of our decadence was the conquest of America, if there is still no one in the world who knows what the Spanish conquest of America was? I say the same of the anticlerical interpretation of the history of Spain, as if religion had enjoyed greater power in Spain than in any other part of Europe. Let all this, then, remain in suspense until we manage to make our history, and in the meantime only a merely descriptive and indirect interpretation is possible, which does not pretend to reveal the motives of what has happened, but limits itself to pointing out what has failed to occur.

The most exact fact, best guaranteed and at the same time most important among all those offered to whoever wants to undertake that future history of Spain, is that the modern history of the fundamental sciences has been able to be reconstructed without it being necessary to make Spanish names intervene in it.

Second: if universal history is before anything else history of the evolution of culture, that fact means that Spain has not yet intervened in the world of human strivings as a protagonist; that is, that Spain has never really been a spiritual power, has never been a superior energy within the European amphictyony and, therefore, it cannot be said that it has declined, or at least one will speak only of a political and corporal decadence. What has disoriented the men who have thought about our history is that we are probably the people whose external and mechanical destinies have followed a march most divergent from their intimate destinies, from their internal cultural evolution. There is, for example, the case that our political hegemony coincided with the Renaissance, and on this side of it, with the epoch in which Europe lays the foundations of its modern life; and nevertheless, we are the only people that did not collaborate in the Renaissance nor in the subsequent establishment of Western rationalism.

As European society was organizing itself in a scientific manner, the distinctive character of the modern age, we were being displaced from the world, until in 1898 a voice was heard which I suppose no Spaniard will have forgotten, because I, although a child when I heard it, neither forget nor will forget it. I refer to those famous words of the Yankee sailor Maham: ‘The expropriation of incompetent races must be proclaimed’.

Ancora il signor Sánchez Toca, nel suo recente libro Reconstitución de España en vida de economía política actual —libro così anacronistico, così maniacale e così privo di finestre su qualsivoglia cosa, che parrebbe meditato da un bonzo solerte in un convento tibetano—, sostiene la tesi che i nostri ritardi nel secolo XIX derivino dalla mania ideologica dei nostri politici. Che ne pare di questo luogo comune, amico Baroja? Crede lei che Mendizábal e Narváez, il duca della Torre e O’Donnell e Prim, Ruiz Zorrilla e Sagasta, Castelar e Cánovas fossero ideologici? L’unico che potesse giustificare questo titolo, Castelar, non fu forse l’inventore della «politica positiva»?; non passò forse gli ultimi vent’anni della sua vita predicando la «politica positiva»? Al contrario, Gioberti e Mazzini diedero il primo impulso alla realizzazione politica dell’Italia, e Cobden difendeva la Lega Anti-Corn Law, dimostrando che essa era un corollario dei principi del Vangelo, e nel Parlamento inglese si udirono frasi come questa, pronunciata da Canning: «Si è iniziato un periodo in cui i ministri hanno in loro potere applicare all’amministrazione di questa terra le rette massime di una profonda filosofia». E, nondimeno, la generazione attuale dell’Inghilterra, erede di Meredith, prosegue, con Wells e Shaw alla testa, la critica dell’empirismo, del costumbrismo inglese, e chiede che la ragione, che l’idea governi l’antico popolo dei Robinson.

Sarebbe utile che una buona volta abbandonassimo questo luogo comune: le idee non hanno ancora impacciato nessuno a fare con discrezione le cose, e se anche accadesse il contrario, la Spagna non potrebbe servire da esempio. Solo di tempo in tempo sono cadute su di noi, come pioggia benefica, alcune spruzzate di pensieri, e sempre l’effetto sul paese è riuscito fecondo. Così accadde con gli uomini delle Cortes di Cadice, dei quali dice molto argutamente Oliveira Martins: As ideias rodopiavam doidamente nesses cérebros combalidos por séculos de atrofia.

In realtà, non c’è pratica senza teoria né popoli senza ideologi, a meno che per ideologo non s’intenda un uomo che spara frottole, nel qual caso è piuttosto uno sciocco. Teoria non è altro che teoria della pratica, come la pratica non è altro che prassi della teoria, o come Leonardo seppe dire meglio: La teorica è il capitano e la pratica sono i soldati.

El Imparcial, 13 settembre 1911

II

Marburgo, 10 settembre

Un poco si separa, amico Baroja, il suo punto di vista dal mio. Desiderare che nella nostra razza influisca una cultura estranea può avere senso solo quando il difetto che si nota nel proprio essere e il vantaggio che si attende dal contatto con la personalità altrui sono cose perfettamente circoscritte, concrete. Inoltre, è necessario che l’influsso desiderato possa verificarsi secondo un meccanismo capace di essere previsto, senza miserie né vaghezze. Perché altrimenti mi parrebbe misticismo storico e qualcosa di simile a giocare a mus col destino del nostro popolo. Con un individuo umano sarebbe già poco discreto lanciarlo in un esperimento azzardato, come si fa con una cavia in un laboratorio. Con un popolo sarebbe irritante un simile esperimento. E io temo che i suoi articoli irritino alcune genti a ragione, perché si manifesta in essi uno spirito avventuriero e aspro. «Con la Francia ci è andata male —dice lei—; proviamo la sorte con la Germania»; e poi aggiunge: «perché la Germania vale più della Francia».

Si direbbe che le interessi più il nostro allontanamento dall’influsso francese che la nostra positiva approssimazione alla Germania, e nei suoi paragrafi c’è un’inimicizia contro la Francia che non posso condividere. Trattandosi di due civiltà reggitrici del progresso umano per lunghe epoche, non vedo l’utilità di confrontare il loro gravame come se fossero due forme di formaggio, né di soppesarle l’una con l’altra per tenerci quella che trascini più libbre. Non l’accompagno, dunque, in quel parallelo che fa delle due culture, dove arriva a supporre che la Francia debba più alla Germania di quanto la Germania debba alla Francia.

A mio parere, è necessario fare una distinzione che ho già accennato in un articolo precedente. Non si tratta di vantaggi assoluti di cui la Germania goda sulla Francia, ma di una cosa molto più semplice e molto più concreta. Si tratta che la cultura francese del secolo XIX in Francia è decadente, e che lo è, soprattutto, nei due ordini che più ci importano: scienza e morale. Gli inconvenienti di una cultura decadente sono, a mio intendere, questi: che non contiene principi vivi e capaci di avvenire, che i suoi principi sono di seconda mano, presi, o da epoche più originali del paese stesso, o da culture altrui contemporanee; che i suoi prodotti, in ciò che hanno di qualche valore, sono personalissimi e intrasferibili.

Invece, la cultura tedesca dello stesso secolo riunisce a un’assoluta modernità e attualità una piena originalità; non c’è in essa nulla di morto né di arcaico; tutto vive con l’energica vitalità che le giunge da principi profondi e giovani. Ripetendo una formula che ho già usato, direi che la cultura germanica è la sola cultura essenziale che oggi esista, la sola sostantiva di fronte al culto dell’aggettivo, specie di idolatria, di divinizzazione del vitello d’oro, in cui sono venute a cadere le civiltà più occidentali e del meridione.

Ma anche questo mi sembrava troppo aleatorio e diffuso per chiedere ai miei compatrioti che organizzassero una terapeutica germanica con cui curare i mali di Spagna. E a concretarlo meglio venivano le considerazioni con cui terminava la mia lettera precedente.

Tutto dipende, in effetti, dall’interpretazione che diamo al nostro passato.

Quando dico, amico Baroja, che la decadenza spagnola consiste puramente e semplicemente in mancanza di scienza, in privazione di teoria, non pretendo sostituire con una frase tutta la storia di Spagna. Si tratta semplicemente di un’espressione ellittica in cui si condensano queste due idee:

Primo: la storia di Spagna è ancora da costruire, e conseguentemente le cause o —poiché in storia non esistono cause— i motivi particolari della nostra decadenza ci sono sconosciuti. È, dunque, pernicioso e voglia di muoversi nel torbido accettare una qualsiasi di quelle spiegazioni della nostra decadenza che corrono di bocca in bocca o di penna in penna. Come posso credere che il motivo della nostra decadenza sia stata la conquista dell’America, se non c’è ancora nessuno al mondo che sappia che cosa fu la conquista spagnola dell’America? Lo stesso dico dell’interpretazione anticlericale della storia di Spagna, come se la religione avesse goduto in Spagna maggior potere che in qualsiasi altra parte d’Europa. Resti, dunque, tutto questo in sospeso finché non riusciamo a fare la nostra storia, e intanto è possibile solo un’interpretazione meramente descrittiva e indiretta che non pretende di rivelare i motivi di ciò che è accaduto, ma si limita a segnalare ciò che è mancato.

Il fatto più esatto, meglio garantito e a un tempo più importante fra quanti si offrono a chi voglia intraprendere quella futura storia di Spagna, è che si è potuto ricostruire la storia moderna delle scienze fondamentali senza che sia necessario far intervenire in essa nomi spagnoli.

Secondo: se la storia universale è prima di tutto storia dell’evoluzione della cultura, quel fatto significa che la Spagna non è ancora intervenuta nel mondo degli affanni umani a modo di protagonista; cioè, che la Spagna non è mai stata realmente un potere spirituale, non è mai stata un’energia superiore dentro l’anfizionia europea e, perciò, non può parlarsi che sia decaduta, o per lo meno si parlerà solo di una decadenza politica e corporale. Ciò che ha disorientato gli uomini che hanno pensato sulla nostra storia è che siamo probabilmente il popolo i cui destini esteriori e meccanici hanno seguito una marcia più divergente dai suoi destini intimi, dalla sua interna evoluzione culturale. Si dà, per esempio, il caso che la nostra egemonia politica coincidesse col Rinascimento, e più in qua di esso, con l’epoca in cui l’Europa getta le fondamenta della sua vita moderna; e tuttavia, siamo l’unico popolo che non collaborò al Rinascimento né alla successiva instaurazione del razionalismo occidentale.

A misura che la società europea si andava organizzando in maniera scientifica, carattere distintivo dell’età moderna, eravamo spostati dal mondo, finché nel 1898 si udì una voce che suppongo nessuno spagnolo avrà dimenticato, perché io, pur essendo un bambino quando la udii, né la dimentico né la dimenticherò. Mi riferisco a quelle famose parole del marinaio yankee Maham: «Bisogna proclamare l’espropriazione delle razze incompetenti».

Hablaba yo en la carta anterior con alguna acritud de los eruditos que hace treinta años sostuvieron que habíamos poseído todos los principios fundamentales de aquella nueva vida que se inicia en Europa con la serie de movimientos renacentistas. Pero es que me enojaba la inconsciencia con que un miope patriotismo les conducía a hacernos imposible toda esperanza. Pues si habiendo gozado de todas las facultades modernas no hemos podido en cuatro siglos arreglar nuestra vida ni hacernos oír con respeto, antes bien hemos perdido el poderío externo y corporal, será menester atribuir nuestro malestar y nuestra mengua a algún poder oculto, a algún defecto metafísico —sea étnico o geográfico— de nuestro ser radical sobre el que no podamos operar, que no podamos corregir. Al paso que, si no hemos tenido ciencia, ese mismo desmedramiento secular nos aparecerá como un milagro, como una incomparable demostración de energía. Y cabe pensar: cuando hemos realizado el milagro de sobrevivir en el clima de la Europa moderna sin las técnicas científicas que a otros pueblos han hecho posible la existencia, ¿qué no podremos esperar de los españoles el día que aprendan ética, física, química, economía, etcétera?

Prefiero tirar por la ventana todo ese presunto pasado fastuoso a sentirme heredero de una decadencia incalculable.

Y ahora añado: por lo que mira al porvenir, el defecto menos grave que podía haber revelado nuestra raza es la falta de ejercicio científico, por la sencilla razón de que la ciencia es lo único que se puede aprender, lo único que puede transferirse de una individualidad a otra, de un pueblo a otro. Es lo indiferente espiritual.

No creo ciertamente que la cultura humana se reduzca a la cultura científica, ni diría yo, como ha dicho ayer Ostwald en el «Congreso Monista» de Hamburgo, que la ciencia sea el verdadero Dios. Pero sí creo que es el único elemento de la cultura que está en nuestra mano, que puede buscarse y comprarse y ejercitarse. Todo lo demás es irreductible a mecanismo y previsión. La sensibilidad moral misma aparece o desaparece de un pueblo sin que haya medio cierto para retenerla y afianzarla o para suscitarla en los corazones relapsos. Sólo una faceta de la moralidad puede ser impuesta a una nación: aquella virtud que trae consigo la ciencia, la veracidad.

Concretado de este modo lo que necesitamos mejorar en nuestro ser colectivo, la elección de maestro no ofrece duda ninguna.

La cultura germánica es, en primer lugar, predominantemente científica; y en segundo lugar, la ciencia alemana es predominantemente metódica. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que, frente a Inglaterra y Francia, la cultura alemana se caracteriza por su impersonalidad, que sus progresos no son debidos a una genialidad del instinto étnico, sino que se ha agenciado un sistema de energías artificiales, reflexivas, técnicas, con que ha corregido sus defectos individuales y potenciado sus ímpetus nativos. La famosa pedantería germánica no consiste en otra cosa: cuando el individuo no reacciona conforme a su espontaneidad, sino que para tomar una resolución teórica o práctica sale de sí mismo y suplanta su yo por un yo artificial, normal, por un yo académico, un yo científico, nos parece una pedantería.

Mas esto, que podrá ser un defecto en el cuadro general del carácter germánico, constituye la ventaja decisiva que su cultura sobre las demás nos ofrece. Porque es imposible aprender de Inglaterra o de Francia sin anglosarse o afrancesarse, sin extranjerizarse; pero es posible reabsorber la ciencia alemana sin que pierda nuestro individuo lo más mínimo de su espiritual autoctonía.

Indicaba usted, muy acertadamente, que sólo la influencia alemana nos libraría del afrancesamiento. Diga usted más, en general, del extranjerismo.

Porque no hay grave peligro de que se nos peguen las peculiaridades alemanas. El estilo del germano no es atractivo ni poderoso: aprenderemos sus ciencias, que no conservan apenas nada de quien las produjo, que son pura razón, método, realidad universal e incondicionada, y dejaremos a un lado el pathos tudesco.

Ahora que, claro está, pensar que vamos de un salto a poner la tienda enfrente a los alemanes, a producir pensamiento nuevo, eso que llaman pensamiento original, es pensar en lo excusado. Una profunda modestia, un hondo sentido de humildad histórica salvará a España, o España no se salvará. Por lo pronto hay que aprender, y luego enseñar lo aprendido, y entonces aspirar a nuevas creaciones. No hay desdoro en traducir un libro de matemáticas o de física o de filosofía. Menos decente es darse un aire de decir genialidades propias que son, en realidad, traducciones de lo menos valioso y serio que anda por Europa.

El señor Unamuno, que aspira a ser tenido por un escritor recién llegado del centro de la tierra, censuraba el otro día a los que traducen el pensamiento científico de Europa. Se trata de un caso de ingratitud. Porque el señor Unamuno no ha solido hacer cosa distinta de lo que todos hacemos: traducir. Se ha pasado la vida traduciendo gestos y posturas ajenas: primero fue Spencer y luego fue Schopenhauer; más tarde Kierkegaard; luego Myers y William James; en fin, ese mismo artículo a que me refiero con su defensa del oportunismo, su crítica del pensamiento dogmático o parcial, su elogio de la dialéctica o pensamiento total parece anunciar una nueva etapa traductora en su autor, la traducción de la crítica que Benedetto Croce ejerce hoy sobre los italianos. Sólo que ya sabemos todos que al señor Unamuno se le da un ardite de la dialéctica, a la cual no ha dedicado una velada muchos años hace, y esto es lo que separa las traducciones del señor Unamuno y las de otros compatriotas; así como sólo toma de Croce la agresividad y la petulancia, dejando lo que en aquél realmente vale, que es su amor ardiente a la verdad, su severo pensar, su enorme estudio; así se dejó en Spencer la solícita recolección de datos experimentales, y en Kierkegaard el conocimiento de la filosofía romántica alemana y el sincero cristianismo, y en James la ciencia psicológica, etcétera, etcétera. Cabría decir que el señor Unamuno no traduce más que lo que le sirve para escribir un artículo. Y, naturalmente, tiene que recurrir a las obras de moda de las bibliotecas circulantes inglesas o alemanas o italianas.

Éste es el sino de quienes no tienen la modestia de aprender de los «elegantes», que decía Kant: se convierten en importadores del snobismo europeo, y como hoy está de moda en la frivolidad del viejo continente hablar mal de la lógica, hablan mal de la lógica; y cuando mañana vuelva la moda a acariciar la dialéctica contra las más severas matemáticas, hablarán bien de aquélla y mal de éstas.

Pues bien, amigo Baroja; contra este fatal extranjerismo, contra esta imitación sin espíritu, inerte mimetismo de lo que se agita en la superficie de las grandes culturas, puede el influjo de Alemania servirnos. Decía Villari del pueblo italiano: «El verdadero cuadrilátero que nos ha detenido son nuestros diez y siete millones de analfabetos y nuestros cinco millones de dilettanti». Amengüe usted los números, y vea si no podemos apropiárnoslo.

El Imparcial, 21 de septiembre de 1911

I was speaking in the previous letter with some bitterness of the scholars who thirty years ago maintained that we had possessed all the fundamental principles of that new life which begins in Europe with the series of Renaissance movements. But the thing is that I was angered by the unconsciousness with which a myopic patriotism led them to make all hope impossible for us. For if, having enjoyed all the modern faculties, we have not been able in four centuries to arrange our life nor to make ourselves heard with respect, rather we have lost the external and corporal power, it will be necessary to attribute our malaise and our decline to some hidden power, to some metaphysical defect —be it ethnic or geographic— of our radical being upon which we cannot operate, which we cannot correct. Whereas, if we have not had science, that same secular stunting will appear to us as a miracle, as an incomparable demonstration of energy. And one may think: when we have performed the miracle of surviving in the climate of modern Europe without the scientific techniques that have made existence possible for other peoples, what may we not expect from the Spaniards the day they learn ethics, physics, chemistry, economics, etcetera?

I prefer to throw out of the window all that presumed sumptuous past rather than to feel myself heir of an incalculable decadence.

And now I add: as far as the future is concerned, the least grave defect that our race could have revealed is the lack of scientific exercise, for the simple reason that science is the only thing that can be learned, the only thing that can be transferred from one individuality to another, from one people to another. It is the spiritually indifferent.

I do not certainly believe that human culture is reduced to scientific culture, nor would I say, as Ostwald said yesterday at the ‘Monist Congress’ of Hamburg, that science is the true God. But I do believe that it is the only element of culture that is in our hands, that can be sought and bought and exercised. Everything else is irreducible to mechanism and foresight. Moral sensibility itself appears or disappears from a people without there being any sure means to retain it and secure it or to arouse it in relapsed hearts. Only one facet of morality can be imposed on a nation: that virtue which science brings with it, truthfulness.

Thus concretized what we need to improve in our collective being, the choice of master offers no doubt at all.

Germanic culture is, in the first place, predominantly scientific; and in the second place, German science is predominantly methodical. What does this mean? It means that, as against England and France, German culture is characterized by its impersonality, that its progress is not due to a genius of the ethnic instinct, but that it has procured for itself a system of artificial, reflective, technical energies, with which it has corrected its individual defects and potentiated its native impulses. The famous German pedantry consists in nothing else: when the individual does not react according to his spontaneity, but in order to take a theoretical or practical resolution comes out of himself and replaces his ego with an artificial, normal ego, with an academic ego, a scientific ego, it seems to us a pedantry.

But this, which may be a defect in the general picture of the Germanic character, constitutes the decisive advantage that its culture offers us over the others. Because it is impossible to learn from England or from France without anglicizing oneself or Frenchifying oneself, without foreignizing oneself; but it is possible to reabsorb German science without our individual losing the least particle of his spiritual autochthony.

You indicated, very aptly, that only German influence would free us from Frenchification. Say more, in general, from foreignism.

Because there is no grave danger that the German peculiarities will stick to us. The style of the German is neither attractive nor powerful: we shall learn his sciences, which scarcely preserve anything of whoever produced them, which are pure reason, method, universal and unconditioned reality, and we shall leave aside the Teutonic pathos.

Now, of course, to think that we are going in one leap to set up our shop opposite the Germans, to produce new thought, what they call original thought, is to think of the superfluous. A profound modesty, a deep sense of historical humility will save Spain, or Spain will not be saved. For the moment one must learn, and then teach what has been learned, and then aspire to new creations. There is no dishonor in translating a book of mathematics or physics or philosophy. Less decent is to give oneself airs of saying one’s own witticisms that are, in reality, translations of the least valuable and serious thing that goes about Europe.

Señor Unamuno, who aspires to be taken for a writer freshly arrived from the center of the earth, censured the other day those who translate the scientific thought of Europe. It is a case of ingratitude. Because Señor Unamuno has not been wont to do anything different from what we all do: translate. He has spent his life translating other people’s gestures and postures: first he was Spencer and then Schopenhauer; later Kierkegaard; then Myers and William James; finally, that very article to which I refer, with its defense of opportunism, its critique of dogmatic or partial thought, its eulogy of dialectic or total thought, seems to announce a new translating stage in its author, the translation of the critique that Benedetto Croce exercises today on the Italians. Only that we all already know that to Señor Unamuno dialectic is a fig’s end, to which he has not devoted an evening for many years, and this is what separates the translations of Señor Unamuno from those of other compatriots; just as he takes from Croce only the aggressiveness and the petulance, leaving what in him really has worth, which is his ardent love of truth, his severe thinking, his enormous study; so he left in Spencer the solicitous collection of experimental data, and in Kierkegaard the knowledge of German romantic philosophy and the sincere Christianity, and in James the psychological science, etcetera, etcetera. It could be said that Señor Unamuno translates nothing more than what serves him to write an article. And, naturally, he has to resort to the fashionable works of the circulating English or German or Italian libraries.

This is the fate of those who do not have the modesty to learn from the ‘elegant’, as Kant said: they become importers of European snobbery, and since today it is the fashion in the frivolity of the old continent to speak ill of logic, they speak ill of logic; and when tomorrow the fashion returns to caress dialectic against the most severe mathematics, they will speak well of the former and ill of the latter.

Well then, friend Baroja; against this fatal foreignism, against this imitation without spirit, this inert mimicry of what stirs on the surface of the great cultures, the influence of Germany can serve us. Villari said of the Italian people: ‘The true quadrilateral that has stopped us is our seventeen million illiterates and our five million dilettanti’. Lessen the numbers, and see if we cannot appropriate it for ourselves.

El Imparcial, 21 September 1911

Parlavo io nella lettera precedente con una certa asprezza dei dotti che trent’anni fa sostennero che avevamo posseduto tutti i principi fondamentali di quella nuova vita che s’inizia in Europa con la serie dei movimenti rinascimentali. Ma è che m’indignava l’inconsapevolezza con cui un miope patriottismo li conduceva a renderci impossibile ogni speranza. Giacché se, avendo goduto di tutte le facoltà moderne, non abbiamo potuto in quattro secoli sistemare la nostra vita né farci ascoltare con rispetto, anzi abbiamo perduto il potere esterno e corporale, bisognerà attribuire il nostro malessere e la nostra menomazione a qualche potere occulto, a qualche difetto metafisico —sia etnico sia geografico— del nostro essere radicale su cui non possiamo operare, che non possiamo correggere. Laddove, se non abbiamo avuto scienza, quello stesso deperimento secolare ci apparirà come un miracolo, come un’incomparabile dimostrazione di energia. E si può pensare: quando abbiamo realizzato il miracolo di sopravvivere nel clima dell’Europa moderna senza le tecniche scientifiche che ad altri popoli hanno reso possibile l’esistenza, che cosa non potremo attenderci dagli spagnoli il giorno che imparino etica, fisica, chimica, economia, eccetera?

Preferisco gettare dalla finestra tutto quel presunto passato fastoso piuttosto che sentirmi erede di una decadenza incalcolabile.

E ora aggiungo: per ciò che riguarda l’avvenire, il difetto meno grave che la nostra razza potesse rivelare è la mancanza di esercizio scientifico, per la semplice ragione che la scienza è l’unica cosa che si può imparare, l’unica che può trasferirsi da un’individualità a un’altra, da un popolo a un altro. È lo spiritualmente indifferente.

Non credo certamente che la cultura umana si riduca alla cultura scientifica, né direi, come ha detto ieri Ostwald al «Congresso Monista» di Amburgo, che la scienza sia il vero Dio. Ma credo sì che sia l’unico elemento della cultura che è nelle nostre mani, che può cercarsi e comprarsi ed esercitarsi. Tutto il resto è irriducibile a meccanismo e previsione. La sensibilità morale stessa appare o scompare da un popolo senza che ci sia un mezzo sicuro per trattenerla e rafforzarla o per suscitarla nei cuori recidivi. Solo una faccia della moralità può essere imposta a una nazione: quella virtù che la scienza porta con sé, la veracità.

Concretato in questo modo ciò che dobbiamo migliorare nel nostro essere collettivo, la scelta del maestro non offre alcun dubbio.

La cultura germanica è, in primo luogo, prevalentemente scientifica; e in secondo luogo, la scienza tedesca è prevalentemente metodica. Che cosa vuol dire questo? Vuol dire che, di fronte a Inghilterra e Francia, la cultura tedesca si caratterizza per la sua impersonalità, che i suoi progressi non sono dovuti a una genialità dell’istinto etnico, ma che essa si è procurata un sistema di energie artificiali, riflessive, tecniche, con cui ha corretto i suoi difetti individuali e potenziato i suoi impeti nativi. La famosa pedanteria germanica non consiste in altro: quando l’individuo non reagisce secondo la sua spontaneità, ma per prendere una risoluzione teorica o pratica esce da sé stesso e sostituisce il suo io con un io artificiale, normale, con un io accademico, un io scientifico, ci sembra una pedanteria.

Ma questo, che potrà essere un difetto nel quadro generale del carattere germanico, costituisce il vantaggio decisivo che la sua cultura ci offre sulle altre. Perché è impossibile imparare dall’Inghilterra o dalla Francia senza anglicizzarsi o francesizzarsi, senza stranierizzarsi; ma è possibile riassorbire la scienza tedesca senza che il nostro individuo perda il minimo della sua autoctonia spirituale.

Indicava lei, molto acutamente, che solo l’influenza tedesca ci avrebbe liberato dall’afrancesamiento. Dica pure di più, in generale, dallo stranierismo.

Perché non c’è grave pericolo che ci si attacchino le peculiarità tedesche. Lo stile del germanico non è attraente né potente: impareremo le sue scienze, che non conservano quasi nulla di chi le produsse, che sono pura ragione, metodo, realtà universale e incondizionata, e lasceremo da parte il pathos tedesco.

Ora, chiaro sta, pensare che andiamo d’un salto a mettere la tenda di fronte ai tedeschi, a produrre pensiero nuovo, quello che chiamano pensiero originale, è pensare a cosa superflua. Una profonda modestia, un profondo senso di umiltà storica salverà la Spagna, o la Spagna non si salverà. Per il momento bisogna imparare, e poi insegnare l’imparato, e allora aspirare a nuove creazioni. Non c’è disdoro nel tradurre un libro di matematica o di fisica o di filosofia. Meno decente è darsi l’aria di dire genialità proprie che sono, in realtà, traduzioni del meno prezioso e serio che circola per l’Europa.

Il signor Unamuno, che aspira a essere tenuto per uno scrittore appena arrivato dal centro della terra, censurava l’altro giorno coloro che traducono il pensiero scientifico d’Europa. Si tratta di un caso di ingratitudine. Perché il signor Unamuno non ha solito fare cosa diversa da quella che tutti facciamo: tradurre. Ha passato la vita a tradurre gesti e posture altrui: prima fu Spencer e poi fu Schopenhauer; più tardi Kierkegaard; poi Myers e William James; infine, quello stesso articolo a cui mi riferisco, con la sua difesa dell’opportunismo, la sua critica del pensiero dogmatico o parziale, il suo elogio della dialettica o pensiero totale, sembra annunciare una nuova tappa traduttrice nel suo autore, la traduzione della critica che Benedetto Croce esercita oggi sugli italiani. Solo che sappiamo già tutti che al signor Unamuno importa un fico secco della dialettica, alla quale non ha dedicato una serata da molti anni, ed è questo che separa le traduzioni del signor Unamuno da quelle di altri compatrioti; così come prende da Croce solo l’aggressività e la petulanza, lasciando ciò che in quello vale realmente, che è il suo amore ardente alla verità, il suo severo pensare, il suo enorme studio; così lasciò in Spencer la solerte raccolta di dati sperimentali, e in Kierkegaard la conoscenza della filosofia romantica tedesca e il sincero cristianesimo, e in James la scienza psicologica, eccetera, eccetera. Si potrebbe dire che il signor Unamuno non traduce più di ciò che gli serve per scrivere un articolo. E, naturalmente, deve ricorrere alle opere di moda delle biblioteche circolanti inglesi o tedesche o italiane.

Questo è il destino di coloro che non hanno la modestia di imparare dagli «eleganti», come diceva Kant: si convertono in importatori dello snobismo europeo, e siccome oggi è di moda nella frivolezza del vecchio continente parlar male della logica, parlano male della logica; e quando domani la moda tornerà ad accarezzare la dialettica contro le più severe matematiche, parleranno bene di quella e male di queste.

Ebbene, amico Baroja; contro questo fatale stranierismo, contro questa imitazione senza spirito, inerte mimetismo di ciò che si agita sulla superficie delle grandi culture, può l’influsso della Germania servirci. Diceva Villari del popolo italiano: «Il vero quadrilatero che ci ha fermati sono i nostri diciassette milioni di analfabeti e i nostri cinque milioni di dilettanti». Diminuisca lei i numeri, e veda se non possiamo appropriarcelo.

El Imparcial, 21 settembre 1911