Ortega y Gasset

Abstract

Polemic against Unamuno’s letter in ABC: to ‘if a people had to choose between Descartes and St John of the Cross, I would keep the latter’ Ortega replies that without Descartes we would be left in the dark and would not even see Juan de Yepes’s habit. Unamuno is cast as the lad who smashes the lamp at the village dance, ‘energúmeno español’.

Connections

Concetti: ragione, fede
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Prisionero de otras ocupaciones, no he podido hasta ahora poner un exiguo comentario a la carta de don Miguel de Unamuno, publicada hace días en ABC. Una carta privada como ésta en que el señor Unamuno sanciona las opiniones del señor Azorín, no merece grande atención: el correo privado apenas si sirve de otra cosa que de manso cauce al río turbulento de las impertinencias individuales. Sólo me interesan las acciones y los problemas públicos: hartas dificultades hay en éstos para que nos distraigamos en meditar sobre las incongruencias íntimas, privadas de nuestros contemporáneos. Había pensado, desde luego, en no oponer nada a la filosofía soez de aquella carta: como en mi artículo anterior me preguntaba de nuevo: ¿qué decir a quien no se preocupa de la verdad? Cierto que el señor Unamuno me alude en esa carta: habla de «los papanatas» que están bajo la fascinación de «esos europeos». Ahora bien, yo soy plenamente, íntegramente, uno de esos papanatas: apenas si he escrito, desde que escribo para el público, una sola cuartilla en que no aparezca con agresividad simbólica la palabra: Europa. En esta palabra comienzan y acaban para mí todos los dolores de España. Y es costumbre en esta tierra mía, en esta tierra que Dios ha puesto de un empellón fuera del alcance benéfico de su vieja mano rugosa, contestar a la guapeza con algún gesto de jaque. El señor Unamuno ha elevado a la dignidad universitaria los usos jaquescos que el señor La Cierva, tan ingenuamente, se obstina en perseguir por las tabernas. ¿Dónde iremos ahora a buscar la bonne compagnie? Yo debía contestar con algún vocablo tosco o, como decían los griegos, rural, a don Miguel de Unamuno, energúmeno español. Pero… esto sería muy poco divertido. Quienes rompen las reglas artificiales de la buena educación se quedan sin gozar la fruición delicadísima de ejercitar íntegramente sus energías dentro de ellas. Pues qué, ¿no estriba todo el placer del juego en el sometimiento a ciertas reglas convencionales y hasta ridículas? ¡Divino juego civil de la buena educación! ¡Deleite noble y señor el de vivir dentro de las reglas quebrantables sin quebrantarlas! ¡Suprema voluptuosidad para quienes son capaces de sentir la voluptuosidad de la ley!

¿A qué, pues, contestar la carta del rector de Salamanca? ¿Qué dice en ella, al fin y al cabo? «Si fuera imposible que un pueblo dé a Descartes y a San Juan de la Cruz, yo me quedaría con éste».

En los bailes de los pueblos castizos no suele faltar un mozo que cerca de la media noche se siente impulsado sin remedio a dar un trancazo sobre el candil que ilumina la danza: entonces comienzan los golpes a ciegas y una bárbara baraúnda. El señor Unamuno acostumbra a representar este papel en nuestra república intelectual. ¿Qué otra cosa es sino preferir a Descartes el lindo frailecito de corazón incandescente que urde en su celda encajes de retórica extática? Lo único triste del caso es que a don Miguel, el energúmeno, le consta que sin Descartes nos quedaríamos a oscuras y nada veríamos, y menos que nada el pardo sayal de Juan de Yepes.

Yo pensaba no hablar de esta lamentable epístola; pero ¡he recibido tantas hostigándome a la protesta! Cuando comenzaban las escenas a que ha dado motivo esta guerra imperfecta del África, pedía yo desde estas columnas, ante todo, pudor nacional. Preveía la curiosidad justiciera de Europa asomándose tras los Pirineos y recorriendo con sus ojos severos la desnudez de nuestras carnes señaladas por todos los vicios. Desgraciadamente, he acertado. Yo no sé quién pueda censurar honradamente a Europa si la oímos que dice: Hermanos de Aria, nuestra España sigue igual.

Pero el señor Unamuno no es hombre que se ande con medias tintas: como Juan de Yepes es superior a Descartes, es, en no pocas otras cosas, superior España a Europa; por ejemplo, en lingüística, ejercicio oficial y obligado del señor Unamuno. Léase lo que dice a Azorín para mostrar en qué consiste la superioridad de los celtíberos:

«Hay que proclamar nuestras superioridades actuales. Indigna ver tanto hispanista (¿?) que se cree que España acabó en el siglo XVII. Un chileno que allá en su tierra había estudiado filología castellana con dos alemanes (!!!), vino de paso para… París, a perfeccionarse en ella. Oyó a Menéndez Pidal y se quedó. Y es que éste ha escrito un manual mucho mejor en su género que cuantos análogos conozco del extranjero. Y así hay muchos. Cajal no está solo. Nos falta —y no lo deploro— el sentido de la réclame, y, además, no solemos dignarnos defendernos. A su desdén teatral oponemos nuestra altivez».

¿Qué contestar a esto? El nombre de Menéndez Pidal es tan noble, tan ejemplar, tan severo, que vale por cien argumentos. Por otro lado, el señor Unamuno se ha dedicado, en cumplimiento de un deber ineludible, capital, al mismo género de trabajos que el autor de El cantar de Myo Cid. ¿Quién podrá dudar, pues, de que sabe muy bien lo que dice cuando nos combate a los europeizantes con el claro nombre de don Ramón Menéndez Pidal?

Mas ¡ay!, he recibido estos días unas cuartillas de un español, joven e inteligentísimo, cuyo nombre no ignora Unamuno: don Américo Castro, discípulo predilecto y familiar del señor Menéndez Pidal. Y estas cuartillas dicen así:

«Torpes andan quienes barajando a su sabor hechos de difícil comprobación para los más, pretenden —con palabras de fanfarria mal adobadas de pretendido amor a la tierra— cubrir con la prez de un nombre ilustre el nefando pecado de la felonía intelectual.

»No otra cosa significa colocar el nombre del señor don Ramón Menéndez Pidal entre el elogio de un chileno que “le prefiere” a los alemanes y una deslavazada censura para los que fuera de España se han preocupado, mucho antes que el señor Unamuno pudiera soñarlo, de hacer una ciencia del estudio de nuestra lengua. No ignora el rector de Salamanca que antes de que el señor Menéndez Pidal comenzase sus trabajos de filología —su gramática se publicó en 1904— si se exceptúan los señores Bello y Cuervo, americanos, sólo nombres extranjeros figuran en las bibliotecas de filología románica cuando de castellano se ocupan. Lo que el señor Unamuno sepa de filología castellana tuvo que aprenderlo en las gramáticas de Diez, Meyer-Lübke, Foerster y Baist, alemanes, y en la de Gorra, italiano. Si se enteró de que el habla salmantina era algo más que palabras deformadas por la rusticidad aldeana, tuvo que leer a Gessner, Das Altleonische, Berlín, 1876; a Morel-Fatio, Recherches sur les sources du “Libro de Alexandre”, Upsala, 1887, y su reseña del libro de Gessner en la Zeitschrift für romanische Philologie, de 1904, y hoy día a E. Staaff, L’ancien dialecte léonais, Upsala, 1907.

»En cuanto a esos dos alemanes que despectivamente aparecen seguidos de admiración, son los señores R. Lenz y F. Hansen. Al primero se debe, según Meyer-Lübke (Einführung, página 171), el único trabajo completo sobre uno de los problemas más difíciles de la filología románica: “el de determinar en qué medida han influido los pueblos prerromanos, que después se romanizaron, en la formación de las lenguas romances” (v. sus “Chilenische Studien”, Phon. Stud. V y “Die chilenische Lautlehre, verglichen mit der araukanischen”, Zeit. XVII). El segundo es autor de numerosas monografías sobre la conjugación española antigua y las dialectales, leonesa y aragonesa; hoy día representa en Chile el factor más importante para la formación científica de la juventud chilena “que estudia español”. No hablemos de la infinidad de artículos en revistas —ninguna española— debidos a Cornu, Ford, Poberowicz, Staaff, Tallgren, Marden, Pietsch, Salvioni, M.-Fatio, etc., sin contar con que en casi todas las ediciones de autores españoles, si el señor Unamuno ha querido estudiarlos “filológicamente”, tuvo que recurrir a Fitz Gerald (Berceo), Baist y Gräfenberg (don Juan Manuel), Foulché-Delbosc (Celestina, Lazarillo, etcétera.), Marden (F. González), M.-Fatio (Alexandre), Buchanan y Rennert (comedias), Böhmer (Juan de Valdés), Mérimée (Guillén de Castro), H. Mérimée (G. de Castro y Mercader), Ducamin (Juan Ruiz), Lang (cancioneros), etcétera, etc. A este inmenso trabajo, labor de treinta años, y a tanto nombre benemérito, podemos incorporar para honra nuestra el preclarísimo del señor Menéndez Pidal, más conocido en el extranjero que aquí —dudo que hayan leído el Cantar de Myo Cid más de veinte españoles— y cuya iniciación en la ciencia de la filología española la debió a haber aplicado en sus investigaciones el riguroso método que fuera de aquí se seguía en esta clase de estudios. Hoy día, es cierto, pueden venir extranjeros a escuchar su palabra autorizada. Ya lo han demostrado las Universidades de los Estados Unidos solicitando su presencia para que difundiese entre ellos sus tesoros de erudición medieval.

»Cierto es también que sería ingrato desconocer que a la incorporación de un pequeño núcleo de españoles a la cultura europea debemos el poder enorgullecernos con sus triunfos.

»Ahora bien, si el señor Unamuno sabe todo esto en su calidad de profesor de filología, ¿por qué escribe la carta del ABC?»

Prisoner of other occupations, I have not been able until now to put an exiguous commentary to the letter of don Miguel de Unamuno, published some days ago in ABC. A private letter like this one, in which Señor Unamuno sanctions the opinions of Señor Azorín, does not merit great attention: private mail hardly serves for anything other than a tame channel for the turbulent river of individual impertinences. Only public actions and problems interest me: there are enough difficulties in them for us not to be distracted into meditating on the intimate, private incongruities of our contemporaries. I had thought, of course, of opposing nothing to the coarse philosophy of that letter: as in my previous article I asked myself again: what to say to one who does not care about truth? It is true that Señor Unamuno alludes to me in that letter: he speaks of «the gullible» who are under the fascination of «those Europeans». Now, I am fully, integrally, one of those gullible ones: I have hardly written, since I write for the public, a single page in which the word does not appear with symbolic aggressiveness: Europe. In this word all the sorrows of Spain begin and end for me. And it is customary in this land of mine, in this land that God has set with a shove beyond the beneficent reach of his old wrinkled hand, to answer bravado with some swaggering gesture. Señor Unamuno has elevated to university dignity the swaggering usages that Señor La Cierva, so ingenuously, insists on pursuing through the taverns. Where shall we go now to look for the bonne compagnie? I ought to answer with some coarse word or, as the Greeks said, rustic, to don Miguel de Unamuno, Spanish energumen. But… that would be very little fun. Those who break the artificial rules of good breeding are left without enjoying the most delicate fruition of exercising their energies fully within them. For what, does not all the pleasure of the game consist in submission to certain conventional and even ridiculous rules? Divine civil game of good breeding! Noble and lordly delight, that of living within the breakable rules without breaking them! Supreme voluptuousness for those who are capable of feeling the voluptuousness of the law!

Why, then, answer the letter of the rector of Salamanca? What does it say in it, after all? «If it were impossible that a people should give Descartes and San Juan de la Cruz, I would keep the latter».

In the dances of the castizo villages there is usually not lacking a lad who, near midnight, feels driven without remedy to strike a blow at the oil lamp that lights the dance: then the blind blows begin and a barbarous uproar. Señor Unamuno is wont to play this role in our intellectual republic. What else is it but to prefer to Descartes the pretty little friar of incandescent heart who weaves in his cell laces of ecstatic rhetoric? The only sad thing about the case is that don Miguel, the energumen, knows for certain that without Descartes we would remain in darkness and would see nothing, and least of all the grey homespun of Juan de Yepes.

I thought not to speak of this lamentable epistle; but I have received so many urging me to protest! When the scenes to which this imperfect war of Africa has given occasion were beginning, I asked from these columns, above all, national shame. I foresaw the justiciary curiosity of Europe peering over the Pyrenees and running with its severe eyes over the nakedness of our flesh marked by every vice. Unfortunately, I was right. I do not know who could honestly censure Europe if we hear it say: Brothers of Aria, our Spain remains the same.

But Señor Unamuno is not a man to beat around the bush: as Juan de Yepes is superior to Descartes, so in not a few other things is Spain superior to Europe; for example, in linguistics, the official and obligatory exercise of Señor Unamuno. Read what he says to Azorín to show in what the superiority of the Celtiberians consists:

«We must proclaim our present superiorities. It outrages one to see so many Hispanists (?) who believe Spain ended in the seventeenth century. A Chilean who, back in his own land, had studied Castilian philology with two Germans (!!!), came in passing to… Paris, to perfect himself in it. He heard Menéndez Pidal and stayed. And the fact is that the latter has written a manual much better in its kind than any analogous one I know from abroad. And thus there are many. Cajal is not alone. What we lack —and I do not deplore it— is the sense of réclame, and, moreover, we usually do not deign to defend ourselves. To its theatrical disdain we oppose our haughtiness».

What to answer to this? The name of Menéndez Pidal is so noble, so exemplary, so severe, that it is worth a hundred arguments. On the other hand, Señor Unamuno has devoted himself, in fulfillment of an ineluctable, capital duty, to the same kind of work as the author of the Cantar de Myo Cid. Who could doubt, then, that he knows very well what he says when he fights us Europeanizers with the clear name of don Ramón Menéndez Pidal?

But alas! I have received these days some pages from a Spaniard, young and most intelligent, whose name Unamuno does not ignore: don Américo Castro, favorite and familiar disciple of Señor Menéndez Pidal. And these pages say as follows:

«Clumsy are those who, shuffling at their pleasure facts of difficult verification for most, pretend —with words of fanfare poorly seasoned with feigned love of the land— to cover with the honor of an illustrious name the nefandous sin of intellectual felony.

»Nothing else does it mean to place the name of Señor don Ramón Menéndez Pidal between the praise of a Chilean who «prefers» him to the Germans and a washy censure of those who, outside Spain, have concerned themselves, much before Señor Unamuno could dream of it, with making a science of the study of our language. The rector of Salamanca does not ignore that before Señor Menéndez Pidal began his works of philology —his grammar was published in 1904—, if one excepts Messrs. Bello and Cuervo, Americans, only foreign names figure in the libraries of Romance philology when Castilian is concerned. Whatever Señor Unamuno may know of Castilian philology he had to learn in the grammars of Diez, Meyer-Lübke, Foerster and Baist, Germans, and in that of Gorra, an Italian. If he learned that the Salmantine speech was something more than words deformed by village rusticity, he had to read Gessner, Das Altleonische, Berlin, 1876; Morel-Fatio, Recherches sur les sources du «Libro de Alexandre», Upsala, 1887, and his review of Gessner’s book in the Zeitschrift für romanische Philologie, of 1904, and today E. Staaff, L’ancien dialecte léonais, Upsala, 1907.

»As for those two Germans who disparagingly appear followed by exclamation marks, they are Messrs. R. Lenz and F. Hansen. To the former is due, according to Meyer-Lübke (Einführung, page 171), the only complete work on one of the most difficult problems of Romance philology: «that of determining to what extent the pre-Roman peoples, who later became Romanized, have influenced the formation of the Romance languages» (v. his «Chilenische Studien», Phon. Stud. V and «Die chilenische Lautlehre, verglichen mit der araukanischen», Zeit. XVII). The second is the author of numerous monographs on the ancient Spanish conjugation and on the dialectal ones, Leonese and Aragonese; today he represents in Chile the most important factor for the scientific formation of the Chilean youth «that studies Spanish». Let us not speak of the infinity of articles in journals —no Spanish one— due to Cornu, Ford, Poberowicz, Staaff, Tallgren, Marden, Pietsch, Salvioni, M.-Fatio, etc., not to mention that in almost all the editions of Spanish authors, if Señor Unamuno has wanted to study them «philologically», he has had to resort to Fitz Gerald (Berceo), Baist and Gräfenberg (don Juan Manuel), Foulché-Delbosc (Celestina, Lazarillo, etcetera), Marden (F. González), M.-Fatio (Alexandre), Buchanan and Rennert (plays), Böhmer (Juan de Valdés), Mérimée (Guillén de Castro), H. Mérimée (G. de Castro y Mercader), Ducamin (Juan Ruiz), Lang (songbooks), etcetera, etcetera. To this immense work, labor of thirty years, and to so many meritorious names, we can incorporate for our honor the most illustrious one of Señor Menéndez Pidal, better known abroad than here —I doubt that more than twenty Spaniards have read the Cantar de Myo Cid— and whose initiation into the science of Spanish philology he owed to having applied in his investigations the rigorous method that outside here was followed in this class of studies. Today, it is certain, foreigners can come to listen to his authoritative word. The Universities of the United States have already demonstrated it, requesting his presence so that he might spread among them his treasures of medieval erudition.

»It is also true that it would be ungrateful not to recognize that to the incorporation of a small nucleus of Spaniards into European culture we owe being able to pride ourselves on their triumphs.

»Now, if Señor Unamuno knows all this in his capacity as professor of philology, why does he write the letter to ABC?»

Prigioniero di altre occupazioni, non ho potuto finora mettere un esiguo commento alla lettera di don Miguel de Unamuno, pubblicata giorni fa su ABC. Una lettera privata come questa, in cui il signor Unamuno sancisce le opinioni del signor Azorín, non merita grande attenzione: la posta privata a stento serve ad altro che da mansueto canale al fiume turbolento delle impertinenze individuali. Mi interessano soltanto le azioni e i problemi pubblici: troppe difficoltà ce ne sono in questi perché ci distraiamo a meditare sulle incongruenze intime, private dei nostri contemporanei. Avevo pensato, naturalmente, a non opporre nulla alla filosofia sozza di quella lettera: come nel mio articolo precedente, mi domandavo di nuovo: che dire a chi non si preoccupa della verità? Certo che il signor Unamuno mi allude in quella lettera: parla «dei gonzi» che sono sotto la fascinazione di «questi europei». Ebbene, io sono pienamente, integralmente, uno di questi gonzi: a stento ho scritto, da quando scrivo per il pubblico, una sola cartella in cui non appaia con aggressività simbolica la parola: Europa. In questa parola cominciano e finiscono per me tutti i dolori di Spagna. Ed è costume in questa terra mia, in questa terra che Dio ha messo con una spinta fuori dalla portata benefica della sua vecchia mano rugosa, rispondere alla guapperia con qualche gesto da gradasso. Il signor Unamuno ha elevato alla dignità universitaria gli usi gradasseschi che il signor La Cierva, così ingenuamente, si ostina a perseguire per le taverne. Dove andremo ora a cercare la bonne compagnie? Io dovevo rispondere con qualche vocabolo rozzo o, come dicevano i greci, rurale, a don Miguel de Unamuno, energumeno spagnolo. Ma… questo sarebbe poco divertente. Coloro che rompono le regole artificiali della buona educazione restano senza godere la fruizione delicatissima di esercitare integralmente le proprie energie dentro di esse. E allora, non sta forse tutto il piacere del gioco nella sottomissione a certe regole convenzionali e perfino ridicole? Divino gioco civile della buona educazione! Delizia nobile e signorile quella di vivere dentro le regole infrangibili senza infrangerle! Suprema voluttà per coloro che sono capaci di sentire la voluttà della legge!

A che, dunque, rispondere alla lettera del rettore di Salamanca? Che dice in essa, in fin dei conti? «Se fosse impossibile che un popolo desse Cartesio e San Giovanni della Croce, io mi terrei quest’ultimo».

Nei balli dei paesi castizos non suole mancare un giovane che verso mezzanotte si sente spinto senza rimedio a dare un colpo alla lucerna che illumina la danza: allora cominciano i colpi a ciechi e una barbara baraonda. Il signor Unamuno è solito rappresentare questo ruolo nella nostra repubblica intellettuale. Che cos’altro è se non preferire a Cartesio il grazioso fraticello dal cuore incandescente che ordisce nella sua cella merletti di retorica estatica? L’unica cosa triste del caso è che a don Miguel, l’energumeno, consta che senza Cartesio resteremmo al buio e non vedremmo nulla, e meno che nulla il bigio saio di Juan de Yepes.

Io pensavo di non parlare di questa lamentevole epistola; ma ho ricevuto tante pressioni a protestare! Quando cominciavano le scene a cui ha dato motivo questa guerra imperfetta dell’Africa, chiedevo io da queste colonne, innanzi tutto, pudore nazionale. Prevedevo la curiosità giustiziera dell’Europa che si affaccia dietro i Pirenei e percorre con i suoi occhi severi la nudità delle nostre carni segnate da tutti i vizi. Disgraziatamente, ho indovinato. Io non so chi possa censurare onestamente l’Europa se la sentiamo dire: Fratelli di Aria, la nostra Spagna continua uguale.

Ma il signor Unamuno non è uomo che vada per il sottile: come Juan de Yepes è superiore a Cartesio, in non poche altre cose la Spagna è superiore all’Europa; per esempio, in linguistica, esercizio ufficiale e obbligato del signor Unamuno. Si legga ciò che dice ad Azorín per mostrare in che consista la superiorità dei celtiberi:

«Bisogna proclamare le nostre superiorità attuali. Indigna vedere tanti ispanisti (?) che credono che la Spagna sia finita nel secolo XVII. Un cileno che laggiù nella sua terra aveva studiato filologia castigliana con due tedeschi (!!!), venne di passaggio per… Parigi, a perfezionarsi in essa. Udì Menéndez Pidal e rimase. Ed è che questi ha scritto un manuale molto migliore nel suo genere di quanti analoghi ne conosca dell’estero. E così ce ne sono molti. Cajal non è solo. Ci manca —e non lo deploro— il senso della réclame, e, inoltre, non sogliano degnarci di difenderci. Al suo disdegno teatrale opponiamo la nostra alterigia».

Che rispondere a questo? Il nome di Menéndez Pidal è tanto nobile, tanto esemplare, tanto severo, che vale per cento argomenti. D’altro lato, il signor Unamuno si è dedicato, in adempimento di un dovere ineludibile, capitale, allo stesso genere di lavori dell’autore del Cantar de Myo Cid. Chi potrà dubitare, dunque, che sappia molto bene ciò che dice quando ci combatte, europeizzanti, col chiaro nome di don Ramón Menéndez Pidal?

Ma ahimè, ho ricevuto questi giorni alcune cartelle di uno spagnolo, giovane e intelligentissimo, il cui nome non ignora Unamuno: don Américo Castro, discepolo prediletto e familiare del signor Menéndez Pidal. E queste cartelle dicono così:

«Torpi sono coloro che, mescolando a loro talento fatti di difficile comprovazione per i più, pretendono —con parole di fanfara mal condite di preteso amore alla terra— di coprire con la lode di un nome illustre il nefando peccato della fellonia intellettuale.

»Nient’altro significa collocare il nome del signor don Ramón Menéndez Pidal tra l’elogio di un cileno che «lo preferisce» ai tedeschi e una sbiadita censura per coloro che fuori di Spagna si sono preoccupati, molto prima che il signor Unamuno potesse sognarlo, di fare una scienza dello studio della nostra lingua. Non ignora il rettore di Salamanca che prima che il signor Menéndez Pidal cominciasse i suoi lavori di filologia —la sua grammatica si pubblicò nel 1904—, se si eccettuano i signori Bello e Cuervo, americani, soltanto nomi stranieri figurano nelle biblioteche di filologia romanza quando si occupano di castigliano. Ciò che il signor Unamuno sappia di filologia castigliana ha dovuto apprenderlo nelle grammatiche di Diez, Meyer-Lübke, Foerster e Baist, tedeschi, e in quella di Gorra, italiano. Se si informò che il parlare salmantino era qualcosa di più che parole deformate dalla rusticità contadina, ha dovuto leggere Gessner, Das Altleonische, Berlino, 1876; Morel-Fatio, Recherches sur les sources du «Libro de Alexandre», Upsala, 1887, e la sua recensione del libro di Gessner nella Zeitschrift für romanische Philologie, del 1904, e oggi E. Staaff, L’ancien dialecte léonais, Upsala, 1907.

»Quanto a quei due tedeschi che dispregiativamente appaiono seguiti da punti esclamativi, sono i signori R. Lenz e F. Hansen. Al primo si deve, secondo Meyer-Lübke (Einführung, pagina 171), l’unico lavoro completo su uno dei problemi più difficili della filologia romanza: «quello di determinare in che misura i popoli preromani, che poi si romanizzarono, hanno influito nella formazione delle lingue romanze» (v. i suoi «Chilenische Studien», Phon. Stud. V e «Die chilenische Lautlehre, verglichen mit der araukanischen», Zeit. XVII). Il secondo è autore di numerose monografie sulla coniugazione spagnola antica e sulle dialettali, leonese e aragonese; oggi rappresenta in Cile il fattore più importante per la formazione scientifica della gioventù cilena «che studia spagnolo». Non parliamo dell’infinità di articoli in riviste —nessuna spagnola— dovuti a Cornu, Ford, Poberowicz, Staaff, Tallgren, Marden, Pietsch, Salvioni, M.-Fatio, ecc., senza contare che in quasi tutte le edizioni di autori spagnoli, se il signor Unamuno ha voluto studiarli «filologicamente», ha dovuto ricorrere a Fitz Gerald (Berceo), Baist e Gräfenberg (don Juan Manuel), Foulché-Delbosc (Celestina, Lazarillo, eccetera), Marden (F. González), M.-Fatio (Alexandre), Buchanan e Rennert (commedie), Böhmer (Juan de Valdés), Mérimée (Guillén de Castro), H. Mérimée (G. de Castro y Mercader), Ducamin (Juan Ruiz), Lang (cancioneros), eccetera, eccetera. A questo immenso lavoro, opera di trent’anni, e a tanto nome benemerito, possiamo incorporare per nostra gloria il chiarissimo del signor Menéndez Pidal, più conosciuto all’estero che qui —dubito che abbiano letto il Cantar de Myo Cid più di venti spagnoli— e la cui iniziazione nella scienza della filologia spagnola la dovette all’aver applicato nelle sue ricerche il rigoroso metodo che fuori di qui si seguiva in questa classe di studi. Oggi, è certo, possono venire stranieri ad ascoltare la sua parola autorevole. Lo hanno già dimostrato le Università degli Stati Uniti sollecitando la sua presenza perché diffondesse tra loro i suoi tesori di erudizione medievale.

»Certo è anche che sarebbe ingrato non riconoscere che all’incorporazione di un piccolo nucleo di spagnoli alla cultura europea dobbiamo il poterci inorgoglire dei loro trionfi.

»Ora, se il signor Unamuno sa tutto questo in qualità di professore di filologia, perché scrive la lettera dell’ABC?»

Poco a poco va aumentando el número de los que quisiéramos que las querellas personalistas cedieran en España la liza a las discusiones más honestas y virtuosas sobre la verdad verdadera. En el naufragio de la vida nacional, naufragio en el agua turbia de las pasiones, clavamos serenamente un grito nuevo: ¡Salvémonos en las cosas! La moral, la ciencia, el arte, la religión, la política, han dejado de ser para nosotros cuestiones personales; nuestro campo de honor es ahora el conocido campo de Montiel de la lógica, de la responsabilidad intelectual. Pensando en esto, he preferido las observaciones técnicas de mi grande amigo Américo Castro a toda mi prosa indignada. Merced a ellas puedo afirmar que en esta ocasión don Miguel de Unamuno, energúmeno español, ha faltado a la verdad. Y no es la primera vez que hemos pensado si el matiz rojo y encendido de las torres salmantinas les vendrá de que las piedras venerables aquellas se ruborizan oyendo lo que Unamuno dice cuando a la tarde pasea entre ellas.

Y, sin embargo, un gran dolor nos sobrecoge ante los yerros de tan fuerte máquina espiritual, una melancolía honda…

«¡Dios, que buen vassallo si oviese buen Señor!»

El Imparcial, 27 de septiembre de1909

Little by little the number is growing of those of us who would wish that personalist quarrels should yield in Spain the lists to more honest and virtuous discussions about the true truth. In the shipwreck of national life, a shipwreck in the murky water of the passions, we calmly plant a new cry: Let us save ourselves in things! Morality, science, art, religion, politics have ceased to be personal questions for us; our field of honor is now the well-known field of Montiel of logic, of intellectual responsibility. Thinking of this, I have preferred the technical observations of my great friend Américo Castro to all my indignant prose. Thanks to them I can affirm that on this occasion don Miguel de Unamuno, Spanish energumen, has failed the truth. And it is not the first time we have wondered whether the red and inflamed tint of the Salmantine towers comes to them from the fact that those venerable stones blush hearing what Unamuno says when in the evening he walks among them.

And, nevertheless, a great sorrow overcomes us before the errors of so strong a spiritual machine, a deep melancholy…

«Dios, que buen vassallo si oviese buen Señor!»

El Imparcial, 27 September 1909

A poco a poco va aumentando il numero di coloro che vorremmo che le querelle personaliste cedessero in Spagna la lizza a discussioni più oneste e virtuose sulla verità vera. Nel naufragio della vita nazionale, naufragio nell’acqua torbida delle passioni, piantiamo serenamente un grido nuovo: Salviamoci nelle cose! La morale, la scienza, l’arte, la religione, la politica, hanno cessato di essere per noi questioni personali; il nostro campo d’onore è ora il noto campo di Montiel della logica, della responsabilità intellettuale. Pensando a questo, ho preferito le osservazioni tecniche del mio grande amico Américo Castro a tutta la mia prosa indignata. Grazie ad esse posso affermare che in questa occasione don Miguel de Unamuno, energumeno spagnolo, ha mancato alla verità. E non è la prima volta che abbiamo pensato se il tinto rosso e acceso delle torri salmantine venga loro dal fatto che quelle pietre venerabili si arrossiscono sentendo ciò che Unamuno dice quando al tramonto passeggia tra esse.

E, nondimeno, un grande dolore ci sorprende dinanzi agli errori di così forte macchina spirituale, una malinconia profonda…

«Dios, que buen vassallo si oviese buen Señor!»

El Imparcial, 27 settembre 1909