Abstract
A note of literary criticism: a page-by-page list of quotations from Baroja’s El árbol de la ciencia documenting its insults (‘canalla’, ‘idiota’, ‘imbécil’), closing ironically on the sentence from page 253, ‘He was beginning to feel a deep irritation against everything’. Documentary material, not philosophy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Si abrimos El árbol de la ciencia por la página primera y leemos hasta la sexta, aprenderemos en tan breve espacio cómo acontece el absurdo de que la clase de Química de la Facultad de Medicina se da en la Escuela de Arquitectura, que los estudiantes son unos bárbaros y el profesor «un pobre hombre presuntuoso, ridículo», que parece «un francés petulante». Andrés Hurtado se encuentra en esta primera clase con un compañero de Instituto, Aracil, a quien acompaña un amigo, Montaner. Y tenemos que ya en esta página 10, «Andrés experimenta por Julio Aracil bastante antipatía, pero mucha mayor aversión por Montaner». Además, «los dos condiscípulos se encuentran en esta primera conversación completamente en desacuerdo».
Si, empero, abren ustedes el libro por la página 67, hallarán que «el hospital aquel (San Juan de Dios), ya derruido, por fortuna, era un edificio inmundo, sucio, mal oliente»; que «el médico de la sala, amigo de Julio, era un vejete ridículo… Lo miserable y lo canallesco era que trataba con una crueldad inútil a aquellas desdichadas».
Todo esto en la página 67; pero llegándonos a la 68 tenemos que «aquel petulante idiota… era un macaco cruel este tipo», y «Aracil no podía soportar la bestialidad de aquel idiota».
Pasemos a la 69: «¡Canalla! ¡Idiota!» —exclamó Hurtado, acercándose al médico con el puño levantado:
«Sí, me voy, por no patear las tripas a ese idiota miserable».
En la página 87: «Julio le presentó a un sainetero, un hombre estúpido, fúnebre», y se dice que «Antoñito era un andaluz con una moral de chulo».
En la 99: «El amante de Pura, además de un acreditado imbécil, fabricante de chistes estúpidos, como la mayoría de los del gremio (saineteros), era un granuja, dispuesto a llevarse todo lo que veía».
Estas gentes «hicieron una porción de horrores con una mala intención canallesca». E inmediatamente se habla de «las hijas, dos mujeres estúpidas y feas».
En fin, en la página 100: «Pero usted es un imbécil, una mala bestia».
Aun cuando en nada de esto hubiera motivo de extrañeza, lo habría en que, después de todo esto, allá por la página 253, le ocurre a Baroja hacernos la siguiente comunicación: «Comenzaba a sentir una irritación profunda contra todo».