Ortega y Gasset

Abstract

Review of Cuartero’s book against oratorical charlatanism: the orator’s original vice is to live only by connivance with his circumstance — witness Cicero’s cynicism, ‘omnes enim illae orationes causarum et temporum sunt’ — so that he is born and dies with the occasion and has an innumerable personality.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El señor Cuartero, redactor-jefe en El Imparcial, y antes en otros periódicos, lleva veinte años de su vida, ejemplarmente solícita y laboriosa, mirando el mundo desde su mesa de confeccionador. La misión de confeccionar un periódico es, lector, de las más duras que existen en la república. No es sólo ardua, llena de peligros, menesterosa de inaudita cautela, sino que es, además de todo esto, tan penosa como pueda parecerlo labrar los largos surcos de Dios a sol y a helada. El confeccionador ha de leer íntegro, con toda atención y acribia, el original de su publicación antes que vaya a las máquinas y salga clamoroso a la calle. Y esto un día y otro, uno y otro mes, año sobre año. ¿Se comprende que en el confeccionador, sometido a esta pena perdurable, germinen algunos odios particulares?

En España, los periódicos están dedicados, casi enteramente, a la mayor gloria de los hombres políticos. Ahora bien; los hombres políticos no acostumbran escribir: son gente dada a hablar. Durante veinte años, el señor Cuartero ha ido leyendo los extractos de sus discursos parlamentarios, de sus arengas en las reuniones públicas; ha tenido que sopesar sus apotegmas, sus frases ingeniosas pronunciadas en el salón de conferencias, sus pláticas con los periodistas, sus declaraciones, siempre necesitadas de rectificación, es decir, de nuevas declaraciones. El señor Cuartero debe de estar un poco ahíto de leer y releer todas estas cosas, y, sobre todo, de advertir que tal balumba de palabras no acostumbra acarrear ideas de gran valor, y, todavía más, de observar que los hombres políticos no hacen casi nunca lo que dicen, ni dicen, de ordinario, lo que hacen, ni, a la postre, hacen ni dicen cosa de verdadera substancia. Mientras tanto, la vitalidad del ambiente nacional va enrareciéndose: los fracasos particulares y políticos se amontonan; todo va mal. Cada español poseedor de algunos restos de sensibilidad se siente movido a poner en agria crisis la organización del país, y cada cual, con el ánimo asqueado, empieza el análisis desesperadamente por lo que halla más a mano.

«Un examen desapasionado, atento y continuo de la realidad, nombres y sucesos de la política española, me ha sugerido —dice el señor Cuartero— estas páginas contra la exaltación del charlatanismo».

Yo comprendo bastante bien el estado de espíritu en que el señor Cuartero ha ido componiendo estas páginas, donde el estilo severo, agudo, bien templado, vuelve a adquirir algo de su significación etimológica. Si los oradores españoles han caído en la tentación de leerlas, por cierto que habrán sentido sus carnes punzadas dolorosamente.

Muy finamente pone el autor al descubierto el vicio original de los oradores: «Hacerse cargo de las circunstancias —público, momento, lugar, etc.—, es requisito de la destreza oratoria». ¿Pues qué, se dirá, no es esto una gran virtud? ¿No es lo contrario característico de la locura? El demente proyecta al exterior con violencia espasmódica su concepción alucinada, sin intentar previamente corregirla por la visión de las cosas que le rodean. El loco, o su hermano menor el místico, verdaderamente sólo se preocupa de hallarse concorde consigo mismo. Según el señor Cuartero, el orador representa el extremo opuesto, y sólo cuida de buscar connivencia con lo circunstante.

Con un cinismo ejemplar declara esto mismo Cicerón: «Se equivoca vehementemente quien piense hallar en nuestros discursos nuestras convicciones. Son aquéllos producto del asunto y de la ocasión —omnes enim illae orationes causarum et temporum sunt».

De modo que el orador nace con la circunstancia, con ella muere, en ella se agota, y cuando ella se cambia en otra, renace de sí mismo con nueva condición. ¡Qué rica variedad! ¡Qué pintoresca abundancia de gestos contradictorios! El orador tiene la personalidad innumerable, como esos dioses aventureros de las mitologías decadentes que, bajo figuras siempre nuevas, verifican sus epifanías. O también como esos pícaros mozos de muchos amos que en la novela castellana ejercen un oficio en cada capítulo.

Cuando uno de estos ágiles ciudadanos que aciertan a flotar en todas las densidades halla ante sí a un hombre meditativo e inclinado a la severidad intelectual, un hombre que aspira a que las variaciones de su existencia surjan unas de otras con cierta nobleza dialéctica, con cierta simetría racional, un hombre, en fin, como suele decirse, de convicciones, piensa que el tal va camino de la locura y suele, entre sonrisas, tildarle de iluso, de idealista y fantasmagórico. ¿Tendrá razón el hombre circunstancial frente al hombre serio? Yo no puedo aquí de paso dirimir esta vieja contienda, esta clásica rencilla, tan vieja y clásica, como que se trata nada menos de la perenne lucha abierta en Grecia entre el orador y el filósofo.

¿No se recuerda aquella burla de Platón donde compara los oradores a los vasos de bronce, que apenas golpeados dilatan largos sonidos hasta que alguien les pone un dedo encima? Pregúntaseles una menuda cosa —dice— y se extienden en amplísimas razones.

En el piélago de la makrología o hablar largo se anega el pobre cuerpo desnudo de la verdad. Cierto que la retórica no se propone lo verdadero, sino más bien hacer fuertes las razones débiles y débiles las fuertes. De aquí que la filosofía al nacer buscara un medio de expresión contradictorio del que empleaba la política, llamada entonces sofística. Frente a la makrología, frente al discurso ensaya Sócrates el breviloquio, es decir, el diálogo.

De la multitud informe y anónima que en masa confusa de bestia antiquísima llena el ágora, extrae Sócrates un hombre solo y se pone con él a dialogar. La conversación no puede avanzar si los interlocutores no van coincidiendo íntimamente en cada uno de los pasos que se hace dar a la cuestión: la exactitud de las palabras va aproximando las dos ánimas, y a la postre, sobre aquellos que conversan se alza una divina identificación. La verdad los transubstancia y de dos se hacen un solo hombre, el Hombre. Así la filosofía se llamó primero dialéctica; desde entonces la guerra continúa entre el hablar largo y el fino, severo, más humano conversar.

El vejamen del orador que ha compuesto el señor Cuartero, creo yo que toma la bandera de la filosofía, y hasta creo que va un poco más allá de lo justo en su viva enemistad contra la oratoria. El señor Cuartero trata a Demóstenes y a Mirabeau con crudeza, en mi entender, no sólo excesiva, sino históricamente errónea.

Porque el orador es siempre quien acierta a percatarse de las circunstancias. Mas ¿qué son las circunstancias? ¿Son sólo estas cien personas, estos cincuenta minutos, esta menuda cuestión? Toda circunstancia está encajada en otra más amplia; ¿por qué pensar que me rodean sólo diez metros de espacio? ¿Y los que circundan estos diez metros? ¡Grave olvido, mísera torpeza, no hacerse cargo sino de unas pocas circunstancias, cuando en verdad nos rodea todo!

Yo no simpatizo con el loco y el místico: alcanza todo mi entusiasmo el hombre que se hace cargo de las circunstancias, con tal que no se olvide de ninguna. Y hay oradores que saben ampliar lo circunstancial hasta confundirlo con lo humano: su voz sigue resonando con eviterna actualidad. El señor Cuartero no deja en su escrito de marcar la diferencia entre el bueno y el mal orador, entre el hombre impulsor de la historia y el mísero hablador de alma escasa e ideas cortas que distrae un instante la atención de una raza como un rumor fastidioso.

Enero, 1911

Mr. Cuartero, editor-in-chief at El Imparcial, and before that at other newspapers, has carried twenty years of his life, exemplarily solicitous and industrious, looking at the world from his composing desk. The mission of composing a newspaper is, dear reader, one of the hardest that exist in the republic. It is not only arduous, full of dangers, in need of unheard-of caution, but it is, besides all this, as painful as ploughing the long furrows of God in sun and frost may seem. The editor must read in full, with all attention and exactness, the copy of his publication before it goes to the presses and comes out clamorous into the street. And this day after day, month after month, year upon year. Is it understood that in the editor, subjected to this perpetual punishment, some particular hatreds may germinate?

In Spain, newspapers are devoted, almost entirely, to the greater glory of political men. Now then; political men are not accustomed to writing: they are people given to speaking. For twenty years, Mr. Cuartero has been reading the extracts of their parliamentary speeches, of their harangues at public meetings; he has had to weigh their apothegms, their witty phrases uttered in the lecture hall, their chats with journalists, their declarations, always in need of rectification, that is, of new declarations. Mr. Cuartero must be a little sated with reading and rereading all these things, and, above all, with noticing that such a heap of words is not accustomed to bring with it ideas of great value, and, still more, with observing that political men almost never do what they say, nor say, ordinarily, what they do, nor, in the end, do or say anything of true substance. Meanwhile, the vitality of the national atmosphere goes thinning: particular and political failures pile up; everything goes badly. Every Spaniard possessed of some remnants of sensibility feels moved to put the organization of the country into bitter crisis, and each one, with disgusted spirit, begins the analysis desperately with what he finds nearest at hand.

«A dispassionate, attentive and continuous examination of reality, names and events of Spanish politics, has suggested to me —says Mr. Cuartero— these pages against the exaltation of charlatanism».

I understand quite well the state of mind in which Mr. Cuartero has been composing these pages, where the severe, sharp, well-tempered style recovers something of its etymological significance. If Spanish orators have fallen into the temptation of reading them, certainly they will have felt their flesh painfully stung.

Very finely the author lays bare the original vice of orators: «To take account of circumstances —audience, moment, place, etc.—, is a requirement of oratorical skill». What then, one will say, is this not a great virtue? Is not the contrary characteristic of madness? The madman projects outward with spasmodic violence his hallucinated conception, without first attempting to correct it by the vision of the things surrounding him. The madman, or his younger brother the mystic, truly cares only about finding himself in agreement with himself. According to Mr. Cuartero, the orator represents the opposite extreme, and only cares about seeking connivance with what surrounds him.

With exemplary cynicism Cicero himself declares this: «He errs vehemently who thinks to find in our speeches our convictions. Those are products of the matter and the occasion —omnes enim illae orationes causarum et temporum sunt».

So that the orator is born with the circumstance, with it dies, in it is exhausted, and when it changes into another, is reborn from himself with a new condition. What rich variety! What picturesque abundance of contradictory gestures! The orator has the innumerable personality, like those adventurous gods of the decadent mythologies who, under ever new figures, perform their epiphanies. Or also like those roguish lads of many masters who in the Castilian novel practice a trade in every chapter.

When one of these agile citizens who manage to float in all densities finds before him a meditative man inclined to intellectual severity, a man who aspires that the variations of his existence arise one from another with a certain dialectical nobility, with a certain rational symmetry, a man, in short, as is commonly said, of convictions, he thinks that such a man is on the way to madness and is wont, amid smiles, to brand him as a deluded man, an idealist and fantasmagorical. Will the circumstantial man be right against the serious man? I cannot here in passing settle this old contention, this classic quarrel, so old and classic, since it is nothing less than the perennial struggle opened in Greece between the orator and the philosopher.

Does one not recall that mockery of Plato where he compares orators to bronze vases, which, hardly struck, dilate long sounds until someone puts a finger on them? Ask them a small thing —he says— and they extend into very ample reasons.

In the sea of macrology or long speaking the poor naked body of truth is drowned. It is true that rhetoric does not propose the true, but rather making weak reasons strong and strong ones weak. Hence philosophy, at birth, sought a means of expression contradictory to that which politics, then called sophistry, employed. Against macrology, against the discourse, Socrates tries breviloquence, that is, dialogue.

From the formless and anonymous multitude that in a confused mass of most ancient beast fills the agora, Socrates extracts a single man and sets about dialoguing with him. The conversation cannot advance if the interlocutors do not intimately coincide in each of the steps the question is made to take: the exactness of words brings the two souls closer, and in the end, over those who converse arises a divine identification. Truth transubstantiates them and from two they become a single man, the Man. Thus philosophy was first called dialectic; since then the war continues between long speaking and the fine, severe, more human conversing.

The vejamen of the orator that Mr. Cuartero has composed, I believe, takes up the banner of philosophy, and I even believe it goes a little beyond what is just in its lively enmity against oratory. Mr. Cuartero treats Demosthenes and Mirabeau with harshness, in my opinion, not only excessive, but historically erroneous.

Because the orator is always he who manages to become aware of circumstances. But what are circumstances? Are they only these hundred people, these fifty minutes, this small question? Every circumstance is embedded in another broader one; why think that only ten metres of space surround me? And those that surround these ten metres? Grave oblivion, miserable clumsiness, not to take account but of a few circumstances, when in truth everything surrounds us!

I do not sympathize with the madman and the mystic: all my enthusiasm goes to the man who takes account of circumstances, provided he forgets none. And there are orators who know how to amplify the circumstantial until confusing it with the human: their voice keeps resounding with eviternal actuality. Mr. Cuartero does not fail in his writing to mark the difference between the good and the bad orator, between the man who impels history and the miserable speaker of scant soul and short ideas who distracts for an instant the attention of a race like a tiresome rumor.

January, 1911

Il signor Cuartero, caporedattore de El Imparcial, e prima di altri giornali, porta vent’anni della sua vita, esemplarmente sollecita e laboriosa, guardando il mondo dalla sua scrivania di confezionatore. La missione di confezionare un giornale è, lettore, di quelle più dure che esistono nella repubblica. Non è solo ardua, piena di pericoli, bisognosa di inaudita cautela, ma è, oltre a tutto questo, tanto penosa quanto possa sembrarlo arare i lunghi solchi di Dio al sole e al gelo. Il confezionatore ha da leggere per intero, con tutta l’attenzione e l’acribia, l’originale della sua pubblicazione prima che vada alle macchine e esca clamoroso per la strada. E questo un giorno e l’altro, un mese e l’altro, anno su anno. Si comprende che nel confezionatore, sottoposto a questa pena perdurabile, germoglino alcuni odi particolari?

In Spagna, i giornali sono dedicati, quasi interamente, alla maggior gloria degli uomini politici. Orbene; gli uomini politici non sogliono scrivere: sono gente data al parlare. Durante vent’anni, il signor Cuartero è andato leggendo gli estratti dei loro discorsi parlamentari, delle loro arringhe nelle riunioni pubbliche; ha dovuto soppesare i loro apotegmi, le loro frasi ingegnose pronunciate nel salone delle conferenze, i loro colloqui con i giornalisti, le loro dichiarazioni, sempre bisognose di rettifica, cioè, di nuove dichiarazioni. Il signor Cuartero deve essere un poco satollo di leggere e rileggere tutte queste cose, e, soprattutto, di avvertire che tale farragine di parole non suole trascinare idee di gran valore, e, ancora di più, di osservare che gli uomini politici non fanno quasi mai ciò che dicono, né dicono, di ordinario, ciò che fanno, né, in fin dei conti, fanno né dicono cosa di vera sostanza. Nel frattempo, la vitalità dell’ambiente nazionale va rarefacendosi: i fallimenti particolari e politici si ammonticchiano; tutto va male. Ogni spagnolo possessore di alcuni resti di sensibilità si sente mosso a porre in aspra crisi l’organizzazione del paese, e ciascuno, con l’animo disgustato, comincia l’analisi disperatamente da ciò che trova più a portata di mano.

«Un esame spassionato, attento e continuo della realtà, nomi e successi della politica spagnola, mi ha suggerito —dice il signor Cuartero— queste pagine contro l’esaltazione del ciarlatanismo».

Io comprendo abbastanza bene lo stato di spirito in cui il signor Cuartero è andato componendo queste pagine, dove lo stile severo, acuto, ben temprato, torna ad acquistare qualcosa della sua significazione etimologica. Se gli oratori spagnoli sono caduti nella tentazione di leggerle, di certo avranno sentito le loro carni punte dolorosamente.

Molto finemente l’autore mette allo scoperto il vizio originale degli oratori: «Farsi carico delle circostanze —pubblico, momento, luogo, ecc.—, è requisito della destrezza oratoria». Ebbene, si dirà, non è questa una gran virtù? Non è il contrario caratteristico della pazzia? Il demente proietta all’esterno con violenza spasmodica la sua concezione allucinata, senza tentare preventivamente di correggerla con la visione delle cose che lo circondano. Il pazzo, o il suo fratello minore il mistico, veramente si preoccupa soltanto di trovarsi concorde con se stesso. Secondo il signor Cuartero, l’oratore rappresenta l’estremo opposto, e cura soltanto di cercare connivenza con ciò che è circostante.

Con un cinismo esemplare dichiara questo stesso Cicerone: «Si sbaglia veementemente chi pensi di trovare nei nostri discorsi le nostre convinzioni. Quelli sono prodotto dell’argomento e dell’occasione —omnes enim illae orationes causarum et temporum sunt».

Di modo che l’oratore nasce con la circostanza, con essa muore, in essa si esaurisce, e quando essa si cambia in un’altra, rinasce da se stesso con nuova condizione. Che ricca varietà! Che pittoresca abbondanza di gesti contraddittori! L’oratore ha la personalità innumerevole, come quei dèi avventurieri delle mitologie decadenti che, sotto figure sempre nuove, verificano le loro epifanie. O anche come quei furbi garzoni di molti padroni che nel romanzo castigliano esercitano un mestiere in ogni capitolo.

Quando uno di questi agili cittadini che riescono a galleggiare in tutte le densità trova dinanzi a sé un uomo meditativo e incline alla severità intellettuale, un uomo che aspira a che le variazioni della sua esistenza sorgano le une dalle altre con una certa nobiltà dialettica, con una certa simmetria razionale, un uomo, infine, come si suol dire, di convinzioni, pensa che il tale va per la via della pazzia e suole, tra sorrisi, bollarlo di illuso, di idealista e fantasmagorico. Avrà ragione l’uomo circostanziale di fronte all’uomo serio? Io non posso qui di passaggio dirimere questa vecchia contesa, questa classica ruggine, tanto vecchia e classica, che si tratta niente meno che della perenne lotta aperta in Grecia tra l’oratore e il filosofo.

Non si ricorda quella beffa di Platone dove paragona gli oratori ai vasi di bronzo, che appena percossi dilatano lunghi suoni finché qualcuno mette loro un dito sopra? Si domandi loro una piccola cosa —dice— e si estendono in amplissime ragioni.

Nel pelago della macrologia o parlar lungo s’anega il povero corpo nudo della verità. Certo che la retorica non si propone il vero, ma piuttosto far forti le ragioni deboli e deboli le forti. Di qui che la filosofia nascendo cercasse un mezzo di espressione contraddittorio a quello che impiegava la politica, chiamata allora sofistica. Di fronte alla macrologia, di fronte al discorso, Socrate sperimenta il brachilogio, cioè, il dialogo.

Dalla moltitudine informe e anonima che in massa confusa di bestia antichissima riempie l’agorà, Socrate estrae un uomo solo e si mette con lui a dialogare. La conversazione non può avanzare se gli interlocutori non vanno coincidendo intimamente in ciascuno dei passi che si fa fare alla questione: l’esattezza delle parole va approssimando le due anime, e in fin dei conti, su quelli che conversano si alza una divina identificazione. La verità li transustanzia e di due si fa un solo uomo, l’Uomo. Così la filosofia si chiamò prima dialettica; da allora la guerra continua tra il parlar lungo e il fino, severo, più umano conversare.

Il vejamen dell’oratore che ha composto il signor Cuartero, io credo che prenda la bandiera della filosofia, e credo anche che vada un poco più in là del giusto nella sua viva inimicizia contro l’oratoria. Il signor Cuartero tratta Demostene e Mirabeau con crudezza, a mio avviso, non solo eccessiva, ma storicamente erronea.

Perché l’oratore è sempre colui che riesce a rendersi conto delle circostanze. Ma che cosa sono le circostanze? Sono soltanto queste cento persone, questi cinquanta minuti, questa piccola questione? Ogni circostanza è incastrata in un’altra più ampia; perché pensare che mi circondano soltanto dieci metri di spazio? E quelli che circondano questi dieci metri? Grave oblio, misera goffaggine, non farsi carico che di poche circostanze, quando in verità tutto ci circonda!

Io non simpatizzo con il pazzo e il mistico: raggiunge tutto il mio entusiasmo l’uomo che si fa carico delle circostanze, purché non ne dimentichi nessuna. E ci sono oratori che sanno ampliare il circostanziale fino a confonderlo con l’umano: la loro voce segue risuonando con eviterna attualità. Il signor Cuartero non lascia nel suo scritto di marcare la differenza tra il buono e il cattivo oratore, tra l’uomo propulsore della storia e il miserabile parlatore d’anima scarsa e idee corte che distrae un istante l’attenzione di una razza come un rumore fastidioso.

Gennaio, 1911