Ortega y Gasset
Abstract
Column against the perpetual suspension of constitutional guarantees under Romanones: police measures do not solve the workers’ question, which is no ‘syndicalist problem’ but a deaf revolt spread across all of Spain. Political journalism.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Se puede asegurar que desde hace año y medio las garantías que la Constitución concede al ciudadano español están en suspensión perpetua. En esta medida extrema han encontrado los gobernantes españoles el bálsamo con que intentan curar todos nuestros males.
La etapa conservadora de 1917 fue un ejemplo terrible de incivilidad: la breve dictadura del señor La Cierva anduvo rozando los límites de la deportación al estilo zarista; y no deportación de rusos, sino de españoles honorables.
Durante el verano de 1918, la política del Gabinete nacional se ha caracterizado por la turbia e insensata suspensión de la libertad de Prensa.
Ahora, el conde de Romanones recurre a la misma medida. El liberalismo del conde no le ha permitido encontrar medios discretos de evitar que el orden de la vida española sea alterado. La existencia de los españoles se va pareciendo ya a la de los pueblos invadidos en que las protestas se ahogan a golpes de culata.
No es que nos parezca condenable —¡cómo había de parecernos!— el esfuerzo que se haga desde el Gobierno por guardar muy severamente la tranquilidad a que tiene derecho todo ciudadano libre. Los métodos revolucionarios aplicados en cualquier momento y ocasión para lograr fines que un sistema evolutivo puede alcanzar dentro de un régimen de gobierno moderno y justo, quedan tan lejos de nuestra manera de ver la política, como las violencias reaccionarias de los que convierten el «orden» y la tranquilidad pública en quietud perpetua y en silencio de muerte.
Pero en España —hemos dicho esto muchas veces— la revolución, en todos sus matices, en todos sus aspectos, ha sido alentada y reavivada desde el Poder, desde las más altas cimas del Poder. Ahora se enteran las gentes que creían tener a España entera en la mano, de que una considerable parte de nuestro pueblo vive en sorda rebelión y de que ha llegado a detestarles y a levantar campamentos de combate. Ahora empiezan a advertir que la desesperación de las gentes humildes y pobres se desborda amenazadora y vengativa. ¿Qué hacer? Existe un maravilloso recurso: se suspenden las garantías constitucionales; unos cuantos agitadores quedan confinados a bordo de un antiguo lanchón protegido; se publican decretos, bandos; se envían regimientos a las ciudades levantiscas; se mueve, en fin, todo el aparato de policía a lo Protopopoff. Si hubiera guardia de cosacos, saldría blandiendo sus «nagaikas».
No creemos que el conde de Romanones haya pensado en resolver el problema sindicalista (que no es tal problema sindicalista, sino una cuestión obrera que alcanza a toda España) por medio de medidas policíacas. No escapa a su perspicacia ladina que pasados estos días de protesta pública, seguirá calladamente elaborándose en el corazón del país esa violenta y profunda agitación justiciera contra la cual no sirve ya la fuerza de que arbitrariamente puede disponer un Gobierno. Hay que hacer algo más. Hay que resolver el problema de modo que varios millones de españoles se sientan asistidos de la misma atención y afecto que hasta ahora reservaban los Poderes a ciertas castas privilegiadas.
Nosotros, y con nosotros muchos de nuestros compatriotas, hemos dado en temer fundadamente que todas las medidas de gobierno en manos de hombres que representan la máxima decadencia de España, tengan siempre finalidades condenables. Por ejemplo: que este momento de agitación, violenta en Cataluña, trágica en Andalucía y angustiosa en toda España, sirva al Gobierno del conde de Romanones para aparentar —una vez apagados los primeros ecos de las protestas— que todo vuelve a la vieja normalidad y que, por lo tanto, se puede continuar marchando por los mismos caminos de turbia concupiscencia política. Eso no puede ser; no creemos que los partidos del desastre se atrevan siquiera a intentar en esta hora una burla semejante que tendría caracteres de vocación suicida.
Una vez más, desde hace año y medio, se recurre con demasiada frivolidad a medidas extremas. Repetimos que nos parece excelente todo esfuerzo del Poder público por mantener el orden en la vida de una nación. Pero detrás de ese esfuerzo deben existir otros muy vigorosos y nuevos, revestidos de un género de eficacia que hasta ahora ha faltado a la política española para todo lo que significase modernizarla y elevarla a la necesaria dignidad.
No sabemos si las gentes más interesadas en que los problemas de España manen por un cauce tranquilo necesitarán nuevos ensayos y otras experiencias. Creemos que ya van siendo demasiadas.
Por eso estimamos —y lo demandamos a plena voz— que todos los hombres responsables de los destinos de un país, se decidan a transformar toda la vida política de este pueblo, en el que varios millones de habitantes piden aquello a que tienen derecho perfecto: un poco de respeto y de bien estar; o como se ha dicho, no sólo el jornal del pan cotidiano, sino un justo «jornal de placer», para su vida.
Publicado sin firma, El Sol, 18 de enero de 1919
It may be affirmed that for a year and a half the guarantees that the Constitution concedes to the Spanish citizen have been in perpetual suspension. In this extreme measure the Spanish rulers have found the balm with which they try to cure all our ills.
The conservative stage of 1917 was a terrible example of incivility: the brief dictatorship of Señor La Cierva went to the verge of deportation in tsarist style; and not deportation of Russians, but of honorable Spaniards.
During the summer of 1918, the policy of the national Cabinet has been characterized by the murky and senseless suspension of the freedom of the Press.
Now, the count of Romanones resorts to the same measure. The count’s liberalism has not allowed him to find discreet means of preventing the order of Spanish life from being altered. The existence of the Spaniards is already beginning to resemble that of invaded peoples in which protests are drowned with rifle-butt blows.
It is not that the effort made from the Government to guard very severely the tranquillity to which every free citizen has a right seems condemnable to us —how could it seem so to us! Revolutionary methods applied at any moment and occasion to achieve ends that an evolutionary system can attain within a modern and just regime of government remain as far from our way of seeing politics as the reactionary violences of those who convert ‘order’ and public tranquillity into perpetual stillness and deathly silence.
But in Spain —we have said this many times— the revolution, in all its nuances, in all its aspects, has been encouraged and rekindled from the Power, from the highest summits of the Power. Now the people who believed they held all Spain in their hand are learning that a considerable part of our people lives in sullen rebellion and has come to detest them and to raise camps of combat. Now they begin to notice that the desperation of the humble and poor folk overflows, threatening and vengeful. What is to be done? There is a marvelous recourse: the constitutional guarantees are suspended; a few agitators remain confined aboard an old protected barge; decrees and proclamations are published; regiments are sent to the rebellious cities; in short, the whole police apparatus is set in motion à la Protopopoff. If there were a guard of Cossacks, it would come out brandishing its ‘nagaikas’.
We do not believe that the count of Romanones has thought of solving the syndicalist problem (which is not such a syndicalist problem, but a labor question that reaches all Spain) by means of police measures. It does not escape his cunning perspicacity that, once these days of public protest have passed, that violent and deep justiciary agitation will continue to be elaborated silently in the heart of the country, against which the force that a Government can arbitrarily dispose of no longer serves. Something more must be done. The problem must be solved in such a way that several million Spaniards feel attended with the same attention and affection that the Powers have until now reserved for certain privileged castes.
We, and with us many of our compatriots, have come to fear with good foundation that all government measures in the hands of men who represent the maximum decadence of Spain will always have condemnable purposes. For example: that this moment of agitation, violent in Catalonia, tragic in Andalusia and anguishing in all Spain, may serve the Government of the count of Romanones to feign —once the first echoes of the protests have died out— that everything returns to the old normality and that, therefore, one may continue marching along the same paths of murky political concupiscence. That cannot be; we do not believe that the parties of disaster dare even to attempt at this hour a similar mockery which would have the character of a suicidal vocation.
Once more, for a year and a half, recourse has been had with too much frivolity to extreme measures. We repeat that every effort of the public Power to maintain order in the life of a nation seems excellent to us. But behind that effort there must exist others very vigorous and new, clothed in a kind of efficacy that has so far been lacking in Spanish politics for everything that meant modernizing it and raising it to the necessary dignity.
We do not know whether the people most interested in the problems of Spain flowing through a tranquil channel will need new essays and other experiences. We believe they are already too many.
For this reason we deem —and we demand it at full voice— that all the men responsible for the destinies of a country resolve to transform the whole political life of this people, in which several million inhabitants ask for that to which they have perfect right: a little respect and well-being; or as has been said, not only the wage of the daily bread, but a just ‘wage of pleasure’, for their life.
Published unsigned, El Sol, 18 January 1919
Si può assicurare che da un anno e mezzo le garanzie che la Costituzione concede al cittadino spagnolo sono in sospensione perpetua. In questa misura estrema hanno trovato i governanti spagnoli il balsamo con cui tentano di curare tutti i nostri mali.
La tappa conservatrice del 1917 fu un esempio terribile di inciviltà: la breve dittatura del signor La Cierva andò rasentando i limiti della deportazione in stile zarista; e non deportazione di russi, ma di spagnoli onorabili.
Durante l’estate del 1918, la politica del Gabinetto nazionale si è caratterizzata per la torbida e insensata sospensione della libertà di stampa.
Ora, il conte di Romanones ricorre alla stessa misura. Il liberalismo del conte non gli ha permesso di trovare mezzi discreti per evitare che l’ordine della vita spagnola sia alterato. L’esistenza degli spagnoli va già somigliando a quella dei popoli invasi in cui le proteste si soffocano a colpi di calcio di fucile.
Non è che ci sembri condannabile —come potrebbe sembrarci!— lo sforzo che si faccia dal Governo per custodire molto severamente la tranquillità a cui ha diritto ogni cittadino libero. I metodi rivoluzionari applicati in qualsiasi momento e occasione per raggiungere fini che un sistema evolutivo può conseguire dentro un regime di governo moderno e giusto, restano tanto lontani dal nostro modo di vedere la politica, quanto le violenze reazionarie di coloro che convertono l’«ordine» e la tranquillità pubblica in quiete perpetua e in silenzio di morte.
Ma in Spagna —l’abbiamo detto molte volte— la rivoluzione, in tutte le sue sfumature, in tutti i suoi aspetti, è stata incoraggiata e ravvivata dal Potere, dalle più alte vette del Potere. Ora s’accorgono le genti che credevano di avere tutta la Spagna in mano, che una considerevole parte del nostro popolo vive in sorda ribellione e che è arrivata a detestarle e a levare accampamenti di combattimento. Ora cominciano ad avvertire che la disperazione delle genti umili e povere trabocca minacciosa e vendicativa. Che fare? Esiste una meravigliosa risorsa: si sospendono le garanzie costituzionali; alcuni agitatori restano confinati a bordo di un vecchio pontone protetto; si pubblicano decreti, bandi; si inviano reggimenti alle città in rivolta; si muove, infine, tutto l’apparato di polizia alla Protopopoff. Se ci fosse una guardia di cosacchi, uscirebbe brandendo le sue «nagaike».
Non crediamo che il conte di Romanones abbia pensato di risolvere il problema sindacalista (che non è tale problema sindacalista, ma una questione operaia che raggiunge tutta la Spagna) per mezzo di misure poliziesche. Non sfugge alla sua perspicacia ladina che, passati questi giorni di protesta pubblica, seguirà silenziosamente elaborandosi nel cuore del paese quella violenta e profonda agitazione giustiziera contro la quale non serve più la forza di cui un Governo può arbitrariamente disporre. Bisogna fare qualcosa di più. Bisogna risolvere il problema di modo che parecchi milioni di spagnoli si sentano assistiti della stessa attenzione e affetto che finora i Poteri riservavano a certe caste privilegiate.
Noi, e con noi molti dei nostri compatrioti, abbiamo preso a temere fondatamente che tutte le misure di governo in mano di uomini che rappresentano la massima decadenza della Spagna, abbiano sempre finalità condannabili. Per esempio: che questo momento di agitazione, violenta in Catalogna, tragica in Andalusia e angosciosa in tutta la Spagna, serva al Governo del conte di Romanones per fingere —una volta spenti i primi echi delle proteste— che tutto torna alla vecchia normalità e che, perciò, si può continuare a marciare per gli stessi cammini di torbida concupiscenza politica. Questo non può essere; non crediamo che i partiti del disastro osino neppure tentare in quest’ora una beffa simile che avrebbe caratteri di vocazione suicida.
Una volta di più, da un anno e mezzo, si ricorre con troppa frivolità a misure estreme. Ripetiamo che ci sembra eccellente ogni sforzo del Potere pubblico per mantenere l’ordine nella vita di una nazione. Ma dietro a quello sforzo devono esisterne altri molto vigorosi e nuovi, rivestiti di un genere di efficacia che finora è mancato alla politica spagnola per tutto ciò che significasse modernizzarla ed elevarla alla necessaria dignità.
Non sappiamo se le genti più interessate a che i problemi della Spagna scorrano per un canale tranquillo avranno bisogno di nuovi tentativi e di altre esperienze. Crediamo che siano già fin troppi.
Per questo stimiamo —e lo domandiamo a piena voce— che tutti gli uomini responsabili dei destini di un paese si decidano a trasformare tutta la vita politica di questo popolo, in cui parecchi milioni di abitanti chiedono ciò a cui hanno pieno diritto: un po’ di rispetto e di benessere; o come si è detto, non solo il salario del pane quotidiano, ma un giusto «salario di piacere», per la loro vita.
Pubblicato senza firma, El Sol, 18 gennaio 1919