Ortega y Gasset

Abstract

Review of the Spanish diary of the German art critic Meier-Graefe: against readers who only want to know whether the foreigner speaks ‘well’ or ‘ill’ of Spain, Ortega proposes the patriotism for which the fatherland is not a finished thing but a perpetual problem, and reads travel books as prisms that break our ethnic reality into its components.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Julius Meier-Graefe es un alemán, crítico de pintura. Hace un año recorrió nuestra tierra, solicitado por menesteres de su oficio, y tuve el gusto de presentar su nombre ante los lectores de este periódico. Ahora publica un diario de sus jornadas españolas, que titula simplemente Viaje de España.

Libros de esta clase han solido dividir en dos grupos los lectores indígenas, y estos dos grupos corresponden a dos formas radicales e irreductibles de patriotismo. Unos se acercan, con instintos policíacos, al volumen en que el viajero ha puesto decantadas sus emociones vagabundas: sólo les interesa averiguar si el autor habla, según ellos dicen, «bien» o «mal» de España. Otros, que ejercitan un patriotismo más complicado y conforme a mi paladar, para quienes la patria no es nunca una cosa hecha, cumplida, histórica, hieratizada y perfecta, sino un perpetuo problema, una tarea nunca acabada, una futura realidad, un conflicto entre posibilidades presentes, se sienten atraídos con vehemencia hacia esas páginas ágiles, generalmente ni respetuosas ni profundas, en que hombres de otras razas describen la nuestra. Para ellos estos libros son motivos de hondas excitaciones: los viajeros buscan siempre en el viaje una renovación espiritual, en el pleno sentido de la palabra. Un viaje a países extraños, y cuanto más extraños mejor, es un artificio espiritual por el cual se hace posible un renacimiento de nuestra personalidad; por tanto, una nueva niñez, una nueva juventud, una renovada madurez, una nueva vida con su ciclo completo. Allá donde nacimos, las cosas y los hombres han gastado sus fisonomías, y sus rostros no hieren suficientemente nuestra sensibilidad. Lo habitual es siempre insignificante e imperceptible: en árabe, lo castizo se dice «baladí».

Ante objetos nuevos para nosotros o heridos por un sol de diferente intensidad, nuestros nervios vuelven a su frescura originaria y en la novedad del panorama renovamos nuestro espíritu. Con esta niñez artificial recobramos ciertas virtudes infantiles, por ejemplo, la sinceridad. ¡Cuántos viajeros han viajado y escrito de su viaje únicamente para proporcionarse una ocasión de ser sinceros, la cual no hallaban en su ciudad! La lista es larga y habría que comenzarla con Herodoto; ni habría de extrañarnos que la fermentación política de las ciudades griegas fuera iniciada por libros de viajes y que la democracia francesa del siglo XVIII procediera de obras como la de Bougainville, que lanzó estilizada a la moda la vida naturalista y cándida de O’Taití, iniciación del movimiento «rousseauniano».

Meier-Graefe aprovecha ampliamente sus andanzas por España para expresar algunos juicios graves sobre la ruta política y cultural de sus compatriotas, y se da cuenta perfecta de ello. «España entera —dice— es, como la planicie en torno a El Escorial, una balaustrada o loggia para gentes que ansían espacio libre para sus pensamientos».

Esta sinceridad del viajero buscan los que no ven en la patria un sistema de tradiciones, es decir, de cómodas soluciones almacenadas por el pasado, sino un sistema de acciones problemáticas, de deberes inciertos y peligrosos, fundadores de porvenir, que sienten, en suma, el patriotismo de admiración, no el patriotismo de admiración y de recuerdo. Los indígenas tejidos en la urdimbre inmensa de nuestra raza no vemos ésta sino empastada, fundida en su resultado total y de una pieza. Nada puede sernos más interesante que ver cómo esa nuestra realidad étnica se descompone en sus elementos al atravesar la retina enérgica del viajero, del mismo modo que la blanca luz del sol revela los misterios de su composición al penetrar un prisma cristalino.

En lugar de indignarnos, aprovechemos, pues estos libros son siempre ingenuos en su fondo, tanto que los árabes los han llamado, delicadamente, «libros de andar y ver». En las retinas de los viajeros estudiamos experimentalmente la confusa substancia de nuestro pueblo.

Para nosotros lo humano corre peligro de limitarse en los confines de lo español, y lo español, a su vez, se expone a perder todo su sentido si no lo consideramos como un gesto peculiar de lo humano. El yo no adquiere su perfil genuino sin un tú que lo limite y un nosotros que le sirva de fondo. En las pupilas de los otros hallamos el logaritmo de nuestras virtudes y nuestros vicios. Tropezando con el prójimo aprendemos nuestro puesto en el mundo.

Así, para la inteligencia de la misión española sobre el planeta soy más deudor a Maurice Barrès que a Ganivet, porque éste no logró elevarse a un punto de vista sobrenacional y sus opiniones adolecen de una visión provinciana del universo.


La investigación del hombre a través de sus cristalizaciones particulares constituye el nervio del libro de viajes como género literario. Pero esto es lo que se echa muy de menos en la obra de Meier-Graefe. Sus páginas atestiguan que la impertinencia puede considerarse como género literario. Y no me enoja, ciertamente, que encontrara en Almería repugnante la leche de cabras, y que le pareciera Valencia «inefablemente fea», y la catedral de Burgos «una arquitectura aparatosa, miserablemente moderna, digna de un parvenu»…; nada de eso: ni soy de Almería ni sustento teorías respecto a los alimentos, ni pondría mi mano por salvar el honor estético de Valencia, ni me hallo dispuesto a darme de estocadas por ningún monumento gótico, arte, después de todo, un poco reaccionario. La impertinencia de este libro rezuma por todas sus páginas, y es algo más profundo que el humor de una hora; es el síntoma de la modernidad, y, especialmente, de la modernidad parisiense y berlinesa, condensada ejemplarmente en este libro.

Yo llegaría a generalizar más: yo diría que, como fueron la tragedia y la comedia expresión genuina de los siglos V y IV en Atenas, y como en el drama conceptuoso da su confesión plenaria nuestro siglo XVII, es la impertinencia el género literario más espontáneo de la época actual. Pero esto necesita algún desarrollo que hoy no me es lícito.

Lo impertinente de la impertinencia no consiste en que alguien nos diga palabras enojosas, sino en que éstas sirven al impertinente como medio de demostrarnos que no existimos para él. La impertinencia es el desdén perfecto, el desdén que anonada al desdeñado y le suprime del mundo de las realidades.

El libro de Meier-Graefe es un ejemplo curiosísimo de esta absoluta impertinencia: se advierte en todos sus párrafos una cálida simpatía hacia cierta vaga y remota sustancia que él llama España; mas al punto que España pretende concretarse, realizarse en una ciudad, en un cuadro, en un monumento, en una costumbre, en una persona, Meier-Graefe se obstina en no preocuparse de ninguna de estas cosas. Este señor necesita de España como de un ancho hipódromo para sus pensamientos, que en Alemania viven comprimidos; por eso suprime todo lo español y amuebla el espacio vacío —la abstracción España— con sus meditaciones.

Meier-Graefe, que protesta, como Nietzsche, del filisteísmo universitario, de la cuistrerie frecuente en los eruditos, de la limitación dentro de los prejuicios gremiales… viene a España, a una raza viejísima, dotada de rasgos verdaderamente teratológicos, incomparable a toda otra porción europea; a un pueblo que se mantiene perseverando en una fisonomía arcaica, que no ha aceptado la conformación continental y… no hace apenas otra cosa que ver cuadros, ni habla apenas sino de cuadros y temas pictóricos. Yo siento mucho haber de decir a mi amigo Meier-Graefe que éste es un gravísimo pecado de «universitarismo». Ante el problema supremo de un pueblo —de una categoría de lo humano—, no es lícito pasar inatento. En comparación con una raza, el cuadro más exquisito es un problema de retórica.

Meier-Graefe confiesa al cabo del libro esta falta suya: «A menudo —dice— siento como si no estuviera en España. Frecuentemente me parece que este viaje mío es pura ficción. Me encuentro un poco en Alemania, un poco en Londres, en Petersburgo, y Dios sabe dónde. Esto es, en los cuadros que en esos lugares se hallan colgados, y que me son amados. Cuanto más estoy aquí, más me hallo allá. No viajo por España, sino por Tiziano, Rubens, Greco, Tintoretto, Poussin: por hombres que son más grandes y dignos de consideración que la más grande y considerable España. Esos hombres son partes del mundo, mientras una tierra como España llega sólo desde aquí hasta allí. Yo me pregunto qué buscan y encuentran aquí gentes que no persiguen las huellas de grandes hombres».


Julius Meier-Graefe is a German, a critic of painting. A year ago he traveled through our land, summoned by the needs of his trade, and I had the pleasure of presenting his name before the readers of this newspaper. Now he publishes a diary of his Spanish journeys, which he entitles simply Viaje de España.

Books of this kind have been wont to divide the native readers into two groups, and these two groups correspond to two radical and irreducible forms of patriotism. Some approach, with police instincts, the volume in which the traveler has set down, decanted, his wandering emotions: they are only interested in finding out whether the author speaks, as they say, ‘well’ or ‘badly’ of Spain. Others, who exercise a more complicated patriotism and one to my taste, for whom the fatherland is never a thing made, fulfilled, historical, hieratized and perfect, but a perpetual problem, a task never finished, a future reality, a conflict between present possibilities, feel themselves attracted with vehemence to those agile pages, generally neither respectful nor profound, in which men of other races describe ours. For them these books are motives of deep excitations: travelers always seek in travel a spiritual renewal, in the full sense of the word. A journey to strange countries, and the stranger the better, is a spiritual artifice by which a rebirth of our personality is made possible; therefore a new childhood, a new youth, a renewed maturity, a new life with its complete cycle. There where we were born, things and men have worn out their physiognomies, and their faces do not wound our sensibility sufficiently. The habitual is always insignificant and imperceptible: in Arabic, what is genuine is called ‘baladí’.

Before objects new to us or wounded by a sun of different intensity, our nerves return to their original freshness and in the novelty of the panorama we renew our spirit. With this artificial childhood we recover certain infantile virtues, for example, sincerity. How many travelers have traveled and written of their journey solely to provide themselves an occasion of being sincere, which they did not find in their city! The list is long and one would have to begin it with Herodotus; nor should it surprise us that the political fermentation of the Greek cities was initiated by books of travels and that the French democracy of the eighteenth century proceeded from works such as that of Bougainville, which launched, stylized into fashion, the naturalistic and candid life of O’Tahiti, initiation of the ‘Rousseauian’ movement.

Meier-Graefe makes ample use of his wanderings through Spain to express some grave judgments on the political and cultural path of his compatriots, and he is perfectly aware of it. ‘All Spain —he says— is, like the plain around El Escorial, a balustrade or loggia for people who yearn for free space for their thoughts’.

This sincerity of the traveler is sought by those who do not see in the fatherland a system of traditions, that is, of comfortable solutions stored up by the past, but a system of problematic actions, of uncertain and dangerous duties, founders of the future, who feel, in short, the patriotism of admiration, not the patriotism of admiration and of remembrance. We natives woven into the immense warp of our race do not see it except pasted, fused into its total result and of one piece. Nothing can be more interesting to us than to see how this our ethnic reality decomposes into its elements upon crossing the energetic retina of the traveler, in the same way that the white light of the sun reveals the mysteries of its composition upon penetrating a crystal prism.

Instead of growing indignant, let us profit, for these books are always ingenuous at bottom, so much so that the Arabs have called them, delicately, ‘books of walking and seeing’. In the retinas of the travelers we study experimentally the confused substance of our people.

For us the human runs the danger of being limited to the confines of the Spanish, and the Spanish, in turn, is exposed to losing all its meaning if we do not consider it as a peculiar gesture of the human. The I does not acquire its genuine profile without a thou that limits it and a we that serves it as background. In the pupils of others we find the logarithm of our virtues and our vices. Stumbling against the neighbor we learn our place in the world.

Thus, for the understanding of the Spanish mission upon the planet I am more indebted to Maurice Barrès than to Ganivet, because the latter did not manage to rise to a supranational point of view and his opinions suffer from a provincial vision of the universe.


The investigation of man through his particular crystallizations constitutes the nerve of the book of travels as a literary genre. But this is what is greatly missed in the work of Meier-Graefe. His pages attest that impertinence can be considered as a literary genre. And it does not anger me, certainly, that he found in Almería the milk of goats repugnant, and that Valencia seemed to him ‘ineffably ugly’, and the cathedral of Burgos ‘a showy architecture, miserably modern, worthy of a parvenu’…; none of that: I am neither from Almería nor do I hold theories regarding foods, nor would I put my hand to save the aesthetic honor of Valencia, nor do I find myself disposed to exchange thrusts for any Gothic monument, art, after all, a little reactionary. The impertinence of this book oozes from all its pages, and it is something deeper than the humor of an hour; it is the symptom of modernity, and, especially, of Parisian and Berlin modernity, condensed exemplarily in this book.

I would go so far as to generalize more: I would say that, just as tragedy and comedy were the genuine expression of the fifth and fourth centuries in Athens, and just as in the conceptual drama our seventeenth century gives its full confession, impertinence is the most spontaneous literary genre of the present age. But this needs some development which today is not permitted me.

The impertinent of impertinence does not consist in someone saying annoying words to us, but in these serving the impertinent as a means of showing us that we do not exist for him. Impertinence is perfect disdain, the disdain that annihilates the disdained and removes him from the world of realities.

Meier-Graefe’s book is a most curious example of this absolute impertinence: one notices in all its paragraphs a warm sympathy toward a certain vague and remote substance which he calls Spain; but as soon as Spain pretends to become concrete, to realize itself in a city, in a painting, in a monument, in a custom, in a person, Meier-Graefe persists in not concerning himself with any of these things. This gentleman needs Spain as a wide hippodrome for his thoughts, which in Germany live compressed; therefore he suppresses everything Spanish and furnishes the empty space —the abstraction Spain— with his meditations.

Meier-Graefe, who protests, like Nietzsche, against university philistinism, the cuistrerie frequent among scholars, the limitation within guild prejudices… comes to Spain, to a very old race, endowed with truly teratological features, incomparable to every other European portion; to a people that maintains itself persevering in an archaic physiognomy, that has not accepted the continental conformation and… does scarcely anything but see pictures, nor speaks of scarcely anything but pictures and pictorial themes. I am very sorry to have to say to my friend Meier-Graefe that this is a very grave sin of ‘universitarism’. Before the supreme problem of a people —of a category of the human—, it is not licit to pass inattentive. In comparison with a race, the most exquisite picture is a problem of rhetoric.

Meier-Graefe confesses at the end of the book this failing of his: ‘Often —he says— I feel as if I were not in Spain. Frequently it seems to me that this journey of mine is pure fiction. I find myself a little in Germany, a little in London, in Petersburg, and God knows where. That is, in the pictures that in those places are found hanging, and which are dear to me. The more I am here, the more I find myself there. I do not travel through Spain, but through Titian, Rubens, Greco, Tintoretto, Poussin: for men who are greater and more worthy of consideration than the greatest and most considerable Spain. Those men are parts of the world, while a land like Spain reaches only from here to there. I ask myself what people seek and find here who do not pursue the traces of great men’.


Julius Meier-Graefe è un tedesco, critico di pittura. Un anno fa percorse la nostra terra, richiesto dalle necessità del suo mestiere, ed ebbi il piacere di presentare il suo nome dinanzi ai lettori di questo giornale. Ora pubblica un diario delle sue giornate spagnole, che intitola semplicemente Viaje de España.

Libri di questa specie sono soliti dividere in due gruppi i lettori indigeni, e questi due gruppi corrispondono a due forme radicali e irriducibili di patriottismo. Gli uni si accostano, con istinti polizieschi, al volume in cui il viaggiatore ha deposto, decantate, le sue emozioni vagabonde: li interessa soltanto scoprire se l’autore parla, come dicono loro, «bene» o «male» della Spagna. Gli altri, che esercitano un patriottismo più complicato e conforme al mio palato, per i quali la patria non è mai una cosa fatta, compiuta, storica, ieratizzata e perfetta, ma un perpetuo problema, un compito mai finito, una futura realtà, un conflitto tra possibilità presenti, si sentono attratti con veemenza verso quelle pagine agili, generalmente né rispettose né profonde, in cui uomini di altre razze descrivono la nostra. Per essi questi libri sono motivi di profonde eccitazioni: i viaggiatori cercano sempre nel viaggio un rinnovamento spirituale, nel pieno senso della parola. Un viaggio verso paesi stranieri, e quanto più stranieri meglio, è un artificio spirituale per il quale si rende possibile una rinascita della nostra personalità; perciò una nuova infanzia, una nuova giovinezza, una rinnovata maturità, una nuova vita con il suo ciclo completo. Là dove siamo nati, le cose e gli uomini hanno consumato le loro fisionomie, e i loro volti non feriscono abbastanza la nostra sensibilità. L’abituale è sempre insignificante e impercettibile: in arabo, ciò che è castizo si dice «baladí».

Di fronte a oggetti nuovi per noi o feriti da un sole di diversa intensità, i nostri nervi tornano alla loro freschezza originaria e nella novità del panorama rinnoviamo il nostro spirito. Con questa infanzia artificiale ricuperiamo certe virtù infantili, per esempio, la sincerità. Quanti viaggiatori hanno viaggiato e scritto del loro viaggio unicamente per procurarsi un’occasione di essere sinceri, che non trovavano nella loro città! La lista è lunga e bisognerebbe cominciarla con Erodoto; né dovrebbe stupirci che la fermentazione politica delle città greche fosse iniziata da libri di viaggio e che la democrazia francese del secolo XVIII procedesse da opere come quella di Bougainville, che lanciò, stilizzata alla moda, la vita naturalistica e candida di O’Taiti, iniziazione del movimento «rousseauiano».

Meier-Graefe approfitta ampiamente delle sue peregrinazioni per la Spagna per esprimere alcuni giudizi gravi sulla rotta politica e culturale dei suoi compatrioti, e se ne rende perfettamente conto. «Tutta la Spagna —dice— è, come la pianura intorno all’Escorial, una balaustrata o loggia per genti che anelano spazio libero per i loro pensieri».

Questa sincerità del viaggiatore cercano coloro che non vedono nella patria un sistema di tradizioni, cioè di comode soluzioni immagazzinate dal passato, ma un sistema di azioni problematiche, di doveri incerti e pericolosi, fondatori di avvenire, che sentono, in somma, il patriottismo di ammirazione, non il patriottismo di ammirazione e di ricordo. Gli indigeni tessuti nell’immensa orditura della nostra razza non la vediamo se non impastata, fusa nel suo risultato totale e di un sol pezzo. Nulla può esserci più interessante che vedere come questa nostra realtà etnica si decompone nei suoi elementi attraversando la retina energica del viaggiatore, allo stesso modo che la bianca luce del sole rivela i misteri della sua composizione penetrando un prisma cristallino.

Invece di indignarci, approfittiamo, poiché questi libri sono sempre ingenui nel loro fondo, tanto che gli arabi li hanno chiamati, delicatamente, «libri di andare e vedere». Nelle retine dei viaggiatori studiamo sperimentalmente la confusa sostanza del nostro popolo.

Per noi l’umano corre pericolo di limitarsi nei confini dello spagnolo, e lo spagnolo, a sua volta, si espone a perdere ogni suo senso se non lo consideriamo come un gesto peculiare dell’umano. L’io non acquista il suo profilo genuino senza un tu che lo limiti e un noi che gli serva da sfondo. Nelle pupille degli altri troviamo il logaritmo delle nostre virtù e dei nostri vizi. Inciampando nel prossimo impariamo il nostro posto nel mondo.

Così, per l’intelligenza della missione spagnola sul pianeta sono più debitore a Maurice Barrès che a Ganivet, perché questi non riuscì a elevarsi a un punto di vista sopranazionale e le sue opinioni peccano di una visione provinciale dell’universo.


L’indagine dell’uomo attraverso le sue cristallizzazioni particolari costituisce il nervo del libro di viaggio come genere letterario. Ma questo è ciò che si rimpiange molto nell’opera di Meier-Graefe. Le sue pagine attestano che l’impertinenza può considerarsi come genere letterario. E non mi irrita, certo, che trovasse ad Almería ripugnante il latte di capra, e che gli sembrasse Valencia «ineffabilmente brutta», e la cattedrale di Burgos «un’architettura appariscente, miserabilmente moderna, degna di un parvenu»…; niente di tutto ciò: né sono di Almería né sostengo teorie riguardo agli alimenti, né metterei la mano per salvare l’onore estetico di Valencia, né mi trovo disposto a darmi di stoccate per alcun monumento gotico, arte, dopo tutto, un po’ reazionaria. L’impertinenza di questo libro trasuda da tutte le sue pagine, ed è qualcosa di più profondo dell’umore di un’ora; è il sintomo della modernità, e, specialmente, della modernità parigina e berlinese, condensata esemplarmente in questo libro.

Io arriverei a generalizzare di più: direi che, come furono la tragedia e la commedia espressione genuina dei secoli V e IV ad Atene, e come nel dramma concettoso dà la sua confessione piena il nostro secolo XVII, è l’impertinenza il genere letterario più spontaneo dell’epoca attuale. Ma questo ha bisogno di qualche sviluppo che oggi non mi è lecito.

L’impertinente dell’impertinenza non consiste in ciò che qualcuno ci dica parole moleste, ma in ciò che queste servono all’impertinente come mezzo per dimostrarci che non esistiamo per lui. L’impertinenza è il disdegno perfetto, il disdegno che annienta il disdegnato e lo sopprime dal mondo delle realtà.

Il libro di Meier-Graefe è un esempio curiosissimo di questa assoluta impertinenza: si avverte in tutti i suoi paragrafi una calda simpatia verso una certa vaga e remota sostanza che egli chiama Spagna; ma appena la Spagna pretende di concretarsi, di realizzarsi in una città, in un quadro, in un monumento, in un costume, in una persona, Meier-Graefe si ostina a non preoccuparsi di nessuna di queste cose. Questo signore ha bisogno della Spagna come di un ampio ippodromo per i suoi pensieri, che in Germania vivono compressi; perciò sopprime tutto lo spagnolo e ammobilia lo spazio vuoto —l’astrazione Spagna— con le sue meditazioni.

Meier-Graefe, che protesta, come Nietzsche, del filisteismo universitario, della cuistrerie frequente negli eruditi, della limitazione dentro i pregiudizi corporativi… viene in Spagna, a una razza vecchissima, dotata di tratti veramente teratologici, incomparabile a ogni altra porzione europea; a un popolo che si mantiene perseverando in una fisionomia arcaica, che non ha accettato la conformazione continentale e… non fa quasi altro che vedere quadri, né parla quasi d’altro che di quadri e temi pittorici. Mi dispiace molto dover dire al mio amico Meier-Graefe che questo è un gravissimo peccato di «universitarismo». Dinanzi al problema supremo di un popolo —di una categoria dell’umano—, non è lecito passare inattenenti. In confronto a una razza, il quadro più squisito è un problema di retorica.

Meier-Graefe confessa al termine del libro questa sua mancanza: «Spesso —dice— sento come se non fossi in Spagna. Frequentemente mi sembra che questo mio viaggio sia pura finzione. Mi trovo un po’ in Germania, un po’ a Londra, a Pietroburgo, e Dio sa dove. Cioè, nei quadri che in quei luoghi si trovano appesi, e che mi sono amati. Quanto più sto qui, tanto più mi trovo là. Non viaggio per la Spagna, ma per Tiziano, Rubens, Greco, Tintoretto, Poussin: per uomini che sono più grandi e degni di considerazione della più grande e considerevole Spagna. Quegli uomini sono parti del mondo, mentre una terra come la Spagna arriva soltanto da qui a lì. Io mi domando che cosa cerchino e trovino qui genti che non inseguono le orme di grandi uomini».


Este párrafo, que copiaba para justificar mi acusación, nos deja en suspenso, nos obliga a dudar de nuestro propio juicio. Con efecto, unos cuantos grandes hombres pueden pesar lo que un pueblo, más que un pueblo. En la historia de la cultura acaso pese más Cervantes que todo el continente africano. Y por otra parte, ¿hasta qué punto un pueblo sin grandes hombres sería verdaderamente un pueblo? Una raza —dice justamente Renan— es, ante todo, un molde de educación moral. Y ¿es ésta posible sin grandes hombres? Grandes educadores o grandes educados, ¿no son los grandes hombres síntomas de la capacidad moral necesaria a todo grupo humano para organizarse en esa unidad superior de cultura, en esa densa y potente animosidad colectiva que llamamos un pueblo? Cuando hacemos camino y peregrinamos en busca de la intimidad de una raza, ¿nos atrae sólo la frívola perspectiva de usos y trajes pintorescos? Visitar un pueblo ¿no es buscar el contacto espiritual con la mística comunión de sus grandes hombres?

Tal vez, tal vez tenga algún fecundo sentido cuando Meier-Graefe, sutil pensador, artista entusiasta, capaz de inagotables ardores, dice: «Mi viaje a España es más bien mi viaje a este hombre».

Y este hombre es Domenicos Theotocópuli, llamado el Greco.

Junio, 1910

This paragraph, which I copied to justify my accusation, leaves us in suspense, obliges us to doubt our own judgment. In effect, a few great men can weigh as much as a people, more than a people. In the history of culture perhaps Cervantes weighs more than the whole African continent. And on the other hand, to what extent would a people without great men truly be a people? A race —says Renan rightly— is, before all, a mold of moral education. And is this possible without great men? Great educators or great educated ones, are not great men symptoms of the moral capacity necessary to every human group to organize itself into that superior unity of culture, into that dense and powerful collective animosity which we call a people? When we make our way and go on pilgrimage in search of the intimacy of a race, are we attracted only by the frivolous prospect of picturesque customs and costumes? To visit a people, is it not to seek spiritual contact with the mystical communion of its great men?

Perhaps, perhaps it has some fruitful meaning when Meier-Graefe, subtle thinker, enthusiastic artist, capable of inexhaustible ardors, says: «My journey to Spain is rather my journey to this man».

And this man is Domenicos Theotocópuli, called El Greco.

June, 1910

Questo paragrafo, che copiavo per giustificare la mia accusa, ci lascia sospesi, ci obbliga a dubitare del nostro stesso giudizio. In effetti, alcuni grandi uomini possono pesare quanto un popolo, più di un popolo. Nella storia della cultura forse Cervantes pesa più di tutto il continente africano. E d’altra parte, fino a che punto un popolo senza grandi uomini sarebbe veramente un popolo? Una razza —dice giustamente Renan— è, innanzi tutto, uno stampo di educazione morale. E questa è possibile senza grandi uomini? Grandi educatori o grandi educati, non sono i grandi uomini sintomi della capacità morale necessaria a ogni gruppo umano per organizzarsi in quella superiore unità di cultura, in quella densa e potente animosità collettiva che chiamiamo un popolo? Quando facciamo cammino e peregriniamo in cerca dell’intimità di una razza, ci attrae soltanto la frivola prospettiva di usi e costumi pittoreschi? Visitare un popolo non è forse cercare il contatto spirituale con la mistica comunione dei suoi grandi uomini?

Forse, forse ha qualche fecondo senso quando Meier-Graefe, sottile pensatore, artista entusiasta, capace di inesauribili ardori, dice: «Il mio viaggio in Spagna è piuttosto il mio viaggio verso quest’uomo».

E quest’uomo è Domenicos Theotocópuli, detto il Greco.

Giugno, 1910