Abstract

Report (Madrid, December 1911) of a visit to Zuloaga’s Paris studio, with El Greco’s Apocalypse hanging on the wall. It includes a remark on the word’s inability to describe a painting: the word rules over what flows, but the painting is there all at once, a microcosm.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, diciembre de 1911

Volviendo de Alemania potente hacia España, lugar de pasiones omnímodas, he hecho el alto acostumbrado en Francia, la bien labrada. Y de Francia en París, un nudo de luz. Y he tenido un momento de lealtad conmigo mismo, y me he preguntado: ¿qué iría yo a ver en medio de esta pródiga luminosidad? París es todo luz. ¿No es esto fatal? Porque yo quisiera ver algo, llevarme al hondón de España una poderosa intuición. Pero no habiendo sino luz en París no hay nada que ver.

Yo camino, hace años, Europa, como en tiempos remotos mi antepasado Ben-Batuta, que salió de Andalucía con su bastón de viandante y fue por todo el mundo en busca de los santos de la tierra. Pero un malhadado destino me ha hecho nacer en sazón que Europa se halla horra de santos y llevo a la rastra por las rúas y las calzadas mi bísaco henchido de capacidad de adoración que no he logrado gastar. En París tampoco hay santos pour le moment. Al atravesar en un taxi-auto la gran ciudad, me ha parecido que atravesaba la mediocridad áurea de que hablaba Horacio.

París se ha convertido en una leyenda desteñida: bajo ella —¿quién lo duda?— prepara la sangre francesa nuevos fermentos, cuyas emanaciones volverán un día a operar sobre la costra del globo. Pero, entretanto, nosotros necesitamos afirmaciones ascendentes.

Y algo así he ido a encontrar —¿quién lo diría?— en casa de un español que habita en París seis meses del año. Este español es Zuloaga.

Los argentinos han podido conocerle por las obras que envió el año pasado. Esto me da cierta libertad para hablar. Pues de cuadros no vistos, ¿qué se puede decir? Ningún ejercicio tan melancólico como el de pretender, con palabras, con los vagos, difusos cuerpos de las palabras, describir un cuadro. La palabra reina en el mundo de lo fluyente y movedizo: aprisiona las ideas, veloces amazonas que cruzan galopando el plano de la mente, da caza a la fauna fugitiva de los sentimientos que van y vienen por los meandros del corazón, pero se declara inhábil, por completo, para expresar la inmensa quietud concreta de esta pincelada de color sobre este lienzo nítido. Si los cuadros se movieran interiormente sólo habría poesía y música, pero el cuadro está ahí, de un golpe, todo él: un microcosmos.

Zuloaga ha conseguido, en Roma, un gran triunfo: complicaciones políticas de mayor y menor cuantía, han impedido que su triunfo alcanzara la oportuna sanción oficial. Pero los periódicos romanos aparecieron con títulos por el estilo de éste: Il più forte Zuloaga. Y los visitantes de la exposición recibieron en su sala las máximas impresiones.

París se le ha rendido. No hace mucho escribía Jorge Brandes, el célebre crítico de Dinamarca, en la Frankfurter Zeitung: «Un salón parisiense de hoy, que quiere dar nota de extrema selección, tiene que agenciarse la presencia de Zuloaga o de Rodin».

Para quien como yo lleva años moviendo guerra tenaz a los valores españoles mal fundados, en pro de otras nuevas acuñaciones más exactas, más firmes y exigentes, es de gran satisfacción hallar, de vez en cuando, una figura sólida, un hombre íntegro donde reposar y fruir de una tregua. Por esto he subido animoso los innumerables escalones de una casa de la calle Coulaincourt en cuyo último piso tiene su estudio Zuloaga.

Es un aposento modestísimo, desmantelado, y yo diría que en medio del lujo de París parecen afirmar aquellas cuatro paredes el derecho a la desolación y a la rudeza que se alza en el fondo de todos los cuadros zuloaguescos. Únicamente pendía, en uno de los muros, una pintura: la Apocalipsis, del Greco, o mejor dicho, la parte inferior de esta composición que en una de sus correrías por el interior del cuerpo castellano, logró descubrir Zuloaga. Este cuadro, según se desprende del inventario de los bienes del Greco, recientemente descubierto por el señor San Román, debió ser uno de los últimos que pintó Doménico Theotocópuli, y es como una postrera visión de la materia por un espíritu que va a consumirse, quemado por sus propios ardores. En primer término, a la izquierda, la enorme figura de San Juan, el viejo virgen con las manos en alto, en ademán equívoco de espanto y evocación. Y tras él, bajo una gran batalla que riñen en lo alto las nubes, cuerpos desnudos y flameantes, que aspiran a volatilizarse y sumirse en aquel drama aéreo y semiespiritual de los cielos. Y nada más. ¿Es necesario más? La Apocalipsis pudiera muy bien ser uno de los mejores cuadros del mundo, porque ante él sentimos, con pavorosa inmediatez, el tema más sencillo y más profundo de la pintura: un poco de materia puesta a arder.

Es verdaderamente satisfactorio ver aparecer en este tosco ambiente, la fisonomía robusta, casi gigantea, del artista. Zuloaga es un magnífico ejemplar de la raza vasca. Procede de una vieja familiar eibarresa que de padres a hijos, en secular continuidad, viene educándose para el arte. Su abuelo y su padre fueron exquisitos artífices en damasquinados; su tío Daniel, que aún vive, es uno de los mejores ceramistas que conozco. Ignacio nuestro pintor, significa la expansión triunfal ante el público de ambos mundos, de una tradición larga y solícitamente preparada en un rincón oscuro de la tierra española.

No es ocioso, ni mucho menos, hacer constar esta genealogía, porque, lo que hay de prepotente, de sustantivo en la obra de Zuloaga, es, precisamente, lo que, al través de su manera individual, le llega de aquella tradición. Y como es paradójico afirmar que lo que hay verdaderamente valioso en un artista de tan original y díscola apariencia, consiste más bien en lo que le llega de una tradición familiar, más aún, de una tradición de artistas populares, relativamente anónimos e impersonales, merece que nos detengamos un poco en ello.

Con los cuadros de Zuloaga, he dicho en otro lugar, penetra en las exposiciones un sirocco, y no nos extrañaría que los demás lienzos se secaran, se resquebrajaran y abarquillándose, se desprendieran de sus marcos. Zuloaga es un pintor que no sólo tiene un estilo personalísimo, sino que tiene una manera. Manera es a estilo lo que manía a carácter. Zuloaga es amanerado y porque lo es comenzó a aplaudírsele y encomiársele. Hoy, el europeo sólo tiene paladar para amaneramientos. Sin embargo, aplausos y encomios son fortuna que Zuloaga comparte con muchos otros pintores, con muchas otras maneras de artistas. Lo específico de Zuloaga está en que es el più forte, en que se impone con la sencillez de lo evidente, en que arrebata y no sólo place, en que aplasta las maneras de los demás, en que, estoy por decir, se aplasta a sí mismo: el Zuloaga amanerado, sucumbe ante lo que hay en Zuloaga de più forte y el espectador se aleja de sus pinturas, pensando en el tema de éstas, más que en el pintar del pintor.

Cuando Zuloaga pinta una escena, más o menos, del gusto de París, pongamos por caso Le vieux marcheur —el viejo verde que es atraído como una hoja quebradiza de otoño por la ráfaga erótica de dos mozas andantes— no podemos llegar al entusiasmo. Nos hallamos con una anécdota más allá de la cual hay lugar para infinitas otras anécdotas; además, esa anécdota no nos es referida de una manera simple, sobria y espontánea. El pintor pretende que nos detengamos en ella, convierte cada línea y cada mancha de color en una gesticulación, se afana demasiado en convencernos, insiste con exceso en los detalles, y acaba por hacer cabriolas sobre el mísero tema anecdótico, que, exento de fortaleza, se viene abajo con toda la saltimbanquia de líneas y contrastes sobre él amontonada. Éste no es nuestro Zuloaga: es un juglar que, tal vez muy diestro y ágil, nos entretiene con una fantasmagoría.

En cambio, Zuloaga ha pintado el enano Gregorio el Botero. Una figura deforme, de horrible faz, ancha, chata y bisoja, calzados los pies de alpargatas y las piernas de calzones, que medio se le derriban, en mangas de camisa, abierta ésta por el pecho, que avanza con enormes músculos de antropoide. Sobre el suelo se alzan, y apoyados en su hombro se mantienen en pie, dos henchidos pellejos que conservan las formas orgánicas del animal que en ellos habitó, y afirman un no remoto parentesco con el hombre monstruoso que los abraza como a dos semejantes. Y este grupo de vida orgánica destaca sobre un paisaje de tierra desolada sin árboles, rugosa, dura, frígida. A mano derecha, rampan por un collado los cubos de unas murallas rudísimas, de una ciudad apenas sugerida, sugerida lo bastante para que se sepa que es una ciudad bárbara y torva y enérgica, cuyos pobladores son crueles unos para con otros, y cada cual es enemigo de sí mismo, y nadie sabe qué es admirar ni qué es amor. Encima, un cielo, que es una guerra rauda entre un ventarrón y unas nubes, las cuales, en sus desgajes y culebreos, dan cuerpo a las líneas de embestida del viento. A mi manera de ver, debe Zuloaga su triunfo a que es acaso el único pintor vivo cuyo tema no ha sido inventado por él. Me explicaré.

Hace muchos años que los pintores no pintan cuadros. Andan entretenidos en resolver problemas técnicos que son, sin duda, de enorme importancia, para aumentar las facultades del arte. Mas esto trae consigo la renuncia a la cuarta dimensión, que necesita toda obra de arte para serlo plenamente. Y esta cuarta dimensión es la sensibilidad para los temas esenciales humanos.

Precisamente porque el arte es técnica y es habilidad, necesita el arte ser algo más. Cuando se dice de algo que es un instrumento, se indica que aislado y por sí mismo, carece de valor: es menester que el instrumento justifique su existencia, realizando la función para que fue forjado. Del mismo modo, el arte es el arte de dotar a las almas de una sensibilidad potenciada. Ahora bien, la mayor o menor sensibilidad consiste simplemente en que percibamos o no ciertas realidades fugitivas, profundamente simbólicas, que están en el fondo de las realidades groseras y patentes, como los delicados secretos del instinto en los corazones deslumbrantes de las vírgenes.

Al dotarnos el arte de esa superior sensibilidad no hace sino ponernos en intimidad perfecta e inmediata con los misterios elementales de la condición humana, con los problemas cardinales del cosmos. Así decía con grata exageración, el poeta italiano Pascoli, que el fin único de la poesía es hacernos sentir inmediatamente el movimiento y la vitalidad de las estrellas en el cuerpo infinito del cosmos, es dotarnos de una conciencia cósmica.

Pues bien, yo creo que hay como categorías estéticas, como problemas fundamentales en la tragedia humana, que están ahí en parte desde el principio de los tiempos y que sólo de diez en diez siglos son aumentadas mediante una nueva y abismática intuición. Esto ocurre al menos en la evolución de la ciencia y de la moral: no hay razón para que no ocurra lo propio en el arte.

Se habla de originalidad a menudo y se entiende por tal yo no sé qué ingenua pretensión existente en algunos hombres de inventar algo completamente nuevo. Nada hay nuevo, nada hay viejo si no es sólo de nombre: el puente más viejo de París es el Pont Neuf. Hay, sí, unas realidades esenciales y perennes, sentidas desde los comienzos de la cultura, y en torno a ellas una variación incesante de semirrealidades ingrávidas e insignificantes, las cuales ni son nuevas ni son viejas, porque son simplemente momentáneas. Hombre verdaderamente original es quien, al través de esas reverberaciones superficiales, mete bien hondo la mirada y la mano en aquellos problemas cordiales, eternos, y los saca un momento a las miradas de las gentes.

El arte popular, aunque es menos eficaz y enérgico que el arte reflexivo, se mantiene en cambio menos apartado de esos temas de subsuelo que constituyen las fuerzas últimas y transcendentes del arte. Y es muy curioso cómo en los cuadros de Zuloaga, por debajo de su individual personalidad amanerada, se yergue una personalidad anónima de artista español, criado en los entresijos de la raza, que pervive en contacto con la tragedia elemental de nuestra vida.

Zuloaga contrarresta los seis meses de existencia en París con otros seis meses que habita en Segovia. En comandita con su tío Daniel ha comprado una viejísima iglesia románica, adusta y fornida, encaramada en una colina. Y allí tiene su estudio de creación. Y allí se sume periódicamente en el limo original de su pueblo y allí percibe el sordo rugir de los dolores estéticos que retuercen el corazón profundo de la tierra.

El triunfo de Zuloaga se debe a haber traído a la fuerza definitoria de artista reflexivo y personal, este su fondo familiar de artista popular y anónimo, que vive inserto en la vida inconsciente de un pueblo, como una encina perdurable en la ancha vitalidad de un paisaje castellano.

Por ciertos cuadros de Zuloaga pasa resoplando fieramente un viento irresistible, arrebatador, bárbaro; un aliento agrio que parece llegar de los cálidos pulmones de una fiera; una corriente de algo, de algo tan vigoroso, tan sustancial y necesario que oprimiendo lo pintado en el lienzo, lo asienta, lo aprieta sobre sí mismo, le da peso existencial, solidez, necesidad. Diríase de algunas de sus pinturas que son como desfiladeros por donde irrumpe procelosamente un dinamismo superior a ellos e independiente de ellos.

Zuloaga nos presenta un tema eterno de la historia expresado con gestos españoles.

Yo he intentado precisar este tema del modo siguiente:

Es la española una raza que se ha negado a realizar en sí misma aquella serie de transformaciones sociales, morales e intelectuales que llamamos Edad Moderna. La civilización ha avanzado, ha construido nuevas formas de vida, ha impuesto nuevas condiciones a la existencia, demanda nuevas virtudes y repele como vicios y flaquezas y miserias algunas que antaño lo fueron. Los pueblos que se han sometido a este cambio del medio histórico, han renunciado a perseverar en su ser, han aceptado las reformas de su carácter y han comprado el bienestar, el poderío, la moralidad y el saber, a cambio de esa renuncia. Como Fausto, han vendido su alma o porciones de ella para mejorar de fortuna.

Nuestro pueblo, por el contrario, ha resistido: la historia moderna de España se reduce probablemente a la historia de su resistencia a la cultura moderna. China o Marruecos han resistido también, se dirá. Pero la cultura moderna es genuinamente la cultura europea, y España la única raza europea que ha resistido a Europa. Éste es su gesto, su genialidad, su condición, su sino. ¡Un ansia indomable de permanecer, de no cambiar, de perpetuarse en idéntica sustancia! Durante siglos sólo nuestro pueblo no ha querido ser otro de lo que es: no ha deseado ser como otro.

Cualquiera que sea el juicio que este hecho nos merezca, esa lucha de una raza contra el destino tiene grandeza y crueldad tales, que constituye un tema trágico, un tema eterno y necesario. Porque la cultura, que es un eterno cambio progresivo, es a la vez una eterna destrucción de los pueblos mismos que la crean, y la terribilidad del caso se hace más patente allí donde un pueblo se niega a consentir la amputación de su carácter y centra todas sus energías, antes ocupadas con producir cultura, en el puro instinto de conservación contra la cultura misma, contra el nuevo orden férreo y fatal. Como toda tragedia, reclama ésta una forma paradojal que puede sonar así: una raza que padece muerte transitoria por instinto de conservación.

Pero con decir esto no hemos hecho sino aproximarnos conceptualmente al tema, y los conceptos son siempre una mediación entre las cosas y nosotros. Es preciso que lleguemos a una conciencia más profunda, a una conciencia inmediata del tema español. Es ésta la conciencia sentimental, la sensibilidad. Zuloaga es tan grande artista, porque ha tenido el arte de sensibilizar el trágico tema español.

Europa se ha convertido en lo que etimológicamente significa: la llanura ancha. Es una planicie moral e intelectual. Sobre ella los cuadros de Zuloaga son como un alarido de un pueblo que supo resistir y hoy ofrece a la esperanza las posibilidades encerradas en sus fuertes instintos intactos.

La Prensa, 4 de febrero de 1912