Abstract

Column against the wish to restore the pre-coup Constitution and Parliament: absurd to conclude from what happened that one must return to what caused it. The claim is that the average Spaniard will not accept even the necessity of deep reform, and that Spain’s average tone is set by the petit-bourgeois.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

SOBRE TODO, QUE NO SE REFORME NADA

Ahora resulta que la mayor aspiración, el sumo ideal de los buenos españoles consiste en repristinar la Constitución y el Parlamento anteriores al golpe de Estado. No se dirá que somos unos ansiosos. Aquellas instituciones habían caído en tal descrédito que no necesitaron sus derrocadores hacer efectivo ningún heroísmo para anularlas. Y, sin embargo, ha bastado que se les haga fuerza para que algunos temperamentos sentimentales se resuelvan a formar en su defensa nada menos que un frente único. Por lo visto, a la sobredicha Constitución le pasa lo que a la Cunegunda de la novela volteriana, que era más bella cuanto más violada.

Los que no somos hombres políticos, y, en consecuencia, no nos sentimos capaces de levantar bandera propia, esperamos a que pase alguna bajo la cual alistarnos. Mas, por desgracia, cuantas vemos ondear son tan poco atractivas que no nos resolvemos a seguirlas.

Ésta que ahora se agita proponiéndonos el regreso a las delicias antedirectoriales, difícilmente encenderá los corazones. Casi parece una broma que de todo lo ocurrido se saque como conclusión la necesidad de un retorno a lo que fue causa del trastorno.

Mas el hecho de que tal cosa se proponga en serio, debe inspirar graves preocupaciones. Porque ello indica que el espíritu público no ha adelantado nada, que todavía no nos hemos convencido los españoles de la sola cosa necesaria, del único punto esencial para el porvenir histórico de nuestro país, a saber: que es ineludible una reforma profunda de la nación española, y, por lo pronto, del Estado español. Le parece a uno esto tan evidente, que al no hallar en el compatriota medio la misma convicción, se echa uno las manos a la cabeza con la vaga sospecha de padecer alguna demencia. Porque no hay término medio: o es uno o son los demás los dementados.

Comprendería muy bien que existiese acérrima discusión sobre cómo había de ser esa reforma profunda del organismo nacional; pero causa espanto que no se reconozca, que no se sienta, su inevitabilidad.

Siempre he creído que, analizando hasta el fondo los hechos, la causa decisiva de nuestra progresiva desventura es que el español medio —la política la hace, a la postre, el tipo medio de ciudadano— no haya aceptado nunca, no ya la posibilidad, pero ni siquiera la necesidad de reformas importantes en ningún orden. Hasta el punto de que en España basta enunciar ese imperativo de altas modificaciones para verse consignado por las gentes a la quinta dimensión y ser tenido por un lunático. Un proyecto o idea de reforma es rechazado a limine, sin dar lugar a controversia sobre su contenido concreto. Todo lo que propongáis se juzgará, de antemano, inverosímil.

Sería de interés especulativo indagar la razón sociológica de esa insensibilidad para la reforma, que tan enérgicamente revela nuestro pueblo. Porque es un fenómeno curioso en sí mismo, además de ser penoso para todo el que sienta con viveza a su patria. El español medio se pasa la vida diciendo que está muy mal, que todo va mal, y, sin embargo, no acepta en serio que se ensayen nuevas posturas al cuerpo nacional para ver si le va mejor. Y esta inaceptación de toda reforma subterránea es común a derechas e izquierdas. El izquierdista se alarga a tolerar que se modifiquen ciertas palabras en los Códigos, donde se hagan constar nuevas y vagas libertades; pero se negará, lo mismo que el «reaccionario», a que se toque un pelo a la organización real del cuerpo español. Así, ahora, la reacción de liberales y demócratas ante el Directorio se ha reducido a plañir las libertades perdidas, o a postular una nueva Constitución, nueva sólo en el orden formal jurídico de las libertades; pero no han mostrado la menor urgencia para idear y proponer una dislocación de la vieja anatomía nacional, a fin de intentar otra más eficaz.

La razón sociológica de tan extraña repugnancia a toda modificación tal vez se halle en que el tono medio —y por tanto decisivo— de España está dado por el petit-bourgeois. En toda la nación reinan, dominan y triunfan la moral, la ideología, los nervios del pequeño burgués. Y el pequeño burgués es, por definición, el hombre sin curiosidad, incapaz de asomarse fuera de su horizonte rutinario, que siente pavor ante todo cambio, sea el que sea, por falta de agilidad mental para representarse, frente a la realidad vigente, otra aspirada.

En España no se advierte el influjo de las clases encargadas, dondequiera, de movilizar con su fecunda inquietud, con su capacidad de entusiasmo por lo mejor inexistente, la inercia de la gran masa petite-bourgeoise. Falta la aristocracia. El aristócrata celtíbero de ambos sexos es un pequeño burgués que juega al golf y se somete a la moral angosta y anquilosada del comerciante y el empleado. Falta la clase intelectual —escritores, artistas, médicos, ingenieros— que sacuda los lomos de la raza, como con un látigo, con la materia elástica de sus ideas. Falta el obrero que perturbe la beatitud de los inertes, con la ostentación frenética de su esencial tragedia.

Somos felices. Sin aristócratas de sangre o finanza, sin intelectuales de lira, de idea o de logaritmo, sin obreros con hambre y con odio. España es el paraíso de la pequeña burguesía. Y mientras sea así, no se podrá soñar en reforma alguna. Y si no hay reforma, no se podrá soñar en una España menos feliz, pero un poco mejor.

El Sol, 6 de marzo de 1925

II

FRENTE A FRENTE

¿Un frente único?… Ya la metáfora es arcaica, es un residuo del vocabulario bélico que daba un aire tan napoleónico a las columnas de los periódicos durante la Guerra Tonta. Van cerca de siete años que se firmó el armisticio. ¿Por qué no renovar el léxico y las fórmulas?

¿Un frente único? ¿De quiénes y para qué? De todos los que crean que es lo más urgente volver, sea como sea, a la legalidad y al ejercicio de las libertades. No puede negarse claridad a la definición y al propósito. Es una manera de pensar y de sentir perfectamente correcta e inequívoca.

Mas, por lo mismo, incita a una posición antagónica, no menos clara, provoca la formación de otro frente distinto, compuesto por los que creen que la obra política urgente en España no puede definirse «sólo, ni siquiera principalmente», por la legalidad y la libertad. Aquella aparente claridad envuelve el propósito de enturbiar el río y que ganen los pescadores.

El liberalismo español, que desde hace tanto tiempo está dejado de la mano de Dios —tal vez porque el liberalismo es pecado—, va a pagar ahora de nuevo la falsedad de su postura. Los hombres liberales cometen el error de hablar sólo de libertad, como los personajes de las novelas torpes para dar a conocer su carácter peculiar lo ostentan fatigosamente en cada página. Yo no veo por qué el que es liberal ha de ser sólo liberal. Es como si los chinos, por ser amarillos, no se ocupasen sino en ser amarillos, y no se dedicasen a la agricultura. Liberal es una calificación meramente adjetiva que supone un sustantivo. La política liberal tiene que ser primero una política y sólo así podrá luego ser liberal.

Se ha dejado ganar el aire público una gesticulación hipócrita en torno a la anulación de las libertades, practicada por el Directorio. Las libertades no son ya materia patética sobre que quepa combatir. De temas que suscitaron rudas querellas han pasado a ser, como las formas de la cortesía, maneras habituales de la buena educación social. Si los liberales no hablasen tanto de ellas, a nadie, en tiempos discretos, se le ocurriría discutirlas. Lo propio acontece con la legalidad. Es demasiado evidente que una nación no puede vivir en salud sin ella, para que su reconquista, cuando un azar sin consecuencias la obnubila, se eleve al rango de un ideal. Pero hay más: si en España no hay legalidad constituida y libertades en buen uso, no es porque la «reacción» goce de fuerzas arrolladoras, sino simplemente porque los liberales no han tenido, desde hace treinta años, una política nacional.

El día y hora en que un grupo de hombres mesurados defina un programa de reorganización nacional, inspirado por un enérgico sentido de la nacionalidad, las libertades, ya inveteradas en nuestros hábitos, reaparecerán automáticamente.

Ha llegado, pues, una excelente ocasión para que los verdaderos liberales se den el lujo de no aparentar serlo y vaguen a preocuparse de menesteres más urgentes y eficaces. La libertad es una forma, con lo cual es ya bastante. Pero la libertad solitaria es una forma vacía, un vaso inane. Hablar de ella a secas es un formalismo tan vano y tan estéril como encomiar una política de fuerza y autoridad. Ya se va viendo prácticamente cómo la fuerza y el autoritarismo, sin más, son otro formalismo. Nada de formas hueras. No hacen falta vasos, sino manantiales.

¿La libertad ante todo?… Yo no la deseo, porque con ella sola no se hace nada. La libertad con todo, con todo lo que España necesita urgentemente, y que puede resumirse en la voluntad exaltada, gigante, jocunda de hacerse una nación fortísima y alegre.

Los generales del frente único, usando la estratagema de pueblos inferiores que ponen a sus mujeres ante las armas enemigas para desmoralizarlas, destacan la dama Libertad a fin de compungirnos. Ésta es la una falacia. La otra es plantear la nueva vida política partiendo de un dilema místico con que se quiere condicionar todo lo demás: Monarquía o República. Quiere hacerse un frente único monárquico frente al dócil espectro de un frente único republicano.

Yo creo que sería la mayor ingenuidad aceptar esa dogmática demarcación de actitudes que se nos quiere imponer. Ni Libertad, ni Monarquía, ni República pueden hoy, en ningún país europeo —dejemos curarse a Alemania de la gran herida en el flanco—, definir una política.

Antes que esas tres cosas está la nación: lo único esencial. Están los problemas e intereses nacionales, que la libertad, o la monarquía, o la república sólo pueden matizar, pero no sustituir.

Y sería, por tanto, oportuno que frente a ese frente de las falacias se uniesen todos los que creen ineludible una gran reforma de la nación para la nación, que no desean volver al antiguo Parlamento y a la añeja Constitución, sino que aspiran a extraer otros nuevos de una conformación distinta dada previamente al cuerpo español.

Entre tanto digamos a los que organizan el frente único: con Libertad, con Parlamento, con Monarquía o con República, ¿qué política van a hacer ustedes? ¿Qué van ustedes a hacer de la nación?

El Sol, 7 de marzo de 1925

III

A NADIE APROVECHARÍA EL RETORNO

Cualquiera diría que la demanda de una reforma profunda en las instituciones españolas es un capricho exclusivo de unos cuantos abstractores de quintaesencias. Cuanto más se medite sobre el tema, menos se comprenderá que haya alguien interesado en retornar a lo antiguo. Y lo que más sorprende es que algunos hombres de la política tradicional amparen y encarezcan ese retorno, porque ellos serían los primeros en sufrir las desastrosas consecuencias de la operación.

Si, como parece, hay algunas personas dispuestas a tomar sobre sí la responsabilidad de esa involución, de ese paso atrás, yo propondría que se les concediese desde luego la gran cruz del Mérito Militar. Por muchas razones; pero sobre todo porque acción semejante revelaría en ellos un heroísmo superior al de todos los hombres de Plutarco.

Ensaye cada cual representarse la situación que ese retorno al pasado intacto acarrearía. Todo lo sucedido en el último año es simple resultado y manifestación, en escala mayor, del hecho básico que engendra, desde hace tiempo, todas las vicisitudes políticas en España y en otros países afines: el desprestigio, la falta de autoridad de las viejas instituciones, y, en especie, de la más característica y fundamental entre ellas: el Parlamento. Cuanto ha sobrevenido en estos meses no ha hecho sino agudizar los problemas nacionales, y más bien dañar que favorecer al resto de los Institutos del Poder público. Más que nunca tendría ahora que afrontar por sí solo el Parlamento todos los conflictos de la vida pública. Y si ayer era ya incapaz de darles cima, se quiere hoy, en circunstancias todavía más graves, volver a un Parlamento igual —es decir, peor, porque entre tanto ha recibido nuevas abolladuras y le han mojado todas las orejas.

¿No es heroísmo prestarse a formar un Gobierno que no tendría más apoyo que ese Parlamento mancillado, y a quien todo el mundo se ha atrevido? No habría rata ciudadana que no se insolentase a tan flaco poder, tras del cual no podría haber nadie al aval, porque en política el Ejército, si actúa, no puede ser a la retaguardia. ¿No ha de parecer heroico que haya hombres tan inconscientes, o tan enérgicos, que estén dispuestos a naufragar en un diluvio universal de insolencias?

Basta sólo pensar que ante ese Gobierno y ese Parlamento habría de presentarse a liquidación el pasado inmediato —es decir, lo que hoy es presente—, para prever el paso que los héroes del retorno iban a llevar.

De suerte que aun reduciendo el campo visual al punto de vista angostísimo de los que proponen esta marcha atrás, esta palingenesia, se advierte la insensatez que fuera volver a los viejos usos y no intentar otros nuevos.

No se comprende por qué razón un Parlamento elaborado con idéntico mecanismo y para las mismas funciones que los antiguos iba a resultar en algo diferente. Si se quiere un producto nuevo, parece forzoso introducir algún nuevo factor. Pero esto es lo que se trata de eludir.

En todas las alturas españolas se padece, desde hace mucho tiempo, el grave error de creer que la única política sagaz consiste en simplificar las cuestiones públicas y evitar todo lo que pueda dar lugar a contiendas, discrepancias, horas críticas y oleaje social. De esta manera, cocainizando la vida colectiva, se obtiene transitoriamente una aparente calma, que es, en realidad, una artificial inercia. Pero esa calma de hoy no hace sino condensar los conflictos sobre otra fecha futura, aparte de que quita toda dinamicidad al ambiente público. No son estas menudas virtudes secundarias —sosiego, mansedumbre y economía doméstica, fidelidad conyugal—, no son estas virtudes de pequeño burgués las más urgentes en España. Las empresas exteriores e interiores que tiene nuestra raza ante sí, hacen forzoso que contemos con un pueblo a alta tensión, con masas electrificadas y un sistema nervioso a máximo rendimiento.

Debiera pensarse que, a veces, lo más discreto que hay que hacer en un país es complicar su existencia, arrojar en él temas que levanten presión pasional, movilizarlo hacia reformas que enardezcan o al menos esperancen a una parte de los ciudadanos. Sólo al revuelo de tales capotes —permítaseme esta sabia fórmula tauromáquica— se pueden cumplir los compromisos internacionales y hacer reingresos en legalidades rotas.

Pero los amigos del pasado invariable sufren una ilusión funestísima. En vista de que ha sido tan fácil pasar de la legalidad a una situación anómala de fuerza, creen que no será más difícil reintegrarse de una situación de fuerza a la legalidad. Y, sin embargo, todo el mundo sabe que es más fácil encender un fuego que apagarlo, bajar una cuesta que subirla y desnudar una espada que envainarla.

El Sol, 12 de marzo de 1925