Ortega y Gasset

Abstract

The programme of El Espectador: precisely because Spanish life forces one into political action, a part of oneself must be fenced off for contemplation. Politics is thinking about the useful; if it becomes the person’s central habit one ends up confusing the true with the useful, and making utility into truth is the definition of the lie. The sample does not yet develop the notion of perspective announced in the title.

Connections

Assi: Origine della conoscenza
Concetti: ragione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El prospecto de El Espectador me ha valido numerosas cartas llenas de afecto, de interés, de curiosidad. Una de ellas concluye: «Pero siento que se dedique usted exclusivamente a ser espectador».

Me urge tranquilizar a este amigo lejano, y para ello tengo que indicar algo de lo que yo pienso bajo el título de El Espectador. La integridad de los pensamientos tras esa palabra emboscados sólo puede desenvolverse en la vida misma de la obra.

Vuelva a la tranquilidad este lejano amigo que me escribe, y para el cual —¡gracias le sean dadas!— no es por completo indiferente lo que yo haga o deje de hacer: la vida española nos obliga, queramos o no, a la acción política. El inmediato porvenir, tiempo de sociales hervores, nos forzará a ella con mayor violencia. Precisamente por eso yo necesito acotar una parte de mí mismo para la contemplación. Y esto que me acontece, acontece a todos. Desde hace medio siglo, en España y fuera de España, la política —es decir, la supeditación de la teoría a la utilidad— ha invadido por completo el espíritu. La expresión extrema de ello puede hallarse en esa filosofía pragmatista que descubre la esencia de la verdad, de lo teórico por excelencia, en lo práctico, en lo útil. De tal suerte, queda reducido el pensamiento a la operación de buscar buenos medios para los fines, sin preocuparse de éstos. He ahí la política: pensar utilitario.

La pasada centuria se ha afanado harto exclusivamente en allegar instrumentos: ha sido una cultura de medios. La guerra ha sorprendido al europeo sin nociones claras sobre las cuestiones últimas, aquéllas que sólo puede aclarar un pensamiento puro e inútil. Nada más natural que, reaccionando contra ese exclusivismo, postulemos ahora frente a una cultura de medios una cultura de postrimerías.

Situada en su rango de actividad espiritual secundaria, la política o pensamiento de lo útil es una saludable fuerza de que no podemos prescindir. Si se me invita a escoger entre el comerciante y el bohemio, me quedo sin ninguno de los dos. Mas cuando la política se entroniza en la conciencia y preside toda nuestra vida mental, se convierte en un morbo gravísimo. La razón es clara. Mientras tomemos lo útil como útil, nada hay que objetar. Pero si esta preocupación por lo útil llega a constituir el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo verdadero tenderemos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la utilidad la verdad, es la definición de la mentira. El imperio de la política es, pues, el imperio de la mentira.

De todas las enseñanzas que la vida me ha proporcionado, la más acerba, más inquietante, más irritante para mí ha sido convencerme de que la especie menos frecuente sobre la Tierra es la de los hombres veraces. Yo he buscado en torno, con mirada suplicante de náufrago, los hombres a quienes importase la verdad, la pura verdad, lo que las cosas son por sí mismas, y apenas he hallado alguno. Los he buscado cerca y lejos, entre los artistas y entre los labradores, entre los ingenuos y los «sabios». Como Ibn-Batuta, he tomado el palo del peregrino y hecho vía por el mundo en busca, como él, de los santos de la Tierra, de los hombres de alma especular y serena que reciben la pura reflexión del ser de las cosas. ¡Y he hallado tan pocos, tan pocos, que me ahogo!

Sí: congoja de ahogo siento, porque un alma necesita respirar almas afines, y quien ama sobre todo la verdad necesita respirar aire de almas veraces. No he hallado en derredor sino políticos, gentes a quienes no interesa ver el mundo como él es, dispuestas sólo a usar de las cosas como les conviene. Política se hace en las academias y en las escuelas, en el libro de versos y en el libro de historia, en el gesto rígido del hombre moral y en el gesto frívolo del libertino, en el salón de las damas y en la celda del monje. Muy especialmente se hace política en los laboratorios: el químico y el histólogo llevan a sus experimentos un secreto interés electoral. En fin, cierto día, ante uno de los libros más abstractos y más ilustres que han aparecido en Europa desde hace treinta años, oí decir en su lengua al autor: Yo soy ante todo un político. Aquel hombre había compuesto una obra sobre el método infinitesimal contra el partido militarista triunfante en su patria.

Hace falta, pues, afirmarse de nuevo en la obligación de la verdad, en el derecho de la verdad.

En El libro de los Estados, decía don Juan Manuel: «Todos los Estados del mundo se encierran en tres: al uno llaman defensores, et al otro oradores, et al otro labradores». ¡Perdón, Infante; el mundo así resultaría incompleto! Yo pido en él un margen para el estado que llaman de los espectadores. El nombre goza de famosa genealogía: lo encontró Platón. En su República concede una misión especial a lo que él denomina Φιλοθεάμουες —amigos de mirar. Son los especulativos, y al frente de ellos los filósofos, los teorizadores —que quiere decir los contemplativos.

El Espectador tiene, en consecuencia, una primera intención: elevar un reducto contra la política para mí y para los que compartan mi voluntad de pura visión, de teoría.

El escritor, para condensar su esfuerzo, necesita de un público, como el licor de la copa en que se vierte. Por esto es El Espectador la conmovida apelación a un público de amigos de mirar, de lectores a quienes interesen las cosas aparte de sus consecuencias, cualesquiera que ellas sean, morales inclusive. Lectores meditabundos, que se complazcan en perseguir la fisonomía de los objetos en toda su delicada, compleja estructura. Lectores sin prisa, advertidos de que toda opinión justa es larga de expresar. Lectores que al leer repiensen por sí mismos los temas sobre que han leído. Lectores que no exijan ser convencidos, pero, a la vez, se hallen dispuestos a renacer en toda hora de un credo habitual a un credo insólito. Lectores que, como el autor, se hayan reservado un trozo de alma antipolítico. En suma: lectores incapaces de oír un sermón, de apasionarse en un mitin y juzgar de personas y cosas en una tertulia de café.

A hombres y mujeres de tan rara índole se dirige El Espectador, que es un libro escrito en voz baja.

Suele, con Goethe, oponerse la gris teoría a la vida, al palpitante arco iris de la existencia. No discutiré ahora cuál sea el verdadero sentido de tal oposición[8]. Pero he de prevenir una mala inteligencia. Cuando leo que Aristóteles hace consistir la beatitud, esto es, la vida perfecta, en el ejercicio teórico, en el pensar, siento que dentro de mí la irritación perfora el respeto hacia el Estagirita. Me parece excesivamente casual que Dios, símbolo de todo movimiento cósmico, resulte un ser ocupado en pensar sobre el pensar. Este afán de divinizar el oficio y el menester que cumplimos sobre la Tierra, este prurito de no contentarse cada cual con lo que es, si esto que es no parece lo mejor y sumo, se me antoja un resto de política que perdura hasta en las más altas dialécticas. Aristóteles quiere hacer de Dios un profesor de filosofía en superlativo.

Yo ando muy lejos de pretender semejante cosa. No asevero que la actitud teórica sea la suprema; que debamos primero filosofar, y luego, si hay caso, vivir. Más bien creo lo contrario. Lo único que afirmo es que sobre la vida espontánea debe abrir, de cuando en cuando, su clara pupila la teoría, y que entonces, al hacer teoría ha de hacerse con toda pureza, con toda tragedia. El mal —dice Platón— viene a las repúblicas de que no hace cada cual lo suyo. Esto es lo decisivo: τὰ ἑαυτοῦ πράττειν. Me parece admirable, por ejemplo, que Don Juan deje resbalar su corazón sobre la múltiple feminidad. Lo que me enoja es que Don Juan teorice el amor. ¡No: que haga lo suyo! Una mujer le espera: puede renovar su perpetua aventura, dulce y amarga, en que se siembra la flor y nace la espina. Pero no se empeñe en conquistarnos la verdad con su empaque de gallo: sería inútil y además indecente.

Acentuar esta diferencia entre la contemplación y la vida —la vida, con su articulación política de intereses, deseos y conveniencias—, era necesario. Porque El Espectador lleva una segunda intención: él especula, mira —pero lo que quiere ver es la vida según fluye ante él.

The prospectus of El Espectador has earned me numerous letters full of affection, of interest, of curiosity. One of them concludes: «But I regret that you dedicate yourself exclusively to being a spectator».

I am urged to tranquilize this distant friend, and for that I have to indicate something of what I think under the title of El Espectador. The integrity of the thoughts ambushed behind that word can only unfold in the very life of the work.

Let this distant friend who writes to me return to tranquility, and for whom —thanks be given to him!— it is not completely indifferent what I do or leave undone: Spanish life obliges us, whether we want to or not, to political action. The immediate future, time of social fermentations, will force us to it with greater violence. Precisely for that I need to fence off a part of myself for contemplation. And this that happens to me, happens to all. For half a century, in Spain and outside Spain, politics —that is, the subordination of theory to utility— has completely invaded the spirit. The extreme expression of it can be found in that pragmatist philosophy that discovers the essence of truth, of the theoretical par excellence, in the practical, in the useful. In such a way, thought is reduced to the operation of seeking good means for the ends, without concerning itself with these. There you have politics: utilitarian thinking.

The past century has labored all too exclusively in gathering instruments: it has been a culture of means. The war has surprised the European without clear notions on the ultimate questions, those which only a pure and useless thought can clarify. Nothing more natural than, reacting against that exclusivism, we now postulate, in the face of a culture of means, a culture of last things.

Situated in its rank of secondary spiritual activity, politics, or the thought of the useful, is a healthy force of which we cannot dispense. If I am invited to choose between the merchant and the bohemian, I remain with neither of the two. But when politics is enthroned in the conscience and presides over all our mental life, it becomes a most grave disease. The reason is clear. As long as we take the useful as useful, there is nothing to object. But if this concern for the useful comes to constitute the central habit of our personality, when it is a matter of seeking the true we will tend to confuse it with the useful. And this, making of utility the truth, is the definition of the lie. The empire of politics is, then, the empire of the lie.

Of all the teachings that life has provided me, the most bitter, most disquieting, most irritating for me has been to convince myself that the least frequent species on Earth is that of truthful men. I have sought around me, with the suppliant gaze of a shipwrecked man, the men for whom the truth mattered, the pure truth, what things are in themselves, and I have scarcely found any. I have sought them near and far, among the artists and among the laborers, among the naive and the «wise». Like Ibn-Batuta, I have taken the pilgrim’s staff and made way through the world in search, like him, of the saints of the Earth, of the men of specular and serene soul who receive the pure reflection of the being of things. And I have found so few, so few, that I drown!

Yes: anguish of suffocation I feel, because a soul needs to breathe kindred souls, and he who loves above all the truth needs to breathe air of truthful souls. I have found around me nothing but politicians, people who are not interested in seeing the world as it is, disposed only to use things as suits them. Politics is made in the academies and in the schools, in the book of verses and in the book of history, in the rigid gesture of the moral man and in the frivolous gesture of the libertine, in the ladies’ salon and in the monk’s cell. Very especially politics is made in the laboratories: the chemist and the histologist carry to their experiments a secret electoral interest. In short, one certain day, before one of the most abstract and most illustrious books that have appeared in Europe in the last thirty years, I heard the author say in his language: I am above all a politician. That man had composed a work on the infinitesimal method against the militarist party triumphant in his homeland.

It is necessary, then, to affirm oneself anew in the obligation of the truth, in the right of the truth.

In El libro de los Estados, don Juan Manuel said: «Todos los Estados del mundo se encierran en tres: al uno llaman defensores, et al otro oradores, et al otro labradores». Forgive me, Infante; the world would thus turn out incomplete! I ask in it a margin for the estate that they call of the spectators. The name enjoys a famous genealogy: Plato found it. In his Republic he grants a special mission to what he denominates Φιλοθεάμουες —friends of looking. They are the speculative ones, and at their head the philosophers, the theorists —which means the contemplatives.

El Espectador has, in consequence, a first intention: to raise a redoubt against politics, for me and for those who share my will of pure vision, of theory.

The writer, in order to condense his effort, needs a public, like the liquor needs the cup into which it is poured. For this, El Espectador is the moved appeal to a public of friends of looking, of readers for whom things are of interest apart from their consequences, whatever they may be, moral ones included. Meditative readers, who take pleasure in pursuing the physiognomy of objects in all its delicate, complex structure. Readers without haste, advised that every just opinion is long to express. Readers who, upon reading, rethink for themselves the themes they have read about. Readers who do not demand to be convinced, but, at the same time, find themselves disposed to be reborn at any hour from a habitual creed to an unusual creed. Readers who, like the author, have reserved for themselves a piece of antipolitical soul. In short: readers incapable of hearing a sermon, of growing passionate at a rally and judging persons and things in a café tertulia.

To men and women of such rare nature El Espectador addresses itself, being a book written in a low voice.

It is customary, with Goethe, to oppose gray theory to life, to the palpitating rainbow of existence. I will not discuss now what the true sense of such an opposition is[8]. But I must prevent a misunderstanding. When I read that Aristotle makes beatitude, that is, the perfect life, consist in theoretical exercise, in thinking, I feel that within me irritation perforates the respect toward the Stagirite. It seems to me excessively casual that God, symbol of all cosmic movement, should turn out to be a being occupied in thinking about thinking. This eagerness to divinize the office and the need that we fulfill on Earth, this itching not to be content, each one, with what one is, if this that one is does not seem the best and the supreme, appears to me as a remnant of politics that endures even in the highest dialectics. Aristotle wants to make of God a professor of philosophy in the superlative.

I go very far from pretending such a thing. I do not assert that the theoretical attitude is the supreme one; that we should first philosophize, and then, if there is case, live. Rather I believe the contrary. The only thing I affirm is that over spontaneous life theory should open, from time to time, its clear pupil, and that then, in making theory, it must be made with all purity, with all tragedy. Evil —says Plato— comes to republics from each one not doing his own thing. This is the decisive thing: τὰ ἑαυτοῦ πράττειν. It seems to me admirable, for example, that Don Juan lets his heart slide over the manifold femininity. What angers me is that Don Juan theorizes love. No: let him do his own thing! A woman awaits him: he can renew his perpetual adventure, sweet and bitter, in which the flower is sown and the thorn is born. But let him not strive to conquer the truth for us with his strut of a rooster: it would be useless and besides indecent.

To accentuate this difference between contemplation and life —life, with its political articulation of interests, desires and conveniences—, was necessary. Because El Espectador carries a second intention: it speculates, it looks —but what it wants to see is life as it flows before it.

Il prospetto di El Espectador mi è valso numerose lettere piene di affetto, di interesse, di curiosità. Una di esse conclude: «Ma mi dispiace che lei si dedichi esclusivamente a essere spettatore».

Mi urge tranquillizzare questo amico lontano, e per ciò devo indicare qualcosa di ciò che io penso sotto il titolo di El Espectador. L’integrità dei pensieri dietro quella parola imboscati può solo svilupparsi nella vita stessa dell’opera.

Torni alla tranquillità questo lontano amico che mi scrive, e per il quale —grazie gli siano date!— non è per completo indifferente ciò che io faccia o lasci di fare: la vita spagnola ci obbliga, vogliamo o no, all’azione politica. L’immediato avvenire, tempo di sociali ribollimenti, ci forzerà ad essa con maggiore violenza. Precisamente per questo io ho bisogno di recintare una parte di me stesso per la contemplazione. E questo che mi accade, accade a tutti. Da mezzo secolo, in Spagna e fuori di Spagna, la politica —cioè, la subordinazione della teoria all’utilità— ha invaso per completo lo spirito. L’espressione estrema di ciò può trovarsi in quella filosofia pragmatista che scopre l’essenza della verità, del teorico per eccellenza, nel pratico, nell’utile. Di tal sorta, resta ridotto il pensiero all’operazione di cercare buoni mezzi per i fini, senza preoccuparsi di questi. Ecco la politica: pensare utilitario.

La passata centuria si è affannata assai esclusivamente ad ammassare strumenti: è stata una cultura di mezzi. La guerra ha sorpreso l’europeo senza nozioni chiare sulle questioni ultime, quelle che solo può chiarire un pensiero puro e inutile. Nulla di più naturale che, reagendo contro quell’esclusivismo, postuliamo ora di fronte a una cultura di mezzi una cultura di postrimerie.

Situata nel suo rango di attività spirituale secondaria, la politica o pensiero dell’utile è una salutare forza di cui non possiamo fare a meno. Se mi si invita a scegliere tra il commerciante e il bohémien, resto senza nessuno dei due. Ma quando la politica si intronizza nella coscienza e presiede tutta la nostra vita mentale, si converte in un morbo gravissimo. La ragione è chiara. Finché prendiamo l’utile come utile, non c’è nulla da obiettare. Ma se questa preoccupazione per l’utile arriva a costituire l’abito centrale della nostra personalità, quando si tratti di cercare il vero tenderemo a confonderlo con l’utile. E questo, fare dell’utilità la verità, è la definizione della menzogna. L’impero della politica è, dunque, l’impero della menzogna.

Di tutti gli insegnamenti che la vita mi ha procurato, il più aspro, più inquietante, più irritante per me è stato convincermi che la specie meno frequente sulla Terra è quella degli uomini veraci. Io ho cercato intorno, con sguardo supplicante di naufrago, gli uomini a cui importasse la verità, la pura verità, ciò che le cose sono per sé stesse, e appena ne ho trovato qualcuno. Li ho cercati vicino e lontano, tra gli artisti e tra i contadini, tra gli ingenui e i «sapienti». Come Ibn-Batuta, ho preso il bastone del pellegrino e fatto via per il mondo in cerca, come lui, dei santi della Terra, degli uomini di anima speculare e serena che ricevono la pura riflessione dell’essere delle cose. ¿E ne ho trovati così pochi, così pochi, che mi annego!

Sì: congoia di soffocamento sento, perché un’anima ha bisogno di respirare anime affini, e chi ama sopra tutto la verità ha bisogno di respirare aria di anime veraci. Non ho trovato intorno se non politici, genti a cui non interessa vedere il mondo come esso è, disposte solo a usare delle cose come loro conviene. Politica si fa nelle accademie e nelle scuole, nel libro di versi e nel libro di storia, nel gesto rigido dell’uomo morale e nel gesto frivolo del libertino, nel salone delle dame e nella cella del monaco. Molto specialmente si fa politica nei laboratori: il chimico e l’istologo portano ai loro esperimenti un segreto interesse elettorale. In fine, un certo giorno, davanti a uno dei libri più astratti e più illustri che siano apparsi in Europa da trent’anni, sentii dire nella sua lingua all’autore: Io sono sopra tutto un politico. Quell’uomo aveva composto un’opera sul metodo infinitesimale contro il partito militarista trionfante nella sua patria.

Fa bisogno, dunque, affermarsi di nuovo nell’obbligo della verità, nel diritto della verità.

In El libro de los Estados, diceva don Juan Manuel: «Todos los Estados del mundo se encierran en tres: al uno llaman defensores, et al otro oradores, et al otro labradores». ¿Perdono, Infante; il mondo così risulterebbe incompleto! Io chiedo in esso un margine per lo stato che chiamano degli spettatori. Il nome gode di famosa genealogia: lo trovò Platone. Nella sua Repubblica concede una missione speciale a ciò che egli denomina Φιλοθεάμουες —amici di guardare. Sono gli speculativi, e in testa a loro i filosofi, i teorizzatori —che vuol dire i contemplativi.

El Espectador ha, in conseguenza, una prima intenzione: elevare un ridotto contro la politica per me e per coloro che condividano la mia volontà di pura visione, di teoria.

Lo scrittore, per condensare il suo sforzo, ha bisogno di un pubblico, come il liquore della coppa in cui si versa. Per questo El Espectador è la commossa appellazione a un pubblico di amici di guardare, di lettori a cui interessino le cose a parte dalle loro conseguenze, quali che esse siano, morali incluse. Lettori meditabondi, che si compiacciano di perseguire la fisonomia degli oggetti in tutta la sua delicata, complessa struttura. Lettori senza fretta, avvertiti che ogni opinione giusta è lunga da esprimere. Lettori che leggendo ripensino per sé stessi i temi su cui hanno letto. Lettori che non esigano essere convinti, ma, a un tempo, si trovino disposti a rinascere in ogni ora da un credo abituale a un credo insolito. Lettori che, come l’autore, si siano riservati un pezzo di anima antipolitico. In somma: lettori incapaci di udire un sermone, di appassionarsi in un comizio e giudicare di persone e cose in una tertulia di caffè.

A uomini e donne di così rara indole si dirige El Espectador, che è un libro scritto a bassa voce.

Suole, con Goethe, opporsi la grigia teoria alla vita, all’arcobaleno palpitante dell’esistenza. Non discuterò ora quale sia il vero senso di tale opposizione[8]. Ma devo prevenire una cattiva intelligenza. Quando leggo che Aristotele fa consistere la beatitudine, cioè, la vita perfetta, nell’esercizio teoretico, nel pensare, sento che dentro di me l’irritazione perfora il rispetto verso lo Stagirita. Mi sembra eccessivamente casuale che Dio, simbolo di ogni movimento cosmico, risulti un essere occupato a pensare sul pensare. Questo zelo di divinizzare l’ufficio e il bisogno che compiamo sulla Terra, questo prurito di non accontentarsi ciascuno di ciò che è, se questo che è non sembra il meglio e il sommo, mi si presenta come un resto di politica che perdura persino nelle più alte dialettiche. Aristotele vuole fare di Dio un professore di filosofia in superlativo.

Io vado molto lontano dal pretendere simile cosa. Non asevero che l’atteggiamento teoretico sia il supremo; che dobbiamo prima filosofare, e poi, se c’è caso, vivere. Piuttosto credo il contrario. L’unica cosa che affermo è che sulla vita spontanea deve aprire, di quando in quando, la sua chiara pupilla la teoria, e che allora, nel fare teoria, si deve farla con tutta purezza, con tutta tragedia. Il male —dice Platone— viene alle repubbliche dal fatto che non fa ciascuno la sua cosa. Questo è il decisivo: τὰ ἑαυτοῦ πράττειν. Mi sembra ammirabile, per esempio, che Don Giovanni lasci scivolare il suo cuore sulla molteplice femminilità. Ciò che mi irrita è che Don Giovanni teorizzi l’amore. ¿No: che faccia la sua cosa! Una donna lo aspetta: può rinnovare la sua perpetua avventura, dolce e amara, in cui si semina il fiore e nasce la spina. Ma non si impegni a conquistarci la verità con il suo impetto di gallo: sarebbe inutile e inoltre indecente.

Accentuare questa differenza tra la contemplazione e la vita —la vita, con la sua articolazione politica di interessi, desideri e convenienze—, era necessario. Perché El Espectador porta una seconda intenzione: esso specula, guarda —ma ciò che vuole vedere è la vita secondo come fluisce davanti a lui.

Con razón se tachaba de gris la teoría, porque no se ocupaba más que de vagos, remotos y esquemáticos problemas. La historia de la ciencia del conocimiento nos muestra que la lógica, oscilando entre el escepticismo y el dogmatismo, ha solido partir siempre de esta errónea creencia: el punto de vista del individuo es falso. De aquí emanaban las dos opiniones contrapuestas: es así que no hay más punto de vista que el individual, luego no existe la verdad —escepticismo; es así que la verdad existe, luego ha de tomarse un punto de vista sobreindividual —racionalismo.

El Espectador intentará separarse igualmente de ambas soluciones, porque discrepa de la opinión donde se engendran. El punto de vista individual me parece el único punto de vista desde el cual puede mirarse el mundo en su verdad. Otra cosa es un artificio.

Leibniz dice: «Comme une même ville regardée de différents côtés paraît toute autre et est comme multipliée perspectivement, il arrive de même, que par la multitude infinie des substances simples —es decir, de conciencias—, il y a comme autant de différents univers, qui ne sont pourtant que les perspectives d’un seul selon les différents points de vue de chaque Monade»[9].

La realidad, precisamente por serlo y hallarse fuera de nuestras mentes individuales, sólo puede llegar a éstas multiplicándose en mil caras o haces.

Desde este Escorial, rigoroso imperio de la piedra y la geometría, donde he asentado mi alma, veo en primer término el curvo brazo ciclópeo que extiende hacia Madrid la sierra del Guadarrama. El hombre de Segovia, desde su tierra roja, divisa la vertiente opuesta. ¿Tendría sentido que disputásemos los dos sobre cuál de ambas visiones es la verdadera? Ambas lo son ciertamente, y ciertamente por ser distintas. Si la sierra materna fuera una ficción o una abstracción, o una alucinación, podrían coincidir la pupila del espectador segoviano y la mía. Pero la realidad no puede ser mirada sino desde el punto de vista que cada cual ocupa, fatalmente, en el universo. Aquélla y éste son correlativos, y como no se puede inventar la realidad, tampoco puede fingirse el punto de vista.

La verdad, lo real, el universo, la vida —como queráis llamarlo—, se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da hacia un individuo. Si éste ha sabido ser fiel a su punto de vista, si ha resistido a la eterna seducción de cambiar su retina por otra imaginaria, lo que ve será un aspecto real del mundo.

Y viceversa: cada hombre tiene una misión de verdad. Donde está mi pupila no está otra: lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra. Somos insustituibles, somos necesarios. «Sólo entre todos los hombres llega a ser vivido lo Humano» —dice Goethe. Dentro de la humanidad cada raza, dentro de cada raza cada individuo, es un órgano de percepción distinto de todos los demás y como un tentáculo que llega a trozos de universo para los otros inasequibles.

La realidad, pues, se ofrece en perspectivas individuales. Lo que para uno está en último plano, se halla para otro en primer término. El paisaje ordena sus tamaños y sus distancias de acuerdo con nuestra retina, y nuestro corazón reparte los acentos. La perspectiva visual y la intelectual se complican con la perspectiva de la valoración. En vez de disputar, integremos nuestras visiones en generosa colaboración espiritual, y como las riberas independientes se aúnan en la gruesa vena del río, compongamos el torrente de lo real.

El chorro luminoso de la existencia pasa raudo: interceptemos su marcha con el prisma sensitivo de nuestra personalidad, y del otro lado, sobre el papel, sobre el libro, se proyectará un arco iris. Sólo de esta suerte se liberta la teoría de su tono en gris menor.

El Espectador mirará el panorama de la vida desde su corazón, como desde un promontorio. Quisiera hacer el ensayo de reproducir sin deformaciones su perspectiva particular. Lo que haya de noción clara irá como tal; pero irá también como ensueño lo que haya de ensueño. Porque una parte, una forma de lo real es lo imaginario, y en toda perspectiva completa hay un plano donde hacen su vida las cosas deseadas.

Voy, pues, a describir la vertiente que hacia mí envía la realidad. Si no es la más pintoresca, ¿tengo yo la culpa? Situado en El Escorial, claro es que toma para mí el mundo un semblante carpetovetónico.

Tal es la intención que me mueve. Como se advierte, excluye de una manera formal el deseo de imponer a nadie mis opiniones. Todo lo contrario: aspiro a contagiar a los demás para que sean fieles cada cual a su perspectiva.

¿Servirá de algo a alguien El Espectador? No lo puedo asegurar; pero interpreto como buen augurio que su proyecto nació en una explosión de alegría impersonal, de confianza en el porvenir de los hombres. Antes y más allá del clarín que hacen resonar las batallas transitorias, los que hemos llegado al medio del camino de la vida habíamos percibido el tema de alborada que en su cuerno de caza modula el Destino. Pasaremos por horas de amargura individual y colectiva; pero en el fondo de nuestra conciencia hallamos como la seguridad de que, en suma, damos vista a una época mejor.

Entrevemos una edad más rica, más compleja, más sana, más noble, más quieta, con más ciencia y más religión y más placer —donde puedan desenvolverse mejor las diferencias personales e infinitas posibilidades de emoción se abran como alamedas donde circular.

Mas la sana esperanza parte de la voluntad como la flecha del arco. Esa edad mejor sazonada depende de nosotros, de nuestra generación. Tenemos el deber de presentir lo nuevo; tengamos también el valor de afirmarlo. Nada requiere tanta pureza y energía como esta misión. Porque dentro de nosotros se aferra lo viejo con todos sus privilegios de hábito, autoridad y ser concluso. Nuestras almas, como las vírgenes prudentes, necesitan vigilar con las lámparas encendidas y en actitud de inminencia. Lo viejo podemos encontrarlo dondequiera: en los libros, en las costumbres, en las palabras y los rostros de los demás. Pero lo nuevo, lo nuevo que hacia la vida viene, sólo podemos escrutarlo inclinando el oído pura y fielmente a los rumores de nuestro corazón. Escuchas de avanzada, en nuestro puesto se juntan el peligro y la gloria. Estamos entregados a nosotros mismos: nadie nos protege ni nos dirige. Si no tenemos confianza en nosotros, todo se habrá perdido. Si tenemos demasiada, no encontraremos cosa de provecho. Confiar, pues, sin fiarse. ¿Es esto posible? Yo no sé si es posible; pero veo que es necesario.

Hegel encontró una idea que refleja muy lindamente nuestra difícil situación, un imperativo que nos propone mezclar acertadamente la modestia y el orgullo: Tened —dice— el valor de equivocaros.

Después de todo es el mismo principio que, según los biólogos recientes, gobierna los movimientos del infusorio en la gota de agua: Trial and error —ensayo y error.

1916

With reason theory was branded as gray, because it occupied itself with nothing but vague, remote and schematic problems. The history of the science of knowledge shows us that logic, oscillating between skepticism and dogmatism, has been wont always to set out from this erroneous belief: the point of view of the individual is false. From here emanated the two opposed opinions: it is so that there is no point of view other than the individual one, therefore truth does not exist —skepticism; it is so that truth exists, therefore a supraindividual point of view must be taken —rationalism.

El Espectador will attempt to separate itself equally from both solutions, because it disagrees with the opinion where they are engendered. The individual point of view seems to me the only point of view from which the world can be looked at in its truth. Anything else is an artifice.

Leibniz says: «Comme une même ville regardée de différents côtés paraît toute autre et est comme multipliée perspectivement, il arrive de même, que par la multitude infinie des substances simples —that is, of consciousnesses—, il y a comme autant de différents univers, qui ne sont pourtant que les perspectives d’un seul selon les différents points de vue de chaque Monad»[9].

Reality, precisely for being real and finding itself outside our individual minds, can only arrive to these by multiplying itself into a thousand faces or beams.

From this Escorial, rigorous empire of stone and geometry, where I have seated my soul, I see in the foreground the cyclopean curved arm that the Guadarrama sierra extends toward Madrid. The man of Segovia, from his red land, discerns the opposite slope. Would it make sense that the two of us disputed over which of both visions is the true one? Both are so certainly, and certainly by being distinct. If the maternal sierra were a fiction or an abstraction, or a hallucination, the pupil of the Segovian spectator and mine could coincide. But reality cannot be looked at except from the point of view that each one occupies, fatally, in the universe. That one and this one are correlative, and as reality cannot be invented, neither can the point of view be feigned.

Truth, the real, the universe, life —however you want to call it—, breaks into innumerable facets, into countless slopes, each one of which faces toward an individual. If this one has known how to be faithful to his point of view, if he has resisted the eternal seduction of changing his retina for another imaginary one, what he sees will be a real aspect of the world.

And vice versa: each man has a mission of truth. Where my pupil is, no other is: what of reality my pupil sees, no other sees. We are irreplaceable, we are necessary. «Only among all men does the Human come to be lived» —says Goethe. Within humanity each race, within each race each individual, is an organ of perception distinct from all the others and like a tentacle that reaches pieces of the universe inaccessible to the others.

Reality, then, offers itself in individual perspectives. What for one is in the last plane, for another finds itself in the foreground. The landscape orders its sizes and its distances in accord with our retina, and our heart distributes the accents. The visual and the intellectual perspective are complicated with the perspective of valuation. Instead of disputing, let us integrate our visions in generous spiritual collaboration, and as the independent banks join in the thick vein of the river, let us compose the torrent of the real.

The luminous jet of existence passes swiftly: let us intercept its march with the sensitive prism of our personality, and on the other side, upon the paper, upon the book, a rainbow will project itself. Only in this way does theory free itself from its tone in a minor gray.

El Espectador will look at the panorama of life from its heart, as from a promontory. I would like to make the attempt of reproducing without deformations its particular perspective. Whatever there is of clear notion will go as such; but there will also go as a dream whatever there is of dream. Because a part, a form of the real is the imaginary, and in every complete perspective there is a plane where desired things live their life.

I go, then, to describe the slope that reality sends toward me. If it is not the most picturesque, is it my fault? Situated at El Escorial, it is clear that the world takes for me a carpetovetonic countenance.

Such is the intention that moves me. As one notices, it excludes in a formal manner the desire to impose my opinions on anyone. Quite the contrary: I aspire to contagion with others so that each one be faithful to his perspective.

Will El Espectador serve for something to someone? I cannot assure it; but I interpret as a good omen that its project was born in an explosion of impersonal joy, of confidence in the future of men. Before and beyond the clarion that the transitory battles make resound, those of us who have reached the middle of the road of life had perceived the theme of dawn that Destiny modulates on its hunting horn. We will pass through hours of individual and collective bitterness; but in the depth of our conscience we find as it were the security that, in short, we come in sight of a better era.

We glimpse a richer age, more complex, healthier, nobler, quieter, with more science and more religion and more pleasure —where personal differences can develop better and infinite possibilities of emotion open like tree-lined avenues where to circulate.

But sound hope departs from the will like the arrow from the bow. That better-seasoned age depends on us, on our generation. We have the duty of presaging the new; let us also have the courage to affirm it. Nothing requires as much purity and energy as this mission. Because within us the old clings with all its privileges of habit, authority and concluded being. Our souls, like the prudent virgins, need to keep watch with the lamps lit and in an attitude of imminence. The old we can find anywhere: in the books, in the customs, in the words and faces of others. But the new, the new that comes toward life, we can only scrutinize by inclining the ear purely and faithfully to the rumors of our heart. Advanced sentinels, in our post danger and glory meet. We are delivered to ourselves: no one protects us nor directs us. If we do not have confidence in ourselves, everything will have been lost. If we have too much, we will find nothing of profit. To trust, then, without confiding. Is this possible? I do not know if it is possible; but I see that it is necessary.

Hegel found an idea that reflects very prettily our difficult situation, an imperative that proposes to us to mix aptly modesty and pride: Have —he says— the courage to err.

After all it is the same principle that, according to recent biologists, governs the movements of the infusorian in the drop of water: Trial and error —trial and error.

1916

Con ragione si tacciava di grigia la teoria, perché non si occupava se non di vaghi, remoti e schematici problemi. La storia della scienza della conoscenza ci mostra che la logica, oscillando tra lo scetticismo e il dogmatismo, ha solito partire sempre da questa errata credenza: il punto di vista dell’individuo è falso. Di qui emanavano le due opinioni contrapposte: è così che non c’è più punto di vista che l’individuale, quindi non esiste la verità —scetticismo; è così che la verità esiste, quindi deve prendersi un punto di vista sovraindividuale —razionalismo.

El Espectador tenterà di separarsi ugualmente da entrambe le soluzioni, perché discorda dall’opinione dove si generano. Il punto di vista individuale mi sembra l’unico punto di vista dal quale può guardarsi il mondo nella sua verità. Altra cosa è un artificio.

Leibniz dice: «Comme une même ville regardée de différents côtés paraît toute autre et est comme multipliée perspectivement, il arrive de même, que par la multitude infinie des substances simples —cioè, di coscienze—, il y a comme autant de différents univers, qui ne sont pourtant que les perspectives d’un seul selon les différents points de vue de chaque Monade»[9].

La realtà, precisamente per esserlo e trovarsi fuori delle nostre menti individuali, può solo arrivare a queste moltiplicandosi in mille facce o raggi.

Da questo Escorial, rigoroso impero della pietra e della geometria, dove ho assestato la mia anima, vedo in primo termine il curvo braccio ciclopico che la sierra del Guadarrama estende verso Madrid. L’uomo di Segovia, dalla sua terra rossa, scorge il versante opposto. ¿Avrebbe senso che disputassimo noi due su quale delle due visioni sia la vera? Entrambe lo sono certamente, e certamente per essere distinte. Se la sierra materna fosse una finzione o un’astrazione, o un’allucinazione, potrebbero coincidere la pupilla dello spettatore segoviano e la mia. Ma la realtà non può essere guardata se non dal punto di vista che ciascuno occupa, fatalmente, nell’universo. Quella e questo sono correlativi, e come non si può inventare la realtà, nemmeno può fingersi il punto di vista.

La verità, il reale, l’universo, la vita —come vogliate chiamarlo—, si rompe in sfaccettature innumerevoli, in versanti senza fine, ciascuno dei quali dà verso un individuo. Se questo ha saputo essere fedele al suo punto di vista, se ha resistito all’eterna seduzione di cambiare la sua retina con un’altra immaginaria, ciò che vede sarà un aspetto reale del mondo.

E viceversa: ogni uomo ha una missione di verità. Dove sta la mia pupilla non sta un’altra: ciò che della realtà vede la mia pupilla non lo vede un’altra. Siamo insostituibili, siamo necessari. «Solo tra tutti gli uomini arriva a essere vissuto l’Umano» —dice Goethe. Dentro l’umanità ogni razza, dentro ogni razza ogni individuo, è un organo di percezione distinto da tutti gli altri e come un tentacolo che arriva a pezzi di universo per gli altri inaccessibili.

La realtà, dunque, si offre in prospettive individuali. Ciò che per uno sta in ultimo piano, si trova per un altro in primo termine. Il paesaggio ordina le sue dimensioni e le sue distanze d’accordo con la nostra retina, e il nostro cuore ripartisce gli accenti. La prospettiva visuale e l’intellettuale si complicano con la prospettiva della valutazione. Invece di disputare, integriamo le nostre visioni in generosa collaborazione spirituale, e come le rive indipendenti si uniscono nella grossa vena del fiume, componiamo il torrente del reale.

Il getto luminoso dell’esistenza passa rapido: intercettiamo la sua marcia con il prisma sensitivo della nostra personalità, e dall’altro lato, sulla carta, sul libro, si proietterà un arcobaleno. Solo di questa sorta si libera la teoria dal suo tono in grigio minore.

El Espectador guarderà il panorama della vita dal suo cuore, come da un promontorio. Vorrei fare l’esperimento di riprodurre senza deformazioni la sua prospettiva particolare. Ciò che ci sia di nozione chiara andrà come tale; ma andrà anche come sogno ciò che ci sia di sogno. Perché una parte, una forma del reale è l’immaginario, e in ogni prospettiva completa c’è un piano dove fanno la loro vita le cose desiderate.

Vado, dunque, a descrivere il versante che verso di me invia la realtà. Se non è il più pittoresco, ¿ne ho io la colpa? Situato a El Escorial, chiaro è che prende per me il mondo un sembiante carpetovetonico.

Tale è l’intenzione che mi muove. Come si avverte, esclude in maniera formale il desiderio di imporre a nessuno le mie opinioni. Tutto il contrario: aspiro a contagiare gli altri perché siano fedeli ciascuno alla sua prospettiva.

¿Servirà di qualcosa a qualcuno El Espectador? Non posso assicurarlo; ma interpreto come buon auspicio che il suo progetto nacque in un’esplosione di allegria impersonale, di fiducia nell’avvenire degli uomini. Prima e al di là del chiarino che fanno risuonare le battaglie transitorie, quelli che siamo giunti a metà del cammino della vita avevamo percepito il tema d’alba che nel suo corno da caccia modula il Destino. Passeremo per ore di amarezza individuale e collettiva; ma nel fondo della nostra coscienza troviamo come la sicurezza che, in somma, giungiamo in vista di un’epoca migliore.

Intravediamo un’età più ricca, più complessa, più sana, più nobile, più quieta, con più scienza e più religione e più piacere —dove possano svilupparsi meglio le differenze personali e infinite possibilità di emozione si aprano come viali alberati dove circolare.

Ma la sana speranza parte dalla volontà come la freccia dall’arco. Quell’età meglio stagionata dipende da noi, dalla nostra generazione. Abbiamo il dovere di presentire il nuovo; abbiamo anche il coraggio di affermarlo. Nulla richiede tanta purezza ed energia quanto questa missione. Perché dentro di noi si aggrappa il vecchio con tutti i suoi privilegi di abitudine, autorità ed essere concluso. Le nostre anime, come le vergini prudenti, necessitano vegliare con le lampade accese e in atteggiamento di imminenza. Il vecchio possiamo trovarlo dovunque: nei libri, nei costumi, nelle parole e nei volti degli altri. Ma il nuovo, il nuovo che verso la vita viene, possiamo solo scrutarlo inclinando l’orecchio pura e fedelmente ai rumori del nostro cuore. Ascolti di avanguardia, nel nostro posto si congiungono il pericolo e la gloria. Siamo consegnati a noi stessi: nessuno ci protegge né ci dirige. Se non abbiamo fiducia in noi, tutto si sarà perduto. Se ne abbiamo troppa, non troveremo cosa di profitto. Confidare, dunque, senza fidarsi. ¿È questo possibile? Io non so se è possibile; ma vedo che è necessario.

Hegel trovò un’idea che riflette molto graziosamente la nostra difficile situazione, un imperativo che ci propone di mescolare accertatamente la modestia e l’orgoglio: Abbiate —dice— il coraggio di sbagliarvi.

Dopo tutto è lo stesso principio che, secondo i biologi recenti, governa i movimenti dell’infusorio nella goccia d’acqua: Trial and error —prova ed errore.

1916