Ortega y Gasset
Abstract
Essay on the ‘vital pulse’ from which feelings, ideas and acts spring: in some it is ascending — an overflowing abundance in which envy and rancour do not take root — in others descending, a climate where envy fruits and resentment replaces the loving attitude. On which of the two prevails depends whether history rises or declines.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: decadenza
Concetti: risentimento
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Más a la intemperie que el cuerpo, presenta la psique su actuación como un todo solidario, como una unidad funcional. Nuestros pensamientos y apetitos singulares no aparecen juntos merced a un zurcido, sino que se les siente nacer de cierta raíz íntima y como manar de cierto hontanar profundo y único.
Para que se entienda lo que pretendo decir, atendamos, por lo pronto, no al conjunto, sino sólo a un menudo trozo de nuestra vida psíquica; los pensamientos e intenciones que sobre una persona tenemos y los actos que hacia ella ejecutamos, se revelan, si miramos bien, como concreciones particulares de un sentimiento inicial o previa actitud de simpatía o antipatía que, desde luego, surgió en nosotros respecto a ella. Lo mismo que las flores, hojas y frutas van saliendo del árbol según la ocasión de las estaciones y los cambios de clima, así de aquella emoción primera brotan nuestras opiniones, propósitos y actos hacia el prójimo. Todos ellos, sea cualquiera su contenido particular, van teñidos de aquel sentimiento inicial favorable o adverso. Un mismo juicio sobre dos personas distintas aparece, a lo mejor, ante nuestra visión íntima como cargado de electricidades contrarias. La censura que a alguien hacemos nace acaso en nosotros de un sentimiento de amor, mientras esa misma censura dirigida a otro sale envenenada de una fuente rencorosa.
Pues esas emociones matrices de nuestras ideas y actos se originan a su vez de una radical fluencia psíquica que lleva sobre sí toda nuestra fauna íntima, más aún, que la suscita o anula, la alimenta o deprime, la dirige o regula. Llamarla sentimiento es impropio, porque de ella nacen los sentimientos mismos y es menos concreta, más imprecisa que éstos. Es más bien como el pulso de vitalidad propio a cada alma, manantial que luego se deshace en los mil arroyos de nuestro pensar, sentir y querer, y que, deshecho en ellos, adopta las formas más claras, pero también más mecanizadas, de los cauces por donde fluye.
Alguna claridad obtendremos si decimos que ese pulso psíquico o, llamándolo impropiamente, ese sentimiento de vitalidad, es en unos hombres de tonalidad ascendente; en otros, de tonalidad descendente. Hay quien siente brotar su actuación espiritual de un torrente pleno de energía, que no percibe su propia limitación, que parece saturado de sí mismo. Todo esto nace en almas de este tipo con la plenitud magnánima de un lujo, como un rebosamiento de la interna abundancia. En este clima vital no se dan, por lo menos con carácter normal, las envidias, los pequeños rencores y resentimientos. Hay, por el contrario, en otros hombres un pulso vital descendente, una constante impresión de debilidad constitutiva, de insuficiencia, de desconfianza en sí mismos[106]. No necesitan temperamentos tales compararse con otros individuos para encontrarse menguados. Lo típico de este fenómeno es que el sujeto siente su vivir como inferior a sí mismo, como falto de propia saturación. La fauna y la flora internas de este clima vital decadente llevan el estigma de su origen. Todo en ellas será pequeño, canijo, reptante, temblón, torvo. Es la atmósfera en que la envidia fructifica y el resentimiento sustituye a la actitud amorosa, la suspicacia a la generosidad[107].
Cuanta atención se preste a estas dos formas de pulso vital será escasa. De que dominen la una o la otra entre los hombres de una época depende todo: la ciencia como el arte, la moral como la política. En un caso, la historia asciende; la energía y el amor, la nobleza y la liberalidad, la idea clara y el buen donaire se elevan dondequiera sobre el haz planetario como espléndidos surtidores de vital dinamismo. En el caso opuesto, la historia declina, la humanidad se contrae estremecida por convulsiones de rencor, el intelecto se detiene, el arte se congela en las academias y los corazones se arrastran tullidos y decrépitos.
Del mismo modo, a poco que tratemos un individuo, percibimos inequívocamente a qué tipo de pulsación vital pertenece. Si es de tonalidad ascendente, nos sentimos, al apartarnos de él, como contagiados de su plenitud y mejorados por una inefable corroboración vital. Si es de tonalidad descendente, notamos que, sin saber por qué, se nos han cegado de pronto fuentes de interna actividad, que trozos de nuestra alma han caído en parálisis, que su periferia experimenta una rara contracción y encogimiento; en fin, que en nuestra atmósfera íntima soplan insólitas ráfagas de acritud.
No hay que esperar a la valoración ética de estos dos tipos de pulso vital. Antes que hable la ética, tiene derecho a hablar la pura biología. Sin salir de ella, desde el punto de vista estrictamente vital, nos aparece el uno como un valor biológico positivo, como vitalmente bueno; el otro, como un valor biológico negativo, como vitalmente malo. Luego vendrá la ética y habrá lugar para discutir si lo moralmente bueno y lo moralmente malo coinciden o no con esos otros valores vitales.
Por lo pronto, tenemos que asegurar la salud vital, supuesto de toda otra salud. Y el sentido de este ensayo no es otro que inducir a la pedagogía para que someta toda la primera etapa de la educación al imperativo de la vitalidad. La enseñanza elemental debe ir gobernada por el propósito último de producir el mayor número de hombres vitalmente perfectos. Lo demás, la bondad moral, la destreza técnica, el sabio y el «buen ciudadano», serán atendidos después[108]. Antes de poner la turbina necesitamos alumbrar el salto de agua.
La pedagogía al uso se ocupa en adaptar nuestra vitalidad al medio; es decir, no se ocupa de nuestra vitalidad. Para cultivar ésta tendría que cambiar por completo de principios y de hábitos, resolverse a lo que aún hoy se escuchará como una paradoja, a saber: la educación, sobre todo en su primera etapa, en vez de adaptar el hombre al medio, tiene que adaptar el medio al hombre[109]; en lugar de apresurarse a convertirnos en instrumentos eficaces para tales o cuales formas transitorias de la civilización, debe fomentar con desinterés y sin prejuicios el tono vital primigenio de nuestra personalidad.
Para ello se necesita aprender el tratamiento de las funciones psíquicas internas.
More exposed to the weather than the body, the psyche presents its performance as a solidary whole, as a functional unity. Our singular thoughts and appetites do not appear together by virtue of a stitching, but one feels them born of a certain intimate root and as welling from a certain deep and unique fountainhead.
That what I mean to say may be understood, let us attend, for the present, not to the whole, but only to a tiny piece of our psychic life; the thoughts and intentions that we have about a person and the acts that we execute toward her reveal themselves, if we look well, as particular concretions of an initial feeling or prior attitude of sympathy or antipathy which, at once, arose in us regarding her. Just as the flowers, leaves and fruits keep coming out of the tree according to the occasion of the seasons and the changes of climate, so from that first emotion sprout our opinions, purposes and acts toward the neighbor. All of them, whatever their particular content, go tinged with that initial feeling, favorable or adverse. One same judgment about two distinct persons appears, perhaps, before our intimate vision as charged with contrary electricities. The censure that we make of someone is born perhaps in us from a feeling of love, while that same censure directed at another comes out poisoned from a rancorous source.
For those matrix emotions of our ideas and acts originate in turn from a radical psychic flow that carries upon itself all our intimate fauna, more still, that evokes it or annuls it, feeds it or depresses it, directs it or regulates it. To call it feeling is improper, because from it are born the feelings themselves and it is less concrete, more imprecise than these. It is rather like the pulse of vitality proper to each soul, a fountainhead that afterwards dissolves into the thousand streams of our thinking, feeling and willing, and which, dissolved in them, adopts the clearest, but also the most mechanized, forms of the channels through which it flows.
Some clarity we shall obtain if we say that this psychic pulse or, calling it improperly, this feeling of vitality, is in some men of ascending tonality; in others, of descending tonality. There is he who feels his spiritual performance spring from a torrent full of energy, who does not perceive his own limitation, who seems saturated with himself. All this is born in souls of this type with the magnanimous fullness of a luxury, as an overflowing of the internal abundance. In this vital climate are not given, at least with a normal character, envies, small rancors and resentments. There is, on the contrary, in other men a descending vital pulse, a constant impression of constitutive weakness, of insufficiency, of distrust of themselves[106]. Such temperaments do not need to compare themselves with other individuals to find themselves diminished. The typical of this phenomenon is that the subject feels his living as inferior to himself, as lacking in self-saturation. The internal fauna and flora of this decadent vital climate bear the stigma of their origin. Everything in them will be small, stunted, creeping, trembling, grim. It is the atmosphere in which envy fructifies and resentment replaces the loving attitude, suspicion generosity[107].
However much attention is paid to these two forms of vital pulse will be little. On whether the one or the other dominates among the men of an epoch depends everything: science as art, morality as politics. In one case, history ascends; energy and love, nobility and liberality, the clear idea and good grace rise everywhere above the planetary face like splendid fountains of vital dynamism. In the opposite case, history declines, humanity contracts shaken by convulsions of rancor, the intellect stops, art freezes in the academies and hearts drag themselves maimed and decrepit.
In the same way, as soon as we deal with an individual, we perceive unequivocally to what type of vital pulsation he belongs. If he is of ascending tonality, we feel, upon parting from him, as if contaminated by his fullness and improved by an ineffable vital corroboration. If he is of descending tonality, we notice that, without knowing why, sources of internal activity have suddenly been blinded in us, that pieces of our soul have fallen into paralysis, that its periphery experiences a strange contraction and shrinkage; in short, that in our intimate atmosphere unusual gusts of acrimony blow.
One must not wait for the ethical valuation of these two types of vital pulse. Before ethics speaks, pure biology has the right to speak. Without leaving it, from the strictly vital point of view, the one appears to us as a positive biological value, as vitally good; the other, as a negative biological value, as vitally bad. Afterwards ethics will come and there will be room to discuss whether the morally good and the morally bad coincide or not with those other vital values.
For the present, we have to secure vital health, the presupposition of every other health. And the meaning of this essay is none other than to induce pedagogy to submit the whole first stage of education to the imperative of vitality. Elementary teaching must be governed by the ultimate purpose of producing the greatest number of vitally perfect men. The rest, moral goodness, technical skill, the wise man and the ‘good citizen’, will be attended to afterwards[108]. Before placing the turbine we need to illuminate the waterfall.
The pedagogy in use occupies itself in adapting our vitality to the environment; that is, it does not occupy itself with our vitality. To cultivate it, it would have to change completely its principles and habits, resolve upon what even today will be heard as a paradox, to wit: education, above all in its first stage, instead of adapting man to the environment, has to adapt the environment to man[109]; instead of hastening to convert us into effective instruments for such or such transient forms of civilization, it must foster with disinterestedness and without prejudices the primordial vital tone of our personality.
For this one needs to learn the treatment of the internal psychic functions.
Più alla intemperie che il corpo, presenta la psiche la sua attuazione come un tutto solidale, come una unità funzionale. I nostri pensieri e appetiti singolari non appaiono insieme mercé una cucitura, ma li si sente nascere da certa radice intima e come scaturire da certo fontanile profondo e unico.
Perché si intenda ciò che pretendo dire, attendiamo, per il momento, non al complesso, ma soltanto a un minuto pezzo della nostra vita psichica; i pensieri e le intenzioni che abbiamo sopra una persona e gli atti che verso di essa eseguiamo, si rivelano, se guardiamo bene, come concrezioni particolari di un sentimento iniziale o previa attitudine di simpatia o antipatia che, senz’altro, sorse in noi rispetto ad essa. Come le fiori, le foglie e i frutti vanno uscendo dall’albero secondo l’occasione delle stagioni e i cambi di clima, così da quella prima emozione germogliano le nostre opinioni, propositi e atti verso il prossimo. Tutti essi, sia quale sia il loro contenuto particolare, vanno tinti di quel sentimento iniziale favorevole o avverso. Uno stesso giudizio sopra due persone distinte appare, magari, dinanzi alla nostra visione intima come carico di elettricità contrarie. La censura che a qualcuno facciamo nasce forse in noi da un sentimento d’amore, mentre quella stessa censura diretta a un altro esce avvelenata da una fonte rancorosa.
Poiché quelle emozioni matrici delle nostre idee e dei nostri atti si originano a loro volta da una radicale fluenza psichica che porta sopra di sé tutta la nostra fauna intima, più ancora, che la suscita o la annulla, la alimenta o la deprime, la dirige o la regola. Chiamarla sentimento è improprio, perché da essa nascono i sentimenti stessi ed è meno concreta, più imprecisa di questi. È piuttosto come il polso di vitalità proprio a ogni anima, sorgente che poi si disfà nei mille ruscelli del nostro pensare, sentire e volere, e che, disfatta in essi, adotta le forme più chiare, ma anche più meccanizzate, dei canali per dove fluisce.
Qualche chiarezza otterremo se diciamo che questo polso psichico o, chiamandolo impropriamente, questo sentimento di vitalità, è in alcuni uomini di tonalità ascendente; in altri, di tonalità discendente. C’è chi sente germogliare la sua attuazione spirituale da un torrente pieno di energia, che non percepisce la propria limitazione, che sembra saturo di sé stesso. Tutto ciò nasce in anime di questo tipo con la pienezza magnanima di un lusso, come un traboccare dell’interna abbondanza. In questo clima vitale non si danno, almeno con carattere normale, le invidie, i piccoli rancori e risentimenti. Vi è, al contrario, in altri uomini un polso vitale discendente, una costante impressione di debolezza costitutiva, di insufficienza, di diffidenza in sé stessi[106]. Temperamenti tali non hanno bisogno di confrontarsi con altri individui per trovarsi diminuiti. Il tipico di questo fenomeno è che il soggetto sente il suo vivere come inferiore a sé stesso, come mancante di propria saturazione. La fauna e la flora interne di questo clima vitale decadente portano lo stigma della loro origine. Tutto in esse sarà piccolo, canino, strisciante, tremolante, torvo. È l’atmosfera in cui l’invidia fruttifica e il risentimento sostituisce l’atteggiamento amoroso, la suscettibilità la generosità[107].
Quanta attenzione si presti a queste due forme di polso vitale sarà scarsa. Dal che dominino l’una o l’altra tra gli uomini di un’epoca dipende tutto: la scienza come l’arte, la morale come la politica. In un caso, la storia ascende; l’energia e l’amore, la nobiltà e la liberalità, l’idea chiara e il buon garbo si elevano dovunque sopra il fascio planetario come splendidi zampilli di vital dinamismo. Nel caso opposto, la storia declina, l’umanità si contrae scossa da convulsioni di rancore, l’intelletto si ferma, l’arte si congela nelle accademie e i cuori si trascinano storpi e decrepiti.
Del stesso modo, appena trattiamo un individuo, percepiamo inequivocabilmente a quale tipo di pulsazione vitale appartenga. Se è di tonalità ascendente, ci sentiamo, allontanandoci da lui, come contagiati dalla sua pienezza e migliorati da una ineffabile corroborazione vitale. Se è di tonalità discendente, notiamo che, senza sapere perché, ci si sono d’un tratto ciecare fonti di interna attività, che pezzi della nostra anima sono caduti in paralisi, che la sua periferia esperimenta una rara contrazione e rimpicciolimento; in fine, che nella nostra atmosfera intima soffiano insolite raffiche di acredine.
Non bisogna aspettare la valutazione etica di questi due tipi di polso vitale. Prima che parli l’etica, ha diritto a parlare la pura biologia. Senza uscire da essa, dal punto di vista strettamente vitale, l’uno ci appare come un valore biologico positivo, come vitalmente buono; l’altro, come un valore biologico negativo, come vitalmente cattivo. Poi verrà l’etica e ci sarà luogo per discutere se il moralmente buono e il moralmente cattivo coincidano o no con quegli altri valori vitali.
Per il momento, dobbiamo assicurare la salute vitale, presupposto di ogni altra salute. E il senso di questo saggio non è altro che indurre la pedagogia a sottomettere tutta la prima tappa dell’educazione all’imperativo della vitalità. L’insegnamento elementare deve andare governato dal proposito ultimo di produrre il maggior numero di uomini vitalmente perfetti. Il resto, la bontà morale, la destrezza tecnica, il sapiente e il «buon cittadino», saranno attesi dopo[108]. Prima di porre la turbina abbiamo bisogno di illuminare il salto d’acqua.
La pedagogia in uso si occupa di adattare la nostra vitalità al mezzo; cioè, non si occupa della nostra vitalità. Per coltivare questa dovrebbe cambiare del tutto principi e abitudini, risolversi a ciò che ancor oggi si ascolterà come un paradosso, cioè: l’educazione, soprattutto nella sua prima tappa, invece di adattare l’uomo al mezzo, deve adattare il mezzo all’uomo[109]; in luogo di affrettarsi a convertirci in strumenti efficaci per tali o quali forme transitorie della civiltà, deve fomentare con disinteresse e senza pregiudizi il tono vitale primigenio della nostra personalità.
Per ciò si ha bisogno di imparare il trattamento delle funzioni psichiche interne.