Ortega y Gasset

Abstract

Essay against the myth of a Spain looked on kindly by God (Prudentius: Hispanos Deus aspicit benignus): the national conscience has been misled by men who invented for it a genealogy of demigods. The Spanish race has sometimes played first-rank roles but has never proved itself a first-rank race — the history of science and of morals can be written without one Spanish name.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Creía de buena fe Prudencio que Dios había mirado con peculiar benignidad a los españoles: Hispanos Deus aspicit benignus. El alma de oro del cantor celtíbero veía en torno hombres que se dejaban morir por vivificar las ideas y se henchía como al viento una vela latina ante el soplo de optimismo que humea siempre de la sangre de los mártires. Eran aquéllos para España tiempos de fe y sazón de virtudes. Y así da en sus Cantos para todo el día un magnífico grito idealista:

Et cum vorandi vicerit libidinem

Late triumphet imperator spiritus.

«Y sobre todas las codicias victorioso

triunfe inmensamente emperador el espíritu».

¿No cree el lector que padecía equivocación el vate tarraconense? Cierto que no pocos compatriotas perduran en la opinión de Prudencio, después de quince siglos, y están muy seguros de que el Corazón de Jesús reinará en España con predilección a otros lugares. En fin de cuentas, ningún principio cósmico se opone a que así acaezcan las cosas, y todo fuera que las españolas —madres, hermanas, novias, esposas— se empeñen absolutamente en hacérnoslo realidad; si bien, llegado el caso, preferiría al corazón otra víscera divina, el cerebro, por ejemplo.

De todas suertes, me atrevo a pensar que faltan motivos sobre que se apoye esta creencia, y aunque lo soberano de la fe consista en no haber menester de razones, siquiera pretextos son exigibles para que el corazón se abra a una de estas convicciones caprichosas, infundadas, pero gratas. No considero, pues, motivada la creencia en aquella originaria benignidad de la mirada divina ni en ese futuro reino sentimental. Antes bien, tendríamos sustancia sobrada para lamentarnos los que aún somos jóvenes y en nuestra vida no hemos presenciado otra cosa que derrumbamientos, errores, angustias nacionales; ni hemos respirado más que desconfianza e irresoluciones; ni aprendido sino una larga sabiduría de desesperanza en este panorama de sordidez ideal que representa la existencia española.

Mas aún sería esto pasadero. Total, una generación desventurada, un mal trozo de historia de España que nos tocaba en suerte habitar. Tras de nosotros un pasado egregio, una esplendorosa perspectiva de virtudes culturales: nuestros padres sabios, nuestros abuelos santos civiles, nuestros bisabuelos héroes superiores en las grandes labores de humanidad. Y del otro lado de nuestras vidas idiotas un porvenir hermoso, una soberbia cosecha de pensar exacto, de querer robusto, de sentir hondo. Nos sentiríamos como hijos decadentes de una raza divina y calentaríamos nuestras míseras entrañas, incapaces de nada glorioso y constructivo, al rescoldo de nuestra historia, al incendio y al resplandor de la alta misión de nuestro pueblo en el desenvolvimiento humano. Después de la derrota de Nikias en Siracusa, los atenienses cautivos ganaban su vida recitando los poemas de Homero.

Pero esto no ha sido así; esto no ha sido así. La conciencia nacional ha sido desorientada por hombres sin veracidad, exentos de filosofía, que nos han fingido una estúpida genealogía de semidioses. No es lo grave que hoy nos hallemos sin energías para colaborar en los sagrados asuntos humanos: lo grave es que no hallamos en nuestra historia moderna ningún momento de pulsación europea en el cual buscar la iniciación para una mejor España, para una orientación fecunda de los poderes castizos. Ya que no creemos nada, déjesenos, al menos, decir clara y rudamente la verdad. La raza española ha representado alguna vez en la historia papeles de primer orden; pero hasta ahora no se ha probado como raza de primer orden. Sin esta distinción, la historia de España es incomprensible.

La historia universal se diferencia de la zoología, o historia natural, en que se considera a aquélla como la línea de desenvolvimiento de un personaje perfectamente concreto y caracterizado: la cultura. Actos que no sirvan al henchimiento cultural, no pertenecen a la historia humana; si se quiere puede tejerse con ellos una historia de los orangutanes.

Cultura es física y ética; ¿cabe nada más concreto y exacto que la matemática y la jurisprudencia? Pues bien: la historia del progreso de la ciencia y la historia del progreso de la moral pueden construirse perfectamente sin que en ellas aparezca un nombre español, sin que en su tejido prodigioso se inserte un solo hilo, un solo motivo fundamental oriundo de la peculiaridad étnica española. ¿Qué de extraño puede haber en que no encontremos manera de hallar solución al problema español con principios castizos, si los gérmenes, las sustancias, los motivos radicales de la cultura han permanecido ausentes de nuestra espontaneidad histórica? Europa quiere decir el Anfictyonado de los pueblos colaboradores de la cultura, de las razas de primer orden.

Yo sé que decir esto es impopular; pero es menester decirlo, y es, además, la expansión de esta verdad, condición previa de toda reforma nacional. Nada hay que pese tanto como un gran pasado demasiado remoto. Ni nuestros padres, ni nuestros abuelos, ni muchas generaciones hacia atrás han hecho nada cuyo recuerdo pueda reconfortarnos y servirnos de orientación; antes bien, cinco siglos de historia de España han acumulado sobre nosotros una grave pátina de ineptitudes. Mas, por otra parte, el pasado aquel glorioso no nos deja quieto el ánimo y se opone a que abracemos sin reserva destinos y labores modestos como los rumanos, los suizos y los habitantes de la pequeña Dinamarca.

Yo había pensado así desde hace largo tiempo; pero hoy leo unas palabras del Sumo Pontífice que me ponen en perpleja situación. El Santo Padre ha ido y ha dicho a unos peregrinos baleares que «España ha conseguido demostrar espléndidamente que la religión es causa de la felicidad de las naciones». No conozco bien el significado canónico de la palabra felicidad; según es sabido, las encíclicas y demás literatura de la Sede romana usan de un vocabulario genuino, en virtud del cual, cuando parece que dicen una cosa, resulta que dicen lo contrario.

¿Cree el lector que España sea realmente feliz? El Santo Padre dedica casi toda su atención a las realidades místicas, a ese mundo ingrávido y transcendente, poblado de materias sutilísimas: vive una vida sobrehumana, habita extáticas ciudades, donde con su bastón venerable mantiene el orden de la gracia en la comunión de los santos. Pero el Santo Padre no ha hecho benditas con sus ojos las cifras de las contribuciones españolas, y éstas son incompatibles con la felicidad. De suerte, que la ventura que la religión haya podido traernos, es inutilizada por la administración, y pata.

A no dudarlo, la Santa Sede ha procedido con ironía en esas palabras, y más cuando añade: «Sé perfectamente que esa nación sigue siendo digna de sus tradiciones».

Si todo ello no se interpreta en un sentido irónico, no sé bien hasta qué punto sea aceptable la filosofía de la historia que inspira al Santísimo Padre. No me parece fácil de comprender cómo el país menos culto de Europa puede ser el más religioso. ¿Por ventura la religión es cosa distinta de la cultura?

Pío X quisiera acaso renovar en nosotros la convicción que en el siglo V logró suscitar Prudencio: Hispanos Deus aspicit benignus. Mas la perspectiva ha cambiado: no es ya para nosotros la historia el proceso de encarnación de una fe escatológica, sino el engrandecimiento de la cultura, la aproximación a una imagen de humanidad virtuosa y sabia. Más exacto, pues, será decir de nosotros lo que de sí decían los guanches de Canarias, quienes no sospecharon durante siglos cómo a pocos largos de sus islas estaba anclado un enorme continente, y, al preguntarles los misioneros de qué modo habían venido en la edad primera a sus tierras, respondieron: «Dios nos puso en estas islas, y luego se olvidó de nosotros».

El Radical, 23 de junio de 1910

Prudentius believed in good faith that God had looked with peculiar benignity upon the Spaniards: Hispanos Deus aspicit benignus. The golden soul of the Celtiberian singer saw around him men who let themselves die to vivify ideas and swelled like a Latin sail in the wind before the breath of optimism that always smokes from the blood of martyrs. Those were for Spain times of faith and season of virtues. And thus he gives in his Hymns for every day a magnificent idealist cry:

Et cum vorandi vicerit libidinem

Late triumphet imperator spiritus.

«And over all lusts victorious

let the spirit triumph immensely as emperor».

Does not the reader believe that the Tarraconian bard suffered error? Certainly not a few compatriots endure in the opinion of Prudentius, after fifteen centuries, and are very sure that the Heart of Jesus will reign in Spain with predilection over other places. After all, no cosmic principle opposes that things so happen, and it would be enough that the Spanish women —mothers, sisters, fiancées, wives— absolutely strive to make it real for us; although, arrived the case, I would prefer to the heart another divine viscera, the brain, for example.

At all events, I dare to think that reasons are lacking on which this belief might rest, and although the sovereignty of faith consists in having no need of reasons, at least pretexts are demandable for the heart to open itself to one of these capricious, unfounded, but pleasant convictions. I do not consider, then, motivated the belief in that original benignity of the divine gaze nor in that future sentimental kingdom. Rather, we who are still young would have overabundant substance to lament ourselves, and in our life we have witnessed nothing but collapses, errors, national anguishes; nor have we breathed anything but distrust and irresolutions; nor learned anything but a long wisdom of hopelessness in this panorama of ideal sordidness that Spanish existence represents.

But even this would be passable. In all, an unfortunate generation, a bad piece of Spanish history that fell to our lot to inhabit. Behind us an egregious past, a splendid perspective of cultural virtues: our wise fathers, our civil-saint grandparents, our great-grandparents superior heroes in the great labors of humanity. And on the other side of our idiotic lives a beautiful future, a superb harvest of exact thinking, of robust willing, of deep feeling. We would feel ourselves as decadent children of a divine race and would warm our miserable entrails, incapable of anything glorious and constructive, at the embers of our history, at the fire and splendor of the high mission of our people in human development. After the defeat of Nicias at Syracuse, the captive Athenians earned their living reciting the poems of Homer.

But this has not been so; this has not been so. The national conscience has been disoriented by men without truthfulness, exempt from philosophy, who have feigned for us a stupid genealogy of demigods. The grave thing is not that today we find ourselves without energies to collaborate in the sacred human affairs: the grave thing is that we do not find in our modern history any moment of European pulsation in which to seek the initiation for a better Spain, for a fecund orientation of the castizo powers. Since we believe nothing, let us be allowed, at least, to say clearly and rudely the truth. The Spanish race has at some time represented in history roles of first order; but up to now it has not proven itself as a race of first order. Without this distinction, the history of Spain is incomprehensible.

Universal history differs from zoology, or natural history, in that the former is considered as the line of development of a perfectly concrete and characterized personage: culture. Acts that do not serve the cultural filling do not belong to human history; if one wants, a history of the orangutans can be woven with them.

Culture is physics and ethics; is there anything more concrete and exact than mathematics and jurisprudence? Well then: the history of the progress of science and the history of the progress of morals can be constructed perfectly without a Spanish name appearing in them, without a single thread being inserted into their prodigious fabric, a single fundamental motive originating from Spanish ethnic peculiarity. What can there be strange in that we find no way to find a solution to the Spanish problem with castizo principles, if the germs, the substances, the radical motives of culture have remained absent from our historical spontaneity? Europe means the Amphictyony of the peoples collaborating in culture, of the races of first order.

I know that saying this is unpopular; but it is necessary to say it, and it is, moreover, the expansion of this truth, the previous condition of all national reform. There is nothing that weighs as much as a great past too remote. Neither our fathers, nor our grandfathers, nor many generations back have done anything whose memory can comfort us and serve us as orientation; rather, five centuries of Spanish history have accumulated upon us a grave patina of ineptitudes. But, on the other hand, that glorious past does not leave our spirit quiet and opposes that we embrace without reserve modest destinies and labors like the Romanians, the Swiss and the inhabitants of little Denmark.

I had thought thus for a long time; but today I read some words of the Supreme Pontiff that put me in a perplexed situation. The Holy Father has gone and has said to some Balearic pilgrims that «Spain has succeeded in demonstrating splendidly that religion is cause of the happiness of nations». I do not know well the canonical meaning of the word happiness; as is known, the encyclicals and other literature of the Roman See use a genuine vocabulary, by virtue of which, when they seem to say one thing, it turns out that they say the contrary.

Does the reader believe that Spain is really happy? The Holy Father dedicates almost all his attention to the mystical realities, to that weightless and transcendent world, peopled with most subtle matters: he lives a superhuman life, inhabits ecstatic cities, where with his venerable staff he maintains the order of grace in the communion of saints. But the Holy Father has not blessed with his eyes the figures of the Spanish contributions, and these are incompatible with happiness. So that the fortune that religion may have been able to bring us is rendered useless by the administration, and that’s that.

Without a doubt, the Holy See has proceeded with irony in those words, and more so when it adds: «I know perfectly that that nation continues to be worthy of its traditions».

If all this is not interpreted in an ironic sense, I do not know well to what point the philosophy of history that inspires the Most Holy Father is acceptable. It does not seem easy to me to understand how the least devout country of Europe can be the most religious. Is religion, perchance, a thing distinct from culture?

Pius X would perhaps wish to renew in us the conviction that in the fifth century Prudentius succeeded in arousing: Hispanos Deus aspicit benignus. But the perspective has changed: history is no longer for us the process of incarnation of an eschatological faith, but the aggrandizement of culture, the approximation to an image of virtuous and wise humanity. More exact, then, will it be to say of us what the Guanche of the Canaries said of themselves, who for centuries did not suspect how at a few leagues from their islands a huge continent was anchored, and, when the missionaries asked them in what manner they had come in the first age to their lands, they answered: «God put us on these islands, and then he forgot about us».

El Radical, 23 de junio de 1910

Credeva in buona fede Prudenzio che Dio avesse guardato con peculiare benignità gli spagnoli: Hispanos Deus aspicit benignus. L’anima d’oro del cantore celtibero vedeva intorno uomini che si lasciavano morire per vivificare le idee e si gonfiava come al vento una vela latina di fronte al soffio di ottimismo che fuma sempre dal sangue dei martiri. Erano quelli per la Spagna tempi di fede e stagione di virtù. E così dà nei suoi Canti per tutto il giorno un magnifico grido idealista:

Et cum vorandi vicerit libidinem

Late triumphet imperator spiritus.

«E su tutte le cupidigie vittorioso

trionfi immensamente imperatore lo spirito».

¿Non crede il lettore che patisse equivocazione il vate tarraconense? Certo che non pochi connazionali perdurano nell’opinione di Prudenzio, dopo quindici secoli, e sono molto sicuri che il Cuore di Gesù regnerà in Spagna con predilezione su altri luoghi. In fin dei conti, nessun principio cosmico si oppone a che così accadano le cose, e tutto fosse che le spagnole —madri, sorelle, fidanzate, mogli— si impegnino assolutamente a farcela realtà; sebbene, arrivato il caso, preferirei al cuore un’altra viscere divina, il cervello, per esempio.

In ogni modo, mi ardisco a pensare che mancano motivi su cui si appoggi questa credenza, e sebbene il sovrano della fede consista nel non avere bisogno di ragioni, almeno pretesti sono esigibili perché il cuore si apra a una di queste convinzioni capricciose, infondate, ma grate. Non considero, dunque, motivata la credenza in quella originaria benignità dello sguardo divino né in quel futuro regno sentimentale. Anzi, avremmo sostanza sovrabbondante per lamentarci noi che siamo ancora giovani e nella nostra vita non abbiamo presenziato altro che crolli, errori, angosce nazionali; né abbiamo respirato altro che sfiducia e irresoluzioni; né imparato se non una lunga sapienza di disperazione in questo panorama di sordidezza ideale che rappresenta l’esistenza spagnola.

Ma ancora questo sarebbe passabile. In tutto, una generazione sventurata, un brutto pezzo di storia di Spagna che ci toccò in sorte abitare. Dietro di noi un passato egregio, una splendida prospettiva di virtù culturali: i nostri padri sapienti, i nostri nonni santi civili, i nostri bisnonni eroi superiori nelle grandi opere di umanità. E dall’altro lato delle nostre vite idiote un avvenire bello, un superbo raccolto di pensare esatto, di volere robusto, di sentire profondo. Ci sentiremmo come figli decadenti di una razza divina e scalderemmo le nostre misere viscere, incapaci di nulla di glorioso e costruttivo, al braciere della nostra storia, all’incendio e allo splendore dell’alta missione del nostro popolo nello svolgimento umano. Dopo la sconfitta di Nicia a Siracusa, gli ateniesi catturati si guadagnavano la vita recitando i poemi di Omero.

Ma questo non è stato così; questo non è stato così. La coscienza nazionale è stata disorientata da uomini senza veracità, esenti da filosofia, che ci hanno finto una stupida genealogia di semidei. Non è grave che oggi ci troviamo senza energie per collaborare nei sacri affari umani: il grave è che non troviamo nella nostra storia moderna nessun momento di pulsazione europea in cui cercare l’iniziazione per una Spagna migliore, per un orientamento fecondo dei poteri castizi. Giacché non crediamo nulla, ci si lasci, almeno, dire chiara e rude la verità. La razza spagnola ha rappresentato qualche volta nella storia ruoli di primo ordine; ma finora non si è provata come razza di primo ordine. Senza questa distinzione, la storia di Spagna è incomprensibile.

La storia universale si differenzia dalla zoologia, o storia naturale, in che si considera quella come la linea di svolgimento di un personaggio perfettamente concreto e caratterizzato: la cultura. Atti che non servano al riempimento culturale, non appartengono alla storia umana; se si vuole, può intessersi con essi una storia degli oranghi.

Cultura è fisica ed etica; ¿c’è nulla di più concreto ed esatto della matematica e della giurisprudenza? Ebbene: la storia del progresso della scienza e la storia del progresso della morale possono costruirsi perfettamente senza che in esse appaia un nome spagnolo, senza che nel loro tessuto prodigioso si inserisca un solo filo, un solo motivo fondamentale oriundo della peculiarità etnica spagnola. ¿Che cosa di strano può esserci in che non troviamo maniera di trovare soluzione al problema spagnolo con principî castizi, se i germi, le sostanze, i motivi radicali della cultura sono rimasti assenti dalla nostra spontaneità storica? Europa vuol dire l’Anfizionia dei popoli collaboratori della cultura, delle razze di primo ordine.

Io so che dire questo è impopolare; ma è necessario dirlo, ed è, inoltre, l’espansione di questa verità, condizione previa di ogni riforma nazionale. Non c’è nulla che pesi tanto quanto un grande passato troppo remoto. Né i nostri padri, né i nostri nonni, né molte generazioni indietro hanno fatto nulla il cui ricordo possa riconfortarci e servirci di orientamento; anzi, cinque secoli di storia di Spagna hanno accumulato su di noi una grave patina di inettitudini. Ma, d’altra parte, quel passato glorioso non ci lascia quieto l’animo e si oppone a che abbracciamo senza riserva destini e opere modeste come i rumeni, gli svizzeri e gli abitanti della piccola Danimarca.

Io avevo pensato così da lungo tempo; ma oggi leggo alcune parole del Sommo Pontefice che mi pongono in perplessa situazione. Il Santo Padre è andato e ha detto a alcuni pellegrini baleari che «la Spagna è riuscita a dimostrare splendidamente che la religione è causa della felicità delle nazioni». Non conosco bene il significato canonico della parola felicità; come è noto, le encicliche e altra letteratura della Sede romana usano un vocabolario genuino, in virtù del quale, quando sembra che dicano una cosa, risulta che dicono il contrario.

¿Crede il lettore che la Spagna sia realmente felice? Il Santo Padre dedica quasi tutta la sua attenzione alle realtà mistiche, a quel mondo privo di peso e trascendente, popolato di materie sottilissime: vive una vita sovrumana, abita città estatiche, dove con il suo bastone venerabile mantiene l’ordine della grazia nella comunione dei santi. Ma il Santo Padre non ha fatto benedette con i suoi occhi le cifre dei contributi spagnoli, e questi sono incompatibili con la felicità. Di modo che la ventura che la religione abbia potuto portarci, è inutilizzata dall’amministrazione, e basta.

Senza dubbio, la Santa Sede ha proceduto con ironia in quelle parole, e più quando aggiunge: «So perfettamente che quella nazione segue essendo degna delle sue tradizioni».

Se tutto ciò non si interpreta in un senso ironico, non so bene fino a che punto sia accettabile la filosofia della storia che ispira il Santissimo Padre. Non mi sembra facile comprendere come il paese meno religioso d’Europa possa essere il più religioso. ¿Per ventura la religione è cosa distinta dalla cultura?

Pio X vorrebbe forse rinnovare in noi la convinzione che nel V secolo riuscì a suscitare Prudenzio: Hispanos Deus aspicit benignus. Ma la prospettiva è cambiata: non è più per noi la storia il processo di incarnazione di una fede escatologica, ma l’ingrandimento della cultura, l’approssimazione a un’immagine di umanità virtuosa e sapiente. Più esatto, dunque, sarà dire di noi ciò che di sé dicevano i guanci delle Canarie, i quali non sospettarono per secoli come a poche leghe dalle loro isole fosse ancorato un enorme continente, e, al domandare loro i missionari in che modo fossero venuti nella prima età alle loro terre, risposero: «Dio ci mise in queste isole, e poi si dimenticò di noi».

El Radical, 23 de junio de 1910