Ortega y Gasset

Abstract

Column against the wish to restore the pre-coup Constitution and Parliament: absurd to conclude from what happened that one must return to what caused it. The claim is that the average Spaniard will not accept even the necessity of deep reform, and that Spain’s average tone is set by the petit-bourgeois.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

SOBRE TODO, QUE NO SE REFORME NADA

Ahora resulta que la mayor aspiración, el sumo ideal de los buenos españoles consiste en repristinar la Constitución y el Parlamento anteriores al golpe de Estado. No se dirá que somos unos ansiosos. Aquellas instituciones habían caído en tal descrédito que no necesitaron sus derrocadores hacer efectivo ningún heroísmo para anularlas. Y, sin embargo, ha bastado que se les haga fuerza para que algunos temperamentos sentimentales se resuelvan a formar en su defensa nada menos que un frente único. Por lo visto, a la sobredicha Constitución le pasa lo que a la Cunegunda de la novela volteriana, que era más bella cuanto más violada.

Los que no somos hombres políticos, y, en consecuencia, no nos sentimos capaces de levantar bandera propia, esperamos a que pase alguna bajo la cual alistarnos. Mas, por desgracia, cuantas vemos ondear son tan poco atractivas que no nos resolvemos a seguirlas.

Ésta que ahora se agita proponiéndonos el regreso a las delicias antedirectoriales, difícilmente encenderá los corazones. Casi parece una broma que de todo lo ocurrido se saque como conclusión la necesidad de un retorno a lo que fue causa del trastorno.

Mas el hecho de que tal cosa se proponga en serio, debe inspirar graves preocupaciones. Porque ello indica que el espíritu público no ha adelantado nada, que todavía no nos hemos convencido los españoles de la sola cosa necesaria, del único punto esencial para el porvenir histórico de nuestro país, a saber: que es ineludible una reforma profunda de la nación española, y, por lo pronto, del Estado español. Le parece a uno esto tan evidente, que al no hallar en el compatriota medio la misma convicción, se echa uno las manos a la cabeza con la vaga sospecha de padecer alguna demencia. Porque no hay término medio: o es uno o son los demás los dementados.

Comprendería muy bien que existiese acérrima discusión sobre cómo había de ser esa reforma profunda del organismo nacional; pero causa espanto que no se reconozca, que no se sienta, su inevitabilidad.

Siempre he creído que, analizando hasta el fondo los hechos, la causa decisiva de nuestra progresiva desventura es que el español medio —la política la hace, a la postre, el tipo medio de ciudadano— no haya aceptado nunca, no ya la posibilidad, pero ni siquiera la necesidad de reformas importantes en ningún orden. Hasta el punto de que en España basta enunciar ese imperativo de altas modificaciones para verse consignado por las gentes a la quinta dimensión y ser tenido por un lunático. Un proyecto o idea de reforma es rechazado a limine, sin dar lugar a controversia sobre su contenido concreto. Todo lo que propongáis se juzgará, de antemano, inverosímil.

Sería de interés especulativo indagar la razón sociológica de esa insensibilidad para la reforma, que tan enérgicamente revela nuestro pueblo. Porque es un fenómeno curioso en sí mismo, además de ser penoso para todo el que sienta con viveza a su patria. El español medio se pasa la vida diciendo que está muy mal, que todo va mal, y, sin embargo, no acepta en serio que se ensayen nuevas posturas al cuerpo nacional para ver si le va mejor. Y esta inaceptación de toda reforma subterránea es común a derechas e izquierdas. El izquierdista se alarga a tolerar que se modifiquen ciertas palabras en los Códigos, donde se hagan constar nuevas y vagas libertades; pero se negará, lo mismo que el «reaccionario», a que se toque un pelo a la organización real del cuerpo español. Así, ahora, la reacción de liberales y demócratas ante el Directorio se ha reducido a plañir las libertades perdidas, o a postular una nueva Constitución, nueva sólo en el orden formal jurídico de las libertades; pero no han mostrado la menor urgencia para idear y proponer una dislocación de la vieja anatomía nacional, a fin de intentar otra más eficaz.

La razón sociológica de tan extraña repugnancia a toda modificación tal vez se halle en que el tono medio —y por tanto decisivo— de España está dado por el petit-bourgeois. En toda la nación reinan, dominan y triunfan la moral, la ideología, los nervios del pequeño burgués. Y el pequeño burgués es, por definición, el hombre sin curiosidad, incapaz de asomarse fuera de su horizonte rutinario, que siente pavor ante todo cambio, sea el que sea, por falta de agilidad mental para representarse, frente a la realidad vigente, otra aspirada.

En España no se advierte el influjo de las clases encargadas, dondequiera, de movilizar con su fecunda inquietud, con su capacidad de entusiasmo por lo mejor inexistente, la inercia de la gran masa petite-bourgeoise. Falta la aristocracia. El aristócrata celtíbero de ambos sexos es un pequeño burgués que juega al golf y se somete a la moral angosta y anquilosada del comerciante y el empleado. Falta la clase intelectual —escritores, artistas, médicos, ingenieros— que sacuda los lomos de la raza, como con un látigo, con la materia elástica de sus ideas. Falta el obrero que perturbe la beatitud de los inertes, con la ostentación frenética de su esencial tragedia.

Somos felices. Sin aristócratas de sangre o finanza, sin intelectuales de lira, de idea o de logaritmo, sin obreros con hambre y con odio. España es el paraíso de la pequeña burguesía. Y mientras sea así, no se podrá soñar en reforma alguna. Y si no hay reforma, no se podrá soñar en una España menos feliz, pero un poco mejor.

El Sol, 6 de marzo de 1925

II

FRENTE A FRENTE

¿Un frente único?… Ya la metáfora es arcaica, es un residuo del vocabulario bélico que daba un aire tan napoleónico a las columnas de los periódicos durante la Guerra Tonta. Van cerca de siete años que se firmó el armisticio. ¿Por qué no renovar el léxico y las fórmulas?

¿Un frente único? ¿De quiénes y para qué? De todos los que crean que es lo más urgente volver, sea como sea, a la legalidad y al ejercicio de las libertades. No puede negarse claridad a la definición y al propósito. Es una manera de pensar y de sentir perfectamente correcta e inequívoca.

Mas, por lo mismo, incita a una posición antagónica, no menos clara, provoca la formación de otro frente distinto, compuesto por los que creen que la obra política urgente en España no puede definirse «sólo, ni siquiera principalmente», por la legalidad y la libertad. Aquella aparente claridad envuelve el propósito de enturbiar el río y que ganen los pescadores.

El liberalismo español, que desde hace tanto tiempo está dejado de la mano de Dios —tal vez porque el liberalismo es pecado—, va a pagar ahora de nuevo la falsedad de su postura. Los hombres liberales cometen el error de hablar sólo de libertad, como los personajes de las novelas torpes para dar a conocer su carácter peculiar lo ostentan fatigosamente en cada página. Yo no veo por qué el que es liberal ha de ser sólo liberal. Es como si los chinos, por ser amarillos, no se ocupasen sino en ser amarillos, y no se dedicasen a la agricultura. Liberal es una calificación meramente adjetiva que supone un sustantivo. La política liberal tiene que ser primero una política y sólo así podrá luego ser liberal.

Se ha dejado ganar el aire público una gesticulación hipócrita en torno a la anulación de las libertades, practicada por el Directorio. Las libertades no son ya materia patética sobre que quepa combatir. De temas que suscitaron rudas querellas han pasado a ser, como las formas de la cortesía, maneras habituales de la buena educación social. Si los liberales no hablasen tanto de ellas, a nadie, en tiempos discretos, se le ocurriría discutirlas. Lo propio acontece con la legalidad. Es demasiado evidente que una nación no puede vivir en salud sin ella, para que su reconquista, cuando un azar sin consecuencias la obnubila, se eleve al rango de un ideal. Pero hay más: si en España no hay legalidad constituida y libertades en buen uso, no es porque la «reacción» goce de fuerzas arrolladoras, sino simplemente porque los liberales no han tenido, desde hace treinta años, una política nacional.

El día y hora en que un grupo de hombres mesurados defina un programa de reorganización nacional, inspirado por un enérgico sentido de la nacionalidad, las libertades, ya inveteradas en nuestros hábitos, reaparecerán automáticamente.

Ha llegado, pues, una excelente ocasión para que los verdaderos liberales se den el lujo de no aparentar serlo y vaguen a preocuparse de menesteres más urgentes y eficaces. La libertad es una forma, con lo cual es ya bastante. Pero la libertad solitaria es una forma vacía, un vaso inane. Hablar de ella a secas es un formalismo tan vano y tan estéril como encomiar una política de fuerza y autoridad. Ya se va viendo prácticamente cómo la fuerza y el autoritarismo, sin más, son otro formalismo. Nada de formas hueras. No hacen falta vasos, sino manantiales.

I

ABOVE ALL, LET NOTHING BE REFORMED

Now it turns out that the greatest aspiration, the supreme ideal of good Spaniards consists in restoring the Constitution and the Parliament prior to the coup d’état. It will not be said that we are eager ones. Those institutions had fallen into such discredit that their overthrowers did not need to perform any heroism to annul them. And, nevertheless, it has sufficed that force be done to them for some sentimental temperaments to resolve to form in their defense no less than a united front. Evidently, the aforementioned Constitution has happen to it what happened to Cunégonde of the Voltairean novel, who was more beautiful the more she was violated.

Those of us who are not political men, and, consequently, do not feel capable of raising our own banner, wait for one to pass under which to enlist. But, unfortunately, as many as we see waving are so little attractive that we do not resolve to follow them.

This one that now stirs proposing to us the return to the pre-Directorate delights will hardly kindle hearts. It almost seems a joke that from all that has happened one draws as conclusion the necessity of a return to what was cause of the disturbance.

But the fact that such a thing is proposed seriously must inspire grave preoccupations. Because it indicates that the public spirit has advanced nothing, that we Spaniards have not yet convinced ourselves of the only necessary thing, of the only essential point for the historical future of our country, namely: that a profound reform of the Spanish nation is ineluctable, and, for the moment, of the Spanish State. This seems to one so evident, that upon not finding in the average compatriot the same conviction, one throws one’s hands to one’s head with the vague suspicion of suffering some dementia. Because there is no middle ground: either one is, or the others are, the demented ones.

I would understand very well that there existed bitter discussion about how that profound reform of the national organism should be; but it causes horror that its inevitability is not recognized, is not felt.

I have always believed that, analyzing the facts to the bottom, the decisive cause of our progressive misfortune is that the average Spaniard —politics is made, in the end, by the average type of citizen— has never accepted, not to say the possibility, but even the necessity of important reforms in any order. To the point that in Spain it suffices to enunciate that imperative of high modifications to see oneself consigned by the people to the fifth dimension and be taken for a lunatic. A project or idea of reform is rejected a limine, without giving place to controversy about its concrete content. Everything that you propose will be judged, beforehand, implausible.

It would be of speculative interest to inquire into the sociological reason for that insensibility to reform, which our people so energetically reveals. Because it is a curious phenomenon in itself, besides being painful for anyone who feels his fatherland vividly. The average Spaniard spends his life saying that things are very bad, that everything goes badly, and, nevertheless, does not seriously accept that new postures be tried on the national body to see if it fares better. And this non-acceptance of every subterranean reform is common to right and left. The leftist goes so far as to tolerate that certain words be modified in the Codes, where new and vague liberties be recorded; but he will refuse, just like the «reactionary», to let a single hair be touched on the real organization of the Spanish body. Thus, now, the reaction of liberals and democrats before the Directorate has been reduced to bewailing the lost liberties, or to postulating a new Constitution, new only in the formal juridical order of liberties; but they have not shown the least urgency to devise and propose a dislocation of the old national anatomy, in order to attempt another more efficacious one.

The sociological reason for such strange repugnance to every modification is perhaps to be found in that the middle tone —and therefore decisive— of Spain is given by the petit-bourgeois. Throughout the whole nation reign, dominate and triumph the morality, the ideology, the nerves of the petty bourgeois. And the petty bourgeois is, by definition, the man without curiosity, incapable of looking out beyond his routine horizon, who feels terror before every change, whatever it may be, for lack of mental agility to represent to himself, before the current reality, another aspired one.

In Spain the influence of the classes charged, everywhere, with mobilizing with their fecund restlessness, with their capacity for enthusiasm for the nonexistent better, the inertia of the great petite-bourgeoise mass is not noticed. The aristocracy is lacking. The Celtiberian aristocrat of both sexes is a petty bourgeois who plays golf and submits to the narrow and ankylosed morality of the merchant and the clerk. The intellectual class is lacking —writers, artists, doctors, engineers— that shakes the loins of the race, as with a whip, with the elastic matter of its ideas. The worker is lacking who disturbs the beatitude of the inert ones, with the frenetic ostentation of his essential tragedy.

We are happy. Without aristocrats of blood or finance, without intellectuals of the lyre, of the idea or of the logarithm, without workers with hunger and with hatred. Spain is the paradise of the petty bourgeoisie. And as long as it is so, no reform can be dreamed of. And if there is no reform, one cannot dream of a Spain less happy, but a little better.

El Sol, 6 de marzo de 1925

II

FACE TO FACE

A united front?… The metaphor is already archaic, it is a residue of the bellicose vocabulary that gave such a Napoleonic air to the newspaper columns during the Silly War. Close to seven years have gone by since the armistice was signed. Why not renew the lexicon and the formulas?

A united front? Of whom and for what? Of all those who believe that the most urgent thing is to return, however it may be, to legality and to the exercise of liberties. Clarity cannot be denied to the definition and to the purpose. It is a manner of thinking and feeling perfectly correct and unequivocal.

But, for that very reason, it incites to an antagonistic position, no less clear, provokes the formation of another distinct front, composed of those who believe that the urgent political task in Spain cannot be defined «only, nor even principally», by legality and liberty. That apparent clarity wraps the purpose of muddying the river and letting the fishermen win.

Spanish liberalism, which for so long has been left by the hand of God —perhaps because liberalism is a sin—, is going to pay now anew for the falsity of its posture. Liberal men commit the error of speaking only of liberty, as the characters of clumsy novels, in order to make known their peculiar character, display it fatiguingly on every page. I do not see why he who is a liberal has to be only a liberal. It is as if the Chinese, for being yellow, occupied themselves only in being yellow, and did not dedicate themselves to agriculture. Liberal is a merely adjectival qualification that presupposes a substantive. Liberal politics has to be first a politics and only thus can it then be liberal.

The public air has been allowed to be won over by a hypocritical gesticulation around the annulment of liberties, practiced by the Directorate. The liberties are no longer a pathetic matter over which one can fight. From themes that aroused rude quarrels they have come to be, like the forms of courtesy, habitual manners of good social education. If the liberals did not speak so much of them, to no one, in discreet times, would it occur to discuss them. The same happens with legality. It is too evident that a nation cannot live in health without it, for its reconquest, when a consequence-less chance obscures it, to be raised to the rank of an ideal. But there is more: if in Spain there is no constituted legality and liberties in good use, it is not because the «reaction» enjoys overwhelming forces, but simply because the liberals have not had, for thirty years, a national politics.

The day and hour in which a group of measured men defines a program of national reorganization, inspired by an energetic sense of nationality, the liberties, already inveterate in our habits, will reappear automatically.

There has arrived, then, an excellent occasion for the true liberals to give themselves the luxury of not appearing to be so and go on to concern themselves with more urgent and efficacious needs. Liberty is a form, which is already quite enough. But solitary liberty is an empty form, an inane vessel. To speak of it baldly is a formalism as vain and as sterile as praising a politics of force and authority. One is already seeing practically how force and authoritarianism, without more, are another formalism. Nothing of hollow forms. What are needed are not vessels, but springs.

I

SOPRA TUTTO, CHE NON SI RIFORMI NULLA

Ora risulta che la maggiore aspirazione, il sommo ideale dei buoni spagnoli consiste nel ripristinare la Costituzione e il Parlamento anteriori al colpo di Stato. Non si dirà che siamo degli ansiosi. Quelle istituzioni erano cadute in tale discredito che i loro rovesciatori non ebbero bisogno di compiere alcun eroismo per annullarle. E, tuttavia, è bastato che si faccia loro violenza perché alcuni temperamenti sentimentali si risolvano a formare in loro difesa nientemeno che un fronte unico. A quanto pare, alla suddetta Costituzione accade ciò che alla Cunegonda del romanzo voltairiano, che era più bella quanto più violata.

Coloro che non siamo uomini politici, e, in conseguenza, non ci sentiamo capaci di alzare bandiera propria, aspettiamo che ne passi qualcuna sotto la quale arruolarci. Ma, per disgrazia, quante ne vediamo sventolare sono così poco attraenti che non ci risolviamo a seguirle.

Questa che ora si agita proponendoci il ritorno alle delizie antedirettoriali, difficilmente accenderà i cuori. Quasi sembra uno scherzo che da tutto ciò che è accaduto si tragga come conclusione la necessità di un ritorno a ciò che fu causa del turbamento.

Ma il fatto che tale cosa si proponga sul serio deve ispirare gravi preoccupazioni. Perché ciò indica che lo spirito pubblico non è avanzato di nulla, che non ci siamo ancora convinti gli spagnoli dell’unica cosa necessaria, dell’unico punto essenziale per l’avvenire storico del nostro paese, cioè: che è ineludibile una riforma profonda della nazione spagnola, e, per il momento, dello Stato spagnolo. Sembra a uno ciò tanto evidente, che non trovando nel connazionale medio la stessa convinzione, ci si mette le mani nei capelli con il vago sospetto di patire qualche demenza. Perché non c’è via di mezzo: o si è dementi noi o lo sono gli altri.

Comprenderei molto bene che esistesse accanita discussione su come dovesse essere quella riforma profonda dell’organismo nazionale; ma fa spavento che non si riconosca, che non si senta, la sua inevitabilità.

Ho sempre creduto che, analizzando a fondo i fatti, la causa decisiva della nostra progressiva sventura è che lo spagnolo medio —la politica la fa, in fin dei conti, il tipo medio di cittadino— non abbia mai accettato, non dico la possibilità, ma nemmeno la necessità di riforme importanti in nessun ordine. Fino al punto che in Spagna basta enunciare quell’imperativo di alte modificazioni per vedersi consegnato dalle genti alla quinta dimensione ed essere tenuto per un lunatico. Un progetto o idea di riforma è respinto a limine, senza dare luogo a controversia sul suo contenuto concreto. Tutto ciò che proporrete si giudicherà, in anticipo, inverosimile.

Sarebbe di interesse speculativo indagare la ragione sociologica di quella insensibilità per la riforma, che così energicamente rivela il nostro popolo. Perché è un fenomeno curioso in sé stesso, oltre a essere penoso per chiunque senta con vivezza la sua patria. Lo spagnolo medio si passa la vita dicendo che sta molto male, che tutto va male, e, tuttavia, non accetta sul serio che si provino nuove posture al corpo nazionale per vedere se gli va meglio. E questa inaccettazione di ogni riforma sotterranea è comune a destre e sinistre. Il sinistrista si spinge a tollerare che si modifichino certe parole nei Codici, dove si facciano constare nuove e vaghe libertà; ma si negherà, lo stesso che il «reazionario», a che si tocchi un capello all’organizzazione reale del corpo spagnolo. Così, ora, la reazione di liberali e democratici di fronte al Direttorio si è ridotta a piangere le libertà perdute, o a postulare una nuova Costituzione, nuova solo nell’ordine formale giuridico delle libertà; ma non hanno mostrato la minima urgenza per ideare e proporre una dislocazione della vecchia anatomia nazionale, al fine di tentarne un’altra più efficace.

La ragione sociologica di così strana ripugnanza a ogni modificazione forse si trovi in che il tono medio —e perciò decisivo— di Spagna è dato dal petit-bourgeois. In tutta la nazione regnano, dominano e trionfano la morale, l’ideologia, i nervi del piccolo borghese. E il piccolo borghese è, per definizione, l’uomo senza curiosità, incapace di affacciarsi fuori del suo orizzonte routinario, che sente terrore di fronte a ogni cambiamento, sia quello che sia, per mancanza di agilità mentale per rappresentarsi, di fronte alla realtà vigente, un’altra aspirata.

In Spagna non si avverte l’influsso delle classi incaricate, dovunque, di mobilitare con la loro feconda inquietudine, con la loro capacità di entusiasmo per il meglio inesistente, l’inerzia della grande massa petite-bourgeoise. Manca l’aristocrazia. L’aristocratico celtibero di entrambi i sessi è un piccolo borghese che gioca a golf e si sottomette alla morale angusta e anchilosata del commerciante e dell’impiegato. Manca la classe intellettuale —scrittori, artisti, medici, ingegneri— che scuota i lombi della razza, come con una frusta, con la materia elastica delle sue idee. Manca l’operaio che perturbi la beatitudine degli inerti, con l’ostentazione frenetica della sua essenziale tragedia.

Siamo felici. Senza aristocratici di sangue o finanza, senza intellettuali di lira, di idea o di logaritmo, senza operai con fame e con odio. La Spagna è il paradiso della piccola borghesia. E finché sarà così, non si potrà sognare riforma alcuna. E se non c’è riforma, non si potrà sognare una Spagna meno felice, ma un po’ migliore.

El Sol, 6 de marzo de 1925

II

FACCIA A FACCIA

¿Un fronte unico?… Già la metafora è arcaica, è un residuo del vocabolario bellico che dava un’aria così napoleonica alle colonne dei giornali durante la Guerra Sciocca. Vanno vicini a sette anni da quando si firmò l’armistizio. Perché non rinnovare il lessico e le formule?

¿Un fronte unico? ¿Di chi e per che cosa? Di tutti coloro che credono che la cosa più urgente sia tornare, comunque sia, alla legalità e all’esercizio delle libertà. Non si può negare chiarezza alla definizione e al proposito. È un modo di pensare e di sentire perfettamente corretto e inequivoco.

Ma, proprio per questo, incita a una posizione antagonistica, non meno chiara, provoca la formazione di un altro fronte distinto, composto da coloro che credono che l’opera politica urgente in Spagna non possa definirsi «solo, nemmeno principalmente», dalla legalità e dalla libertà. Quella apparente chiarezza avvolge il proposito di intorbidare il fiume e che vincano i pescatori.

Il liberalismo spagnolo, che da tanto tempo è lasciato dalla mano di Dio —forse perché il liberalismo è peccato—, andrà a pagare ora di nuovo la falsità della sua postura. Gli uomini liberali commettono l’errore di parlare solo di libertà, come i personaggi dei romanzi maldestri che per dare a conoscere il loro carattere peculiare lo ostentano faticosamente in ogni pagina. Io non vedo perché chi è liberale debba essere solo liberale. È come se i cinesi, per essere gialli, non si occupassero se non di essere gialli, e non si dedicassero all’agricoltura. Liberale è una qualificazione meramente aggettiva che suppone un sostantivo. La politica liberale deve essere prima una politica e solo così potrà poi essere liberale.

Si è lasciato guadagnare l’aria pubblica a una gesticolazione ipocrita intorno all’annullamento delle libertà, praticata dal Direttorio. Le libertà non sono già materia patetica su cui possa combattersi. Da temi che suscitarono aspre querele sono passate a essere, come le forme della cortesia, maniere abituali della buona educazione sociale. Se i liberali non parlassero tanto di esse, a nessuno, in tempi discreti, verrebbe in mente di discuterle. Lo stesso accade con la legalità. È troppo evidente che una nazione non può vivere in salute senza di essa, perché la sua riconquista, quando un caso senza conseguenze la obnubila, si elevi al rango di un ideale. Ma c’è di più: se in Spagna non c’è legalità costituita e libertà in buon uso, non è perché la «reazione» goda di forze travolgenti, ma semplicemente perché i liberali non hanno avuto, da trent’anni, una politica nazionale.

Il giorno e l’ora in cui un gruppo di uomini misurati definisca un programma di riorganizzazione nazionale, ispirato da un energico senso della nazionalità, le libertà, già inveterate nei nostri abiti, riappariranno automaticamente.

È arrivata, dunque, un’eccellente occasione perché i veri liberali si prendano il lusso di non apparire tali e vadano a preoccuparsi di bisogni più urgenti ed efficaci. La libertà è una forma, con il che è già abbastanza. Ma la libertà solitaria è una forma vuota, un vaso inane. Parlarne astrattamente è un formalismo tanto vano e tanto sterile quanto encomiare una politica di forza e autorità. Già si va vedendo praticamente come la forza e l’autoritarismo, senza altro, siano un altro formalismo. Niente forme vuote. Non occorrono vasi, ma sorgenti.

¿La libertad ante todo?… Yo no la deseo, porque con ella sola no se hace nada. La libertad con todo, con todo lo que España necesita urgentemente, y que puede resumirse en la voluntad exaltada, gigante, jocunda de hacerse una nación fortísima y alegre.

Los generales del frente único, usando la estratagema de pueblos inferiores que ponen a sus mujeres ante las armas enemigas para desmoralizarlas, destacan la dama Libertad a fin de compungirnos. Ésta es la una falacia. La otra es plantear la nueva vida política partiendo de un dilema místico con que se quiere condicionar todo lo demás: Monarquía o República. Quiere hacerse un frente único monárquico frente al dócil espectro de un frente único republicano.

Yo creo que sería la mayor ingenuidad aceptar esa dogmática demarcación de actitudes que se nos quiere imponer. Ni Libertad, ni Monarquía, ni República pueden hoy, en ningún país europeo —dejemos curarse a Alemania de la gran herida en el flanco—, definir una política.

Antes que esas tres cosas está la nación: lo único esencial. Están los problemas e intereses nacionales, que la libertad, o la monarquía, o la república sólo pueden matizar, pero no sustituir.

Y sería, por tanto, oportuno que frente a ese frente de las falacias se uniesen todos los que creen ineludible una gran reforma de la nación para la nación, que no desean volver al antiguo Parlamento y a la añeja Constitución, sino que aspiran a extraer otros nuevos de una conformación distinta dada previamente al cuerpo español.

Entre tanto digamos a los que organizan el frente único: con Libertad, con Parlamento, con Monarquía o con República, ¿qué política van a hacer ustedes? ¿Qué van ustedes a hacer de la nación?

El Sol, 7 de marzo de 1925

III

A NADIE APROVECHARÍA EL RETORNO

Cualquiera diría que la demanda de una reforma profunda en las instituciones españolas es un capricho exclusivo de unos cuantos abstractores de quintaesencias. Cuanto más se medite sobre el tema, menos se comprenderá que haya alguien interesado en retornar a lo antiguo. Y lo que más sorprende es que algunos hombres de la política tradicional amparen y encarezcan ese retorno, porque ellos serían los primeros en sufrir las desastrosas consecuencias de la operación.

Si, como parece, hay algunas personas dispuestas a tomar sobre sí la responsabilidad de esa involución, de ese paso atrás, yo propondría que se les concediese desde luego la gran cruz del Mérito Militar. Por muchas razones; pero sobre todo porque acción semejante revelaría en ellos un heroísmo superior al de todos los hombres de Plutarco.

Ensaye cada cual representarse la situación que ese retorno al pasado intacto acarrearía. Todo lo sucedido en el último año es simple resultado y manifestación, en escala mayor, del hecho básico que engendra, desde hace tiempo, todas las vicisitudes políticas en España y en otros países afines: el desprestigio, la falta de autoridad de las viejas instituciones, y, en especie, de la más característica y fundamental entre ellas: el Parlamento. Cuanto ha sobrevenido en estos meses no ha hecho sino agudizar los problemas nacionales, y más bien dañar que favorecer al resto de los Institutos del Poder público. Más que nunca tendría ahora que afrontar por sí solo el Parlamento todos los conflictos de la vida pública. Y si ayer era ya incapaz de darles cima, se quiere hoy, en circunstancias todavía más graves, volver a un Parlamento igual —es decir, peor, porque entre tanto ha recibido nuevas abolladuras y le han mojado todas las orejas.

¿No es heroísmo prestarse a formar un Gobierno que no tendría más apoyo que ese Parlamento mancillado, y a quien todo el mundo se ha atrevido? No habría rata ciudadana que no se insolentase a tan flaco poder, tras del cual no podría haber nadie al aval, porque en política el Ejército, si actúa, no puede ser a la retaguardia. ¿No ha de parecer heroico que haya hombres tan inconscientes, o tan enérgicos, que estén dispuestos a naufragar en un diluvio universal de insolencias?

Basta sólo pensar que ante ese Gobierno y ese Parlamento habría de presentarse a liquidación el pasado inmediato —es decir, lo que hoy es presente—, para prever el paso que los héroes del retorno iban a llevar.

De suerte que aun reduciendo el campo visual al punto de vista angostísimo de los que proponen esta marcha atrás, esta palingenesia, se advierte la insensatez que fuera volver a los viejos usos y no intentar otros nuevos.

No se comprende por qué razón un Parlamento elaborado con idéntico mecanismo y para las mismas funciones que los antiguos iba a resultar en algo diferente. Si se quiere un producto nuevo, parece forzoso introducir algún nuevo factor. Pero esto es lo que se trata de eludir.

En todas las alturas españolas se padece, desde hace mucho tiempo, el grave error de creer que la única política sagaz consiste en simplificar las cuestiones públicas y evitar todo lo que pueda dar lugar a contiendas, discrepancias, horas críticas y oleaje social. De esta manera, cocainizando la vida colectiva, se obtiene transitoriamente una aparente calma, que es, en realidad, una artificial inercia. Pero esa calma de hoy no hace sino condensar los conflictos sobre otra fecha futura, aparte de que quita toda dinamicidad al ambiente público. No son estas menudas virtudes secundarias —sosiego, mansedumbre y economía doméstica, fidelidad conyugal—, no son estas virtudes de pequeño burgués las más urgentes en España. Las empresas exteriores e interiores que tiene nuestra raza ante sí, hacen forzoso que contemos con un pueblo a alta tensión, con masas electrificadas y un sistema nervioso a máximo rendimiento.

Debiera pensarse que, a veces, lo más discreto que hay que hacer en un país es complicar su existencia, arrojar en él temas que levanten presión pasional, movilizarlo hacia reformas que enardezcan o al menos esperancen a una parte de los ciudadanos. Sólo al revuelo de tales capotes —permítaseme esta sabia fórmula tauromáquica— se pueden cumplir los compromisos internacionales y hacer reingresos en legalidades rotas.

Pero los amigos del pasado invariable sufren una ilusión funestísima. En vista de que ha sido tan fácil pasar de la legalidad a una situación anómala de fuerza, creen que no será más difícil reintegrarse de una situación de fuerza a la legalidad. Y, sin embargo, todo el mundo sabe que es más fácil encender un fuego que apagarlo, bajar una cuesta que subirla y desnudar una espada que envainarla.

El Sol, 12 de marzo de 1925

Liberty before all?… I do not desire it, because with it alone nothing is done. Liberty with everything, with everything that Spain urgently needs, and which can be summed up in the exalted, gigantic, jocund will to make of itself a most strong and cheerful nation.

The generals of the united front, using the stratagem of inferior peoples who put their women before the enemy weapons to demoralize them, put forward the lady Liberty in order to move us. This is the one fallacy. The other is to set up the new political life starting from a mystical dilemma with which one wants to condition everything else: Monarchy or Republic. One wants to make a monarchical united front before the docile spectre of a republican united front.

I believe that it would be the greatest naivety to accept that dogmatic demarcation of attitudes that one wants to impose on us. Neither Liberty, nor Monarchy, nor Republic can today, in any European country —let Germany heal from the great wound in its flank—, define a politics.

Before those three things stands the nation: the only essential thing. There are the national problems and interests, which liberty, or monarchy, or republic can only nuance, but not substitute.

And it would be, therefore, opportune that before that front of fallacies there united all those who believe ineluctable a great reform of the nation for the nation, who do not desire to return to the old Parliament and the ancient Constitution, but aspire to draw others new from a distinct conformation given previously to the Spanish body.

In the meantime let us say to those who organize the united front: with Liberty, with Parliament, with Monarchy or with Republic, what politics are you going to make? What are you going to do with the nation?

El Sol, 7 de marzo de 1925

III

THE RETURN WOULD PROFIT NO ONE

Anyone would say that the demand for a profound reform in the Spanish institutions is an exclusive whim of a few abstractors of quintessences. The more one meditates on the theme, the less one will understand that there is anyone interested in returning to the old. And what most surprises is that some men of traditional politics shelter and extol that return, because they would be the first to suffer the disastrous consequences of the operation.

If, as it seems, there are some persons disposed to take upon themselves the responsibility of that involution, of that step backward, I would propose that they be granted at once the grand cross of Military Merit. For many reasons; but above all because such an action would reveal in them a heroism superior to that of all the men of Plutarch.

Let each one try to represent to himself the situation that that return to the intact past would bring. Everything that has happened in the last year is a simple result and manifestation, on a larger scale, of the basic fact that has for some time engendered all the political vicissitudes in Spain and in other kindred countries: the discredit, the lack of authority of the old institutions, and, in kind, of the most characteristic and fundamental among them: the Parliament. Whatever has supervened in these months has done nothing but sharpen the national problems, and rather harm than favor the rest of the Institutes of public Power. More than ever the Parliament would now have to face alone all the conflicts of public life. And if yesterday it was already incapable of bringing them to completion, today one wants, in circumstances even graver, to return to an equal Parliament —that is, worse, because in the meantime it has received new dents and they have soaked all its ears.

Is it not heroism to lend oneself to forming a Government that would have no other support than that sullied Parliament, and to which everybody has dared? There would be no city rat that would not grow insolent at so feeble a power, behind which there could be no one as guarantor, because in politics the Army, if it acts, cannot be in the rearguard. Does it not have to seem heroic that there are men so unconscious, or so energetic, as to be disposed to shipwreck in a universal deluge of insolences?

It suffices only to think that before that Government and that Parliament the immediate past would have to present itself for liquidation —that is, what today is present—, to foresee the step that the heroes of the return were going to take.

So that even reducing the visual field to the very narrow point of view of those who propose this march backward, this palingenesis, one perceives the senselessness that it would be to return to the old usages and not to attempt others new.

One does not understand for what reason a Parliament elaborated with identical mechanism and for the same functions as the old ones was going to result in something different. If one wants a new product, it seems forced to introduce some new factor. But this is what one tries to elude.

In all the Spanish heights there has been suffered, for a long time, the grave error of believing that the only sagacious politics consists in simplifying the public questions and avoiding everything that may give place to contests, discrepancies, critical hours and social surge. In this way, cocainizing collective life, one obtains transitorily an apparent calm, which is, in reality, an artificial inertia. But that calm of today does nothing but condense the conflicts upon another future date, apart from the fact that it takes away all dynamism from the public environment. These are not the petty secondary virtues —quietude, meekness and domestic economy, conjugal fidelity—, these are not the petty-bourgeois virtues most urgent in Spain. The exterior and interior enterprises that our race has before it make it forced that we count on a people at high tension, with electrified masses and a nervous system at maximum performance.

It should be thought that, sometimes, the most discreet thing to do in a country is to complicate its existence, cast into it themes that raise passionate pressure, mobilize it toward reforms that enkindle or at least give hope to a part of the citizens. Only amid the swirl of such capes —permit me this wise tauromachic formula— can the international commitments be fulfilled and re-entries be made into broken legalities.

But the friends of the invariable past suffer a most baneful illusion. In view of the fact that it has been so easy to pass from legality to an anomalous situation of force, they believe that it will not be more difficult to reintegrate from a situation of force to legality. And, nevertheless, everybody knows that it is easier to light a fire than to extinguish it, to go down a slope than to climb it, and to draw a sword than to sheathe it.

El Sol, 12 de marzo de 1925

¿La libertà sopra tutto?… Io non la desidero, perché con essa sola non si fa nulla. La libertà con tutto, con tutto ciò che la Spagna necessita urgentemente, e che può riassumersi nella volontà esaltata, gigante, gioconda di farsi una nazione fortissima e allegra.

I generali del fronte unico, usando la stratagemma dei popoli inferiori che mettono le loro donne di fronte alle armi nemiche per demoralizzarle, mettono in evidenza la dama Libertà al fine di commuoverci. Questa è l’una fallacia. L’altra è impostare la nuova vita politica partendo da un dilemma mistico con cui si vuole condizionare tutto il resto: Monarchia o Repubblica. Si vuole fare un fronte unico monarchico di fronte al docile spettro di un fronte unico repubblicano.

Io credo che sarebbe la maggiore ingenuità accettare quella dogmatica demarcazione di atteggiamenti che ci si vuole imporre. Né Libertà, né Monarchia, né Repubblica possono oggi, in nessun paese europeo —lasciamo che la Germania si curi della grande ferita nel fianco—, definire una politica.

Prima di queste tre cose sta la nazione: l’unica cosa essenziale. Stanno i problemi e gli interessi nazionali, che la libertà, o la monarchia, o la repubblica possono solo sfumare, ma non sostituire.

E sarebbe, perciò, opportuno che di fronte a quel fronte delle fallacie si unissero tutti coloro che credono ineludibile una grande riforma della nazione per la nazione, che non desiderano tornare all’antico Parlamento e alla vecchia Costituzione, ma aspirano a estrarne altri nuovi da una conformazione distinta data precedentemente al corpo spagnolo.

Intanto diciamo a coloro che organizzano il fronte unico: con Libertà, con Parlamento, con Monarchia o con Repubblica, ¿che politica farete voi? ¿Che cosa farete voi della nazione?

El Sol, 7 de marzo de 1925

III

A NESSUNO GIOVEREBBE IL RITORNO

Chiunque direbbe che la domanda di una riforma profonda nelle istituzioni spagnole è un capriccio esclusivo di alcuni astrattori di quintessenze. Quanto più si medita sul tema, meno si comprenderà che ci sia qualcuno interessato a tornare all’antico. E ciò che più sorprende è che alcuni uomini della politica tradizionale proteggano ed esaltino quel ritorno, perché essi sarebbero i primi a soffrire le disastrose conseguenze dell’operazione.

Se, come pare, ci sono alcune persone disposte a prendere su di sé la responsabilità di quella involuzione, di quel passo indietro, io proporrei che si concedesse loro senz’altro la gran croce del Merito Militare. Per molte ragioni; ma soprattutto perché azione siffatta rivelerebbe in essi un eroismo superiore a quello di tutti gli uomini di Plutarco.

Provì ciascuno a rappresentarsi la situazione che quel ritorno al passato intatto comporterebbe. Tutto ciò che è successo nell’ultimo anno è semplice risultato e manifestazione, in scala maggiore, del fatto di base che genera, da tempo, tutte le vicissitudini politiche in Spagna e in altri paesi affini: il discredito, la mancanza di autorità delle vecchie istituzioni, e, in specie, della più caratteristica e fondamentale tra esse: il Parlamento. Quanto è sopravvenuto in questi mesi non ha fatto altro che acutizzare i problemi nazionali, e piuttosto danneggiare che favorire il resto degli Istituti del Potere pubblico. Più che mai ora il Parlamento dovrebbe affrontare da solo tutti i conflitti della vita pubblica. E se ieri era già incapace di portarli a compimento, oggi si vuole, in circostanze ancora più gravi, tornare a un Parlamento uguale —cioè, peggiore, perché nel frattempo ha ricevuto nuove ammaccature e gli hanno inzuppato tutte le orecchie.

¿Non è eroismo prestarsi a formare un Governo che non avrebbe altro appoggio che quel Parlamento macchiato, e a cui tutti hanno osato? Non ci sarebbe topo di città che non si insolentisse contro così fiacco potere, dietro il quale non potrebbe esserci nessuno a fare da garante, perché in politica l’Esercito, se agisce, non può stare alla retroguardia. ¿Non deve sembrare eroico che ci siano uomini tanto incoscienti, o tanto energici, da essere disposti a naufragare in un diluvio universale di insolenze?

Basta solo pensare che di fronte a quel Governo e a quel Parlamento dovrebbe presentarsi a liquidazione il passato immediato —cioè, ciò che oggi è presente—, per prevedere il passo che gli eroi del ritorno avrebbero fatto.

Di modo che anche riducendo il campo visuale al punto di vista angustissimo di coloro che propongono questa marcia indietro, questa palingenesi, si avverte l’insensatezza che sarebbe tornare ai vecchi usi e non tentarne altri nuovi.

Non si comprende per quale ragione un Parlamento elaborato con identico meccanismo e per le stesse funzioni degli antichi dovesse risultare in qualcosa di diverso. Se si vuole un prodotto nuovo, sembra forzoso introdurre qualche nuovo fattore. Ma questo è ciò che si cerca di eludere.

In tutte le altezze spagnole si patisce, da molto tempo, il grave errore di credere che l’unica politica sagace consista nel semplificare le questioni pubbliche ed evitare tutto ciò che possa dar luogo a contese, discrepanze, ore critiche e ondata sociale. In questo modo, cocainizzando la vita collettiva, si ottiene transitoriamente un’apparente calma, che è, in realtà, un’artificiale inerzia. Ma quella calma di oggi non fa altro che condensare i conflitti su un’altra data futura, oltre al fatto che toglie ogni dinamicità all’ambiente pubblico. Non sono queste minute virtù secondarie —tranquillità, mansuetudine ed economia domestica, fedeltà coniugale—, non sono queste virtù di piccolo borghese le più urgenti in Spagna. Le imprese esterne e interne che la nostra razza ha davanti a sé rendono forzoso che contiamo su un popolo ad alta tensione, con masse elettrizzate e un sistema nervoso a massimo rendimento.

Si dovrebbe pensare che, a volte, la cosa più discreta da fare in un paese è complicare la sua esistenza, gettarvi temi che alzino pressione passionale, mobilitarlo verso riforme che infiammino o almeno facciano sperare a una parte dei cittadini. Solo al roteare di tali capotes —permettetemi questa saggia formula tauromachica— si possono adempiere gli impegni internazionali e fare rientri in legalità rotte.

Ma gli amici del passato invariabile soffrono un’illusione funestissima. In vista del fatto che è stato così facile passare dalla legalità a una situazione anomala di forza, credono che non sarà più difficile reintegrarsi da una situazione di forza alla legalità. E, tuttavia, tutto il mondo sa che è più facile accendere un fuoco che spegnerlo, scendere un pendio che risalirlo e snudare una spada che rinfoderarla.

El Sol, 12 de marzo de 1925