Ortega y Gasset
Abstract
Retelling of the memoirs of the Strasbourg banker Zetzner, who came to Spain in 1718 to collect 11,000 livres from a Cádiz banker: the sword confiscated in Barcelona, the caleche driver, the bandits, the gentleman don Bernardo. A historical-literary sketch with remarks on northern and southern temperaments; no philosophical content.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Juan Eberardo Zetzner fue un banquero estrasburgués. Estrasburgo está puesto en esa parte central de Europa donde parece que todo el brío se lo han llevado las montañas, quedando sólo para los hombres algunos adarmes de energía. Aquel país da una raza poseedora de un minimum de virtudes y un minimum de vicios. Calvino, Rousseau, Pestalozzi confirman la regla.
Zetzner, pues, debió ser un pobre hombre, y por consiguiente un mal banquero. Tanto, que se arruinó y no retuvo de la anegada fortuna más que 73.000 libras de Alsacia. Pero Dios puso en su camino a un tal Rotmund, lionés, gran tunante y no mal banquero. Tanto, que supo birlar al mansueto Zetzner las 73.000 libras. Zetzner escribía desde tiempos juveniles unas memorias donde iba trasvasando el hilillo cristalino de su manantial interno. Esta ocasión siniestra le da lugar para maldecir de las perversiones humanas.
Vino con Rotmund al arreglo de percibir siquiera 11.000 de aquellas muchas otras libras defraudadas. Mas no se trataba de un cobro cualquiera; las 11.000 libras había que recibirlas de un banquero francés de origen, habitante en Cádiz, llamado don Pedro Ignacio Surmont. Y no se crea que paraba aquí la complicación, pues don Pedro Ignacio acababa de hacer bancarrota.
El 21 de julio de 1718 dio vista a Rosas, desembarcando en Barcelona el 29. Zetzner llevaba espada: lo primero que se le hizo fue demandársela en cumplimiento de una ley dictada por el virrey príncipe Pío de Saboya. La espada fue recogida con otras muchas dentro de un armario, luego de poner la etiqueta de su nombre en los gavilanes.
Para hacer el viaje de Madrid, avínose Zetzner con unos «caletscheros» a razón de siete luises de oro por día. El vehículo era un carricoche a la española; las dos mulas iban cargadas de cascabeles y llevaban grandes plumeros. Tanto el cochero como las mulas avanzaban con la misma gravedad tan española.
En «Meinard» (sic, ¿Almenara?) encuentra un gentilhombre de Cádiz, don Bernardo Francisco de Medinilla, que venía de Madrid para Sicilia acompañado de un ayuda de cámara y tres lacayos, todos caballeros y con buenas armas. Hablaba el gentilhombre francés e italiano: «desde que me vio y comenzó a hablar conmigo —refiere Zetzner— advertí que mostraba afición hacia mí». Cuéntale que a dos leguas de allí se ha tropezado con seis ladrones y que, gracias a su armamento, no le han atacado. Recomienda a Zetzner que no prosiga sin escolta. El banquero es desconfiado, como todo hombre de clima medio y de virtudes planas: le extraña tanta solicitud por parte de un desconocido. Interroga al calesero: el calesero confirma la posibilidad de cuanto dice don Bernardo. La desconfianza no se aparta de su corazón norteño. El calesero tiene muy mala catadura. Para un individuo de una raza linfática suelen tener mala catadura todos los individuos de razas más nerviosas. Don Bernardo saca de su carruaje un par de pistolas magníficas que le ofrece. Zetzner siente crecer su desconfianza. A una criatura nacida por encima del paralelo 45 no le cabe en la cabeza que un hombre sienta amor y afición por otro sin motivo, sin causa, sin fin, porque sí, por mera abundancia de torrentes espirituales. Los dos lujos españoles del amor y el odio, sentidos por sí mismos, sin buscar fuera de ellos un objeto que les dé un valor, serán inevitablemente absurdos para un suizo, para un alsaciano, para un hombre de Prusia. Zetzner siguió los consejos del gentilhombre, e hizo bien; en la jornada siguiente hallaron restos de un campamento de forajidos. Zetzner llama entonces a don Bernardo «noble hombre».
La ingenuidad de Zetzner es bastante grande; así lo reconoce el señor Rodolphe Reuss, su compatriota, quien ha extractado las «Memorias» y dado en tal forma noticias de ellas al público. Pero no llega a tanto la ingenuidad del estrasburgués que no se mezcle literatura; el señor Reuss no dice una cosa que a mí me parece muy de sospechar, a saber: Zetzner debió llevar durante su viaje muy a mano el Voyage de madama d’Aulnoy. Esta relamida condesa dio la norma de lo español, y tan feliz debió de ser su visión, que de entonces a acá nadie la ha rectificado.
«Los señores españoles —dice Zetzner— son gente muy presuntuosa. Todo el mundo, criados inclusive, duermen de una a tres horas de siesta; cuando un hombre de la plebe va al mercado a fin de comprar legumbres por valor de dos o tres sueldos, jamás las lleva él mismo bajo su capa, sino que paga a otro para que las deje en su domicilio, aun cuando le cueste así doble. Jamás un artesano atraviesa la calle sin su espadón de enormes gavilanes. Hállanse a menudo gentes cabalgando sobre mulos, que usan grandes antiparras para hacerse pasar por sabias. Cuanta mayor reputación de erudito tenga una persona, tanto mayores serán sus gafas.
»Las familias no son numerosas; raramente se encuentra un español que haya engendrado tres o cuatro hijos. Hay que buscar la causa en lo muy caluroso del clima, en lo encabezado de los vinos y sobre todo en la lascivia que caracteriza ambos sexos. Terrible cúmulo de enfermedades procede de las moriscas, sumamente desvergonzadas y muy tratadas, así de los grandes señores como del populacho… Además existen otras razones por las cuales está España tan despoblada: en primer lugar, el gran número de casas de tolerancia; luego la enorme cantidad de individuos que entran en las órdenes… Hay muchos matrimonios legítimos entre blancos y moriscas, y los hijos que de estas uniones nacen son generalmente feos, medio amarillos, medio negros. (Zetzner no era un clásico, y muchas veces dice lo que no quiere decir). Pero esto es sólo en Andalucía; en las demás provincias no hay esclavos.
»Las mujeres de España no se pintan sólo el semblante, sino también los hombros… Jamás un español exigirá el menor trabajo de su esposa, porque todas, ricas y pobres, le responderían: “No hemos venido al mundo para trabajar, sino para agradar a los hombres y hacerles placer”. Por lo demás suelen ser las españolas de muy buen talle, aun cuando sus teces sean de ordinario cetrinas y su temperamento muy ardiente. Un extranjero que se preocupe algo de su salud, hará bien manteniéndose en guardia, así frente a las pasiones abrasadoras del bello sexo como frente a los vinos de este país».
Al menos declara Zetzner que somos sobrios y que solemos decir: «Nosotros no comemos y bebemos más que para sustentar nuestra vida, al paso que otras naciones se imaginan que no han venido a otra cosa que a ahitarse con manjares delicados…
«Desprecian a los demás pueblos y llegan a encontrar injusto que Nuestro Señor Jesucristo no haya nacido en España. Afirman que Dios ha hablado español con Adán y Eva en el Paraíso y con Moisés en la cumbre del Sinaí. Un mendigo que os pide limosna no tolerará que rehuséis llamarle “señor”… Se hace un uso tan frecuente de las antiparras, que las llevan hasta en la calle y en la mesa… De los portugueses dicen que son judíos; de los franceses que son “gabachos”, es decir… Los holandeses e ingleses son heréticos y un alemán es para ellos un “animal”. Si es italiano le tratarán de mujerzuela…»
«Cuando una dama se digna mostrar el pie a su enamorado equivale a un extremo favor, porque viven muy orgullosas de la gracia de sus miembros. En general, sólo los hombres se sientan a la mesa para comer; las mujeres y los niños comen ordinariamente acurrucados sobre el pavimento. Aun en tiempo del calor más grande, un español lleva dos camisas, el traje, una gorra sobre la que coloca el sombrero, y además de todo esto, se envuelve en su capa; semejante aderezo, al que ha de agregarse el espadón, le da un verdadero aspecto de comediante… Cuando se visten, calzan primero las medias, luego los zapatos, después la camisa y sólo al cabo los pantalones. Toman la sopa al fin de la comida, como postre. Cuando fuman se tragan el humo, sin que esto les incomode. Cortan la cola a los gatos porque dicen que en la extremidad llevan un veneno. El doméstico llama “Señor” a su amo y recíprocamente el amo trata de “Señor” a su doméstico. La incontinencia no es mirada por ellos como vicio. La excesiva gravedad natural de estas gentes es causa de que no se vea casi nunca reír a un español. Cuando se dice a un español que es un… “marido engañado” o un “borracho” considera esto como la injuria más sangrienta que se le pueda hacer».
«He aquí —dice Zetzner— lo que he notado en mi diario sobre el reino de España y lo que he reunido luego en Cádiz: hubiera podido, a no dudar, añadir otras muchas cosas, pero la depresión mental causada por mis grandes pérdidas de dinero me han impedido hacerlo».
Juan Eberardo Zetzner was a Strasbourg banker. Strasbourg is placed in that central part of Europe where it seems that the mountains have taken away all the verve, leaving for men only a few drams of energy. That country gives a race possessor of a minimum of virtues and a minimum of vices. Calvin, Rousseau, Pestalozzi confirm the rule.
Zetzner, then, must have been a poor man, and consequently a bad banker. So much so, that he ruined himself and retained of the drowned fortune nothing more than 73,000 livres of Alsace. But God placed in his path a certain Rotmund, a Lyonnais, a great rogue and no bad banker. So much so, that he knew how to bilk the meek Zetzner of the 73,000 livres. Zetzner wrote from youthful times some memoirs where he went decanting the crystalline thread of his internal spring. This sinister occasion gives him occasion to curse human perversions.
He came with Rotmund to the arrangement of receiving at least 11,000 of those many other defrauded livres. But it was not a question of any collection; the 11,000 livres had to be received from a French banker by origin, inhabitant of Cádiz, called don Pedro Ignacio Surmont. And let it not be believed that the complication stopped here, for don Pedro Ignacio had just gone bankrupt.
On July 21, 1718, he caught sight of Rosas, landing in Barcelona on the 29th. Zetzner wore a sword: the first thing that was done to him was to demand it from him in fulfillment of a law dictated by the viceroy prince Pío of Savoy. The sword was collected with many others inside a cabinet, after placing the label of his name on the quillons.
To make the journey to Madrid, Zetzner came to terms with some «caletscheros» at the rate of seven gold louis per day. The vehicle was a Spanish-style carricoche; the two mules went loaded with bells and carried large feather plumes. Both the coachman and the mules advanced with the same, so Spanish, gravity.
In «Meinard» (sic, ¿Almenara?) he finds a gentleman of Cádiz, don Bernardo Francisco de Medinilla, who was coming from Madrid for Sicily accompanied by a valet and three lackeys, all gentlemen and with good weapons. The gentleman spoke French and Italian: «from the moment he saw me and began to speak with me —recounts Zetzner— I noticed that he showed fondness toward me». He tells him that two leagues from there he has run into six robbers and that, thanks to his armament, they have not attacked him. He recommends that Zetzner not continue without escort. The banker is distrustful, like every man of a middle climate and of flat virtues: so much solicitude on the part of a stranger strikes him as strange. He interrogates the driver: the driver confirms the possibility of all that don Bernardo says. The distrust does not depart from his northern heart. The driver has a very bad look. For an individual of a lymphatic race, all individuals of more nervous races are wont to have a bad look. Don Bernardo takes out of his carriage a pair of magnificent pistols that he offers him. Zetzner feels his distrust grow. A creature born above the 45th parallel cannot fit in his head that a man feels love and fondness for another without motive, without cause, without end, just because, for mere abundance of spiritual torrents. The two Spanish luxuries of love and hatred, felt for themselves, without seeking outside them an object that gives them a value, will be inevitably absurd for a Swiss, for an Alsatian, for a man of Prussia. Zetzner followed the gentleman’s advice, and did well; on the following day they found remains of a camp of outlaws. Zetzner then calls don Bernardo a «noble man».
The ingenuousness of Zetzner is quite great; so recognizes it Mr. Rodolphe Reuss, his compatriot, who has extracted the «Memoirs» and given in such form news of them to the public. But the ingenuousness of the Alsatian does not go so far as that literature does not get mixed in; Mr. Reuss does not say one thing that to me seems very much to be suspected, namely: Zetzner must have carried during his journey very much at hand the Voyage of Madame d’Aulnoy. This prim countess gave the norm of the Spanish, and so happy must her vision have been, that from then to now no one has rectified it.
«The Spanish gentlemen —says Zetzner— are very presumptuous people. Everybody, servants included, sleep from one to three hours of siesta; when a man of the plebs goes to market in order to buy vegetables worth two or three sous, he never carries them himself under his cape, but pays another to leave them at his home, even when it costs him thus double. Never does an artisan cross the street without his great sword of enormous quillons. People are often found riding on mules, who use big spectacles to pass themselves off as learned. The greater reputation of erudite a person has, the greater will his glasses be.
»The families are not numerous; rarely is found a Spaniard who has begotten three or four children. The cause must be sought in the very hot climate, in the headiness of the wines and above all in the lasciviousness that characterizes both sexes. A terrible accumulation of diseases proceeds from the Morisco women, extremely shameless and much handled, both by the great lords and by the rabble… Besides, there exist other reasons for which Spain is so depopulated: in the first place, the great number of houses of tolerance; then the enormous quantity of individuals who enter the orders… There are many legitimate marriages between whites and Morisco women, and the children born of these unions are generally ugly, half yellow, half black. (Zetzner was not a classic, and many times he says what he does not mean to say). But this is only in Andalusia; in the other provinces there are no slaves.
»The women of Spain do not paint only the face, but also the shoulders… Never will a Spaniard demand the least work of his wife, because all, rich and poor, would answer him: “We have not come into the world to work, but to please the men and give them pleasure”. For the rest, the Spanish women are wont to be of very good figure, even when their complexions are ordinarily sallow and their temperament very ardent. A foreigner who cares somewhat for his health will do well to keep himself on guard, as much before the burning passions of the fair sex as before the wines of this country».
At least Zetzner declares that we are sober and that we are wont to say: «We do not eat and drink more than to sustain our life, while other nations imagine that they have not come for anything else than to glut themselves with delicate foods…
«They despise the other peoples and come to find it unjust that Our Lord Jesus Christ was not born in Spain. They affirm that God has spoken Spanish with Adam and Eve in Paradise and with Moses on the summit of Sinai. A beggar who asks you for alms will not tolerate that you refuse to call him “sir”… Such frequent use is made of the spectacles, that they wear them even in the street and at table… Of the Portuguese they say that they are Jews; of the French that they are “gabachos”, that is… The Dutch and English are heretics and a German is for them an “animal”. If he is Italian they will treat him as a hussy…»
«When a lady deigns to show her foot to her suitor it amounts to an extreme favor, because they live very proud of the grace of their limbs. In general, only the men sit at table to eat; the women and children eat ordinarily crouched on the floor. Even in the time of the greatest heat, a Spaniard wears two shirts, the suit, a cap upon which he places his hat, and besides all this, wraps himself in his cape; such an adornment, to which must be added the great sword, gives him a true aspect of a comedian… When they dress, they first put on the stockings, then the shoes, afterwards the shirt and only at the end the trousers. They take the soup at the end of the meal, as dessert. When they smoke they swallow the smoke, without its discomforting them. They cut the tails of the cats because they say that in the extremity they carry a poison. The servant calls “Sir” his master and reciprocally the master treats his servant as “Sir”. Incontinence is not looked at by them as a vice. The excessive natural gravity of these people is a cause that one almost never sees a Spaniard laugh. When one says to a Spaniard that he is a… “deceived husband” or a “drunkard” he considers this as the most bloody injury that can be done to him».
«Here —says Zetzner— what I have noted in my diary about the kingdom of Spain and what I have then gathered in Cádiz: I could have, without a doubt, added many other things, but the mental depression caused by my great losses of money has prevented me from doing so».
Juan Eberardo Zetzner fu un banchiere strasburghese. Strasburgo è posta in quella parte centrale d’Europa dove sembra che tutto il brio se lo siano portato via le montagne, restando solo per gli uomini alcuni granelli di energia. Quel paese dà una razza posseditrice di un minimum di virtù e un minimum di vizi. Calvino, Rousseau, Pestalozzi confermano la regola.
Zetzner, dunque, dovette essere un pover’uomo, e di conseguenza un cattivo banchiere. Tanto, che si rovinò e non ritenne della annegata fortuna più che 73.000 lire dell’Alsazia. Ma Dio mise sul suo cammino un certo Rotmund, lionese, gran briccone e non cattivo banchiere. Tanto, che seppe birlare al mansueto Zetzner le 73.000 lire. Zetzner scriveva fin dai tempi giovanili delle memorie dove andava travasando il filo cristallino della sua sorgente interna. Questa occasione sinistra gli dà luogo per maledire le perversioni umane.
Venne con Rotmund all’accordo di percepire almeno 11.000 di quelle molte altre lire defraudate. Ma non si trattava di un incasso qualunque; le 11.000 lire bisognava riceverle da un banchiere francese d’origine, abitante a Cadice, chiamato don Pedro Ignacio Surmont. E non si creda che qui si fermasse la complicazione, poiché don Pedro Ignacio aveva appena fatto bancarotta.
Il 21 luglio 1718 avvistò Rosas, sbarcando a Barcellona il 29. Zetzner portava spada: la prima cosa che gli si fece fu richiedergliela in adempimento di una legge dettata dal viceré principe Pio di Savoia. La spada fu raccolta con molte altre dentro un armadio, dopo aver messo l’etichetta del suo nome sulle guardie.
Per fare il viaggio di Madrid, si accordò Zetzner con dei «caletscheros» in ragione di sette luigi d’oro al giorno. Il veicolo era un carricoche alla spagnola; le due mule andavano cariche di sonagli e portavano grandi piumini. Tanto il cocchiere quanto le mule avanzavano con la stessa gravità tanto spagnola.
In «Meinard» (sic, ¿Almenara?) trova un gentiluomo di Cadice, don Bernardo Francisco de Medinilla, che veniva da Madrid per la Sicilia accompagnato da un cameriere personale e tre lacchè, tutti cavalieri e con buone armi. Parlava il gentiluomo francese e italiano: «da quando mi vide e cominciò a parlare con me —riferisce Zetzner— avvertii che mostrava inclinazione verso di me». Gli racconta che a due leghe di lì si è imbattuto in sei ladroni e che, grazie al suo armamento, non lo hanno attaccato. Raccomanda a Zetzner di non proseguire senza scorta. Il banchiere è diffidente, come ogni uomo di clima medio e di virtù piane: gli strano tanta sollecitudine da parte di uno sconosciuto. Interroga il cocchiere: il cocchiere conferma la possibilità di quanto dice don Bernardo. La diffidenza non si allontana dal suo cuore nordico. Il cocchiere ha pessima cera. Per un individuo di una razza linfatica sogliono avere pessima cera tutti gli individui di razze più nervose. Don Bernardo tira dal suo carrozzino un paio di pistole magnifiche che gli offre. Zetzner sente crescere la sua diffidenza. A una creatura nata sopra il parallelo 45 non le entra in testa che un uomo senta amore e affezione per un altro senza motivo, senza causa, senza fine, perché sì, per mera abbondanza di torrenti spirituali. I due lussi spagnoli dell’amore e dell’odio, sentiti per sé stessi, senza cercare fuori di essi un oggetto che dia loro un valore, saranno inevitabilmente assurdi per uno svizzero, per un alsaziano, per un uomo di Prussia. Zetzner seguì i consigli del gentiluomo, e fece bene; nella giornata seguente trovarono resti di un accampamento di fuorilegge. Zetzner chiama allora don Bernardo «nobile uomo».
L’ingenuità di Zetzner è abbastanza grande; così lo riconosce il signor Rodolphe Reuss, suo connazionale, che ha estratto le «Memorie» e dato in tal forma notizie di esse al pubblico. Ma non arriva a tanto l’ingenuità dello strasburghese che non si mescoli letteratura; il signor Reuss non dice una cosa che a me sembra molto da sospettare, cioè: Zetzner dovette portare durante il suo viaggio molto a portata di mano il Voyage di madama d’Aulnoy. Questa leccata contessa diede la norma dello spagnolo, e tanto felice dovette essere la sua visione, che da allora a oggi nessuno l’ha rettificata.
«I signori spagnoli —dice Zetzner— sono gente molto presuntuosa. Tutti quanti, servitori inclusi, dormono da una a tre ore di siesta; quando un uomo della plebe va al mercato al fine di comprare legumi per valore di due o tre soldi, mai li porta lui stesso sotto il suo mantello, ma paga un altro perché li lasci al suo domicilio, anche se così gli costi il doppio. Mai un artigiano attraversa la strada senza il suo spadone dalle enormi guardie. Si trovano spesso genti a cavallo di muli, che usano grandi occhialoni per farsi passare per sapienti. Quanta maggiore reputazione di erudito abbia una persona, tanto maggiori saranno i suoi occhiali.
»Le famiglie non sono numerose; raramente si trova uno spagnolo che abbia generato tre o quattro figli. Bisogna cercare la causa nel clima molto caldo, nell’essere troppo carichi i vini e soprattutto nella lascivia che caratterizza entrambi i sessi. Terribile cumulo di malattie procede dalle morische, sommamente svergognate e molto trattate, così dai grandi signori come dal popolino… Inoltre esistono altre ragioni per cui la Spagna è così spopolata: in primo luogo, il gran numero di case di tolleranza; poi l’enorme quantità di individui che entrano negli ordini… Ci sono molti matrimoni legittimi tra bianchi e morische, e i figli che da queste unioni nascono sono generalmente brutti, mezzo gialli, mezzo neri. (Zetzner non era un classico, e molte volte dice ciò che non vuol dire). Ma questo è solo in Andalusia; nelle altre province non ci sono schiavi.
»Le donne di Spagna non si dipingono solo il volto, ma anche le spalle… Mai uno spagnolo esigerà il minimo lavoro dalla sua sposa, perché tutte, ricche e povere, gli risponderebbero: “Non siamo venute al mondo per lavorare, ma per piacere agli uomini e far loro piacere”. Del resto sogliono essere le spagnole di molto buona taglia, anche se le loro carnagioni sono di solito giallastre e il loro temperamento molto ardente. Uno straniero che si preoccupi alquanto della sua salute, farà bene mantenendosi in guardia, così di fronte alle passioni brucianti del bel sesso come di fronte ai vini di questo paese».
Almeno dichiara Zetzner che siamo sobri e che sogliono dire: «Noi non mangiamo e beviamo più che per sostenere la nostra vita, mentre altre nazioni si immaginano che non siano venute ad altro che a satollarsi di cibi delicati…
«Disprezzano gli altri popoli e arrivano a trovare ingiusto che Nostro Signore Gesù Cristo non sia nato in Spagna. Affermano che Dio ha parlato spagnolo con Adamo ed Eva nel Paradiso e con Mosè sulla cima del Sinai. Un mendicante che vi chiede l’elemosina non tollererà che rifiutiate di chiamarlo “signore”… Si fa un uso tanto frequente degli occhialoni, che li portano persino in strada e a tavola… Dei portoghesi dicono che sono giudei; dei francesi che sono “gabachos”, cioè… Gli olandesi e inglesi sono eretici e un tedesco è per loro un “animale”. Se è italiano lo tratteranno da donnina…»
«Quando una dama si degna mostrare il piede al suo innamorato equivale a un estremo favore, perché vivono molto orgogliose della grazia delle loro membra. In generale, solo gli uomini si siedono a tavola per mangiare; le donne e i bambini mangiano ordinariamente accovacciati sul pavimento. Persino nel tempo del più grande caldo, uno spagnolo porta due camicie, il vestito, una berretta sopra la quale colloca il cappello, e oltre a tutto questo, si avvolge nel suo mantello; simile addobbo, a cui deve aggiungersi lo spadone, gli dà un vero aspetto di commediante… Quando si vestono, calzano prima le calze, poi le scarpe, dopo la camicia e solo alla fine i pantaloni. Prendono la zuppa alla fine del pasto, come dessert. Quando fumano si inghiottono il fumo, senza che questo li incomodi. Tagliano la coda ai gatti perché dicono che nell’estremità portano un veleno. Il domestico chiama “Signore” il suo padrone e reciprocamente il padrone tratta da “Signore” il suo domestico. L’incontinenza non è guardata da loro come vizio. L’eccessiva gravità naturale di queste genti è causa che non si veda quasi mai ridere uno spagnolo. Quando si dice a uno spagnolo che è un… “marito tradito” o un “ubriacone” considera questo come l’ingiuria più sanguinosa che gli si possa fare».
«Ecco —dice Zetzner— ciò che ho notato nel mio diario sul regno di Spagna e ciò che ho riunito poi a Cadice: avrei potuto, senza dubbio, aggiungere altre molte cose, ma la depressione mentale causata dalle mie grandi perdite di denaro mi ha impedito di farlo».
Zetzner era, pues, un infeliz; pero muchas de estas apreciaciones fantásticas las encontramos nada menos que en Montesquieu.
Y ahora, para poner fin a este extracto, recordaré un dicho de otro alemán más fino y malicioso, de Schopenhauer: «En cada nación —dice— aparecen la limitación, perversidad y vicio humanos de una manera distinta, y a ésta llamamos carácter nacional. Disgustados de uno, alabamos los otros hasta que nos ocurre lo mismo que con el primero. Cada nación se burla de las demás y todas tienen razón».
El Imparcial, 13 de enero de 1908
Zetzner was, then, an unhappy man; but many of these fantastic assessments we find no less than in Montesquieu.
And now, to put an end to this extract, I shall recall a saying of another German, finer and more malicious, of Schopenhauer: «In every nation —he says— the limitation, perversity and vice of man appear in a different manner, and this we call national character. Disgusted with one, we praise the others until the same happens to us as with the first. Every nation mocks the others and all are right».
El Imparcial, January 13, 1908
Zetzner era, dunque, un infelice; ma molte di queste valutazioni fantastiche le troviamo nientemeno che in Montesquieu.
E ora, per porre fine a questo estratto, ricorderò un detto di un altro tedesco più fine e malizioso, di Schopenhauer: «In ogni nazione —dice— la limitazione, la perversità e il vizio umani appaiono in maniera diversa, e a questa chiamiamo carattere nazionale. Disgustati di una, lodiamo le altre finché non ci accade lo stesso che con la prima. Ogni nazione si beffa delle altre e tutte hanno ragione».
El Imparcial, 13 gennaio 1908